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Ensayo
LA
FAMA POSTUMA DEL POCO LEIDO Y MUY PERSEGUIDO MARQUES DE SADE
Elogio
de la insurrección
Ana
Nuño hace suya una pregunta del escritor francés Philippe
Sollers: "
¿Cómo es posible que simultáneamente se prohíba
y se tolere a Sade?". La paradoja,
siempre vigente, indica que "se puede no haber leído
a Sade, pero no se ignora
qué es el sadismo". Y más: sólo recientemente
la dimensión político-filosófica de su obra
empieza a ser atendida.
La ensayista, de vuelta al país para actuar como jurado de
la Bienal Literaria
José Antonio Ramos Sucre, la perfila para los lectores de
Verbigracia
***
"Soy filósofo,
todos los que me conocen no dudan que haga de ello gloria y profesión".
Sí, el Marqués de Sade fue un filósofo, ratifica
Ana Nuño, dueño de una "escritura desbocada",
diríase incluso insurrecta, como toda su obra y el ideario
que defendió:
"El estado moral del hombre es un estado de paz y serenidad,
mientras que su estado inmoral
es un estado de movimiento perpetuo que le acerca a la necesaria
insurrección
que el republicano debe siempre insuflar al gobierno del que es
miembro"

El Marqués de Sade según Man
Ray
El
espíritu de la insurrección (...)
pertenece a una especie intermedia entre
el principio del bien y el principio del mal.
André Pieyre de Mandiargues
Hasta ayer relegados
al Infierno de las bibliotecas, los escritos de Sade nos
brindan la experiencia, sin duda única en la historia de
la literatura, de una lectura imposible. No por las razones que
repiten hasta el tedio quienes, por lo general, no se han asomado
a sus páginas, o quienes, haciéndolo, retroceden horrorizados.
Poco cuesta imaginar a estos lectores sensibles, cómodamente
instalados en una butaca, leyendo la Brevísima relación
de la destrucción de las Indias de fray Bartolomé
de Las Casas con la parsimonia de quien hojea un libro de etnología.
Las descripciones de los suplicios y torturas a que los indios de
América fueron sometidos por los conquistadores españoles
no son menos espeluznantes que algunas páginas de Juliette
o que los horrores perpetrados por los libertinos o relatados por
las "historiadoras" del castillo de Silling. Con una salvedad
de peso, y no precisamente en detrimento del marqués: la
crueldad documentada por el dominico arrojó un saldo de millones
de cadáveres; la del libertino embastillado, unos pocos millares
de páginas.
El catálogo
minucioso y bárbaro en que se decantan gota a gota los cuatro
meses de torturas en Silling; los veinte suplicios, incluido el
fulminante rayo final, de la virtuosa Justine; el tour perverso
de Francia e Italia en que se convierte la educación sentimental
de su hermana, la viciosa Juliette; los cursos de "filosofía"
que imparte el sodomita Dolmancé a la impúber Eugénie
de Mistival en el tocador de Mme. de Saint-Ange: las fábulas
perversas de Sade nos llegan hoy recubiertas del espeso velo
del mito y la censura. A la dificultad de una obra que lleva la
repetición y la saturación a niveles insostenibles,
al tedioso horror y el horrible tedio que se desprende de su lectura,
se agrega este otro escollo: el de una celebridad basada, cuando
no en el malentendido, en lecturas espurias, mutiladas o, simplemente,
indirectas. ¿Cuántos adoradores confesos del marqués
lo han leído sólo a través de Georges Bataille
o de Pierre Klossowski, de Roland Barthes o de Philippe Sollers,
de Jean Paulhan o de Maurice Blanchot?
La mitología
sadiana comenzó a forjarse antes de su muerte, y fue obra
de anónimos admiradores. "Lectores sagaces, coleccionistas
de curiosa, artistas preocupados por su originalidad podían
encerrar Justine en sus bibliotecas, a condición de
que la novela permaneciera en el segundo anaquel, el que no puede
verse, a condición de que no se ventilara en público.
