Plástica

"ANIMANIA", UNA MUESTRA DE RETRATOS QUE HABLA ALTO

Los rostros de Pujol
con voz propia (I)

La muestra de los 127 retratados al óleo por el ojo del artista español Adrián Pujol —hasta el próximo 16 en la Sala Mendoza—, contará con la voz de los "implicados". El amplio catálogo de la exposición contempla, junto con las reproducciones de las obras, las reacciones o impresiones de quienes durante dos o más horas posaron para quien fue dando testimonio de cada uno de esos 127 momentos en apenas 23 x 15 cm: de tal tamaño es la intimidad de estas telas. A continuación, algunas de las "respuestas" —retratos incluidos— de sus modelos al artista. Son ellos Federico Vegas y Miguel von Dangel

 


Foto: Rafael Salvatore

Según Valentín Hernández, lo primero que un marido debe hacer al casarse es retratar a la mujer con un pintor famoso; a medida que la mujer se deteriora el cuadro sube de precio. Esta propuesta es más justa y posible que la de Dorian Gray. La pintura y la tela aguantan más que la piel y su tersura; sólo los huesos y los dientes pueden competir con el arte en los aspectos más cuantitativos de la permanencia.

La expresión: "Quedó igualito", nunca tendrá cabida en la crítica de arte, pero es la primera reacción positiva ante una pintura que nos semeja, por esto no debemos seguir despreciando esa legítima intención del que se retrata: ver cómo uno era. A la fotografía no se le valora tal cosa, es una cualidad que se sobrentiende; los procesos mecánicos y químicos son tan fidedignos que suele ser el modelo quien se culpa de los fracasos: "es que yo siempre salgo mal en las fotos", dicen los que salen como pujando o con gestos de asco en la boca.

El retratar con pintura y pinceles hoy tiene el privilegio de lo anacrónico. Existen maneras más fáciles, seguras y rápidas de hacerlo. Estas limitaciones de un sistema tan lento, tan lleno de casualidades, tan dependiente de impulsos y talento, comienza de nuevo a revelar su potencial. Su ortodoxia se nos va haciendo una vez más tentadora, incluso irreverente. Lo más literal que contiene la palabra "retratar", es eso de volver a tratar, de intentarlo una y otra vez, y esta perseverancia tiene abundante presencia en la pintura. Re-tratar en fotografía implica diferentes instantes contiguos y varios negativos. Re-tratar en la pintura puede ser un continuo, un quehacer de sucesivas intenciones que se consolida en el mismo lienzo.

Narciso nunca se refleja en el mismo río. El líquido de la pintura también fluye, pero con una lentitud de capas que se van deteniendo en sucesivos sedimentos. Así es como el alma va emergiendo; y el pintor, que asiste al milagro, unas veces la represa y otras le abre las compuertas, mientras teme siempre que una oleada de su paleta borre las silenciosas verdades de la marea anterior.

Tratar deriva de traer, y traer del latín trahere, arrastrar, tirar de algo. Por mucho tiempo traer también equivalía a llevar. Así es que en la etimología del verbo retratar tenemos no sólo insistencia sino también esa fuerza que jala nuestro interior con varias manos de pintura.

Esta peculiar novedad que tiene hoy el retrato en la pintura, en tiempos cuando pocos retratan y pocos se retratan, le da al acto una significación de la que antes carecía.Ya no es usual. En este sentido, Pujol también re-trata, trata una y otra vez con todos sus amigos, con todo el que conoce y le interesa. Este es otro de sus exorcismos: logra hacer colectivo, común, multitudinario y casual, algo que estaba fuera de nuestro ritmo, de nuestras expectativas, de nuestra vida, de la visión que teníamos de nosotros mismos. Pujol detiene a un contingente de rostros para que al sumarse pierdan el sentido de evento y se transformen en episodios, en re-cuento. La familia de rostros, de almas que rebotan unas frente a otras, pueden así reconocerse con más tiempo, con más experiencia, congregarse con más familiaridad.

