Reseña

Leonardo Padrón, tatuado

Mujer y ciudad son celebradas en un solo espacio: Tatuaje, de Leonardo Padrón.
Páginas en las que el poeta vincula, como si de seres indivisibles se tratara,
estas dos pasiones que desde un principio, en su obra, fueron la razón de su desvelo.
He allí que Thelma Carvallo vea "sus poemas amatorios entre los resquicios urbanos".
Como un nómada que ha recuperado "el oficio de voyeur", Padrón se desplaza
por las calles de Caracas e intenta capturar
al poema con su "mirada fotográfica"


Foto: Lisbeth Salas-Soto
Padrón "cruza el destino amoroso y el azar urbano"


Había leído esto en el poemario de Leonardo: "en una esquina hay un hombre que fuma solitariamente el resto de ciudad que le queda". Al escritor, en cambio, le sobra ciudad. Tanto así, que desde su terraza podíamos verla casi completa, extendida y luminosa, a merced de él mismo que la nombra y la dibuja en el aire. La conoce bien, como una entraña propia, y le ha dado la licencia de ser la materia prima de Tatuaje, su último libro. (Grupo Editorial Eclepsidra. Colección Vitrales de Alejandría).

Un plano general, el perfil de Caracas y sus variantes fonéticas, lo obsesionan. La visual, que se regenera al paso de cualquier novedad inmobiliaria, modula la conformación estética de esa ciudad que Leonardo vigila desde las ventanas. Hasta aquellos rasgos salvajes que la cruzan, como las especies de loros que se desplazan a las seis, le pertenecen, con derecho a celebrar el triunfo de estar vivos. El poeta, de mirada fotográfica, ajusta y reajusta su vínculo con la ciudad desde diversos lugares: lomas, cerros, colinas, balcones, para que cambie el encuadre, en la espera secreta de reconciliarse con su postura arquitectónica, su textura. Desde la escritura de libros pasados, el acto de desentrañar la ciudad como fenómeno estético es un deseo. Entrar a ese corpus viviente, con su proliferación de arterias y complicaciones morfológicas, es casi el arriesgado gesto de lanzarse en pos de una mujer.

Así lo deja entrever cuando inserta sus poemas amatorios entre los resquicios urbanos. A este peatón lo mueve la descarga pasional, no hay ninguna duda en ello. Cuando avanza apresurado en los bulevares parece que tiene un pedimento:

"Quisiera una mujer de ojos de neón que llorara de amor sobre mi camisa. Una mujer con ramajes de oscuridad en sus besos. Una mujer que fuera la más larga avenida del mundo. Para que se me fuera allí la vida. En el tránsito de sus piernas".

Leonardo Padrón cruza en este poemario el destino amoroso y el azar urbano. No concede tiempo alguno para abandonar la calle. Cuando se aleje la ciudad, habrá que perseguirla. Por eso, otra de las aristas del escritor tatuado es el viaje a las ciudades, hacia ellas y dentro de ellas. Desplazarse sobre las esteras de asfalto, recuperando el oficio de voyeur. Padrón es un metropolitano, lejos de la alusión policial y cerca de la amalgama de las comunidades austeras y suntuosas. Este libro múltiple, con aliento poético, narrativo y de crónica, registra extensiones citadinas como los edificios, la metamorfosis entre ellos y los inquilinos, el pequeño viaje en los ascensores y las revelaciones que ocurren en plena centella de neón. El poeta defiende su caminata estratégica, que no ingenua, menester del nómada caraqueño, para estar más vivo que nunca y continuar. Se sitúa frente a la ciudad, como frente a un manuscrito, de donde confiesa haber tomado algunas páginas y donde se topó con ciertos personajes como el vigilante, susceptible de convertirse en el alter ego del escritor. Tú me vigilas y yo te vigilo, estamos en la ciudad.

Muchas veces la experiencia callejera no es del todo feliz, como cuando la ciudad nos detiene y nos dice plomo con eso, o con aquello, y uno pasa de largo como Leonardo, porque en el más allá de la próxima esquina puede estar sucediendo algo, algo que debemos atrapar de inmediato, en su dimensión pasional.

En Tatuaje, la palabra es un teleobjetivo que registra la urbe. Palabra directa y fiel a sus razones. Sobre la mixtura del tejido callejero, el lenguaje hace una contracción para que no ocurra el desbordamiento. No debe derramarse la ciudad, aunque sobre. Porque el poeta la desea a paso lento, desea que ocurran las cosas y poder espiarlas desde las ventanas o tropezarse con ellas. Así ocurren escenas como la pareja de extraños en el autobús, tratando de mitigar un impulso sexual, escenas que él encuentra en un mínimo recorrido por Caracas, escenas, sucesos donde se manifiestan el poder y la fugacidad. La vida de los otros.

Como animal urbano, el voyeur tiene grandes expectativas, el corazón se inflama con la diversidad.

"En todos los edificios habita un voyeur. Alguien que revisa la vida de los demás cuando somos de noche. Suele ser el más furtivo en los ascensores, el más pálido en las reuniones de condominio (...)".

El poeta peatón se ve envuelto por la aventura, viaja por los extremos.

Leonardo dice estar marcado. Lo dice en su dialecto de viajero.

Desde la mesa de la terraza, apenas divisamos la línea de luz de la Cota Mil. ¿Cómo será esta ciudad vista por un poeta? Puedo entender esa sensación expansiva cuando hablamos de calle y urbe. Es un estímulo feroz. No lo veo a él fuera de la ciudad, porque ya identifiqué su tatuaje. En la antigua China, el tatuaje -hecho con monogramas de escritura simple- está vinculado al tejido, como las tramas y arterias de las ciudades. Tatuar a alguien es un rito de integración social. Será por ello que Leonardo lleva su emblema de la tribu urbana. Vuelve a convertirse en peatón, para reconocer los perfiles arquitectónicos, los sonidos, los rasgos salvajes. Va con su deseo intacto. De la ciudad que le sobra, le ha quedado este maravilloso poemario que acabo de leer en la avenida.

Thelma Carvallo. Escritora

N° 7 Aņo IV
Caracas, sábado 18 de noviembre
de 2000
 
 
 
Reseña
Leonardo Padrón, tatuado
(Thelma Carvallo)

 
Ficción
Confeso asesino de remedos
La última muerte de Wozzeck
(Fernando Lleras
de la Fuente)
 
 
 
 
 
 

 

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