Hombres de letras, viajeros en busca de algo pintoresco podían
evocar o imaginar su encuentro con el recluso envejecido de Charenton".
Después de 1814 circuló Justina, y podían
leer La filosofía en el tocador los escasos afortunados
que dieran con las tres únicas ediciones clandestinas publicadas
entre 1795 y 1923. Es aparentemente un misterio, en vista de la
escasa difusión de una obra censurada hasta fechas muy recientes,
que la figura del marqués haya cobrado cuerpo con tanto vigor
a lo largo de todo el siglo XIX. Se trata, sin duda, de uno de los
pocos casos de un escritor cuya fama póstuma supera la lectura
y el conocimiento directo de su obra.
Se cita con
frecuencia el dictamen de Sainte-Beuve, publicado en la Revue
des Deux Mondes en 1843: "Me atrevería a afirmar,
sin temor a ser desmentido, que Byron y Sade (pido
perdón por la comparación) han sido los mayores inspiradores
de nuestros modernos, el uno declarado y visible, el otro clandestino
-aunque no tanto-". La relación Byron-Sade, por
la que pide excusas el tedioso autor de Volupté, no
podía ser más acertada. Los románticos cultivaron,
si no la demonología, sí la demonización del
genio poético. En un penetrante ensayo, Annie Le Brun,
editora de unas obras completas de Sade para Jean-Jacques
Pauvert, establece la filiación de los textos sadianos
con la novela gótica inglesa, con autores como Ann Radcliffe,
Horace Walpole, Charles Maturin y Monk Lewis. Esa corriente
subterránea pero apenas clandestina es la otra cara del Siglo
de las Luces, y Sade es, sin duda, su representante más
completo.
Hijos naturales
de Sade son Baudelaire y Petrus Borel. Este
último llamaba al marqués "Satán Trismegisto",
a lo que responderá Swinburne -quien, entusiasmado
tras leer en la primera edición, la de 1791, Justina o
los Infortunios de la virtud, menos prolija en suplicios pero
vestida de novela negra, escribió su apología de Sade-
con su "mártir marqués". Pero también
recibieron su influencia autores menos atraídos temperamentalmente
por la negrura sadiana: el Chateaubriand de las Memorias
y Flaubert, que lo llama "el Viejo". Consta asimismo
que lo leyeron, con horror y admiración parejas, Balzac,
Vigny, Musset y, por supuesto, Théophile Gautier.
Los hermanos Goncourt, más que leerlo, coleccionaron
sus ediciones clandestinas por los grabados eróticos que
las acompañan. Y Los cantos de Maldoror no pueden leerse
sin oír el eco in lontano de la pluma del marqués
rasgando el papel en su celda. "¡Los deleites de la crueldad!
Deleites no pasajeros", resumía, a su manera, Isidore
Ducasse, que sí se atrevió a ostentar el título
de conde.
Huelga decir
que no tendríamos hoy acceso a la obra de Sade sin
la lucidez y la tenacidad de algunos de los escritores, artistas
y editores más influyentes de este siglo. Del lado de la
lucidez descuella Apollinaire, que publicó en 1909
y 1912 sendas antologías, fruto de sus pesquisas en el Infierno
de la Biblioteca Nacional de París. La obra de Sade
no habría llegado a nuestras manos sin la labor de Maurice
Heine, pionero de la edición de los inéditos y
del establecimiento riguroso de los textos; sin Gilbert Lely,
que dio a conocer la correspondencia, los cuadernos, los escritos
políticos y las novelas "correctas" -Historia
secreta de Isabel de Baviera, reina de Francia, La marquesa de Gange-,
estableció la primera edición de las obras completas
y dejó una espléndida biografía, y, desde luego,
sin el tesón de Jean-Jacques Pauvert, quien en 1947,
quince años antes que Lely, acometió la edición
de las obras completas, empresa que le valió juicio y condena
en 1956 por "ultraje a las buenas costumbres". Por último,
nuestra percepción de Sade es poderosamente tributaria
de los esfuerzos desplegados por los surrealistas para imponer su
obra en un medio hostil. André Breton y sus secuaces
lograron extraerlo del gabinete de curiosidades morbosas, del anaquel
de los "libros que se leen con una sola mano", según
la expresión dieciochesca de Duclos, y devolvieron
a esta obra su carga de libertad desenfrenada y de insurrección.
