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Creación
OLVIDO
GARCIA VALDES, AMALIA IGLESIAS Y LOLA VELASCO EN TRANSICION
Porque
la tradición y algunas flores tiran de la poesía
Han ido tras
una palabra "universal" para "complicarla",
para devolverle supremacía.
Y Marta López-Luaces va tras ellas, tras las voces de Olvido
García Valdés, Lola Velasco y Amalia Iglesias para
ratificar que han creado "una tensión poética
que se basa tanto en la renovación como
en la tradición, o si se quiere, en una traducción
posmoderna de la tradición"

Tres arcanos mayores del
Tarot de Visconti, siglo XIV
La librería
Crisol de Madrid comenzó un ciclo de lecturas de poesía
titulado "Ellas escriben, tú degustas", en el que
participaron un representativo número de poetas de diferentes
generaciones y tendencias literarias. Las lecturas presentaron un
mosaico de lo que está ocurriendo en la poesía española,
lo cual demuestra una vez más que el ser mujer no necesariamente
dice algo sobre la poesía en sí. Más bien habla
de una condición externa a la literatura: el poco acceso
que históricamente han tenido la gran mayoría de las
mujeres a ciertos recursos, medios, esferas y círculos intelectuales.
Empezar el siglo
XXI dedicando un ciclo de la poesía escrita por mujeres,
va más allá de querer reparar un daño histórico.
Mostrar que la poesía escrita por mujeres puede dividirse
en las mismas tendencias estéticas y tiene una calidad pareja
a la poesía escrita por hombres, tiene una repercusión
que al principio de la revolución multicultural y de género,
ocurrida en el siglo XX, no era palpable. Al adquirir una mayor
autoridad lingüística y poética ciertos grupos
antes marginados (mujeres, clase trabajadora, indígenas,
gente negra, etcétera
) indirectamente se ha contrarrestado
la importancia que desde la época Romántica ha dado
al individuo, al autor, a quien ha escrito el libro, para darle
supremacía al lenguaje poético. El que sea hombre
o mujer, un dandy, un soldado, un suicida, un asesino, que sea de
izquierda o derecha; es decir, el autor como performer está
desapareciendo, a medida que cobra autoridad el lenguaje poético.
Así, en una posmodernidad en la que tanto se ha hablado de
la no validez de la palabra "universal", estos diferentes
grupos, incluyendo a las poetas y escritoras, vienen a validarla;
es decir, complicarla, devolviéndole su significado original.
"Universal" que procede de todos y que se extiende a todo
el mundo y a todos los tiempos.
Las tres poetas
del ciclo de Crisol que nos interesan destacar aquí, Olvido
García Valdés, Lola Velasco y Amalia
Iglesias, no son sino una breve muestra del altísimo
nivel del ciclo.
Olvido García
Valdés es autora de El tercer jardín (1986),
Exposición (1990), Ella, los pájaros
(1994) y Caza nocturna (1993). Lola Velasco ha publicado
cuatro libros: La frente de una mujer oblicua (1986), La
cometa o las manos sobre el papel (1992) y la novela La Ondina
del Manzanares (1990). Amalia Iglesias de la Serna ha
publicado Un lugar para el fuego, Memorial de Amauta (1994),
Dados y dudas (1996). En estas tres poetas la distancia entre
la tradición y la renovación lleva a un cuestionamiento
del poder de la palabra cotidiana y a una revaluación del
lenguaje poético.
En las obras
de las tres poetas percibimos diferentes "procesos de restauración"
como Paul de Man lo ha definido. Para De Man, la autorrepresentación
es un proceso de restauración, de alteración o de-facement
ya que la distancia entre el "yo" y la firma, el sujeto
autobiográfico, privilegia lo figurativo. Así se crea
una subjetividad poética en que la primera persona sostiene
un sistema de escritura, lectura y traducción. Eso permite
el movimiento de la primera persona entre dos polos opuestos -objeto-sujeto,
vida-muerte, yo-tú, renovación-tradición- sin
negar ninguno de los dos, lo cual daría lugar, de ese modo,
a un movimiento de cambio y de restauración. Si crear es
restaurar las voces de la tradición, este proceso de autorrepresentación
implica una alteración que produce lo nuevo dentro de una
estética que aspira a lo universal.
La poesía
de Olvido García Valdés muestra la palabra
como generadora de renovación. Entre la palabra-objeto y
la palabra-viva tiene lugar todo un proceso de "contemporaneización"
en el que el acto de escribir se transforma en un proceso de abstracción.
El discurso poético entonces expresa, interpreta y representa
una estética que se renueva a través de la mirada.
Una mirada en la que las otras artes se unen a la voz para convocar
por la fuerza de la palabra un universo poético.
Amalia Iglesias
escribe desde la herida. Si, como dice otra vez De Man, el
yo es el velo de la autorrepresentación, ese velo permite
un espacio donde los binomios sujeto-objeto, presencia-ausencia,
vida-muerte ocupan un mismo signo. Así Amalia Iglesias
transforma el "yo" enunciativo del poema lírico
y crea en el texto un espacio donde se produce un extrañamiento,
producto de la distancia entre los dos polos opuestos de cada dualidad.
