Tributo
SETENTA Y SIETE AÑOS LEYENDO, NARRANDO, DE CARA AL ORIENTE
Armas Alfonzo, el realismo instrospectivo
El pasado 6 de agosto Alfredo Armas Alfonzo alcanzó (¿o habría alcanzado?) los 77 años de vida. Qué mejor manera de celebrarlos que volviendo sobre los definitorios pasos que diera en la década de los sesenta cuando, al frente de la Dirección de Cultura de la UDO, concibió una serie de proyectos literarios entre los cuales destaca, nada menos que El osario de Dios, el libro que le merecería el Premio Nacional de Literatura en 1969. Tal es la novela y el tiempo esenciales sobre los que se remontan fieles a la memoria de los instantes compartidoslas próximas líneas
Foto: Luis BritoCuando Alfredo Armas Alfonzo llegó a Cumaná para ocupar, con ejemplar dedicación como así fue la Dirección de Cultura de la Universidad de Oriente, ya estaban allí, camino de Puerto Sucre, el bar el Dólar y el taller de las mecedoras en el que su dueño envejecía desangrándose poco a poco la vejiga. Estaban también Cerro Colorado con las innumerables yerbas que lo poblaban en su ascenso, estaban los pescadores y las salidas y entradas de la ciudad hacia Puerto La Cruz y Carúpano en las lindes del mar y el manglar para recordar a quienes entonces vivían allí que la ciudad había sido hacía muchos años territorio sumergido de las aguas. Estaban también el obispo, que había sido antes párroco en alguna de las iglesias de Maracaibo, y María Rodríguez, iniciándose en su nueva profesión de cantante folclórica después de haber renunciado a sus otros oficios, pero nada fue como sería, hasta que las aguas bautismales de la prosa con mayúscula de Alfredo Armas Alfonzo cayó sobre todo aquello. María Rodríguez, por ejemplo, ya conocía todos los misterios del arte de su canto que iban a convertirla en una figura nacional, pero no lo hubiera sido, si Alfredo Armas Alfonzo no se propone, a fuerza de palabras, que así sucediera. No sólo llamaba a las cosas por su nombre, sino que las transformaba, las que le gustaban y las que no le gustaban, o mejor dicho, las que creía que en justicia merecían una mención en su escritura.
La presencia de Armas Alfonzo fue, en aquella ciudad y en aquel comienzo de década, con su arte de la escritura a cuesta, algo parecido a lo que había sido la llegada del arpista en la ciudad de Piura, en La casa verde que Mario Vargas Llosa nos había puesto a leer en aquellos días. El arte de aquella palabra encerraba en sí no sólo armonía, sino un vigor personal que no podía obviarse y que para quienes no le conocían servía para considerarle un señor distante y severo, especialmente, frente a cualquier equivocación. Fue una época de muchos aciertos conceptuales y de muchos errores en la aplicación de un modelo universitario, cuyo destino no pareciera haber sido otro, que el de ir agonizando lentamente durante los treinta y tantos años que siguieron a su nacimiento, proclamado a bombo y platillo. Para un espíritu tan vigilante como el del escritor recién llegado, tan perspicaz en sus percepciones, no era éste un asunto que iba a escapársele de las manos, de manera que en favor de lo particular, concentró sus esfuerzos en realizar la labor que se le había encomendado y dejó que los grandes problemas del gran abarcador en que pretendía convertirse la universidad recién creada los resolvieran quienes presumían de estar preparados para ello. En cultura, y puesto que una manera de entenderla es lograr que los miembros de una sociedad puedan llegar a compartir determinados significados, Armas Alfonzo puso en marcha esa competencia, fue él quien realizó la primera cala profunda para el rescate del importante patrimonio folclórico de todo el Oriente. Tenía también muy clara la idea de que el trabajo de descubrimiento cultural es vano si no se difunde. Para ello creó se dice pronto primero, una imprenta y luego la revista y los libros. A la revista la llamó Oriente universitario y en ella se dieron cita las plumas y las ideas más importantes del momento. Alguna vez colaboré en esa revista y en otro semanario de menor calado en el que Arnaldo Acosta Bello recogía las noticias más importantes que se producían en el medio universitario, pero después cuando en el departamento de Humanidades fundamos la revista Elan, Armas Alfonzo resintió este intento de difusión cultural como algo que se contraponía a lo que él hacía en su revista, pero nunca hizo un mal movimiento para que la suprimieran. No le gustaba lo que allí hacíamos y punto. Un buen día y como quiera que las portadas de la revista se imprimían bajo su autorización en la imprenta de la universidad, nos acercamos el poeta López Rueda y yo a las oficinas de la quinta Tobía, para solicitar previa cita, esa autorización. Cuando Armas Alfonzo nos oyó hablando con la secretaria, preguntó en una voz que, sin ser muy alta, pudiéramos captar nosotros:
¿Llegaron ya los españolitos de m...?
