Ensayo

METAFORAS DEL RETRASO Y LA BARBARIE

La Ilustración insuficiente y las culturas hispánicas

La Bienal José Antonio Ramos Sucre hace gala de la dimensión de su compromiso incluso
al momento de seleccionar los miembros del jurado. En cada edición crece la expectativa
y en esta ocasión el veredicto en la mención ensayo llevará las firmas de Ana Nuño, José Manuel Briceño Guerrero y la del investigador español Eduardo Subirats quien, antes
de concentrarse en las deliberaciones, nos lega sus interrogantes sobre el ideario filosófico
de la edad de la Ilustración, particularmente de cara a las naciones de habla castellana


Foto: Archivo
El impacto de las culturas sigue obsesionando a Eduardo Subirats

Escribir en torno al concepto de Ilustración desde una perspectiva contemporánea entraña serios dilemas. Los modernos sistemas políticos totalitarios y los reiterados genocidios del siglo XX, la guerra nuclear o el escarnio mediático de las masas electrónicas tiñen con sombríos colores los principios programáticos de democracia, paz perpetua o libertad que anunciaron los filósofos de la Aufklärung o de les Lumières. A lo largo del último siglo no se ha dejado de hablar por ello de la regresión con respecto a los idearios filosóficos de la edad de la Ilustración inherente al desarrollo de las tecnologías letales, las economías socialmente devastadoras o los sistemas de control institucional del existente humano. La destrucción sostenida de los medios naturales y el empobrecimiento social a escala masiva a lo largo de sucesivas crisis políticas, militares y financieras han puesto un visible límite a las encendidas visiones de progreso moral de la humanidad que inspiraron la Encyclopédie o la filosofía de la historia de Hegel.

Estas vicisitudes históricas del concepto de modernidad, en la segunda mitad del siglo XX, han obligado a una permanente revisión de los valores científicos y sociales ligados a la Ilustración europea y norteamericana. Se ha cuestionado el ascetismo cristiano que recorre el racionalismo jesuítico de Descartes o la espiritualidad pietista que anima algunas páginas de las Críticas de Kant. Ha sido desvelado el principio de nihilista indiferencia a las formas históricas de vida de las culturas y los pueblos constitutivo del concepto liberal de libertad, según lo formula la filosofía de la tolerancia de Locke. Más aún, las filosofías críticas del siglo XIX de Marx, Nietzsche o Simmel ya habían puesto de manifiesto el vacío del sujeto moderno, o la frialdad que atraviesa la conciencia científica, y el empobrecimiento o la alienación que este absolutismo racionalista significaba para todo el universo simbólico de la existencia humana. Freud señaló un límite letal de la civilización industrial. Adorno y Horkheimer subrayaron los momentos regresivos de la Dialéctica de la Ilustración. El arte y el pensamiento de finales del siglo XX no han cesado de insistir en esta visión negativa de la civilización fundada en los valores científicos, morales o estéticos de la Aufklärung, les Lumières o el Enlightenment.

Pero los dilemas no terminan aquí. Todavía tenemos que confrontarnos con un segundo horizonte de problemas cuando no solamente nos referimos al Enlightenment como concepto filosófico de pretendido significado universal, sino que nos referimos más exactamente a una constelación geopolítica y cultural, usualmente llamada "periférica" o "marginal" con respecto a la autoproclamada centralidad geopolítica de las reformas científicas, morales y sociales de les Lumières, la Aufklärung o el Enlightenment. Me refiero precisamente a las culturas luso-hispánicas de los siglos XVIII y XIX tanto en la península ibérica como en el continente americano. Me refiero a estas sociedades tachadas desde el siglo XVIII por las filosofías europeas bajo metáforas negativas del atraso, la barbarie y el subdesarrollo. Me refiero al mundo cultural ibérico e iberoamericano como una auténtica frontera religiosa, intelectual y política a la pretendida universalidad del concepto de Aufklärung, les Lumières o Enlightenment.