II
La aporía fundamental de la obra de Sade queda resumida
en la perplejidad expresada por Philippe Sollers en su ensayo
"Sade dans le texte": "¿Cómo es posible
que simultáneamente se prohíba y se tolere a Sade?
¿Que se prohíba su ficción (su escritura) y
se tolere su realidad, se prohíba la lectura global de su
obra y se admita su nombre como referencia psicológica y
aun fisiológica?". Esta paradoja es aún hoy vivaz,
incluso en Francia, donde el bloque de abismo que, según
Annie Le Brun, es la obra de Sade ocupa desde 1991 los muy
canónicos anaqueles de la Biblioteca de la Pléiade.
Sade no sólo fue mitificado antes de ser leído;
también dio nombre a una patología que encierra su
obra en los límites reductores de lo perverso. Dicho de otra
manera, se puede no haber leído a Sade, pero no se
ignora qué es el sadismo.
Una dimensión
hay en la obra de Sade que, hasta recientemente, había
sido desatendida aun por sus lectores incondicionales: político-filosófica.
Esta laguna ha sido parcialmente superada en Francia, gracias a
los estudios de Delon y, sobre todo, Jean Deprun.
En España, donde sólo en los últimos años
se ha comenzado a traducir y editar a Sade con rigor, han
abundado las ediciones piratas y, desde luego, los estudios sadianos
son prácticamente inexistentes.
"Soy filósofo",
declaraba Sade; "todos los que me conocen no dudan que
haga de ello gloria y profesión". ¿Sade
filósofo? Sin duda. A condición de devolver a este
término la acepción que tuvo para los Ilustrados:
no un profesor universitario, ni un sabio musitando verdades entre
el Kifiso y el Iliso, sino un pensador implicado en las luchas ideológicas
y políticas de su tiempo, un precursor del "intelectual
comprometido" caro a Sartre, un militante de la idea.
No hay texto de Sade, con excepción de sus obras de
teatro, que no ofrezca, encajado como un farallón en medio
del océano de escenas libertinas, digresiones teóricas
que, en algunos casos, alcanzan el estatus de tratados, como el
célebre "Franceses, un esfuerzo más, si queréis
ser republicanos", de La filosofía en el tocador,
y el menos conocido relato de la utopía socialista de la
isla Tomé, que ocupa una parte de la extensa carta XXXV de
la novela epistolar Alina y Valcour o la Novela filosófica.
El ateísmo
de Sade -el primero en ver esto fue Maurice Heine-
era absolutamente radical en su contexto histórico. Los philosophes
más osados no se atrevían a traspasar la frontera,
considerada a la sazón como un finis terrae del pensamiento,
del deísmo. "El ateísmo [de Sade]",
escribe Blanchot, "fue su convicción esencial,
su pasión, su medida de la libertad". André
Pieyre de Mandiargues señalaba la paradoja (una más)
que llevó a Sade a detestar a la Iglesia de Roma,
tan evidentemente cómplice del mal a lo largo de su historia.
El ateísmo es, sin duda, la clave fundamental del universo
ideológico del marqués de Sade. Conviene recordar,
además, que esta postura no era en absoluto compartida por
los enciclopedistas. En la Encyclopédie puede leerse
una frase como ésta: "Si [el juez] está autorizado
a castigar a quienes perjudican a una sola persona, cuánto
más lo estará cuando se trate de castigar a aquellos
que hacen daño a toda la sociedad negando la existencia de
Dios". En cambio, la menor sombra sobre el impecable ateísmo
de Sade. Inmediatamente después de la firma del Concordato
entre la Iglesia y el Imperio, en 1802, Sade concibió
el proyecto de reunir en un volumen todos sus textos ateos. Algunos,
como la Refutación de Fénelon, no han sobrevivido,
no sabemos si a la mera intención de escribirlos o a esa
maldición para la posteridad de la obra del marqués
llamada Donatien Claude Armand de Sade, segundo hijo del marqués
y heredero pusilánime, que entregó a las llamas cientos
de páginas escritas por su padre.