Movido como por un resorte, le contesté en un tono en que también pudiera él escuchar desde adentro.
Señorita, dígale a Don Alfredo, que los españolitos se van, que le dejamos la m...
¡Tú si eres arrecho! me dijo en la primera oportunidad que nos encontramos, sacudiendo con mucha elegancia la ceniza del cigarrillo.
Esos desacuerdos, sin embargo, servían para entablar largas tertulias y civilizadas discusiones y como todo aprendizaje es nutricio, quien esto escribe tuvo la oportunidad de conocer a un escritor que sacaba de manera definitiva las hojas de la máquina de escribir como una forma de expresión que parecía infalible en la manera en que se dictaba a sí mismo lo que iba a ser el núcleo más importante de la obra literaria por la que hoy se conoce Armas Alfonzo. Tuvo la virtud la habilidad también de convertir a quienes discrepaban de él en sus amigos, rendidos ante la evidencia de su talento literario.
Y Ud. ¿no corrige, Don Alfredo?
Lo que tengo que decir es eso y si lo corrijo aparecerá como tal en el texto.
De manera que aquello que se ha escuchado de otros escritores que pueden pasar años escribiendo un libro de narraciones, se me ha hecho desde entonces un poco irreal, una manera de cubrir unas apariencias para indicar lo duro del oficio. La diferencia entre ellos y un escritor como Armas Alfonzo es que en él todo sigue siendo fresco, todo ha ido adquiriendo el tono de una conversación culta y, para algunos capítulos de la historia patria, como veremos más adelante, es la prosa inevitable con la que se podía contar la Guerra Federal. No había otra forma. Es decir, dedicarse a vivirla, a rememorarla desde dentro como un tema recurrente al cual convirtió, poco a poco, en objeto de introspección, interrumpido por la necesidad que en este país tiene todo escritor de ganarse la vida por otros procedimientos, ya que el oficio es poco retributivo y es necesario atender a la familia, a la hermosa familia que rodeó a Armas Alfonzo en aquel hogar ejemplar que se conocía como la quinta Turimiquire y que, luego, según me contestó malvendió a la misma universidad a la que con tanto esmero sirvió.
