MIRADAS
CRUZADAS, FRANCIA-VENEZUELA (I)
Esta Tierra de Gracia, entre
lo ilusorio y lo real
Sí, como escenario de
la abundancia y del misterio ha sido vista, tanto por naturalistas
como por aventureros, Venezuela. Y pasó a ser "un gran
tópico de la lectura de viajes
en toda Europa", sostiene François Delprat en el ensayo
que sigue, y que presentase
en la recién culminada Feria Internacional del Libro, subrayando
especialmente
que frente a los franceses "la imagen de Venezuela se ha ido
ahondando, haciéndose más compleja la visión
edénica" del paisaje que sugieren ciertas obras

Elaboración del casabe. Sir Walter Raleigh / El descubrimiento
del grande, rico y bello imperio de Guayana
Según Delprat los viajeros percibieron
la belleza nativa "en la desnudez de los indios y las indias,
nuevos Adán y Eva"
La lectura de relatos
de viajes tiene mucho que ver con el sueño de otro modo de
ser, con la ensoñación y sus complejas asociaciones
mentales de realidad y deseo de ruptura con esta realidad. El viaje
es un ir y un regresar, doble movimiento que elabora a la vez el
espacio, expresa la conciencia de cada ser frente a la alteridad
del mundo (el fenómeno de la individuación es el resultado
de la percepción del mundo en torno mío); es decir
que necesito de la alteridad para ser yo mismo: buscar más
objetos y seres diferentes trae como corolario una mayor densidad
de la conciencia de uno mismo. En otro plano, el viaje como itinerario
estructura el espacio, y pone a mi alcance una aprehensión
del tiempo, lo que hace del relato de viaje una forma definitoria
de toda consmogonía y, en literatura, el soporte por excelencia
de la cosmovisión. Además, concretiza el concepto
de espacio-tiempo; en todas las culturas el viaje metaforiza el
destino humano y la transición de un estado al otro de su
existir y de su ser (la transmigración de las almas en los
pueblos extremo-orientales, el tránsito entre el acá
y el más allá en las culturas occidentales).
La multiplicidad
de registros que abarca el viaje no puede inventariarse en pocos
momentos, sólo es posible destacar, como lo hace Friedrich
Wolfzettel al comienzo de su libro Le discours du voyageur
que el viaje obedece a dos finalidades principales, la primera es
por necesidad, tiene causas materiales: viajes comerciales y expediciones
militares principalmente; la otra es el placer, causa moral, el
viaje en sí era ya el móvil de nuestros más
lejanos antepasados aun cuando el viaje iba motivado (presumidamente)
por la religión en el peregrino, por el prurito educativo
en el joven de buena familia, por la curiosidad de ver otros espacios
y otras personas, por el apetito de saber en el científico
(estos últimos aspectos pueden coincidir con el móvil
material), ya que un conocimiento mejor de otras tierras es un paso
necesario para los negocios tanto como para la conquista militar,
la inversa, el geógrafo y el naturalista, reciben una gran
parte de sus conocimientos científicos nuevos de la observación
de comerciantes y militares y de aventureros lanzados a la navegación
o al viaje por tierra por circunstancias involuntarias. Lo racional,
en el afán de dominar el mundo, lo disputa a la irracionalidad,
el gusto por la concreta realidad se concatena con el deseo de salvar
los límites de lo convencional, de lo banal. Estas aspiraciones
contradictorias añaden un factor espiritual a la literatura,
hacen posible una aventura nueva.
El viaje
y la novela de aventuras
La relación entre literatura de viajes y novela de aventuras
es, en la opinión de F. Wolfzettel, un aspecto menor,
porque en la novela el viaje sirve de pretexto a la construcción
de historias de personas, al placer de las peripecias, prestándose
más a efectos dramáticos o a la poetización
de la realidad, a la creación de personajes que a la busca
de la otredad. Sin embargo, podemos considerar la novela como parte
decisiva de la literatura de viaje. Al generalizarse el gusto romántico,
la curiosidad por lo otro se refuerza para volverse en una afición
apasionada llamada exotismo, los lectores del siglo XIX y los del
siglo XX han dado al relato de aventuras un éxito mayor que
en todos los tiempos. La aparición de ediciones de libros
para jóvenes en la segunda mitad del siglo XIX apoyada en
la general alfabetización de la población en los países
de Europa, en Francia en particular, crea una inmensa potencialidad
de cultura: el libro de viajes tiene el privilegio de ser apropiado
al deleitar enseñando.
