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Creación
CUATRO POEMAS, UN SONETO
Y "LA CARNE PROFUNDA Y HAMBRIENTA" DE CLAUDIA SCHVARTZ
Dócil, dúctil,
"y aun intentando no puede"
No puede la poeta
argentina sino conjugar un "nuevo error / sin encontrar argumento
o paz/cuando ya no discierne lo bueno / y lo que lastima",
cuando se reconoce
como Díscola y así titula su más reciente libro,
aún inédito. Desde esa melancólica perspectiva
Claudia Schvartz escribió también ávido don,
que espera por ser publicado, traduce
para sí el mundo de afuera y su alma abierta como un relato,
como un jardín sembrado
"de infinitivo acaso", tal y como se desprende de su obra
y en especial de la rigurosa
selección que brinda a los lectores Blanca Elena Pantin

Foto Blanca Elena Pantin
Claudia
Schvartz escribe y vive entre las aguas
Todo lo quise
en silencio e imperiosamente
(de ávido don)
Supe de Claudia
Schvartz (Buenos Aires, 1952) por la traducción de Sonetos
y elegías de Louise Labé. Publicada por
Angria Ediciones (Caracas, 1998), esa traducción fue para
mí doblemente reveladora, un libro desde el que hablaban
y se oían dos voces, la de Louise y la de Claudia, que al
asumir la palabra de esa fascinante mujer del siglo XVI, llamada
la Belle Cordiére, se decía también
desde ella haciéndola próxima y contemporánea.
¿Era Louise o era Claudia la que escribía?: "Vemos
morir cosa animada / Cuando del cuerpo el alma parte; / Yo soy el
cuerpo, tú la mejor parte, / ¿Dónde estás,
entonces, oh alma bienamada?" (Soneto VII).
Tuve la suerte
de conocerla un año después (1999) en un viaje que
hice a Buenos Aires cuando le llevé algunos ejemplares de
Sonetos y elegías en nombre de Verónica
Jaffé. A partir de entonces, comenzamos a cultivar una
amistad sostenida a través de cartas que van y vienen de
un lado a otro del continente.
Mujer de modos
y costumbres que la emparientan con Robert Walser, ha hecho
de las caminatas -reales o interiores- un ejercicio de vida y escritura.
Desde esa soledad, la soledad de la escritura, atiende lo escuchado,
lo pensado, lo vivido, lo mirado, lo sentido, no otra cosa delatan
un cuerpo y un alma abierta a la existencia.
Nacida entre
libros, hija de un legendario editor y una estudiosa de la historia
que se encargaron de tallar la sensibilidad de sus hijas (Graciela
y Claudia, escritoras; y Marcia, artista plástica), Claudia
Schvartz, es autora de una obra que inició con Ximbala
(relato para niños); después de ese hermosísimo
libro publicó Pampa argentino (Ediciones Ultimo reino,
1989), La vida misma (Ediciones Ultimo reino, 1992) y más
recientemente ávido don (tsé=tsé, 1999).
Como editora estuvo al cuidado de Poemas de Ricardo Carreira,
libro de cabecera de jóvenes poetas que abrazaban como ella
a la poesía en los duros años del horror que asoló
a Argentina durante la dictadura militar entre 1976 y 1983. También
editó la traducción de El corazón disparado
de la poeta brasileña Adelia Prado y una antología
de poesía amorosa y erótica (Leviatán, 1988)
pronta a ser reeditada.
Viaje fluvial
que conmueve y deslumbra por las luces y las sombras, ávido
don es un canto a la vida que inicia diciendo con Hördelin:
"Sopla el nordeste, / el más amado entre los vientos
/ para mí, porque espíritu fogoso / y buen viaje promete
al navegante". Diálogo amoroso con la naturaleza, este
libro deja al descubierto, presenta, la vida, agua, orilla, vista,
sentida, por alguien que se detuvo a escuchar. Roca, de índole
solitaria, se confiesa, ávida de ser cobijo.