Para entrar en este último problema quiero adelantar una sencilla reflexión de orden etimológico. Quiero subrayar, en primer lugar, que las palabras "luzes" e "ilustración" carecen de un contenido semántico fuerte en las lenguas española y portuguesa que pudiera compararse lejanamente con sus homónimos francés, inglés o alemán. En la lengua castellana, el verbo ilustrar y su consiguiente forma sustantiva se asocian más bien a la acción de representar con imágenes un acontecimiento o un concepto. Se puede hablar de las ilustraciones de los catecismos coloniales del siglo XVI, sin que semejante palabra suponga precisamente una experiencia reflexiva. El predominio de este significado icónico o emblemático, y de sus invariables dimensiones persuasivas y propagandísticas, en menoscabo de la acepción epistemológica y reflexiva del término ya es por sí mismo un síntoma inequívoco de la fragilidad de la "Ilustración" como concepto filosófico. Es cierto que el término portugués as Luzes está indiscutiblemente asociado con las reformas de las ciencias modernas y con radicales reformas institucionales. Y, sin embargo, también esta palabra carece de aquella dimensión antimetafísica y socialmente revolucionaria inseparable de la Aufklärung o de las Lumières.

Consideradas como categorías historiográficas, la "Ilustración española" o la "Ilustración iberoamericana" tampoco poseen un contenido semántico precisamente fuerte. Ninguno de los intelectuales luso-hispánicos del siglo XVIII vinculó la palabra "ilustración" con un proyecto filosófico, educativo o reformador comparable al rigor intelectual de la Encyclopédie o de la Independencia de Norteamérica. En la península Ibérica y en América Latina se divulgaron las llamadas ciencias útiles, se impusieron reformas institucionales que podemos llamar legítimamente ilustradas en la medida en que respondían a un nuevo concepto secular de productividad económica y racionalidad instrumental, y se defendió un ideal de progreso que se parecía a los idearios de la filosofía de la historia de Condorcet o de Kant. Pero el concepto filosófico de Ilustración permaneció siempre en una especie de penumbra conceptual: sin límites precisos que le distinguieran de la escolástica y del dogmatismo católico que, hasta fechas muy tardías, se ha pertrechado tras sus categorías metafísicas. Las tradiciones políticas autoritarias ligadas a esta tradición dogmática tampoco llegaron a ponerse seriamente en cuestión, al contrario de las filosofías de la tolerancia y la libertad que recorrieron los países protestantes de Europa y América del Norte en la segunda mitad del siglo XVIII.

Lo que denominamos filosóficamente con la palabra castellana "Ilustración" es más bien una traducción y una trasposición en absoluto rigurosa de las categorías homólogas europeas a un contexto cultural y políticamente diferente; es decir, definido por un predominio cultural de la Inquisición y un dogmatismo teológico-político que no se puso seriamente en cuestión hasta la invasión napoleónica. Es incluso una traslación tan precaria que en ocasiones se ha preferido verter la voz alemana Aufklärung por la palabra más arraigada de "iluminismo", que se remonta a las corrientes místicas populares, de inspiración islámica, letalmente perseguidas a lo largo del siglo XVI. Este uso indiferenciado de los términos "ilustración" e "iluminismo" para traducir los conceptos de Enlightenment o Aufklärung delata incluso la ausencia de límites precisos entre lo secular y lo sagrado en esta supuesta tradición "ilustrada" hispánica.

La inseguridad historiográfica del término "ilustración", y las mismas ambigüedades sociales y políticas que rodean al concepto de una "Ilustración" hispánica o ibérica no es, por otra parte, una tesis que pueda considerarse nueva. Que la sociedad española sostuviera en el siglo XVIII corrientes intelectuales de signo más o menos independiente de la Iglesia y la Corona, dotadas de cierta envergadura teórica, y capaces de establecer un diálogo con las ciencias o con la conciencia intelectual de Francia, Inglaterra o Alemania, era algo que se ponía claramente en duda durante el propio siglo XVIII. Para los ilustrados franceses España era un país dominado por el catolicismo más sombrío, abrumado por la decadencia moral y científica, y coronado por una larga tradición de poderes despóticos, corruptos y sanguinarios. En el artículo "Espagne" de la Encyclopédie de Diderot se dice: "la grandeur espagnole ne fut qu'un vaste corps sans substance, qui avoit plus de réputation que de force". Cadalso, uno de los intelectuales que representan a la "Ilustración" española y uno de los críticos más sobresalientes de la sociedad del siglo XVIII, formuló la misma crítica de la decadencia española. El atraso español con respecto a los países ilustrados de Europa podía cifrarse, de acuerdo con este escritor, en más de cien años.

