ROMA,
CIUDAD VORAZ QUE RECLAMA UN SEGUNDO ENCUENTRO
Velázquez en vía
del Corso
Dueña
de una luz y un cielo que parecieran inevitables para los artistas
del Barroco, Roma hace presa "la mirada de todos".
Así Velázquez, como Rubens, Poussin y Claudio, entre
otros, marcha hacia
esa Ciudad Eterna que le promete nuevos modos de arte y la salida
del "atolladero tenebrista" en el que se halla.
Ciudad cuya topografía es para Alejandro Oliveros un "locus
privilegiado"
que invita a "un segundo encuentro". Allí, el "maestro
sevillano", a su regreso,
veinte años después de su primera visita, realiza
dos grandes pinturas:
el retrato de su esclavo, Juan Pareja, y el de Su Santidad Inocencio
X,
que se convirtiese en reto y muestra del genio del pintor

Retrato
del Papa Inocencio X / Roma (1649 - 1650)
a
Daniel
A
diferencia de Nápoles, a la cual una sola visita es suficiente
(e puoi muori), Roma invita a un segundo encuentro. No ocurre
lo mismo con París, que incita a vivir allí. Y de
Madrid nadie parece haberse ocupado en decir algo al respecto. La
topografía de Roma, su luz y el más alto de los cielos
corresponden a un "locus" privilegiado. Lo sabía
Eneas, cuando dejó las humeantes torres de Troya y remontó
las aguas del Tíber. "Le seducían aquellos lugares",
dice en su crónica el gran Virgilio. Dos veces, pues,
por lo menos, hay que visitar la Ciudad Eterna.
El Renacimiento
no fue el mejor momento para Roma. El Barroco sí. A comienzos
del seiscientos, era hacia allí a donde se dirigía
la mirada de todos. Y los pasos de los escogidos. Roma se hizo inevitable
para los artistas. De todas partes comenzaron a llegar para cumplir
con el destino barroco de la Cittá del Papa. De Holanda,
Rubens; de Francia, Poussin y Claudio. De España,
Velázquez. Para los españoles, sin embargo,
no se trataba de la mejor época para marchar a Roma. Los
muchos excesos de Sacco de 1527 no habían sido olvidados.
En aquella ocasión, Carlos V, rey de España y emperador,
había deshonrado al florentino pontífice Clemente
VII.
Cien años
después, en 1630, el obispo de Roma era de nuevo un florentino,
Urbano VIII Barberini. Su desdén por los españoles
era bien conocido. En junio de ese año llegan a la corte
papal los nuevos cardenales españoles, Sandoval, Spínola,
Albornoz y Pamfili. El ingenio del Papa se conoció en toda
la ciudad: "Su Majestad Católica, para darnos miedo,
nos ha enviado a un mudo y dos enanos". Se refería la
piedad pontificia a que Spínola era tartamudo, Sandoval de
contextura pigmeica, y Pamfili lo más feo que se había
visto en la historia del Sacro Colegio Cardenalicio.
Ese mismo año,
en Madrid, Velázquez exhibía una vez más
el estado de su genio. Presentaba la evolución de su talento
con una de sus telas más difundidas, Los borrachos.
Una de las glorias de la pintura española y la culminación
del primer período de la obra del artista. La manera que
se había iniciado con cuadros como El aguador de Sevilla,
se hallaba agotada. Ese dibujismo no daba para más. La iluminación
caravaggiesca corría el riesgo de hacerse esquemática
y dura. Velázquez sabía de los otros modos
de la pintura italiana. Recordaba los comentarios de Pacheco
sobre Rafael y Miguel Angel. Y había estudiado
el luminoso cromatismo de Tiziano en las colecciones de palacio.
Estaba convencido de la necesidad del viaje a Italia, a Roma. Si
algún estímulo hacía falta para emprender el
traslado, la presencia de Rubens en la corte madrileña
se encargó de proporcionarlo. Si quería salir del
atolladero tenebrista se imponía "volver a aprender".
Después de muchos ruegos a su rey, el apoyo del conde-duque
de Olivares y, probablemente, los buenos oficios de Rubens,
Velázquez consigue la autorización de Felipe
IV. El maestro sevillano se embarcó en Barcelona el día
de San Lorenzo (20 de agosto).