A ávida,
siguió Díscola. Avida y díscola, atiende
en este libro una voz que es ella misma y enfrenta y ve desde afuera
en ese espejo que le devuelve su propia imagen, indócil,
fuerte y frágil, que reclama y ama, chilla y grita, díscola
habla: "El buen deseo de nuevo renovado, / amplía mi
horizonte / como si ante un mar / diáfano y sin embargo misterioso
/ El buen deseo repiquetea en mi cuerpo / revive para mí
/ donde hasta ayer sombra sólo / Ah dedos para palabras /
herramientas de mi más amado sueño / la casa peregrina
/ no precisa llave / ni cláusula o contrato / la casa sin
herida".
¿Cobijo?,
ahora, el dolor de quien sabe y se ve a sí misma endurecida,
una exposición de "quien tantas horas dedica a pensarse",
los miedos y fracasos y preguntas: ¿Qué vive la que
escribe? ¿Podría tal vez ser alguien / que tiene una
sola constante / y late / sin detenerse/ nunca?, corazón,
de nuevo abierto, la vida misma, las sincertezas ciertas:
Mi
herramienta es tan sólida
que
soporta mis sollozos.
Me apoyo en ella y el silencio me recobra.
Blanca
Elena Pantin. Poeta y periodista
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Cursiva
El jardín
un relato
de orillas inconstantes
estaciones que suman
un día a los días
de imperceptibles cambios
la taza de té
la herrumbre perfumada
la huella de unos labios
y con letra cursiva
el ala desplegada de la vieja canción
El mismo alma mi alma reconoce
y papeles dispersos en habitual desorden
que un raudal de luz
recorre e incendia
El jardín un relato
de infinitivo acaso
posible y hay quien duda
ay
Si reincidir distancia
De: ávido
don
Las más
dulces somos díscolas
¿Es la melancolía una dócil compañía?
O es mi docilidad imposible la que me vuelve melancólica
gravemente díscola
o una cuestión de imposibles hace de mí la díscola
que cae en melancolía
cuando desea, en cambio, ser dócil dúctil
y aun intentando no puede
o será tan honda melancolía
un modo de morder
freno
hasta herir
díscola
la carne profunda y hambrienta
¡Ah
sosiego!
Resignar hace
un camino más blando, más hermano
Pobre
díscola
desatino
que conjuga nuevo error
sin encontrar argumento o paz
cuando ya no discierne lo bueno
y lo que lastima
De: Díscola
Soneto
VIII
Vivo y
muero, me quemo y ahogo.
Calor extremo siento cuando hace frío,
La vida me resulta demasiado blanda y dura.
Tengo grandes penas de júbilo mezcladas.
De pronto
río y lloro,
Y en medio del placer grave tormento sufro.
Mi bien se va y permanece para siempre,
A la vez me seco y reverdezco.
Inconstante,
Amor así me lleva
Y cuando pienso sufrir el mayor dolor
Sin darme cuenta libre estoy de pena.
Luego,
si creo mi felicidad segura
Y en lo alto de mi deseada hora estar,
El me devuelve a mi primera desdicha.
De: Sonetos
y elegías de Louise Labé
Janas en el paladar, janas en la lengua
Y alguien que llora por lo que falta, de modo que no hace
nada porque ya ha hecho mucho.
Yo, afortunadamente, tengo entre manos un hilo, un cordel
que no suelto y al que me aferro de modo salvaje.
De: ¿Cobijo?
(fragmento)
Entre
tus casas, pasadas, estaba también el río
El río de la montaña, profundamente en la piedra
y el río de la llanura, que la besa y se va
porque nada se establece mucho tiempo en esta orilla
Todo la besa y se va, pero ese beso es tan dulce
que la orilla permanece para oírlo regresar
Y otro beso que le arranca y la insistente se queda
Y logra otro beso más
Y el río que se le aleja y ella que no se va
Y así poquito a poquito, la orilla
que no se cansa, el río que viene y va
De: ávido
don
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N°
8 Aņo IV
Caracas, sábado 25 de noviembre
de 2000
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