Las primeras interpretaciones de la realidad española por parte de la Independencia hispanoamericana planteaban el mismo dilema. Para Bolívar lo que distinguía a la "atrasada España" de la "Europa civilizada" era "el yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio". En los albores de la era romántica, Blanco White, el único liberal español del siglo XIX que posee una obra intelectualmente rigurosa, se quejaba con amargura, desde su paradigmático exilio, sobre la brutal decisión por parte de los dirigentes del catolicismo español y de su brazo secular, la Inquisición, de destruir sin el menor miramiento todo intento de emancipar la razón, hasta ya entrados en el siglo XIX. Sarmiento no era menos sensible a las debilidades de la modernidad española cuando describía a esta nación como "la que menos puede pretender a nada suyo propio en materia de trabajos de la inteligencia".

Pero no han sido solamente los intelectuales ilustrados europeos como Leibniz o Voltaire, o el exiliado liberalismo español de los siglos XIX y XX quienes han advertido la pequeña gran ausencia de una "Ilustración española". También el partido opuesto; es decir, el tradicionalismo español, llegó a la misma conclusión, aunque por diferentes caminos. Para Menéndez Pelayo la España de la "Ilustración", o (todavía peor), la España de "las luces", era un epifenómeno cultural generado por una minoría venal de intelectuales que nunca llegaron ni siquiera a arañar la recia piel de la España cristiana. Unamuno pensaba en categorías muy similares sobre la España profunda.

Tanto Menéndez Pelayo como Ortega decretaron solemnemente la ausencia de un pensamiento ilustrado en España. Más aún: el primero tildaba la Ilustración española de afrancesamiento, dejando entrever con ello lo que para el catolicismo tradicionalista podía significar este adjetivo: los afrancesados tenían algo de traidor y algo de afeminado, se caracterizaban por una inteligencia desvergonzada, y se distinguían por su ánimo corrupto y frívolo. El juicio que la Inquisición dictó en el llamado "autillo de fe" de 1778 contra uno de los escasos reformadores españoles que merecen ser llamados ilustrados en un sentido riguroso del concepto, el limeño Pablo de Olavide, refleja el criterio más generalizado sobre la "Ilustración" española en los intelectuales más representativos del siglo XX. Aquel juicio se llevó a término con la clara conciencia de que los "ilustrados" españoles eran una minoría numéricamente insignificante y políticamente marginal. El tribunal sentenció en su reo la falta del "espíritu de verdadera religión", lo que sus traductores seculares tradujeron en los términos de un pensamiento superficial o mecánico, por emplear la expresión de Ortega. Y su condena fue instruida con el propósito explícito de dar un "escarmiento": es decir, partía de la convicción de que a los ilustrados se les podía doblar la cabeza primero, para humillarles luego en nombre de su impotencia.

Menéndez Pelayo resaltó todavía otro aspecto. Esta afrancesada Ilustración española había sido nefasta, puesto que la aparición de sus ideas, por triviales que ellas fuesen, coincidía históricamente con el resquebrajamiento del monopolio espiritual de la Iglesia romana y el final de la monarquía colonial cristiana. La misma tesis de la influencia reformista europea como clave de la decadencia española inspiró, en mayor o menor medida, a los nacionalistas españoles ligados a la crisis colonial de 1998, como Picavea, Morote y Unamuno, y, más tarde, al nacionalcatolicismo de los años treinta y cuarenta en obras tan significativas con las de Maeztu.

El reconocimiento de la debilidad intelectual y política del siglo ilustrado español, y por contagio, hispanoamericano, atraviesa incluso las anécdotas chuscas. Ortega espetó en más de una ocasión que la ausencia de Ilustración en España no era una cuestión que debiera preocupar. Desde la perspectiva de su aristocratismo antimoderno, la Ilustración, a falta de un auténtico concepto, aparecía como un quehacer "mecánico"; es decir, ligado a la esfera nada excelente del trabajo del conocimiento. Para el concepto que Ortega tenía de la reforma necesaria de la entidad nacional que él imaginaba, la Ilustración en un sentido estricto, es decir, volteriano, enciclopédico, epistemológico o político-moral, no era, a final de cuentas, más que una reforma espiritual y social prescindible.

Y para poner punto final a esta sucinta y tediosa serie de testimonios de una ambigua Ilustración recordaré a María Zambrano quien, en 1936, y en un breve ensayo publicado en la revista La hora de España, en el contexto de la resistencia contra el fascismo europeo, recordaba que la "reforma del entendimiento", siempre postergada a lo largo de la historia cultural española, era una tarea intelectual y filosófica que estaba por hacer.

Eduardo Subirats. Ensayista e investigador español

N° 6 Aņo IV
Caracas, sábado 11 de noviembre
de 2000
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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