Estas novelas
ensanchan el número de lecturas de evasión y pasatiempo
tomando como referencia y como fundamento el relato de viaje propiamente
dicho (reproducen, a veces, textualmente fragmentos de textos más
o menos famosos). Así son las obras Julio Verne, gran
parte de las cuales son derivadas de las recopilaciones de informes
de geografía, fauna y flora que el escritor solía
hacer por cuenta del editor parisino Hetzel. Es el caso de
Los hijos del capitán Grant, que lleva a dos adolescentes
a cruzar el sur de Chile y de Argentina, en busca de su padre desaparecido,
o bien El soberbio Orinoco (1898), esta vez es una joven (disfrazada
de muchacho) la que se aventura por toda Guayana, remontando el
curso del Orinoco, en busca de su padre, un explorador desaparecido.
El novelista movilizó en la preparación de sus libros
una larga lista de libros de viajes (Humboldt, Depons y Chaffangeon,
para la novela de Venezuela, Bonplad y libros de viajeros
ingleses y alemanes para el de Argentina). El innegable fin didáctico
de estos libros involucra a menudo un proyecto ideológico,
como la exaltación de valores europeos en La vuelta al
mundo en ochenta días, suerte de compilación de
efectos irónicos aplicados a la observación de los
usos y costumbres de otros países del mundo entero (tendencia
más marcada aun en Los trabajos de un chino en China).
La generosidad, la rectitud, el gusto por el esfuerzo personal y
colectivo, el sentido del orden social y el respeto mutuo, son temas
recurrentes en estos libros; es posible afirmar que la novela ha
absorbido parte de los objetivos del cuento filosófico al
cual viene a sustituir en el gusto de los lectores del siglo XX.
Es un rasgo
distinto de la visión de Venezuela desde Europa, lo utópico.
Pensemos en la designación del golfo de Paria, visto por
Cristóbal Colón como Tierra de Gracia, tratando de
persuadir a sus lectores, los reyes católicos, de que la
desembocadura del Orinoco sugería la presencia del edén
en el interior del continente. Desde los primeros viajes la ensoñación
viene a espiritualizar el feroz apetito de riquezas que movía
las grandes empresas descubridoras.
Hoy, los bibliógrafos
conocedores de los relatos de viajes, saben que la reedición
está condicionada por la nueva recepción en un público
culto: el análisis de la ideología propia del navegante
europeo ha sido estudiado en ambos continentes y para las crónicas
y los textos de México, tenemos por ejemplo el estudio conjunto
de T. Todorov y G. Baudot Récits aztèques
de la conquête (Paris, Le Seuil, 1983) que entran en la
línea de los estudios de la Visión de los vencidos,
elaborados por Nathan Wachtel y sus discípulos. En
esta línea sería posible intentar una nueva visión
como lo esbozan los trabajos de A. Chacón sobre cultura
afrovenezolana, o los estudios de Federico Brito Figueroa
sobre la historia colonial. Una modificación de la vista
desde afuera, tal como resulta de los relatos de viajes.
Por otra parte,
los testimonios de los viajeros, su capacidad de ver a Venezuela
son fuentes indispensables del pasado y aclaran notablemente nuestra
propia visión del país, por ello es interesante que
la editorial Utz, en París, haya creado una colección
de textos en los que encontramos a la vez textos utópicos
(Thomas More, Utopía; James Burgh, La
cité des Césars) y los relatos de viajes como
el itinerario marítimo de M. D'Anson, en el siglo
XVII.
La labor científica
de los naturalistas y el afán aventurero del europeo que
ve en Venezuela un espacio en blanco en el mapa (así ha seguido
considerándose al alto Orinoco durante todo el siglo XIX
y aun en la primera mitad del siglo XX) es un gran tópico
de la lectura de viajes en toda Europa, con marcado gusto en Gran
Bretaña, Alemania y Francia. Algo menos en España
porque la tradición colonial había creado un intercambio
real, unos lazos entre las familias de Venezuela y las de diferentes
provincias españolas, en especial Andalucía y Canarias
y, ya en el siglo XVII y hasta el XX, las provincias vascongadas
y Galicia. Desde Francia, la migración a la América
del Caribe se hace hacia las Antillas y hay que señalar que
antes de los viajes de Humboldt, de Depons, de Chaffangeon,
las noticias de Venezuela vienen integradas dentro de viajes más
amplios, como lo muestran Rochefort (Histoire Naturelle
des Antilles, 1665, Histoire Morale des Antilles, 1667)
o más cerca de nosotros Jules Crevaux. La reedición
de estos libros, con admirables grabados, es un modo de completar
la biblioteca contemporánea de los itinerarios aventureros
por el Orinoco, por los Llanos y por las cordilleras, generadores
de cautivadoras visiones en las que el lector desea ensanchar su
propia percepción del mundo.
Los relatos
de 1962, viaje por el curso superior del Orinoco de Jean-Marie
Grelier, en particular, han tenido un notable éxito en
Francia.
