|
Apuntes
MARC
DE CIVRIEUX, DE DRIL Y GUAYABERA
Entre candelas y zamuros
Hombre de ciencias,
viajero infatigable y amante de la naturaleza, Marc de Civrieux
encuentra en el Amazonas su razón de vida. De allí
extrae, tal como dijese Carlos Brito,
en texto concebido como parte del homenaje que le rindiera Kuai-Mare
a este geólogo francés llegado a nuestras tierras,
"las claves secretas de la historia de la humanidad".
También
de allí rescata y recrea la memoria y los Ritos funerarios
kariña, vertidos en un libro
que Abraham Salloum Bitar comenta

Foto Vladimir Sersa
Marc de Civrieux: "Eso sí es importante
el zamuro, no eso de estar escribiendo"
Amparado
en la obsesión por Jacques Cousteau y sus aventuras
en el Calipso por los mares del mundo, yo había llegado al
pie de Cerro Colorado, en Cumaná, con el afán juvenil
de convertirme algún día en un investigador submarino.
Era el tiempo en que todos queríamos irnos al Oriente a estudiar
Biología Marina. Pero mientras mi interés por las
ciencias del mar menguaba entre fracasos académicos, iba
apareciendo una inclinación, un gusto, una sensibilidad por
la palabra que emanaba de tertulias solares frente al golfo de Cariaco
en las que Ramos Sucre daba paso a las correspondencias baudelaireanas.
Yo descubrí la poesía al mismo tiempo que comencé
a escuchar el nombre de Marcos. La gente al referirlo decía
es un hombre que sabe de muchas cosas, de aquí y de más
allá
a mí me dijeron que en una ocasión
llegó donde nace el Orinoco
y hasta parece que tiene
pactos con los espíritus de Guanipa
Cuando lo vi
por vez primera supe que era el mismo hombre de dril y guayabera
que solía atravesar silencioso los oscuros pasillos del oceanográfico,
hasta que se perdía en su laberinto sin levantar la mirada;
el mismo que yo jugaba a imaginarme como un científico enloquecido
tras una fórmula extraña. Lo cierto fue que nunca
me interesó saber a qué se dedicaba realmente, preferí
hacerme cómplice de aquel ser que de tanto andar mitologías
se iba pareciendo a una suerte de divinidad perdida en la memoria.
Había entonces una distancia respetuosa que fue acortándose
muy lentamente gracias a la mano de Gisela, su compañera
inseparable, quien cada vez más nos allanaba el camino hasta
él. Y no era que Marcos fuera inaccesible por extraño,
por exquisito o por demasiado artemisal; lo que sí evitaba
-y con ahínco- era verse envuelto en encuentros que se pagaran
y se dieran el vuelto en el comercio de una racionalidad sorda y
suficiente. Eso le parecía demasiado occidental. En tales
aprietos, solía decir una barbaridad absurda, casi un koan
japonés, que dejaba al resto sin respuesta y se alejaba.
Por razones que aún hoy no lograría precisar, como
si un "porque sí" mediara, desde un instante cualquiera
uno aparecía formando parte de la intimidad de Marcos -llamo
intimidad aquí a ese espacio en el que él podía
hablar, soñar, especular o loquear sabiendo que habitaba
el reino de la confianza-, allí soltaba su ánimo y
podía hablar de las especulaciones platónicas con
la idéntica soltura y profundidad con que se refería
al casabe de los pueblos del Orinoco como pan de guerreros. Ahora
cuando escribo estas líneas para recordar a Marcos, me llegan
de otro tiempo dos instantes que quisiera compartir: uno se remonta
a la noche clara y lunada, la noche exacta en la que un grupo de
amigos nos reunimos en una playa cerca de Marigüitar con el
propósito de despedirlo de Cumaná, ya que Marcos había
decidido remontar las montañas de Mérida, donde quería
iniciar la escritura de lo que él decía que serían
las claves secretas de la historia de la humanidad. Las aguas del
golfo sonaban próximas en la oscuridad y bebíamos
en torno a una fogata que se había encendido. No recuerdo
de qué hablábamos, seguramente algo acerca de la mismísima
cotidianidad y de pronto, como si cualquier cosa, Marcos metió
sus manos en el fuego, sacó unos tizones ardientes y comenzó
a acariciarlos mientras seguía conversando. Por supuesto
que nos alarmamos e intentamos disuadirlo del aquel extraño
divertimento; sin embargo, él insistía en jugar con
candela. Viendo cuán infructuosos eran nuestros esfuerzos
por hacerlo cambiar de idea, miró la bóveda celeste,
identificó la posición de algunas estrellas claves
y nos dijo que aquello era una despedida y que sólo lo podía
hacer porque las presencias del cielo estaban en ese justo instante
en los lugares de la hermandad, porque tenía la ayuda de
unas fuerzas que muy de tiempo en tiempo llegaban a serle fraternas.