De la capital
de Liguria, Velázquez se traslada a Milán y
luego a Venecia: "Le gustaron mucho los cuadros de Tiziano,
Tintoretto y otros artistas de su escuela, y todo el tiempo
lo dedicó a dibujar infatigablemente; hizo particularmente
estudios de la famosa Crucifixión de Tintoretto,
en la Scuola di San Rocco, y copió la Comunión
de los apóstoles, que regaló al Rey. Pero la guerra
le impidió permanecer allí mucho tiempo". En
lo sucesivo, la gravitación de los venecianos se hará
frecuente en la pintura de Velázquez. Uno de los signos
de su proyecto estético es precisamente su admiración
por Tintoretto. El maestro de San Rocco había desplazado
a Tiziano, "todos los que florecieron después
tomaron su estilo". Nada hay de extraordinario u original en
las preferencias de Velázquez entre los pintores de
la Serenísima. Más sorprendente e inquietante, y tan
significativa, es su indiferencia por el arte del quattrocento
florentino. En su viaje hacia Roma, el sevillano se contentó
con atravesar la ciudad toscana. Después de Tintoretto
nada había que aprender en los frescos de Ghirlandaio
en Santa María Novella, o en las mitologías de Botticelli
o en las perspectivas fundadoras de Masaccio en Nostra Signora
del Carmine. Ni un solo día se detuvo en Florencia. El sueño
de sus ojos era Roma. Y su destino la sintaxis del Barroco.
A la capital
pontificia llega Velázquez en el año sexto
de la administración Barberini, la de Urbano VIII, tal vez
el más brillante de una serie de Papas que incluía
a Paolo V Borghese y Gregorio XV Ludovisi. Príncipes modernos,
amantes del arte, grandes coleccionistas y devotos de libros y bibliotecas.
Desde los primeros tiempos del Imperio, Roma no había lucido
más excitante. En el mismo sentido en que ahora lo es Nueva
York y antes fue París. Una nueva generación de artistas,
una nueva "idea del bello" que había venido a prolongar
y superar a la anterior. La de los Carracci, Domenichino
y Guido. Es el momento de Poussin, Guercino,
Sacchi, Lorrain, Bernini, Borromini,
de Pietro da Cortona. Y de Velázquez.
Aunque nunca
fue recibido por Urbano VIII, el maestro español conoció
la amplia protección del cardenal nepote, el exquisito Francesco
Barberini y su consejero, el culto Casiano da Pozo. Velázquez
fue alojado en el propio Vaticano y tuvo acceso permanente a los
frescos de Miguel Angel y Rafael. Más tarde,
conseguirá habitación en Villa Medici, la residencia
del embajador español. Quería estar más cerca
del centro. Donde estaban ocurriendo las cosas. Su vecino de Monte
Pincio es Nicolás Poussin. El azar insobornable quiso
que, a pocos metros de distancia, trabajaran y vivieran los dos
más grandes pintores de sus respectivos países. Poussin,
realizando la crónica imaginada de la Roma Antigua. Y Velázquez
pintando lo que ve, casi siempre disimulado en representaciones
a lo divino y lo pagano.
Entre las tantas
copias que realizó de los frescos de Miguel Angel
y Rafael, Velázquez tuvo tiempo para enriquecer
su particular mitología. Aquella galería de figuras
que se había inaugurado con el linfático baco madrileño.
La fragua de Vulcano, de este primer período romano,
conserva el tono desmitificador de Los borrachos, pero la
luz y la pincelada han comenzado a cambiar. La luminosidad dorada
de Roma ha surtido sus efectos. El resplandor que rodea el rostro
de Apolo acaso no se hubiese pintado de la misma manera en Madrid.
Por otra parte, el manto que cubre el medio cuerpo del Dios es impensable
sin la estancia veneciana. Lo que no pertenece al catálogo
de influencias italianas, es la innata incapacidad de Velázquez
para idealizar (Clark). Si el "cobre se despierta clarín
no es culpa suya". Los dioses de la mitología griega
fueron hechos a imagen y semejanza de los hombres. Y como hombres
aparecen en esta iconografía. Los mismos reyes y papas. No
es culpa suya que algunos, como Felipe IV, tengan mirada cretina.
O, aun siendo cardenales, sean tan espantosos en sus rostros, como
el cardenal Pamfili, futuro Inocencio X. Los seres humanos son así.
Más
discretas que La fragua de Vulcano y La túnica
de José, son las dos pequeñas telas dedicadas
a los exteriores de Villa Medici. Son, tal vez, sus únicas
pinturas realizadas "a plein soleil". Al aire libre,
como quería los impresionistas. El tratamiento de la residencia
Medici se corresponde con el desinterés de Velázquez
por Florencia. Para su Vista del jardín de la Villa Medici,
en Roma (la tarde), el artista escogió la más deprimente
de las vistas. Un muro con sus arcos "obstruidos por miserables
telas" (Justi). Recuerdo la primera vez que estuve frente
a este cuadro. Lo conocía por los libros e incluso había
publicado algunas notas sobre la pintura. Pero, al enfrentar el
pequeño lienzo, sentí cómo se aproximaban las
heladas alas de la melancolía. Aquello era todo lo que restaba
del Renacimiento. Un arco tapiado miserablemente. Tan poco había
durado. El momento más iluminado de la cultura desde Atenas.
La "culpa" no era de Velázquez. Su descripción
es la de un cronista, al cual sólo podríamos reclamar
su exceso de objetividad. Me alejé de la sala, abatido, cabizbajo,
recordando a otro español, Rodrigo Caro, que había
cantado otras ruinas gloriosas: "Estos, Fabio, ¡ay dolor!,
que ves ahora, / campos de soledad, mustio collado, / fueron un
tiempo Itálica famosa".
