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Ultimo Sábado
Las
razones epicúreas de Angel Galindo
Arrojado a "un
territorio que no reconoce como suyo", el poeta -a juicio de
Rafael Castillo Zapata- termina en el país de la locura,
del exilio, de la errancia...
y sólo aquel que puede salvarse de sí mismo vuelve
"al poema como su única morada".
Allí acude, allí ríe y escapa del propio infierno
el joven Angel Galindo, vistas
las páginas de su primer poemario Las tintas del escriba
(Eclepsidra, 2000): poesía
que "nace de la espina de la risa clavada en el corazón
del desamparo"

Foto Gisèle Freund
Calle Newcastle-on-Tyne, Inglaterra, 1936
Una buena parte del
paisaje mejor de la poesía moderna está minado por
el sotobosque espinoso que lacera los tobillos del que intenta avanzar
de la inadecuación: el poeta está en una esquina
del mundo, arrojado a un descampado en el que ya no sabe reconocer
muy bien en qué país se encuentra, si tiene lugar
alguno, y termina por dudar de sí mismo en medio de su propio
girar desorientado. Amenazado un poco siempre por el viento del
ala de la imbecilidad, como anotara Baudelaire, el poeta
ha visitado, a lo largo de ese deambular por un territorio que no
reconoce como suyo y que incómodamente trata de apropiarse
de modo provisional, el país de la locura, el país
de la bohemia, el país de los paraísos artificiales,
el país del exilio y de la errancia, y ha terminado en una
torre de molino, pendiendo de una cuerda en un oscuro callejón
de París en mala noche, abrazando el Sena limo a muerte,
consumiendo el último veneno en un hotel de Hamburgo. Los
que pudieron contenerse, salvarse a sí mismos en el borde
del abismo, volvieron al poema como su única morada, al lenguaje
como la casa donde supieron (pudieron) ser, sentir el ser, sentir
que eran, al menos, durante el inflamado instante fulminante en
el que la revelación de una imagen poderosa dejaba en sombras
todo sol negro de melancolía, todo sentimiento de albatros
encallado en la cubierta de algún aceitunado atunero nórdico.
Los que mejor dibujaron la finta elástica con la que, en
el último minuto, esquivaron el golpe artero de la suerte
o de la muerte, rieron, aprendieron a reír, con una risa
que es sonrisa y carcajada, asentimiento frente al mundo y burla
despiadada de la propia condición humana. Son éstos
los que mejor salvan la patria de la poesía sin entregarse
a cultivar la malahierba de la propia histeria: no son tanto, como
querían entusiastas los alumbrados filósofos de Jena,
los mediadores elegidos, el órgano superior del alma
a través del cual la humanidad entra en contacto con todos
los mundos, con todos los espíritus infernales o celestes,
fuerzas, flujos, sino con los bufones, los trapecistas que en la
cuerda floja del lenguaje llaman la atención sobre la corona
torcida del monarca o sobre su pura y simple desnudez, como el famoso
niño. Y es que los mejores no han hecho otra cosa que latigar
a burlas la espalda inmensa y poco mansa de la historia con la crueldad
purísima de los inocentes, de los desavenidos de todo poder.
A esta estirpe
pertenece, lo constato cada vez con respetuosa, asombrada alegría,
Angel Galindo, poeta nuevo que, no obstante su novedad,
parece viejo; viejo como viejo puede serse en el paisaje de la poesía
entendida románticamente, a lo Hölderlin
tras lo luminoso heleno, a lo Novalis tras la azulada flor,
a lo Nerval tras las esquivas actrices despiadadas sans
merci. Su poesía nace de la espina de la risa clavada
en el corazón del desamparo: Soy un mandilón,
dice en el poema, de sí mismo. Ironizo mis sentimientos
cuando los pensamientos me traicionan. Y añade: Quizás
mis imágenes son como el viento brumoso que parte el fuego
/ de un templo que pende en las orillas de un abismo cercano a las
orillas de un riachuelo / y por eso / aun cuando no me lo proponga,
/ los hago reír mientras me escapo de mi averno.
