|
Creación
EDITORIALES
ALTERNATIVAS: PEQUEÑA VENECIA Y ECLEPSIDRA
Poesía
en la Feria de Caracas
Desde
ayer, un espacio se abre al goce de la lectura: la Feria Internacional
del Libro de Caracas.
En ese marco, las editoriales Pequeña Venecia y Eclepsidra
presentarán sus más recientes publicaciones. De una
pequeña muestra de ellas, Rafael Castillo Zapata realiza
una suerte
de antología que descubre al lector las voces -algunas inéditas,
otras consagradas- de aquellos
que apuestan por la palabra que convoca, reinventa e interpela al
otro, palabra que explora,
celebra y crea el mundo
***
Con motivo del
lanzamiento, en la Feria Internacional del Libro de Caracas 2000,
de los nuevos títulos de dos de las más consecuentes
editoriales alternativas venezolanas,
Pequeña Venecia y Eclepsidra, afanadas en promover con éxito
la poesía universal,
Verbigracia quiere ofrecer, como reconocimiento al trabajo de
editores y poetas,
empecinados en seguir creyendo en el poder convocador y transformador
de la palabra,
una breve muestra de algunos de los libros más atractivos
de la reciente camada,
presentados por Rafael Castillo Zapata
1)
En Las tintas del
escriba (Caracas, Eclepsidra, 2000) hay que celebrar la aparición
de una voz enorme, con una fuerza que sólo pocas veces la
poesía se da el lujo de convocar para sí en un libro
primerizo. Libro sin pérdida, repleto de escenas y palabras
conmocionadas, escrito con una levedad y una profundidad cuya sola
conjunción es ya admirable. Su autor, Angel Galindo,
nacido en 1975, se expone, así, a la historia provocando
expectativas comprometedoras. Se dice que tiene otros dos libros
inéditos, y ya estamos ansiosos de verlos publicados. Es
difícil escoger un poema de muestra entre el conjunto vario
y arriesgado que constituye el libro. Elijo este porque pone en
evidencia la capacidad lúdica, la maestría en injertar
estrategias narrativas dentro del poema, el desamparo constante
del hablante, la ternura que embarga la mayor parte de sus descarnadas,
dolorosas visiones de sí mismo y del mundo.
¿Minus,
o un gato que vuela?
Antaño
cuando el sol
atado a una mecedora
dejaba caer
cual madre llena de hastío
sus angustias sobre la cumbre de mi cabeza
y coloreaba
apoyándose en gigantescos árboles
la tierra con espectros de sutiles verdes
mi hermano y yo
encontramos un gato que saltaba como rana entre las hojas
revolcándose en el polvo de la calle que conducía
a nuestra casa
Lo llevamos
a nuestro hogar y le dimos de comer
-¿Miau, miau miau?-, preguntó
-No, no está. Os la presentaré después; ¡comé!
-, le dije
Caminó hasta el baño de la cocina
subió al lavamanos, tomó un peine y
viendo su reflejo
empezó a componer su cabellera
El y mi madre
se conocieron
durante una noche húmeda cercana a la penuria del invierno
Ambos fueron amigos hasta que
una mañana
en la cual rebotaba
enloquecido por la furia que alba cuela sobre los seres felices
tropezó
al apoyarse en un viejo mueble
con un ave de barro que estrelló su frente contra el piso
Una tormenta
interrumpió mi sueño. Caminé por un
pasillo hacia la sala y, viendo mis ojos, Minus me dijo:
¡Miau
Miau!, y le contesté: ¡No, eso es imposible! Subió
entonces a la baranda del balcón
¡MEAHOGO!
clamor
que lanzó mientras extendía sus patas
No lo
vi más
pero a veces
cuando camino por las calles
bañando con la mirada la piedra que pateo
un susurro me sorprende
y levanto mi rostro
2)
Poesía sentenciosa, reflexiva; poesía conceptual o
conceptuosa casi, se diría, que despliega sus imágenes
para hacer resplandecer una idea que se desnuda morosamente a lo
largo del poema; poesía de un poner en escena el pensamiento,
aferrándose a la fuerza de la propia mente para mejor acometer
el trabajo de irse hacia adentro de uno mismo, manteniendo todo
el tiempo la tensión convocadora y reveladora de una palabra
comprometida con la demanda ética del diálogo, de
la interpelación del otro. Cualquier presencia mundana o
espasmo de la consciencia es motivo suficiente para que Armando
Rojas Guardia muestre una vez más, en El esplendor
y la espera (Caracas, Pequeña Venecia, 2000), que la
poesía es una experiencia trascendental y el poema un rito,
una plegaria, una conversación de arriesgada humanidad.