Introspección y realidad
Cuando en 1969, publica Armas Alfonzo El osario de Dios, su modo de hacer literatura alcanza una aceleración que lo adelanta en el tiempo a lo que iba a ser el minimalismo. En México bajo el nombre del minicuento habían iniciado un movimiento literario parecido Edmundo Valadés y luego los fundadores de la revista El cuento, que estuvo bajo la dirección de Juan José Arreola. Eso era por los años de 1963, justamente al comienzo de la década. Augusto Monterroso había publicado en una edición sumamente restringida sus Obras completas y otros cuentos (por lo cual no es ni siquiera probable que Armas Alfonzo hubiera tenido acceso a este libro antes de que saliera El osario de Dios). Andando el tiempo, con la creación del realismo sucio en la literatura norteamericana, se abriría un camino que conduciría al minimalismo propiamente dicho. En esa empresa, todavía en auge, estaban embarcados Richard Russo, J. Philips, T. Wolf y de manera especial, Raymond Carver. Hace poco tiempo, la tendencia del realismo sucio encuentra uno de sus mejores exponentes en la novela El día de la independencia, de Richard Ford, que acaba de ser traducida al castellano. La tesis era muy clara: no es necesario embellecer la realidad mediante la escritura. Hay que dejarla aparecer como es y en los ambientes en que se produce, aprovechando quizás cualquier detalle, cualquier personaje marginal, cualquier acontecimiento nimio para reproducir la rutina que es la característica más obvia que acompaña a lo que sucede. Y eso era lo que había hecho Armas Alfonzo en El osario de Dios, insinuar más que decir, más que elaborar credos o temas de consideración. Por esta razón, ese libro creó tantas confusiones, ese libro editado en la imprenta que él había ayudado a fundar en la Universidad de Oriente donde hacía su labor como director de Cultura. Pero el libro, al final, llegó a ser Premio Nacional de Literatura y tal vez esta circunstancia le puso ya en un camino autóctono, coincidente con lo que se haría después, pero con la gloria ni voceada ni siquiera, en su momento, expresada, (a Domingo Miliani se le ocultó la importancia de aquella andadura) de que ese es un mérito único que la historia de la literatura venezolana reclama para Armas Alfonzo, el de haber iniciado un movimiento literario conocido como minimalismo.
Pero, ¿cuál era la realidad a la que se encadenaba la creación literaria de Armas Alfonzo?
Si Paul Theroux según ha confesado escogió el Sur, ("Cuando quiero ir a alguna parte escribió pienso siempre en el Sur. Corrientemente he asociado esta palabra con la de libertad y siendo todavía muy joven compré un libro de Sir Ernesto Shackleton que lleva el nombre del Sur, for the title alone"), Armas Alfonzo puso siempre su rumbo hacia la libertad que no encontró ni como expresión literaria ni como temática en el Sur, sino en el Oriente. De esta manera no necesitó salirse de sus orígenes. En esos orígenes estaban Ricardo Alfonzo y Mercedes Alfonzo. En esos orígenes estaban todos los acontecimientos de la Guerra Federal en la Cuenca del Unare y en los pueblos que la bordean o la amplían, Clarines, Uchire, Sabana de Uchire. Estaba el recuerdo y el recuento de los azules y de los amarillos y por ahí sonaban todavía los cascos del caballo del general Zenón Maracaputo. Estaban las flores, los pequeños alcores, los lugares exactos donde se habían producido las batallas, las traiciones, los nombres de guaturos y de guaricongos. Se recreaba así, como había hecho Faulkner, un territorio imaginario que tenía todavía más fuerza que la realidad misma que lo sustentaba. Para eso servía la introspección, para cernir esa realidad, para pensarla, para constituirla en una particular cosmovisión de referencia, tan aprendida, tan sabida que por ese motivo, cuando el escritor se sentaba a la máquina de escribir salían sin interrupción aquellas cuartillas que iban a la imprenta sin necesidad de ser corregidas y dudo que hasta releídas, a esperar que regresaran en forma de galeradas. La parada de Maimós, P.T.C., Puerto Sucre vía San Cristóbal fueron buenos testimonios de la prosa de aquellos días de residencia en Cumaná que constituyó, sin duda, literariamente una de las épocas más fértiles de su vida y tengo la impresión de que fue también una de las más felices de su existencia. Cien maúseres, ninguna muerte y una sola amapola, de 1975, responde igualmente a este esquema de visión introspectiva de una realidad convertida en literatura.
Paisajes y situaciones
En 1983 publicó Camilo José Cela Mazurca para dos muertos, obra que venía a ser la primera sobre la región española de la que procedía el escritor. El libro era una deliciosa invocación a la lluvia con motivo de la muerte de un tal Fabián Minguela, suicida. La muerte de ese hombre se cuenta dentro de una iteración constante, que al ser relatada muchas veces y coincidiendo con lo que dice el informe forense, el relato resulta completo. El mérito de esa obra lo constituye el hecho de haber sabido llevar al lector mediante metáforas hacia una languidez de la que no se excluye la influencia de un paisaje de la monotonía de la lluvia, que causa sobre el ánimo una profunda tristeza por la pérdida de horizontes. "Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando y gris ceniciento y la raya del monte lleva ya muchos años borrada.
