CLAUDE
BALLIF, AUDAZ INNOVADOR, TAN MISTICO COMO TERRENAL
Rasgar los rótulos
y ampliar la paleta sonora
Al compositor Claude Ballif,
Gran Premio Nacional de Música, Francia /1999,
se le atribuye haber descubierto estructuras nuevas, se le separa
de toda ortodoxia
y se le aprecia como filósofo de la música, autor
de títulos imprescindibles,
y dedicado docente; calificativos sustentables en la entrevista
que sigue
y que propone leer el joven venezolano José García
Guerrero, para quien Ballif
escribiese el Concierto para Flauta y Orquesta Un délire
de dédales,
estrenado mundialmente en el país en fecha reciente

Foto: Anabell Guerrero
Claude Ballif está convencido de
que "nuestra imaginación siempre es generosa"
Claude Ballif:
Por encontrarnos rodeados por todas partes, nos vemos expuestos
obligatoriamente a las influencias de nuestro medio. Debemos elegir
nuestro propio rótulo, lo cual por otro lado, no será
más que una actitud transitoria. Quisiera que mis estudiantes
lo comprendieran: esta actitud no va a durarles toda la vida. Algunos
autores nos gustan y otros nos disgustan; consideramos a algunos
como indispensables y a otros como inútiles, seguimos las
enseñanzas de X, Y o Z que, en general, son los mascarones
de proa privilegiados de una época. Cuando era joven, tuve
claro de inmediato que ciertos "rótulos" rechazados
en algún momento se volvían nutritivos en otro. No
soporto la época neoclásica que muestra ostensiblemente
sus "rótulos". Asimismo, me rehusé a comprometerme
sistemáticamente con el serialismo -algunos, en París,
se entregaron de lleno a la serie de Schönberg, Berg
y Webern; otros a los microintervalos de Haba. Eso
me asombra, pues la vida sigue su curso y yo continúo mi
camino. Cuán engañosa es esa actitud voluntarista
de inscribirse bajo un "rótulo" y de no desobedecer.
Se trata de un asunto ideológico, de una camarilla, y en
lo que a mí respecta, ¡líbreme Dios!
Michelle
Biget: El último número de los Cahiers du CIREM
estaba dedicado a las músicas aleatorias. Quisiera menos
consultar su opinión acerca de la ausencia de cualquier orden
que preguntarle con relación a la posibilidad de conciliar
el concepto de azar y lo que usted califica, al principio de Economie
musicale, de "descomposición y recomposición
sobre los infinitos de lo posible". Háblenos del anonimato
sonoro. Por otro lado, ¿acaso un escucha no se empeña
por lo menos en percibir la gratuidad en la música,
aun si lo que oye proviene de una serie de cálculos complicados?
-Voy a establecer una distinción entre gratuidad y azar.
No siempre es posible explicar por qué se escribe esto o
aquello. Nadie es inmune a los paréntesis ni a las incidencias.
Nosotros somos el azar. Cuando tenía veinte años,
estaba enamorado del movimiento Dada, de la música dadaísta
y de la de Satie. En música, cuando se improvisa,
por ejemplo, se reacciona ante lo que se ha hecho: es un avance,
un camino y no es nunca cualquier cosa. La ventaja de la música
sobre las palabras es que ésta nunca está cargada
de sentido ni consecuencia. Dos discursos simultáneos resultan
en cacofonía, mientras que dos músicas simultáneas
se combinan. Mozart escribió música para ejecutarse
con dados. Hice que mis estudiantes se divirtieran componiendo cada
uno su pequeño minueto en el mismo tono y superponíamos
todo en varios pianos. Ninguna ley musical prohíbe sobreañadir.
Las notas no expresan sino que cantan y nos transmiten
una idea de reposo, de espesor, de registro grave o agudo; pero
no nos transmiten un pensamiento desarrollado, como lo hace un texto
literario. La música es el arte más propicio para
delirar e inventar: se puede jugar a la ruleta, tomar la guía
telefónica como Pierre Barbaud y darle el alimento
sonoro a una máquina. Las obras programadas obedecerán
siempre a alguna estructura. Es posible darle una temática
a la máquina e irse a dar una vuelta sin ocuparse de ella.
¿Por qué romperse la cabeza imaginando, perder el
aliento con un ritmo visceral al estilo de Brahms y llevar
jadeando su música hasta el final? La música da eso
por sí sola y nuestra imaginación siempre es generosa.
Escuchamos algo y, de pronto, una vez que lo escuchamos, ya no es
ese algo.
