Tributo

UNA PARODIA A GUSTAVE FLAUBERT

Refutación del otro Julio Ortega

La pesadilla que viviesen los personajes de la novela de Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet, sirve de excusa a Julio Ortega para celebrar un año más del nacimiento del novelista francés, recreando él a su vez una historia que retrata sucesos de nuestra actualidad literaria.
Una parodia que pretende poner en evidencia, tal como lo hiciese Flaubert en su libro,
la candidez humana: jóvenes escritores que creen "en la bondad de los concursos
y la verdad de las famas"


Foto: Archivo
Gustave Flaubert novela también la candidez humana

Para celebrar un nuevo aniversario del nacimiento, el 12 de diciembre de 1821 en Rouen, de Gustave Flaubert, padre cervantesco de la novela contemporánea,
J. Ortega ha imaginado una versión actual de la vida literaria, no menos pesadillesca
que las de Bouvard y Pécuchet

Me apresuro a denunciar como espúreos los mensajes electrónicos de un improbable escritor, sospechoso de hispanista, que se hace pasar por mí y usa mi nombre para prometer a escritores jóvenes el éxito literario y la fama inmediata. Advierto al lector crédulo que es muy fácil evitar ser timado por este odioso homónimo. Yo, el verdadero Julio Ortega, dicto una cátedra de Letras Hispánicas en la Universidad de Brown, que está en Providence, en la costa este de Estados Unidos. No son las "entrañas del monstruo", que dijo José Martí de este país electoral, tan dado a competir, que terminará por perder sus propias elecciones; son, apenas, las playas de sus vacaciones. El otro Julio Ortega, el impostor, afirma vivir en las praderas del Oeste, donde las noches frías y los ríos largos deben haberle secado el cerebro y, como un Quijote al revés, llevado a la empresa delirante de multiplicar los nuevos escritores del idioma de Cervantes. En lugar de reducir gigantes ha dado en acrecentar las plumas.

Me habían llegado noticias de que algunos poetas y numerosas escritoras esperaban acuses de recibo, reseñas, o al menos ensayos míos luego de haberme enviado sus obras completas, que nunca recibí. Pero cuando el narrador venezolano Salvador Garmendia, uno de los más entrañables de América Latina, me advirtió acerca de un tal Julio Ortega, de una Universidad poscolonial y anticanónica del lejano Oeste, que le había pedido sus libros, sus manuscritos y sus opiniones personales con el pretexto de que escribía un ensayo sobre su obra, me alarmé. Es cierto que quiero escribir, hace mucho, un trabajo sobre las obras de sensibilidad alerta de Garmendia, pero yo además de no creer en las supersticiones de moda, jamás le hubiese pedido sus opiniones, que por algo son personales. El supuesto Ortega le pedía incluso noticias sobre sus vacaciones, su gimnasia, dieta y peso. Su estrategia era evidente, lo trataba como a una estrella del cine comercial. Para hacer creíble su patraña, el impostor citaba una antología que hice con Patricia Guzmán, en la que, efectivamente, está incluido Garmendia.

Garmendia, asesorado por Gonzalo Ramírez, está planeando llevar a las cortes al impostor Julio Ortega y yo, el verdadero, me he ofrecido a declarar en el juicio. No sabemos la extensión de su crimen pero, por lo menos, ha montado una librería electrónica en la que vende las obras de autores que no han sido aún editados en España. No son demasiados, pero el catálogo promete lo desconocido.

Ruego a los jóvenes escritores y escritoras que me escriben mensajes urgentes prometiéndome correspondencia perpetua y amistad eterna que no me envíen por "atado" sus nuevos libros. Confieso que no logro "bajar" tantas páginas y mucho menos imprimirlas. Lo más probable es que me hayan confundido con el otro, con el que les ha hecho creer en la bondad de los concursos y la verdad de las famas.

La fama, dijo Gabriel García Márquez, es un malentendido, y él sabe lo que dice. El usurpador de mi nombre asume que todos podemos ser famosos, que cualquiera tiene derecho a cualquier cosa, porque en la feria de las vanidades no hay medida ni rigor, y mucho menos lealtades mayores. El filósofo Jacques Derrida se burló, hace tiempo, de los escritores cuya firma lleva el signo del "copy right", la marca de la propiedad privada. En una época en que todo se puede retransmitir en unos segundos electrónicamente, ese signo se ha hecho literal. Estamos ya en otra etapa de la escritura, donde cualquiera puede firmar el nombre que quiera, y ser el autor de cualquier novela momentánea. La actual multiplicación biográfica demuestra que toda vida es contable y, páginas de menos, canjeable.

Bien visto, mi fantasma es un modesto usuario de la computación. Podría haber elegido ser García Márquez, a quien alguien, con pésimo gusto, le ha atribuido una carta de despedida de la vida, con pésima prosa. En Inglaterra, es usual que los diarios le pidan a uno, muy adelantado, el obituario de un escritor amigo. Así se puede discutir con el interesado un adjetivo de más o de menos. En cambio, entre nosotros, cada vez que alguien comete la imprudencia de morir famoso, los diarios lo abruman de obituarios instantáneos que agotan el repertorio adjetival. El polígrafo Ortega, entre las cosas más disparatadas que ofrece, es un obituario puesto al día, casi como una hoja de vida. Se ha propuesto, me dicen unos amigos alarmados, reemplazar a la Agencia Literaria Balcells con una dedicada no a los escritores vivos, que ya tienen demasiados premios que ganar, sino a los muertos, cuya fama, por competencia de los encarnizadamente vivos, se viene abajo luego de los obituarios de rigor. Promete conmemorar cada aniversario de su partida con un congreso, un tomo de homenaje, nuevas ediciones, y un premio anual a los fieles. Nicanor Parra me había contado que cuando Gabriela Mistral ganó el Premio Nobel dijo: "Ahora me merezco el premio Nacional", y se lo concedieron; luego dijo: "Ahora me merezco el premio Municipal", y también se lo dieron. "Es que era una maestrita de fuste", exclama el conocido feminista Enrique Hernández D'Jesús.

Me doy cuenta de que el otro Ortega me ha reemplazado sólo para empezar su empresa valiéndose del nombre verosímil de un profesor más. Pero a quien ha engañado más ha ofrecido menos. Ni siquiera ha intentado compensarme con una silla en la Academia Puertorriqueña de la Lengua, donde otra vez los académicos (¡algunos de ellos buenos amigos míos!) me han olvidado en el sorteo.

El otro día me llamó una poeta amiga para pedirme una carta de recomendación. Dudé si no creía llamar al otro, al crítico famoso, cuya firma confirma la reputación de los reputados. Pero ella necesitaba esa carta de inmediato porque el plazo de la beca vencía el mismo día. Agradecido, agradecí el favor que le hacía y ofrecí enviarle por fax una carta en blanco firmada por mí, para que ella dijera aún más de lo que yo hubiese dicho. Se conmovió hasta las lágrimas. Después, me sentí como si hubiese firmado un cheque en blanco. Es el precio gratuito de la fama, me dije, vengándome copiosamente del otro, del impostor, cuyo nombre, por fin, no era ya el mío.

Julio Ortega. Escritor peruano

N° 9 Año IV
Caracas, sábado 02 de diciembre
de 2000
 
 
 
 
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(Cecilia Rodríguez)
 
 
 
 
 
 

 

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