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Reseña
Las mil y una
de Elena Poniatowska
Crónica
nacida de una historia dramática, Las mil y una
(La herida de Paulina)
de Elena Poniatowska, pone al desnudo y alerta acerca de algunas
tragedias cotidianas
que la autora explora como pocos y que viene a "disculpar"
incluso delante de la ensayista venezolana radicada en México,
Cecilia Rodríguez, la hiperpresencia mediática
de Poniatowska.
Con el caso de Paulina "logra encontrar una serie de sentidos
en aquello que sólo
parecía un doloroso y escandaloso atropello"

Frida Kahlo / Mi nodriza
y yo, 1937
La
editorial Plaza & Janés acaba de publicar el libro Las
mil y una... (La herida de Paulina) de Elena
Poniatowska. Una vez más Poniatowska abandona
los territorios de la ficción para explorar los híbridos
caminos de la crónica. Despegándose de artificios,
adjetivos elaborados o metáforas ingeniosas, la autora utiliza
un lenguaje de una desnudez cotidiana para narrar una historia tan
pavorosa en sí misma que no necesita de tensiones dramáticas,
ni de ningún tipo de artilugios ficcionales.
Se dice de Elena
Poniatowska lo mismo que se dice de Carlos Monsiváis,
que ellos tienen el don divino de la ubicuidad y la omnipresencia:
dondequiera que uno mire allí estarán ellos hablando
de la captura de la Trevi, de Mayo del 68, de los procesos electorales,
de las telenovelas, del zapatismo o de cualquier otro tema que se
encuentre sobre el tapete. Así que a veces uno se pregunta
con hastío: ¿Hasta cuando la Poniatowska y
el Monsiváis? Los más agotados hablan de la
inconsistencia de sus posiciones, dicen que Monsiváis
es el pupilo de Televisa y que Poniatowska se ha dejado llevar
por un sentimentalismo empalagoso y nostálgico. Sin embargo,
más allá de estas críticas, lo que parece esconderse
detrás de este hastío es el viejo recelo de que el
intelectual ingrese a lugares mass-mediáticos y abandone
sus altares y sus torres. El intelectual debe ocuparse de los asuntos
serios de la polis y no de las nimiedades de la cotidianidad, sus
bajezas y ramplonerías.
Confieso que,
a ratos, he sentido ese agotamiento y he deseado no toparme nunca
más con ninguna de estas dos figuras, tomar el control remoto,
cambiar el canal y decir "basta con este par". Sin embargo
cuando leo Las mil y una de Poniatowska vuelvo a reconciliarme
con esta mujer y encuentro admirable su pasión por recoger
las glorias y las tragedias de lo cotidiano más allá
de las llamadas "grandes aventuras espirituales". Tal
vez en el caso de Paulina o en la captura de la Trevi se encuentran
agazapados una serie de sentidos que se nos escapan.
Las mil
y una recoge el caso de Paulina, una niña de doce años
que fue violada en un pueblo de la frontera y a la que un gobierno
panista, tradicional y conservador, le impidió abortar aun
cuando las leyes mexicanas permiten el aborto en caso de violación.
Se trata de un suceso que -como dicen los periodistas- conmocionó
la opinión pública, pero como sabemos estas conmociones
no duran más que un segundo. El mundo sigue su rumbo, las
conmociones se suceden unas a otras y en un abrir y cerrar de ojos
Paulina es sólo una historia vieja que se recuerda vagamente.
Elena Poniatowska
agarró un avión, llegó a Mexicali después
de muchas horas de vuelo, tomó su grabadora y su fama y se
puso a lidiar con funcionarios públicos que no hallaban cómo
tratar a esta señora tan famosa y tan incómoda. Visitó
el barrio de Paulina, el hospital, el edificio de gobierno; habló
con la niña, con sus familiares, con sus amigos, con su padre
marinero y logró darle a esta noticia de un día un
sentido y una dimensión realmente sorprendentes.
Poniatowska
logra con esta crónica incómoda y dolorosa llamar
la atención sobre los escandalosos índices de violencia
que se ejercen diariamente contra las mujeres mexicanas; la manera
cerrada y obtusa como se ha tratado en México el tema del
aborto; el alto índice de mujeres violadas y asesinadas en
los pueblos fronterizos (El caso de Ciudad Juárez
es simplemente aterrador) y sobre la indiferencia con que se ha
tratado esta serie de agresiones. Pero no sólo esto, como
si se tratase de una pintura puntillista: a medida que la autora
va tomando distancia se nos van haciendo cada vez más nítidas
ciertas conexiones y ciertas figuras que un primer plano no nos
permite ver.
De la violencia
sobre la mujer la autora pasa a un plano más amplio, esbozando
con trazos finos la manera como las instancias religiosas han intentado
-con una persistencia inigualable- imponer su moral y sus verdades
dogmáticas sobre un estado laico, y cómo el triunfo
de un partido conservador le ha dado fuerza a este deseo, aliándose
en más de una ocasión en una serie de atropellos que
parecían haber quedado en un pasado remoto: Paulina, el reciente
destrozo de unas pinturas a cuchilladas por haber sustituido la
imagen de la virgen de la Guadalupe por una atrevida Marilyn, la
prohibición de la minifalda en un estado de México,
obispos achacándoles a las mujeres la culpa de las violaciones
y exhortándolas a no salir solas, el intento de prohibir
el aborto incluso en caso de violación o de peligro de muerte
de la madre, y pare usted de contar.
Desde el pequeño
punto que fue el caso de Paulina a esta pintura de la realidad mexicana
actual, Poniatowska logra encontrar una serie de sentidos
en aquello que sólo parecía un doloroso y escandaloso
atropello que había excitado la morbosidad pública
por un efímero instante.
Los mass-mediáticos
Monsiváis y Poniatowska, el niño de
Televisa y la señora melosa han buscado una manera distinta
de relacionarse con la realidad social -lejos del padre Paz-,
ellos han hecho del escándalo televisivo, de la frivolidad,
de la noticia amarillista y hasta de la misma nimiedad, una manera
de entender el mundo y de sondear sus caminos. ¿El lugar
del intelectual? Habrá que seguir andando y explorando distintas
rutas y encrucijadas.
Cecilia
Rodríguez. Ensayista
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N°
9 Año IV
Caracas, sábado 02 de diciembre
de 2000
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