Vemos que la
tradición francesa de reunir la información científica
y la visión utópica, el asociar la aventura y el saber,
no pierde su vigencia. El lector de novela venezolana en Francia
se inclina fácilmente a los libros que le cuentan destinos
excepcionales o vivencias que, para él, son exóticas,
lleva incluso la ingenuidad hasta creer que son testimonios de la
realidad (evoquemos La plus grande pente, de Georges Arnaud,
autor de otra novela de la que se sacó la famosa película
de Clouzot, Le salaire de la peur, y una de las grandes
novelas de la naturaleza de buena difusión en Francia: Doña
Bárbara, o una novela histórica de gran éxito,
la de Otero Silva, Lope de Aguirre, Príncipe
de la libertad). La imagen de Venezuela se ha ido ahondando,
haciéndose más compleja a la visión edénica,
de una riqueza inagotable como las aguas de los grandes ríos,
de la espontánea abundancia de una naturaleza nutricia, de
belleza nativa percibida en la desnudez de los indios y las indias,
nuevos Adán y Eva, ha venido a sumarse la idea de una inmensidad
de los espacios donde el hombre pueda aplicar su arrojo y ambición,
realizar las potencialidades de su espíritu y de su cuerpo,
ser plenamente.
Si el conocimiento
naturalista ha venido a matizar la ilusión por la forma real
de los mapas, por el inventario de las formas de vida y de producción,
la existencia en Venezuela de una gran porción de territorios
poco poblados, la propia tradición venezolana de los Llanos
sin barreras y de las selvas sin caminos, viene a desempeñar
en la visión de la Tierra el mismo papel épico que
los relatos de las grandes navegaciones y el enfrentamiento con
las fuerzas elementales desencadenadas en las tempestades oceánicas
(la gran literatura de aventuras marinas y la gran literatura de
la aventura terrestre siguen teniendo una bella difusión
en Francia, forman el principal material de lectura ofrecido a los
jóvenes).
El desarrollo
del conocimiento científico había de modificar la
perspectiva, introducir una racionalidad y una certeza de la representación
de las realidades americanas; sin embargo, la fascinación
por lo otro viene a reforzarse y mantiene por lo tanto la dimensión
poética de lo venezolano a los ojos del francés. Por
ejemplo, la gran transformación de los estudios antropológicos,
que marca el estudio estructuralista y el tono crítico introducido
por Claude Levi-Strauss en su estudio de Brasil en Tristes
Tropiques, ha despertado otra forma de indigenismo. Sin embargo,
no ha llevado a los lectores y espectadores y turistas franceses
a perder su idea del buen salvaje. Esta yuxtaposición de
las dos visiones caracteriza la imagen de lo venezolano, dando cuenta
de los grandes contrastes del país, con un conocimiento pequeño
de la realidad urbana, de las artes contemporáneas, una afición
viva por los bellos paisajes, el sentido de una poesía telúrica
buscada hoy en la fotografía y el filme o video, y pese a
una gran ignorancia de la historia de todo un pueblo.
Dos filmes
representan bastante bien, por su buena difusión en Europa,
esta asociación de lo real y lo ilusorio en la visión
que se tiene de Venezuela: Araya de Margot Benacerraf,
y Río Negro de Atahualpa Lichy. De las crudas
condiciones de los trabajadores salineros de la península
de Araya el espectador guarda sobre todo la seguridad de la capacidad
del hombre para dominar un medio ingrato, mientras que el gran éxito
de este clásico del cine parece reposar sobre la belleza
de la imagen y un ritmo del relato aparentemente sencillo y muy
hábil, bien logrado. Lo espectacular vuelve a ser una gran
calidad de Río Negro, y la reconstitución histórica
recibe mayor crédito por la participación de figurantes
de la región del alto Orinoco. La historia de violencia y
de desorden en un mundo de acceso difícil concuerda con los
muy antiguos tópicos de la aventura contada. En la cara moderna
de la visión de Venezuela está la densa película
Pandemonium, de Román Chalbaud. Allí
está una fuerza poética que nace de la marginalidad,
un grupo social que no calza en las hormas usuales y sin embargo
expresa una cultura de amplios sectores urbanos actuales. Lo feo
y lo bello, la violencia y la generosidad, las pasiones y la abnegación
marcan el drama, en la ciudad de Caracas, con una admirable capacidad
poética. Así, la nueva expresión artística
revela el sentido de la belleza disimulada en la realidad, aun en
la más sórdida, es una transfiguración que
dice una verdad profunda.
François
Delprat. Escritor francés
Univerversité de Paris III
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N°
9 Año IV
Caracas, sábado 02 de diciembre
de 2000
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