Vía
del Corso
Antes de acceder a los espacios de piazza Venecia, el viajero
que llega caminando desde piazza del Popolo, se encuentra
con el palacio Doria-Pamfili. Después de subir las escaleras
hasta el primer piso, el visitante se encuentra con una de las colecciones
privadas más nutridas de Roma. Es probable que no iguale
en calidad a las colecciones Borghese o Ludovisi. Pero, al final
de la primera galería, en un pequeño salón
a la izquierda, se exhibe una de las mejores pinturas realizadas
desde Apeles. El retrato de Inocencio X.
Veinte años
se demoró Velázquez para su segunda visita
a Roma. Era mucho lo que había pasado ante su mirada impasible.
Veinte años más viejo y cada vez más convencido
de las estrecheces y limitaciones de la vida humana. Su desencanto
no era sólo suyo. Era el de toda la España sensible,
una reducida minoría, por desgracia. Es el mismo desencanto
y desengaño de Quevedo. Es la esencia misma del Barroco
en España: "Cualquier instante de vida humana / es una
nueva ejecución con que me advierte / cuán frágil
es, cuán miseria, cuán vana". Las pasiones cortesanas
había conocido y las había sobrevivido con prudencia.
No es que la vida fuera un sueño. Más bien que todo
era comedia. Alargada y amarga, como la saga de Manuel Quijano.
Dos grandes
pinturas realizó Velázquez durante su segunda
estadía romana. El retrato de su esclavo, Juan Pareja. Y
el de Su Santidad Inocencio X. La situación era otra en la
corte papal. Al príncipe Barberini lo había sucedido
el cardenal Pamfili, que una vez fuera víctima de la ironía
del florentino. Las relaciones con Roma habían mejorado.
Y, en esta oportunidad, el Papa acordó posar para Velázquez,
pintor de cámara de su católica majestad, Felipe IV.
Velázquez, no obstante, no quiso enfrentar a Inocencio
directamente. No desconocía la escritura de sus rasgos. El
más feo de los cardenales en la larga historia del Colegio
Cardenalicio. Era necesario un poco de práctica antes de
proceder con aquel rostro. Para eso estaba, como modelo, su esclavo,
el moro Juan Pareja, altanero y con pretensiones de artista. Para
algún estudioso se trataba de "experimentar para demostrar
cómo procedía un pintor con una cabeza fea".
Los conocedores no lo entendieron de otra manera. Velázquez
fue electo miembro de la Academia de San Lucas, honor que supo agradecer.
Y procedió con su nueva pintura, el Retrato de Inocencio
X, el lienzo inevitable del palacio Doria-Pamfili, en vía
del Corso.
"¿Velázquez
era católico?", fue la pregunta que me hicieron después
de la primera visita, memorable, a la Galería Doria, en el
Corso. La interrogante no es descaminada. Nada hay en la apariencia
de Inocencio que recuerde las virtudes exaltadas por la fe cristiana.
La mirada más de lobo que de pastor. Su desconfianza es más
que evidente. El género humano es su personal enemigo. Del
cual no espera ni clemencia ni simpatía. No obstante, Velázquez
no se propuso realizar un retrato moral del pontífice. Como
Papa no fue Inocencio peor que la mayoría. Careció
de la amoralidad de Alejandro Borgia y no fue más corrupto,
ni menos, que su predecesor Barberini. Se dedicó sin pausa
a la administración de Roma y de su Iglesia en tiempos difíciles.
Protegió los talentos que abundaban en la sede papal. Restituyó
en su favor a Bernini. Entregó a Pietro da Cortona
la decoración de su palacio en piazza Navona. Velázquez,
como casi siempre, se limitó a pintar lo que veía.
Y con su ojo sevillano veía más que el común
de los mortales. Inocencio X es retratado por dentro y por fuera.
En su luz y su sombra. Esa parte de Inocencio que ni el mismo Inocencio
conocía. La pintura es, también, una escenografía.
El Papa es un actor que no se siente cómodo con su papel.
No le es fácil desdoblarse. Dejar de ser Giovanni Battista
Pamfili y actuar como sucesor de Pedro. Hubiese preferido otro papel.
Jefe de los fogones pontificios, por ejemplo. O cualquier otro oficio
que no exigiera tanto de su alma. A sus setenta y seis años,
Inocencio impresiona, sin embargo, por su energía. La fuerza
de su mirada, la tensión de sus manos, su postura en la silla
enorme.
Cuando bajamos
las escaleras del palacio Doria-Pamfili para caer en el caótico
bullicio de vía del Corso, no podemos menos que agradecerle
a la fortuna el segundo viaje de Velázquez a Roma,
el definitivo. No habría sido posible, en otra ciudad, realizar
el más permanente de los retratos de la pintura occidental.
Alejandro
Oliveros. Ensayista y poeta
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N°
7 Aņo IV
Caracas, sábado 18 de noviembre
de 2000
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