Muchos de nosotros llegamos tarde a la cita con Pujol; en sus retratos es evidente que hay pocos recién casados. Nadie celebra una ocasión especial que debe conmemorarse, nadie viste de gala, son seres que pasan; que vienen, se detienen en su taller, luego se van y siguen con su rutina. Este es el último acto de su magia, fuimos entresacados, convocados inesperadamente. De nuestra parte no existió una preparación, un anhelo, un deseo.

El supo crear las circunstancias para que nuestro paso por su taller fuera lo más breve posible. El formato nos hace parecer como asomados por una pequeña ventana, de un tren antiquísimo, que con dificultad deja ver nuestras orejas y el cuello. Apenas llegar, y antes de sentarnos, veíamos los resultados de los anteriores visitantes, y caímos en cuenta de ser uno más. Era como ir al barbero. Esta inteligente maniobra era una preparación para sumirnos en un estado de convivencia, de cotidianidad. Su estrategia funcionó, a la larga iba a predominar una permanencia y una presencia mucho más importante que la imagen de cada uno de nosotros. Pujol logró crear con nuestros rostros un espacio y un tiempo propio, una actitud ante la pintura, un concepto que, para cada uno de nosotros, modelos ahora convertidos en espectadores, será de gran utilidad al re-tratar de entendernos.

Federico Vegas. Narrador

 

 


Foto: Rafael Salvatore

 

Apreciado Adrián:

Disculpa la tardanza de estas líneas. Parecería que nuestra amistad estuviera signada por la gestación pausada y lenta de las esperas, de una forma de premura muy especial. Personalmente debo confesar la ostentación que practico de una forma de humildad, que a veces se me revierte como la más grande de las soberbias, una manera que no he logrado erradicar. Y es quizás éste el principal problema que debo afrontar a la hora de buscar una respuesta, la primera razón tal vez, que me dificulta aceptarme como pintor, de reconocer la condición de artista como un drama compartido con tantos oficiantes más.

De allí que me habituara a verme a mí mismo antes que pintor-artista, y en tanto pintor a reconocer las virtudes de mis torpezas y deficiencias.

La pintura como posibilidad de acceso a los misterios del arte, camino o sendero al que podría recurrir por vía de la invocación más que a través de los instrumentos honestos, correspondientes al profesional. En el caso tuyo, al contrario, pensé siempre que era el formidable pintor, el virtuoso que hay en ti, quien eventualmente establecía o imponía las fronteras y los límites de sus propias posibilidades. Dilema grave y delicado que espero comprendas, pudo haber sido la causa por la que debía guardar distancia, por la que preferí por tanto tiempo mantener distancia con tu obra y contigo en lo personal.

Algún día tu obra me enfrentó, me enfrenté más bien a una tela tuya, enorme vista aérea de Choroní que exponía en la Galería de Arte Nacional. Y sin saber por qué, esa pintura me transmitía una sensación de dolorosa intranquilidad. Creí comprender entonces que, a través del formato desmesurado, intentaba simbolizar la dimensión precisamente —la distancia de un camino que sólo tú deberías desandar, difícil y arduo, consciente de un tiempo que comenzaba a revelarse apremiante, mezquino siempre en su perfecta medida, tiempo que dura exactamente el tiempo que debe durar. Nuevamente pasaron algunos años, hasta que unas pocas semanas atrás, al coincidir por causa de la casualidad, me propusiste hacer un retrato de mi rostro. Entonces nuestras dudas, felizmente no nuestra certeza ni prejuicios tuvieron oportunidad de dialogar.

Fue un encuentro en todo caso emocionante. Un instante apenas durante el cual nuestros ojos se lograron mirar. Al final de la sesión sentí que la «pose» fue derrotada, y que la incomodidad del modelo al posar se vio plenamente justificada.