-Porque
nuestra imaginación es selectiva
-El oído es tan selectivo como una máquina. Considérense
esas músicas que se denominan del azar o formas abiertas:
no se sabe por qué ese pasaje va delante de ese otro. Así
ocurría con ciertas suites de danzas de los siglos
XIV y XV que eran muy cortas, especie de "libreta de notas".
Se podía colocar una danza delante o detrás de alguna
otra. Asimismo, piénsese en ciertos conciertos del siglo
XIX en los que se ejecutaba siempre el andante de la séptima
sinfonía de Beethoven y el primer movimiento de la
quinta. Para el público, aquello no constituía un
problema.
-Existen
azares muy calculados. Retomando su concepto de superposición,
hay casos de bitonalidad eufónica en la Condenación
de Fausto de Berlioz -la canción de los estudiantes combinada
con la marcha de los soldados- o en los Cuadros de una exposición
de Músorgski. Todo está previsto.
-Justamente, puede hablarse entonces de sobrecarga controlada. Sin
embargo, dejemos el azar tranquilo. Nuevamente, nosotros somos el
azar; asimismo, nosotros somos el control. Existe una forma que
denomino "plato de fiambres", que consiste en picar aquí
y allá y las cosas siguen su curso. Cuando se contempla un
cuadro, al principio se mira y luego el ojo va a la derecha y a
la izquierda para detallar y ver el conjunto. Otra forma es la que
llamo forma de brocheta: se trata de la teoría del pot-pourri
o el salto de un tema a otro. La lección que puede aprenderse
de este tipo de experiencias es la táctica de la sorpresa
-considérense los ciclos de melodías.
-Toda una
terminología elocuente nos habla, como el pot-pourri
que usted mencionó, de galimatías y paráfrasis.
Se trata de un orden arbitrario y eso "funciona".
-Hay toda clase de locuras musicales -como en los madrigales de
Bianchieri por ejemplo- en los que la música puede
ser a la vez muy cómica y muy respetable como música.
Lo que me agrada es la habilidad para pasar de una idea musical
a otra. En sí, ningún procedimiento es malo. Lo esencial
es saber hacer que las cosas cobren vida.
-Numerosos
trabajos teóricos consideran que hay evolución lineal
en el paso de la tonalidad a la atonalidad. En el Voyage de mon
oreille, en el capítulo "Matière, mouvement
et musique", usted afirma que los músicos clásicos
le concedieron más importancia a la organización que
a la materia y que fue después de ellos cuando se manifestó
un interés creciente por la sonoridad. ¿Convierte
usted el gusto de la tonalidad y el culto al timbre en los aguafiestas
que van a romper el equilibrio tonal? ¿Es esa la razón
que lo hizo a usted dedicarle un pequeño libro a Berlioz
y todo un capítulo del Voyage de mon oreille a "El
instrumento en la música contemporánea"?
-En otras épocas, la cuestión del timbre no se planteaba
como tal. En el Medioevo se hacía lo que se denominaban "preparaciones"
y se ejecutaba la música con los innumerables instrumentos
de los que se disponía. La verdadera importancia atribuida
al timbre data del siglo XX, con la atención que se les prestó
a las dinámicas y a los registros con todo el cortejo acústico.
En efecto, fue fatal para la tonalidad con T mayúscula.
No obstante, creo que el culpable fue Fétis, quien
describió la tonalidad como un fin en sí; luego de
él, ciertos musicólogos consideraron la tonalidad
como un sistema cerrado. Incluso Beethoven, el más
estable de los músicos, comienza a amplificarla a partir
de su tercera sinfonía.
-Usted expresó
con anterioridad que era probable que en el futuro se aplicara un
análisis semiológico a nuestra música. La atención
al timbre instrumental, de la cual acabamos de ocuparnos, está
con frecuencia asociada a la noción de música por
programa y esta última ha sido analizada de manera preferente
desde el punto de vista semiológico, como si lo pintoresco
del color sonoro, bien sea debido a una armonía extraña
o a una disposición original de la escritura instrumental,
convirtiera la narratividad en la palabra que resume el pensamiento
de la composición. Al principio de la Economie musicale,
usted alude al milagro de la dialéctica "entre los factores
creativos y los formatos singulares que acosan al músico".
Un poco más adelante, usted evoca los campos semánticos
musicales, los cuales serían "de naturaleza energética
y no ideales". Todo un capítulo de Voyage de mon
oreille se intitula "Un sens des sons"; allí
usted enumera varios tipos de desarrollo -por repetición,
crecimiento, repartición y resurgimiento. Dicho capítulo
concluye de esta manera: "La obra se inicia por algo sonoro
y por algo sonoro concluye". Esta semiótica que tiene
el buen gusto de hacer que la música sea inteligible gozó
de gran estima, en cierta época y en ciertos países
de Europa Oriental.