Mística
del árbol
Los árboles
son sacramentos de la paz.
Ellos me enseñan el arte difícil del sosiego,
firme en su aplomo vertical
frente al viento y al látigo incontable de la lluvia.
Su tranquilidad está transida de silencio
pues las hojas, como labios, sólo invitan
a contemplar otra flora escondida e interior
que no se puede describir con las palabras.
Ellas hablan al alma, no al oído.
El tallo, paciente, se revela siempre ascensional
por efecto de la atracción religiosa de la luz
que lo ha elevado, a través de los años,
hacia el cielo; éste parece pesar sobre sus ramas
para darnos la exacta sensación
de estar ante un frondoso
receptáculo sagrado. La calma del árbol ilumina.
No es casual que, bajo su sombra, Buda
haya recibido el rayo austero
de la verdad situada tras el tráfago
de las cosas goteando idéntico dolor:
la última quietud, incontaminable,
cuyo signo en la tierra son los árboles,
serenísimos rastros a seguir
del santo ocio de Dios al contemplarlos
como perfecto reposo de sus ojos.
El árbol
es siempre vespertino
aun si lo alumbra una matutina esplendidez:
su esbelta, ensimismada arquitectura
sólo encuentra marco preciso
en el crepúsculo, cuando la paz,
ya madurada, expande copas
donde pernoctan los pájaros, callando.
3) Aunque el poemario se inicia con una declaración de sequedad
y una aspiración de lejanía que, de entrada, pareciera
colocarlo en la órbita de una poética crespiana, Tatuaje
(Caracas, Eclepsidra, 2000) es un libro rico en imágenes,
tan rico que a veces bordea el riesgo del exceso: la tentación
descriptiva y el recurso a la mera enumeración amenazan su
consistencia reflexiva y, no obstante, no logran restarle brillo
ni fuerza. Poesía óptica, imaginista casi, que Leonardo
Padrón ensaya con maestría para dar cuenta de
sus dos pasiones poéticas (o vitales, lo mismo da para un
poeta) más consistentes y constantes: la mujer y la ciudad;
una ciudad que es siempre Caracas, percibida desde todos los entresijos
de su caótica y seductora disposición sobre la tierra
(de la página).
Pedimento
Quisiera
una mujer de ojos de neón que llorara de amor sobre mi camisa.
Una mujer con ramajes de oscuridad en sus besos. Una mujer que fuera
la más larga avenida del mundo. Para que se me fuera la vida
allí. En el tránsito de sus piernas.
4)
Ver un paisaje, celebrar lo que se ve, meterse en el paisaje de
lo que se está viendo, verse viéndose, verse ver;
arriesgarse y guardarse en lo que se mira; y estar en comunión
con lo sentido, parecen pistas practicables para balizar un
posible mapa primerizo de los textos que iluminan Tres poemas
(Caracas, Pequeña Venecia, 2000). El lector encontrará
en este libro de Pedro Serrano, poeta mexicano nacido en
1957, una palabra cadenciosa y fluida que apuesta por una constante
celebración de lo visible, del mundo como epifanía
asombrosa de la mirada; y un poema que es puro gozo aun cuando sea
ocasión para constatar que la vida es sólo este
asidero que arañamos.
Parte "3"
de Tuscania
Otra vez
el olor santo de la mañana,
la rumosa soledad que es el amanecer,
el movimiento natural del principio:
la escarcha de los árboles,
el detenimiento de sus sombras,
el humo blanco de este día.
El pino sigue en pie,
una forma rotunda contra la niebla luminosa,
y frente a los manchones de la acacia,
el esfuerzo maestro de la golondrina.
Yo adentro.
Yo viendo.
Yo respirando
los primeros ruidos humanos,
el soñoliento y tropezado despertar de un tractor,
el paso histérico de una motoneta,
el arrastrarse de una grúa.