El otro pasaje
se dio hace unos siete años en una geografía distinta,
que si bien estaba signada por un clima diferente, tenía
la misma fuerza humana como aliento. Fue en La Mucuy Baja, en las
cercanías de Mérida, y más específicamente
en el pequeño jardín que rodea la actual casa de Marcos
y Gisela. Paseando por los Andes en unas vacaciones, como lo hago
cada vez que me acerco por aquellas tierras, fui a visitarlos. Eran
como las cinco de la tarde, el sol todavía iluminaba las
partes más altas de los cerros. Allí, a esa hora,
estaba Marcos sentado en la grama mirando hacia el ya plomizo cielo
merideño. Gisela se me acercó para decirme que no
lo molestara, que él estaba en "sus asuntos". Bebimos
café al tanto que recordamos los afectos cumaneses, mientras
afuera la luz se debilitaba. Nos dimos cuenta de que Marcos se acercaba
diciendo algo como si continuara con naturalidad una conversación
que nunca supimos cuándo se había iniciado. Después
de abrazarnos y de satisfacerle alguna inquietud acerca de sus recuerdos
orientales, me llevó al jardín y se quedó en
silencio. Yo estaba incómodo sin saber qué decir para
establecer alguna relación; entonces, sin estar muy convencido
de nada le pregunté si estaba escribiendo, a lo que me respondió
con un ataque irónico que qué era eso de escribir,
que si era una vieja manera de gastar la vida en asuntos sin importancia,
que de dónde venía esa fea manía de garabatear
páginas y páginas
Yo sabía que eran "salidas"
de Marcos cuando quería desarmarnos y despojarnos de las
seguridades. No me quedaba otra que esperar el momento oportuno
de penetrar en otros menesteres y así le propuse que me contara
qué cosa tan importante estaba haciendo hace un instante
en el jardín. Al cielo arriba le faltaba nada para arribar
a su negro de noche verdadera, por eso aún se podía
ver en sombras si se hacía el esfuerzo. Marcos me señaló
con su dedo un punto casi invisible que se vislumbraba en lo alto.
"Es un zamuro" -me dijo. Entonces comenzó a referirme
la suerte que le esperaba aquella noche, insistió en hacerme
saber que desde tamaña altura aquel solitario zamuro tardaría
como tres días en descender en sus lentísimos vuelos
circulares y que esa noche y quizá la siguiente tendría
que volar interminablemente en la oscuridad plena si quería
bajar a la tierra, porque si no tendría que morir en las
alturas
Guardó silencio unos instantes y concluyó:
"Eso sí es importante
el zamuro, no eso de estar
escribiendo
".
Carlos
Brito. Ensayista y poeta
MARC
DE CIVRIEUX, MEMORIA DE UN PUEBLO
Ritos contra el olvido
Mi
primera relación con los pueblos prehispánicos fue
un desconocimiento. Creía que antes de la Conquista y Colonización
hispana, existían unas tribus desperdigadas por el continente,
incapaces de relacionarse, pacífica o violentamente, entre
sí, viviendo en un estado de salvaje encantamiento. Y tan
escasamente diversos como dotados, que el nombre indios les bautizaba
magníficamente.