-Contrariamente al análisis estructural, que no se ocupaba
sino de los hechos, este análisis sobreañade un a
priori a la obra, el cual dirige su composición. Es como
un demonio de la imagen, un demonio del pensamiento. Si estas imágenes
pueden ayudar al compositor a abordar la obra, no me opongo a ellas.
En cualquier caso, a partir del momento en que ha escrito algo en
su hoja de papel, el compositor, quiéralo o no, puede relatarse
una historia. En mis borradores, puede leerse "¡bravo!"
o "por buen camino": por así decirlo, formulamos
deseos a partir de bosquejos, que utilizamos o no, que vamos reinventando
conforme desarrollamos el trabajo. Cada músico tiene su propia
semiología. El peligro consiste en relacionar excesivamente
música y literatura o música y pintura. Volvemos al
gran peligro de la correspondencia de las artes que describió
Souriau. Cada uno de nosotros posee su pequeño universo.
Las correspondencias entre un título evocador y el objeto
sonoro que se escucha pueden resultar interesantes, pero es preciso
evitar relacionar explícita y literalmente tal frase musical
y tal palabra literaria. Eso va muy bien con las convenciones musicales
de Riemann con relación al fraseo.
-En consecuencia
usted considera que el sentido lingüístico nada tiene
que ver con el sentido musical.
-Nada. Se trata de una analogía acrobática.
-A veces
los analistas se arriesgan a emplear el vocabulario del pintor y
referirse a planos, líneas y volúmenes para hablar
de música.
-Esos psicólogos y semiólogos nos llevan a tomar conciencia
acerca de la responsabilidad que tenemos al escribir música.
Además, los pintores saben de qué hablan cuando emplean
sinónimos de términos musicales.
 |
|
Foto:
Anabell Guerrero
|
-Usted ha
dicho que no hay historia de la música sino historia de los
músicos. ¿En su opinión, qué personalidades
dejaron una huella significativa en la primera mitad del siglo XX?
-Wyschnegradsky; y luego, el más reciente, Scriabin,
quien me aportó un tratamiento pianístico particular
y quien aborda ya ese deseo de rebasamiento entre diatonismo y cromatismo
en el que el acorde tiene esa doble función de resonancia
y de armonía estructural -en su Prometeo se vale de
un extraordinario tratamiento orquestal; y desde el punto de vista
formal, Satie y sus piezas breves y su recurso del no desarrollo.
Nada es más detestable que el desarrollo; el comentario inmediato
es considerablemente más imaginativo y trascendente. En Wyschnegradsky
me gusta el partido diferente que toma por cada obra. Definitivamente,
era un visionario extraño, como todos esos rusos que inventan
sus modos, como los aborígenes africanos que inventan la
sonoridad de su tambor. A mis estudiantes les digo: "Cuando
compongan una pieza, cualquiera que sea, traten de relacionar sus
premisas con un 'color' -en el sentido de la palabra en la época
de Machaut. Apártense de los sistemas estándares;
podrán regresar a ellos cuando lo deseen". Así,
Wyschnegradsky no aportó un conjunto de escalas, como
hizo Haba, sino tipos de escalas.
-Ya que
nos encontramos revisando los fenómenos acaecidos en el siglo
XX, quisiera conocer su posición con relación a la
electroacústica. Los estudios están proliferando y
en lo sucesivo será menester contar con esta herramienta.
Varèse soñó durante mucho tiempo, antes
de poder utilizarla, con esta colaboración entre el músico
y el científico.
-El científico le brinda al músico una conciencia
moral cuando manipula ciertos axiomas, pero la música poco
tiene que ver con las matemáticas. La electroacústica
me aburre; los compositores se dejan tentar por todo lo que reciben.
En cuanto se habla de especulación, el músico electroacústico
se incomoda. Si bien puede proponer este o aquel tipo de manifestación
sonora, esto pronto se vuelve repetitivo.
-Siendo mucho
menos despectivo que usted, Pierre Boulez denuncia los límites
de la electroacústica en su libro Par volonté et
par hasard.
-Pierre
Schaeffer fue un maravilloso inspirador, aun cuando aserró
la rama sobre la que estaba sentado. Ponía en guardia a esos
pseudocientíficos, que se consideran extraterrestres a partir
del momento en que tienen una consola, y finalmente el resultado
es bastante banal. No obstante, creo que es indispensable entrar
a un estudio y se lo aconsejo enormemente a mis estudiantes, pues
con ello se habitúa el oído a los fenómenos
no temperados.