El café, el sol naciente
quitan los velos de la tierra verde
y dejan sentir las mariposas y las moscas,
los sonidos mezclados de motores y pájaros,
el olor del jardín y del aceite.
La quieta calma del paisaje en su cuna,
su voluminoso entusiasmo,
su despertar.
5)
Julio César Blanco Rossitto (Ciudad Bolívar,
1961) ensaya en Enseres (Caracas, Eclepsidra, 2000) el poema
como relato fantástico evocando ciertas maneras ramosucreanas:
el uso reiterado de un yo que se narra a sí mismo en un tiempo
verbal que es, de preferencia, el imperfecto. Exploración
descarnada de la propia conciencia del cuerpo que envejece, la reflexión
sobre el propio deterioro pasa aquí por una persecución
del sujeto para quien su cuerpo es uno más entre los enseres,
percepción melancólica (casi barroca) de la creatura
misma como cosa.
Trafican
en mi piel
heridas laceradas por un monje avieso
Lobos toman las puertas
y deslizan cartas que giran imponiendo la estupidez
como un gran dromedario de correo
Ebrio
azotado por soberbios inviernos
que crispan sus aguas para la sed de los desvelados
decido suicidarme en los recodos
de un caligrama inhóspito
Dejo de ser humano Me soslayo del hombre puro
labrador nocturno de manos de cebada
soldado de la fertilidad
protector del aserrín que conserva la fluidez del árbol
trapecista desnudo en ciudades adustas
donde los ciudadanos se aman se besan se desgarran
se multiplican se habitan se pliegan se redondean
Dejo penetrar este cancerbero
que adormece las ternuras de la luz
con un brebaje de raíces cultivadas
en el orín turbio de los presidios
Levanto los ojos
Ruego por hojas de té en un salón con damiselas
Decrépito me apago en el día.
6)
Tal vez el frío (Caracas, Pequeña Venecia,
2000) es el sólido y hábilmente trazado campo de maniobras
donde Alberto Barrera Tiszka intenta el difícil ejercicio
de reinventar la sentimentalidad, arriesgándose a fondo en
cada poema para dibujar con nitidez la imagen de una experiencia
que involucra siempre los zarandeados sentimientos del hombre: nostalgia,
tedio, desamor, enfermedad, regocijo, éxtasis, muerte. Todo
ello a partir del diseño de serenos paisajes cotidianos,
urbanos, tallados con una limpieza de buen vidriero; en cada poema
puede verse al través una presencia que es casi la cosa,
la persona o la pasión que allí se evoca o se nombra;
como si el lenguaje, con mínima intervención atenta,
asegurara la ilusión de que el mundo es el poema, y viceversa,
la experiencia creada, creándose en el momento de ser escrita.
Septiembre
Como aquella
noche,
cuando te vi morir.
Tu cuerpo
sólo fue material de
las agujas, las
sondas, los cuchillos.
Ya no piel
o
labio, ya no
pubis, altar, cabellos; ya
no.
Cuatro enfermeras.
Dos médicos.
Tu nombre
crujió en una jeringa.
Y yo lloraba,
inútil.
La ciudad
era una sombra áspera.
La vida,
una mosca en
una sala de emergencias.
La soledad del neón: mi catedral.
(Otros títulos de Pequeña
Venecia: Ciclo de piedra de Julio Miranda, Orden
de amor de Juan Gustavo Cobo Borda, Casa de polvo
de Teresa Casique, Viajes y mudanzas de María
Elena Huizi, Consideración de la rosa de Alicia
Torres, Antología poética de Mercedes
Roffé, Diario extranjero de María Negroni,
Poemas de Ruth Fainlight, Víspera de
Jacqueline Goldberg y la antología 18 poetas españoles
de fin de milenio de Juliana Chavarrías y Marcelino
Jiménez León.
De Eclepsidra: La transparencia y el enigma de Irma Huncal,
Me muevo aparte de la noche de Lilián Navarro,
Anochecí por dentro de Blanca de González,
Memoria ovalada de Enrique Moya y Desconocidas
de María Auxiliadora Chirinos).
|
|
N°
6 Aņo IV
Caracas, sábado 11 de noviembre
de 2000
|
| |
 |
|
|
| |
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
| |
| |
|
|
| |
| |
|
|
|