Reír
para escapar del propio averno, del propio infierno: he aquí,
tal vez, una divisa ondeando en el país de Las tintas
del escriba (Caracas, Eclepsidra, 2000); el país de una
poesía que, desembarazada de toda renuncia a la plenitud
de la lengua, no teme volver a envolverse en los largos períodos
descriptivos y en las atentamente desplegadas tiradas narrativas
que recuerdan poemas de otros tiempos, poemas donde el arcaico ademán
del narrador oral sobrevive en la conciencia constante del destino
del poema, su fuerza apelativa y convocatoria, articulada a través
de formas expresivas que parecen casi remotas: el reiterado uso
de la segunda persona del plural en tono mayestático y del
modo imperativo del que llama, como flautista hechicero, a un auditorio,
invitándolo a seguirlo, empleando los pases mágicos
de frases hechas a la manera de los grandes poetas cultos del pasado
del idioma: Vegetando cual langosta en las profundidades de la
mar / yo, ignominioso coral de macilenta derechura / llego a las
dulces aguas de esa vuestra segunda mar
, no sin dejo de
ironía, incluso, o especialmente, ahí, en lo amoroso.
Dice Schlegel,
Federico, que en un buen poema todo debe ser al mismo tiempo
intención e instinto, y que así se hace ideal.
En los poemas de este libro de Galindo haya tal vez una peligrosa
cercanía a esa coincidencia: lo que parece intencional puede
haber sido reflejo instintivo de un poeta nato, de excelente oído;
lo que parece instintivo puede ser, muy bien, producto de un atento
cálculo, de una inspirada y sabia disposición de las
masas de sentido en la mesa del poema, como ocurre en el ejemplar
"Del Cielo a la Impura Natura", dedicado a Reverón,
donde el injerto premeditado de una breve cláusula en francés
equilibra las prolongadas tiradas narrativas de esas estrofas que
exponen una aventura de vida del poeta. De modo que, en Galindo,
parecieran conjugarse la mano predispuesta que viene de cuna y el
entrenado disponer de una manipulación aprendida, ejercitada,
por encima de todo, vivida. Y que esto se dé en poeta
tan joven es algo que infunde respeto, por no decir que asusta mucho.
He hablado
de la risa: los "Adagios" que cierran el volumen son el
ejemplo tal vez más logrado de la chispa de ingenio, lo más
cercano al witz que los románticos de Jena persiguieron,
la imagen obtenida en un relámpago y expuesta luego como
en un acertijo en el blanco de la página (lo lúdico,
lo juguetón, lo cabriolesco tienen aquí una importancia
suma), como funciona el chiste, atacando por sorpresa. Risa es salud
(dioses que dancen, pedía Nietzsche) y tal vez una
de las expresiones de la salud del alma del hombre moderno que se
ríe sea alguna forma sutil de la utopía, ese otro
mundo que todos hemos perseguido mirando de reojo el paraíso
perdido de la infancia con golosos deseos de restauración
de aquél su imperio. En Galindo, la utopía
es también una apuesta. La apuesta por un mundo que se abre
al gozo a partir de la más simple de las ganas: Yo quisiera
hundir mi rostro en la cerveza fría / y vagar / aclarando
mi voz / cual sierpe al galope de la espuma
Hablando de
un hermano de ruta de este Galindo, Walter Benjamin decía
que los personajes de Robert Walser respondían a "razones
puramente epicúreas" pues pretendían "disfrutar
de ellos mismos" con una "nobleza desacostumbrada",
nobleza compartida con los niños y con los personajes de
los cuentos maravillosos y de los mitos que "surgen de la noche
y de la locura". Para mí, Galindo, de repente, es un
personaje de Walser; alguien que canta: Sí / así
es mi país / agua y ceniza es su labio / popa del cielo en
las arenas; alguien que celebra: las maravillosas estrellas que
se balancean como luciérnagas colgadas del espacio / como
mujeres coquetas que caminan por las plazas con sus largos y chispeantes
vestidos / que ríen con los ojos y sueñan con los
labios; alguien que reconoce en "Dicen" (conmovedora
resonancia de la "Derrota" de Cadenas, si bien
en otra tesitura): que no veo, / que mis sentidos están
dormidos // qué importa / acaso es verdad // si bien es cierto
lo que dicen que digan, yo seguiré viviendo / quizá
algún día me marche y ruede por las colinas del mundo
como en la infancia / o toque las teclas de mudas encarnaciones
humanas, / castas como bestias / no sé, tal vez flote en
espiral o quizá ya gire perdidamente en el embudo materno
del universo / -qué importa, qué importa, a mis amadas
las amo. Y lo veo pasar ante nosotros como si no nos mereciéramos
la enormidad de su andadura.
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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N°
8 Aņo IV
Caracas, sábado 25 de noviembre
de 2000
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