-En Révolutions
musicales, Dominique y Jean-Yves Bosseur evocan un nuevo laberinto
y especialmente el de los recientes modos de notación musical.
¿Cree usted que es imposible satisfacerse con los grafismos
tradicionales?
-Antes escribíamos con una pluma de ganso, luego con una
pluma de metal y más tarde con máquinas. No es esto
lo que cambia el pensamiento de un músico. La partitura no
es sino un medio práctico de intercambio, un código.
Es preciso escribir lo más claramente posible, pensando en
el ejecutante.
-En el siglo
XVIII, se agregaban tablas de ornamentos a las partituras de clavecín.
En la actualidad, a veces es necesario realizar un verdadero documental
antes de abordar la ejecución de la obra.
-Eso no debe ser jamás una coquetería sino que debe
continuar siendo útil.
-En Dictionnaire
de la musique de Marc Honegger, editado por Bordas, usted
es presentado como un innovador audaz que ha cultivado (y cito desordenadamente)
la forma abierta, los medios matemáticos y la ampliación
de la paleta sonora. Asimismo, se le atribuye haber descubierto
estructuras nuevas, aparte de que su metatonalidad es calificada
de flexiblemente expresiva.
-Estoy de acuerdo con todo eso. Efectivamente, he creado rondós
proporcionales y he utilizado progresiones logarítmicas y
un montón de sistemas tan cómodos como una batería
de cocina: las interpolaciones, las permutaciones y diferentes juegos
matemáticos, que no son más que recetas sencillas.
Ese artículo del diccionario muestra el exterior de mi escritura
y da cuenta de lo que soy.
-Usted reivindica
la calificación de músico religioso. Al final de Economie
musicale, usted incorporó una conversación con
Dominique Bertrand. Creo que desde la Revolución Francesa
existe un movimiento pendular entre dos tipos de artistas. Uno podría
denominarse místico; por misticismo puede entenderse la conciencia
de una divinidad, la conciencia de la naturaleza, la presencia en
cada hombre de los demás hombres. El otro tipo sería
el de un artista investido en la ciudad. Ahora bien, usted afirma
en la conversación mencionada: "Hay momentos en los
que se está perfectamente convencido de no tener nada que
decirle a nadie". ¿Cómo califica usted a los
compositores comprometidos social o políticamente, llámense
éstos Nono o Berio o trátese de músicos soviéticos
que se hayan mostrado complacientes respecto de las doctrinas de
Jdanov?
-Tenemos momentos de fe y esperanza y otros momentos de desilusión
y ruina total. En ocasiones no se desea ver a nadie porque se está
entregado a sí mismo o porque ya no es posible soportarse
a sí mismo. Mi fe cristiana me permite aceptar las cosas
como vengan. Tengo la suerte de creer en un Dios encarnado. No creo
por voluntad sino que he recibido un don que despierta mi conciencia.
Profundizar en mi religión me ha enseñado a distinguir
entre lo que es bueno y lo que es malo e indigno. El artista busca
obligatoriamente la belleza y la claridad. La religión acentúa
esta claridad en mí. Soy una persona apolítica y no
creo en la música "comprometida" ni en la ideología
política.
-Obras insignes
de la historia musical se concibieron por encargo o inspiradas por
alguna circunstancia política, por impulso de las convicciones
de aquellos músicos en aquellos momentos. El compromiso no
es incompatible con la calidad artística.
-No. Los años más espantosos que viví fueron
los años 1941 y 1942. En 1946 terminé una pieza intitulada
Cendres. Profeso un gran respeto por todos aquellos que se
han visto forzados a hacer la guerra. Sin embargo, detesto el espíritu
de camarilla. Confío en Dios por conciencia. Me colocaron
dentro de la dodecafonía; luego me convirtieron en músico
cristiano. Toda obra hermosa es religiosa, pues nos hace acceder
a ese infinito que es el hombre. No soy de manera alguna un especialista
de música religiosa.
-Lo que
usted califica de religión puede llamarse humanismo o metafísica.
-El humanismo depende de mí, mientras que creer no depende
de mí, sino que me ha sido dado. Sin embargo, también
cultivo cierta moderación humana. Un buen cristiano puede
ser una persona que aprecie los placeres de la vida.
(Fragmentos de
una entrevista realizada por Michelle Biget en la revista
de estética musical Cahiers du CIREM).
Traducción:
Mario Bulfone.
Michelle
Biget. Periodista
|
|
N°
6 Aņo IV
Caracas, sábado 11 de noviembre
de 2000
|
| |
 |
|
|
| |
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
| |
| |
|
|
| |
| |
|
|
|