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Volver al osario de Dios

La aparición de El osario de Dios, primer volumen de la Obra completa de Alfredo Armas Alfonzo (Fundación AAA), con una esclarecedora introducción crítica de Julio Miranda es, en esencia, una única y gran forma de celebrar los primeros setenta y siete años del padre, entre otras cosas, del minicuento en Venezuela

Frente a la notable tradición de ejercicio de periodismo literario, no podemos menos que admitir nuestra evidente indigencia en materia de estudios sistemáticos de la literatura. Quizás los mejores momentos de la crítica literaria venezolana estén dispersos en periódicos y revistas. Habría que señalar, como cargo, una etapa ya de cincuenta años de vida universitaria continua, a los efectos de reparar en lo que las universidades han hecho o dejado de hacer. La impresión es que el balance no es favorable. Alguien podría alegar que ese período es corto en relación al proceso de toda una cultura: ante esto diríamos que buena parte de quienes en las universidades, hasta hoy, han desarrollado un trabajo académico de valoración del proceso del pensamiento nacional, vienen o se han nutrido de aquel otro espacio.

Totalizaciones como Formación y proceso de la literatura venezolana, de Picón Salas o Panorama de la literatura venezolana, de Juan Liscano, corresponden a un esfuerzo intelectual que construye sus propias herramientas de trabajo, en ellas se integra un haber, una experiencia pública —el quehacer muchas veces marginal de revistas y periódicos— con la experiencia individual de los autodidactas y los hombres de letras formados en sus gabinetes —Blanco Fombona y Arístides Rojas, digamos. A su vez, pudiera decirse que el primer gran momento —y casi el único— de arqueo y organización que corresponde a lo académico universitario es el Diccionario de la literatura venezolana, publicado por la Universidad de los Andes en 1974. Como cargo sería preciso señalar la injustificable cantidad de errores de información, amén de las omisiones. Ese mismo diccionario se reeditó algunos años después en lo que resultó una verdadera caricatura gráfica y bibliográfica. Por supuesto, no es posible omitir la condición del escenario material, y hasta el espacio político de trabajo, desde donde se hacen esos esfuerzos: hasta hace poco bastante privilegiado, desde todo punto de vista.

Examinar esta edición crítica que Julio Miranda ha preparado nos pone en cuenta que casi son inexistentes este tipo de edición en nuestra literatura. Sólo conocemos una novela de Gallegos que haya sido objeto de esta clase de revisión, la edición de Doña Bárbara que para la Biblioteca Ayacucho anotara Efraín Subero. Nombres como Meneses o Teresa de la Parra esperan por esta atención. (Confirmando la orientación institucional de lo académico, encontramos que sí ha habido un discreto interés por los grupos literarios en tanto generaciones que marcan etapas o procesos: el correlato socioeconómico, lo que prueba la existencia de curiosidad por los exponentes del pensamiento, mas no por el pensamiento). Debemos a Cristian Alvarez el único trabajo sistemático, encarado como un proyecto, que hayamos visto; los cinco tomos de las obras completas de Picón Salas que han circulado hasta ahora muestran la vocación de seriedad de un estudioso y reivindican, de algún modo, la responsabilidad académica, pues entendemos que ese trabajo corresponde a sus labores habituales en la Universidad Simón Bolívar.


Foto: Ricardo Armas

El estudio preliminar de El osario de Dios, de unas sesenta páginas, tiene alcance heurístico, no se limita a situar la circunstancia de la obra, penetra también la formación de un anecdotario y nos descubre su origen en relación con lo que el propio Armas Alfonzo llamó biografías municipales. El gran aporte de este estudio de Miranda consiste en deslindar el "género" armasalfonziano y proponerlo definitivamente como una ficción circular: no es documento, tampoco historia fabulada, ni novela histórica. Es, en sentido lato, una escritura que dio con sus propias soluciones a fin de enfrentar un universo que ha podido resultar aplastante. La presencia de series, temas, recurrencias, ciclos, personajes, refuerzan la intuición inicial de que la obra se genera por acumulación, como en un laberinto sellado. Textos que se repiten en diferentes tiempos, climas que reaparecen, o como el mismo Miranda señala, "la obra posterior como desarrollo del Osario de Dios", todo no es más que el soporte dinámico necesario para la reafirmación de lo que en su origen es fragmentario, parcial caótico. El único tiempo posible es el de la intemporalidad misma, justamente porque se anula la linealidad de las historias, de no ser así devendría en historia fabulada. La primera impresión, consignada en Proceso a la narrativa venezolana, de la obra del autor como "trozos de una novela infinita" corresponde al puro nivel formal, aquí se constata la verdadera organización, es decir, la cíclica. En una "coda" final, Miranda se cree obligado a establecer filiaciones y asoma el alegato casi teorizador de algunos autores que como Gramsci ideologizaron el mundo rural, cargándolo de un elemento no circunstancial, y en consecuencia ahistórico, como el folklore. Aceptamos que hay un espacio rural en la obra de Armas Alfonzo que no es en absoluto campesino en el sentido costumbrista, es más bien pavesiano. Pero ese espacio es fundamentalmente físico, se elige porque no está cristalizado como las imágenes urbanas, y se aviene con la movilidad lenta pero estrujadora de lo que anda entre la leyenda y los mitos. Lograr la "extensión del ámbito geográfico a todo el país" es casi un acto de fuerza, esto prueba que los condicionantes espaciales son una arcilla dúctil en manos del narrador, y no como ocurre con algunos vindicadores de lo regional que terminan asfixiados, colonizados, por aquel clima y se hacen inefectivos fuera de él. Lo campesino se propone aquí como constitutivo menos de una cultura social —lo que lo aleja del folklore— que de unos temperamentos, encarna en personajes que adquieren su vitalidad de una relación psíquica, y no ecológica, con la tierra. Esto explicaría la elusión del riesgo sociologizante propio de las aglomeraciones anónimas.

Narrativa de movilizaciones y episodios cerrados —lo evidencia la manera como la saga se retroalimenta y se hace endógena—, deviene en historias de frontera cuando surge la carretera, como en una anticipación de la revelación territorial petrolera, por allí parece fugarse hacia un país que sólo es posible contar a pedazos, mostrarlo como en fogonazos. Pudiera corresponder a ese ritmo la incontestable eficacia de esos "fragmentos" que como granos de arena forman la roca, y las rocas revelan la montaña. Todo el estudio de Miranda es como un desesperado intento por ceñir la dispersión, apela al inventario pero también a la síntesis de lo inabarcable; así, cuando hace un perfil de situaciones no le queda más opción que decir: "Resumo, pues, atendiendo a fidelidades y novedades". Las variantes, señaladas con fervor estadístico, corresponden al dominio de quien mide la tierra a placer; asimismo, los agregados y supresiones son el juego a placer de quien salió triunfante de una guerra que él mismo diseñó. Nada queda fuera de la responsabilidad del autor. Inaugura Julio Miranda, o estimula o recomienda, una relación necesaria con nuestros textos esenciales, y que en este caso se concreta en una edición rigurosa y atenta, impecable desde cualquier punto de vista, lo que incluye la esplendidez gráfica y la dignidad material del objeto artístico llamado libro.

El osario de Dios (edición crítica de Julio Miranda) de Alfredo Armas Alfonzo. Ediciones Fundación AAA. Colección Obra Completa. Caracas, 1996. 239 páginas.

Miguel Angel Campos. Ensayista

 

 

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