El ateísmo
es la constante vertebradora del pensamiento sadiano. Está
presente desde su primer texto "serio", el Diálogo
entre un sacerdote y un moribundo. Su fuente nutricia es el
materialismo del barón d'Holbach, cuyo Sistema
de la naturaleza (1770) Sade practicó asiduamente,
sobre todo en lo referente a su concepción mecanicista de
la causalidad, a la visión del hombre como un ente desprovisto
de libre albedrío y, por descontado, al rechazo por d'Holbach
de la religión, considerada únicamente dañina.'
El ateísmo
materialista de Sade presenta, no obstante, algunas facetas
originales. La más notable es, sin duda, el egoísmo
radical de su sistema. Contrariamente a las de d'Holbach y
d'Alembert, otro filósofo frecuentado por Sade, las ideas
de Sade gravitan siempre en torno a la esencial soledad del hombre.
Sade se aparta de la corriente principal de los Ilustrados
franceses, que exploró sobre todo la dimensión social
del hombre. De ahí su rechazo violento a Montesquieu,
explicitado en el fragmento de Alina y Valcour que aquí
se reproduce, y, más sorprendentemente, a Rousseau,
el gran philosophe solitario. Pero Sade reacciona ante todo contra
el autor de La Nueva Eloísa. Sollers ha señalado
que Justina es una sátira de la novela de Rousseau: al nombre
de la heroína de La Nueva Eloísa, Julie, responde
la lasciva Juliette, al de Saint-Preux, Saint-Fond y al de Claire,
Clairwil. Sade se permite incluso una alusión jocosa al filósofo
de Ginebra cuando pone en boca de Juliette, a modo de invitación
dirigida a Saint-Fond para que se sume a ella en una orgía,
la frase: "Hace calor, me gustaría que te vistieras
de salvaje".
La auténtica
innovación de su obra, tanto en lo que atañe a su
escritura como en lo referente a su sistema ideológico, es
lo que Blanchot bautizó como perpetuo movimiento del
pensamiento de Sade. El pensamiento y la escritura de Sade
están en incesante movimiento. Así como "toda
la sintaxis sadiana es [
] búsqueda de la figura total",
del mismo modo el pensamiento de Sade cubre obsesivamente
todas las variantes posibles de las hipótesis que le sirven
de base. De ahí el efecto de repetición y de saturación
que produce su escritura, de ahí también que el discurso
de Sade esté plagado de contradicciones e incoherencias,
de aporías y equívocos.
Ateísmo,
materialismo, egoísmo: los tres pilares del universo mental
de Sade giran y dan vueltas alrededor de sí mismos.
Como el prisionero en su celda. En la escritura halló Sade
un resquicio, una ínfima grieta por donde huir de su encierro;
a través de ella vislumbró, sin embargo, un mundo
tan aherrojado como el de la prisión. La escritura se volvió
entonces una máquina sin freno: "escribir", para
Blanchot, "es la locura característica de Sade".
Este, no el otro, vendría a ser el verdadero sadismo.
El movimiento que no cesa, la escritura desbocada se armonizan perfectamente
con el elogio de la insurrección que es la obra toda del
marqués. "El estado moral del hombre es un estado de
paz y serenidad, mientras que su estado inmoral es un estado de
movimiento perpetuo que le acerca a la necesaria insurrección
que el republicano debe siempre insuflar al gobierno del que es
miembro". En estas palabras de Sade resuena la célebre
frase de Saint-Just: "la solución reside en la
insurrección efectiva de las mentes".
Ana
Nuño. Poeta y ensayista
Directora de la revista Quimera
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N°
8 Aņo IV
Caracas, sábado 25 de noviembre
de 2000
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