En esa herida o en esa fisura entre uno y otro, resuenan las voces
poéticas de Manrique, Miguel Hernández
y Valente sin ahogar por ello la voz fundamentalmente nueva
que así se articula. Se yuxtaponen en estos poemas diferentes
voces de una tradición que se reconoce como múltiple
para ser capaz, entonces, de regenerarse. Se borran así los
límites de lo figurativo para reescribirlos dentro de una
tradición que ha hecho de la muerte parte de un viaje de
regreso a una interioridad que se contempla.
En la poesía
de Lola Velasco se transgrede la representación habitual
el tú habitualmente pasivo del poema lírico, siempre
a la espera de que un "yo", un sujeto activo, le imponga,
le asigne, un significado. Velasco escribe desde una primera
persona, desde un yo que no delimita, ni impone un significado al
"otro" sino que reconstruye un yo que también es
el "otro" y viceversa. De tal modo transforma, por metonimia,
el cuerpo amado en cuerpo poético, el cuerpo como nombre
común al que se le pueden dar múltiples significados.
La barrera de
lo figurativo se traspasa en las obras de estas poetas por un lenguaje
derivativo, que invierte el orden sin proponer otro discurso, como
qusieron hacer los surrealistas con anterioridad. Este otro orden
lo consiguen al crear una tensión poética que se basa
tanto en la renovación como en la tradición, o si
se quiere, en una tradución posmoderna de la tradición.
Marta
López-Luaces. Escritora, ensayista
(Montclair State University)
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Los buitres
lanzan piedras
y la diosa madre se aferra al huevo
de un avestruz.
Lo protege.
No olvida
que el dolor deforma.
Tiñe las uñas de sus pies
y manos,
y espera.
Ha de rescatar esa imagen
del polvo del desierto.
Nada más allá de lo que ahora ve.
El dolor abulta
como un hijo no deseado.
***
La diosa madre dobla la esquina
y doy vueltas a mi ombligo.
Lo retuerzo.
La realidad es esto.
La realidad es lo que queda
cuando se desplaza.
***
Contemplas
la parte del astro
que no se ve,
la que vive
para lucimiento de su otra mitad.
La estratega misteriosa,
la que deja pasar las estaciones
y amontona cerillas
porque en su territorio
siempre es invierno.
La que
descansa
sobre un paisaje de esqueletos,
y se pregunta cómo es posible
que el mundo (todavía) exista.
Ha llegado
tu hora,
diosa madre.
Pronto
serás una montaña derretida
corriendo entre guijarros.
Lola
Velasco
***
No
hay princesa sin hada:
no hay princesa. Ahí estoy
ser otoño oscuro como tunel.
Uno friega los platos
embebidamente y piensa: ya falta
poco, ya estoy acabando
(una taza, cubiertos
).Y después
sigue haciendo con gusto lo que queda
sin prisa, sabiendo que ya acaba.
***
Ella supo que no había ya
ningún afecto, veo ahora su foto
la grande de la sala, tan seria
tan guapa, y me doy cuenta:
el rictus, el codo, la mano
hacia la nuca.
***
Cuerpos con marcas: una mayor
sequedad, cambios
en la composición de la dulzura,
menos fácil, o a la inversa:
mayor grado de lucidez
en los ojos, que al encontrar agradecemos
Olvido
García Valdés
***
Cultivo
esperas en el jardín de la muerte.
Todas las calles escriben esquejes en mis brazos
y algunas flores tiran de mí como cadenas.
Despertamos
hortelanos de nuestro cuerpo en sombra,
cada uno arrastra su alambrada invisible,
sabe que existe una puerta sólo suya
en el azar del horizonte.
Cada uno escucha entre la hojarasca
la voz de su propio dios vencido,
se apresura a nombrarlo.
Todos
los días son un buen día
para quemar las zarzas
y el corazón se hace más fértil
con los despojos de todas las edades.
Cultivo
esperas en el jardín de la muerte,
los surcos sueñan
con el campo abierto de los pastizales,
con la niña que sembraba sus trenzas
y esperaba ver crecer el paraíso.
***
Lázaro
se sacude las ortigas
Lo que
no dice la sombra de mis labios
medita alrededor de su espesura.
Intimidad,
poema,
profecía del principio,
periferias o puertas de horizonte.
Cuando
voy a soñar
el viento habita las tumbas,
erosiona la casa de todas las edades.
La memoria,
acostumbrada a su barbecho,
espera el alba de la luz
para enturbiar los ojos,
el tiempo de la luciérnaga que escriba
tus miradas mortales.
En la
colina de la arcilla que ata mis pies
desconozco el lecho del cadáver y la espiga,
la huella, su inclinación en los helechos,
el trazo que describe
el miedo de los años.
Desconozco
la palabra que crece en sus orillas,
la voz que sobrevive en el deseo.
Cuando
voy a soñar
y Lázaro se sacude las ortigas.
***
Aquel
verano
Nadie
podrá decir, después de todo,
que el tiempo entre tú y yo no ha sucedido.
Fue el verano más lluvioso que recuerdo
como si el cielo estuviera envenenado.
Qué
fácil aprender los perfiles del miedo,
intuir el instante que detiene las horas.
El verso se hizo turbio
y el cuerpo autodidacta.
En los
brazos de agosto
se quemaba el crepúsculo
y tú me enseñabas
el camino de vuelta a la memoria
y a beber en el cáliz donde habita el olvido.
(Del libro
inédito Lázaro se sacude las ortigas)
Amalia
Iglesias Serna
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N°
9 Año IV
Caracas, sábado 02 de diciembre
de 2000
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