Así, después de transcurrir «apenas» tres interminables horas-horas, que tampoco fueron algo distinto a un pretexto más, uno más de tus personajes, un simple modelo que mirabas de reojo, prefiguración que fue desde mucho antes y que seguramente conocías hasta la saciedad en tu memoria visual, sujeto sabido de antemano, el recuerdo de un algo que sabías antes de exponerlo a exhibir su vanidad, la apariencia de un von Dangel la cual te aprestabas de algún modo a reactualizar, imagen y semejanza, apariencia, aparición o fantasma que guardabas en ti quién sabe cuánto y desde cuándo, parecido de un espejismo quizás, de algo cercano al reflejo que guardabas en tus ojos, de alguien peligrosamente cercano a la obviedad en la que se pudiera convertir, venciste sus resistencias al dejarse retratar.

De otra manera, tranquilamente podías haber omitido aquella pose, pidiéndome una fotografía, consciente quizás de que la fotografía no es otra cosa distinta a una pose voluntaria o involuntaria, evitando tener que exponerte a la incomodidad que pudieras causar.Y sin embargo, preferiste confiar en la sorpresa que devino al final de aquella sesión emocionante.

Dijiste entonces algo en tono extraño y serio, así como "bien, esto está listo, déjame ver, déjame ver, si no me he equivocado". Pediste pues el favor de ver lo que habías trabajado. Y sólo entonces me dejaste ver demonio.

Y por un instante, casi por descuido, me dejaste ver el desconcierto de unos ojos amenazados. Es dolor, ya lo dije, similar a la misma soledad, de unos temores iguales, de una condición que no permite ni tolera perdón, ni quiere, ni puede ser perdonado.

En ciertas ocasiones pienso que el arte sigue siendo el mismo arte del pagano-enfrentado al Dios de siempre, pero que éste ahora ha sido convertido en Dios cristiano.

Peligro, Adrián, de ver y vernos en esos ojos, en la muerte ineludible de la muerte que sabemos, (y que por saberla es que es muerte), destino que compartimos todos sin distingo, medida universal que no permite diferencias para nadie ni gradación de sus significados.

Cuando pintamos la muerte, no lo hacemos ni bien ni mal, ni peor ni mejor, de lo que ella misma nos sabe pintar a través de nuestras manos.

De algún modo terminamos todos por aceptar que es así como ha de suceder, y que siendo así, es lo mejor que nos pueda acontecer. ¿Y de no ser así, en relación a qué fuerzas podremos revelarnos?

Entonces, al verme yo mismo «muerte» en tus ojos, sobre la pequeña tabla embadurnada de óleos consagrados, surgieron las palabras que no pudimos dejar de hablar.

Voces de antiguos retratos funerarios desde los siglos ptolomeos, de muertos olvidados, poderosos y ricos, miserables y hermosos.

Conversamos de Edgar Allan Poe y de la piedad en los sabios y humanos ojos de un perro anciano, de su sordera y su locuacidad. Conversamos —nos hicimos conversos de tus paisajes, retratos ellos mismos y con ellos, de instantes infinitos desde una misma proveniencia hecha americanidad. De Ramón Llul por causa de un origen en común-humillación de triunfos y apoteósis del fracaso, qué más da.

Hablamos de la traición y los amigos, de la frustración de los amantes, del entierro del retrato en el mismo encierro compartido con la persona que la supo inspirar.

Entendimos una forma de fidelidad, como el engaño de las exigencias que nos hace la fatalidad.

Surgieron las maravillosas arquitecturas que te he mencionado, olvidadas por que estaban allí, en el lugar de los recuerdos, paisajes encantados y encantadores por igual, sin los cuales nada somos, sin los cuales nada nos puede significar.

Los paisajes no son otra cosa que los ojos que los vieron Adrián, en la intimidad de la propia soledad.

El retrato de un rostro, amigo, no es otra cosa que nosotros mismos, un todo que obviamente nos debemos, del cual no podemos ni podremos escapar jamás.

Miguel von Dangel. Artista plástico

 

 

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