¿Muchas horas?
No, muchos años. La raya del monte se borró cuando la muerte de Lázaro Codesal, se conoce que nuestro Señor no quiso que nadie volviera a verla".
Armas Alfonzo a quien sin mucho esfuerzo se le podría adjudicar estas líneas con las que Cela abre su libro también utiliza la iteración, para dejar definitivamente sentados algunos de los relatos en los que interviene de una manera y en una medida fenomenológica, todo aquello que circunda al mismo, de manera especial el paisaje, el paisaje cambiante, amodorrado por la canícula, de la cuenca del Unare. La iteración con la que cuenta las cosas, una y otra vez, la utiliza para completar, desde alguno de los ángulos en que la realidad resulta diferente, la totalidad del ensamblaje. Esta manera de perfilar las situaciones ha sido interpretada por algunos como monotonía. Armas Alfonzo no es un autor monótono. Es un autor que no deja cabos sueltos en el relato, no quiere prisas en lo de decir lo que tenga que decir, ni apresuramientos, Armas Alfonzo quiere establecer la realidad con la misma exactitud con la que el fotógrafo fija una parcela de la misma. De ahí también el mérito de haber tenido a su lado a uno de los fotógrafos que mejor ha documentado la vida del Oriente, Sebastián Garrido. Muchas de esas fotos las comentó Armas Alfonzo a pie de página en alguno de los documentos gráficos que reunió. Pero hay centenares y centenares de ellas que nunca fueron publicadas, sobre entierros de niños, sobre los caballos, sobre los mendigos dados a la trashumancia, sobre los rostros de los campesinos, colecciones que reunidas constituyen la mejor expresión de lo que es el Oriente venezolano. "Como la muerte iba y venía sobre las piedras adornada, empobrecida a veces, en toscas cajas de cardón, a veces en reluciente pana negra, a veces entre coronas blancas, moradas o amarillas y a veces entre el jadeo de los cargadores, de barba de maíz la cabellera y de ásperas raíces los pies entre las cabuyeras". Así describe a la muerte en el trance del enterramiento, apoyada por el documento fotográfico correspondiente. Todo aquello estaba inserto en alguna capa profunda de su memoria, en unas vivencias que encontraron en su niñez un camino hacia la expresión oral que era necesario explicar en la actitud del hombre severo y alejado. Sobre el papel daba entonces vueltas y vueltas a la noria de sus cavilaciones de donde salía en razón de lo que había escuchado anteriormente el relato. Era como si el escritor tuviera al mismo tiempo el oficio de historiador. Era un estilista, era un hombre de alegorías, era un escritor con un caudal de metáforas que raramente se ha visto en la literatura venezolana. Armas Alfonzo ha escrito una de las prosas más musicales que se conocen en este país. Quienes están acostumbrados a dar o a que se otorguen las excelencias por decreto, se les hace un poco cuesta arriba admitir que las cosas son así en torno a Armas Alfonzo y que somos sus amigos quienes hinchamos esa vela al viento. Pero, no hay amistad que valga, el hontanar que alimentó su inspiración no dependió de libros ni de círculos académicos, estuvo, según se ratifica una vez más, en su manera de ver una realidad introspectivamente, cargada de unos sucesos a los que confirió entidad histórica. Nada más. La historia que cuenta Armas Alfonzo no está tampoco muy lejos de la historia de sus propias motivaciones. Está en los orígenes a los que vuelve una y otra vez. Sin cansancio, sin mucha preocupación por lo que de él se dijera.
Hermann Broch dijo, en una oportunidad, refiriéndose a su propio destino: "En algo me parece que coincidimos Kafka, Musil y yo: ninguno de los tres hemos tenido una auténtica biografía. Hemos vivido y escrito. Eso es todo". Y eso es lo que sucedió con Alfredo Armas Alfonzo, vivió y escribió, a mí me parece que ambas cosas las hizo bien, a plenitud.
Atanasio Alegre. Ensayista
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