Estas creencias,
"admirablemente" incluidas como "objetivos históricos",
afianzaron su existencia con dos textos pedagógicos. Los
propiamente escolares y los cinematográficos. Sobre todo
estos últimos, que crearon y multiplicaron una feroz épica:
el plausible exterminio del salvaje. Es decir, el indio. Que aparecía,
en otras filmográficas ocasiones, como el "indito"
domesticado, bondadosamente convertido en un ser inclinado, sin
habla. En sombra. De estas ideas tranquilizantes, no fue extraño
derivar una conducta compasiva. Los indios ahora daban lástima,
transformándose en pobrecitos. Lo que llevó, en no
pocas veces, a caritativas acciones, que continuaban antiguas y
nuevas filantropías.
Existían
antecedentes. Uno de ellos, acaso el más relevante, fue
Bartolomé de Las Casas. El fraile, perteneciente a la
orden de los dominicos, había ideado, desde el actual estado
mexicano de Chiapas, una extraña cuan curiosa filantropía,
para socorrer a los que el imperio conocía como indios (Borges,
en Historia universal de la infamia, lo narra con exquisita
ironía). De Las Casas había encontrado que,
para mitigar la violencia esclavista en contra de los llamados indios,
se debía esclavizar a otros: los negros. Así, se cambiaba
una mercancía, ya reducida a su mínima expresión,
por otra mercancía que ofrecía, por su frescura y
calidad de importación, mayores rendimientos y, por consiguiente,
beneficios.
Conocimiento
y reconocimiento
Llevó tiempo disipar este "criollo" y racista desconocimiento.
Explicar el porqué y cómo se produjo no es cuestión
que ofrezca fáciles explicaciones, como, igualmente, no es
asunto de este artículo.
Lo cierto es que el nombre de indios, al lado de leyendas negras
y doradas, fueron desterrados. Y en su lugar aparecieron, gracias
a relaciones directas como a lecturas de libros respetuosos y mejor
escritos, múltiples pueblos, con culturas diferentes y en
muchos de los casos distantes, afectiva y geográficamente.
Cada cual sujeto a una interpretación particular del mundo
y el universo. Estas complejidades del rito me permitieron comprender
el desarrollo alcanzado por tales pueblos vinculados, por lo general,
con una conducta de holgazanería o de picaresca.
En el libro
del antropólogo Marc de Civrieux, Ritos funerarios
kariña, existen testimonios de los kariña que
le otorgan un fundamento de mayor calibre. Allí se incluyen
los cantos, las festividades y otra serie de actos que reflejan
el sentido y la relación que los kariña establecen
con sus muertos. Como, por ejemplo, lo que dice Francisco Tempo:
"Los muertos vienen, los familiares de uno, los que murieron
vuelven a visitar a su familia. Cuando se mueren vuelven a la casa
de los familiares". Y continúa: "Y en lo que llegan
esos muertos, uno les pone comida, les pone la comida pero no los
ve. Entonces uno carga, les da bastimento a los que cantan. Cantan
los familiares, los padres, canta uno y los carga. Después
esos muertos se van contentos".
Entre el mundo
de los vivos y el mundo de los muertos existe una relación
indivisible. La memoria kariña preserva esta vinculación,
creando una comunicación, un diálogo que evita la
más temible de las destrucciones: el olvido. Y al mantener
en la memoria a los que ascendieron, se espera su regreso con la
comprensión de que volverán. Siempre.
Abraham
Salloum Bitar. Poeta
|
|
N°
9 Año IV
Caracas, sábado 02 de diciembre
de 2000
|
| |
 |
|
|
| |
 |
|
|
|
|
 |
|
|
| |
 |
|
|
|
|
 |
|
|
| |
| |
|
|
| |
| |
|
|
|