LA "CRITICA" TRAYECTORIA DE VIDA DE UN CRITICO

De la importancia de cada "ahora"

El crítico, a diferencia del historiador, no tiene como centro de estudio
el pasado, su escritura es una apropiación de aquello que sucede
en su tiempo, en su siglo; es "contemporáneo con el arte que critica",
señala María Elena Ramos en texto que destaca la importancia y dificultad
que implica cada "ahora" en la existencia concreta del crítico; entre otros,
"él está obligado a expresarse ya, sin llegar -aún- a saber del todo", y se halla,
en algunos casos, bajo restricciones de espacio
y la presión de intereses particulares


Dialéctica. De: Iconología I / Cesare Ripa

El crítico es contemporáneo -en sentido estricto o laxo- con el arte que critica. Escribe sobre el problema que está manifestando, precisamente, esa problematicidad ahora. Ese ser ahora le depara gran parte de su intensidad, pero también de su dificultad. De su intensidad, pues el crítico se vincula con lo criticado en un presente que retoma, en parte al menos, la vivacidad del instante en que una obra es creada. Pero también el ahora implica dificultad, pues hablar de lo presente es riesgoso: la obra está aún demasiado reciente, el creador demasiado sensible, los actores del medio cultural demasiado activos y, en general, los poderes en su plenitud.

Pero además la crítica se enfrenta a descampado al joven presente en el sentido de no tener necesariamente trayectoria estudiable, que dé plataforma creíble a las intuiciones -y más riesgoso aún- a las aseveraciones del crítico. Así, en cierto sentido, él está obligado a expresarse ya, sin llegar -aún- a saber del todo. El crítico, a diferencia del historiador (que goza de la seguridad de los siglos) basa su juicio en lo más inmediato de lo visible.

Esto agudiza tanto la necesidad de sus intuiciones como su obligación de afinar el ahora, siendo oportuno. Requiere concentrarse; no perder energía en falsas obras ni en falsos problemas; saber ver en las obras mismas, más acá de toda moda impuesta por las revistas internacionales de su hora, pero también más allá de las inmediatas exigencias y autopostulaciones del patio.

Se reconoce variedad de la crítica según sus distintos recursos de aproximación (crítica histórica, sociológica, psicológica, visibilista-formal, semiológica, estructuralista, postestructuralista, etcétera), en una necesaria comprensión de la complejidad del arte. Pero también quiero señalar diversidad en los modos en que un mismo crítico va haciendo el estudio del arte desde distintos roles y momentos a lo largo de una trayectoria de vida. Quiero aquí puntualizar la idea de que el crítico se despliega en existencia concreta. Esta existencia se traduce en el plural: "existencias". Y esas diversas existencias en las que se va desplegando su saber y su hacer van a mostrarnos una de las condiciones de mayor interés: la versatilidad y flexibilidad de nuestro oficio.

Y es que la crítica no es ya sólo aquel "lenguaje segundo" que depende y refiere a un "lenguaje primero", el de la obra de arte. Manejamos siempre, además, un "lenguaje tercero": el del medio a través del cual la crítica se vehiculiza de distinta manera. Medios, lenguajes terceros, específicos, son entonces el museo donde el crítico trabaja, y la página cultural donde escribe, y las clases de arte y estética que dicta, y su juicio como miembro de un jurado de selección o de calificación, etcétera.

El crítico en la prensa, por ejemplo, existe en medio de expectativas y presiones, enfrentado directamente por "la crítica" del que lo lee. Su tiempo, además, no es a dedicación intensiva como en el caso del crítico-museólogo o del crítico profesor. Ni hay un equipo que, como en el museo, discuta y sugiera mejoras a su texto. Ni mucho tiempo para revisar y decantar. Todo esto no sólo influye en el lenguaje segundo del crítico sino que se convierte en parte definitoria de ese específico lenguaje tercero que es la crítica-en-prensa. Esto sin contar con los rigores del espacio, que pone límites de dos o tres cuartillas a lo que se puede escribir, rigores que se aceptan con resignada disciplina o con franco sentimiento de despojo y que no sólo inciden sobre la extensión sino, más esencial, sobre lo que ha de ser elegido como necesario y significativo al ahora, es decir, sobre la consistencia misma de la crítica.

En prensa hay el riesgo de salir demasiado cortadamente o de, simplemente, no salir; intereses de los directores de los suplementos o de los medios, que estimulan o bloquean la presencia de algunos críticos, o bien de algunos artistas sobre los que los críticos puedan escribir, o bien de algunas instituciones que el suplemento prefiere no reseñar, etcétera. Cabe señalar aquí que con los años, y con el aumento del número de los medios de comunicación, en lugar de haber más espacios para la crítica especializada, estos se han ido reduciendo, tanto en el tamaño de las cuartillas permitidas a la crítica-presente como en el reducido número general de artículos críticos y, con ello, en la lamentable realidad de una creciente crítica-ausente.

Otro de los ahora del crítico es el de su acercamiento a la filosofía y la estética. Usualmente se va dando en esa etapa del proceso un cierto alejamiento del análisis directo de la obra de arte, que ya no es el único centro. Es un momento de su trayectoria de vida en que el crítico necesita dar pasos: de lo sensorial a lo perceptual; de lo perceptual a lo inteligible; del mundo de ideas sobre obras al mundo más general de ideas sobre ideas; de los lenguajes del arte a la teoría sobre el arte. Puede ser que el crítico no esté satisfecho con sus saberes y requiera fundamento para su escritura y en general para su desempeño. Las búsquedas naturales parecen ser la Estética, la Filosofía. Es este un modo positivo de acercamiento del crítico a disciplinas que lo van llevando progresivamente a ser un intelectual humanista, un crítico de la cultura y no de un solo arte particular.

Pero puede ser que ese acercamiento a la teoría y ese momento de relativa separación de la obra, se dé en parte por razones negativas, y así, por ejemplo, por un cansancio del tipo de exigencias que hace el medio y, de manera a veces especialmente dolorosa, los artistas (te amo si escribes de mí, te agredo si me ignoras), en una especie de compulsión oral nunca del todo satisfecha en algunas personalidades nunca del todo adultas, lo que hace sentir en cierto momento al teórico que interpreta y se siente un mediador, que tiene que salir por un tiempo del jardín de infantes, donde quieren llevárselo a la boca a cada paso (unas veces para chuparlo y otras para morderlo, en cualquier caso para agredirlo desde la pulsión oral típica de una inmadura urgencia de posesión).

Pero cabe aquí señalar lo que me vi obligada a decirle a un coordinador del doctorado de Filosofía que quería orientar a los estudiantes que, como yo, procedían de disciplinas no filosóficas, a dedicarse en exclusiva a la teoría filosófica. Tuve que decirle: "vine al postgrado de Filosofía a renovar mis votos (con el arte). En ningún caso a colgar los hábitos". Era importante señalar ese sentimiento allí, pero también ahora de modo más general aquí, al analizar qué es la crítica y quiénes y para qué la ejercitamos, pues en cada uno de los distintos ahora y en cada uno de los medios en que nuestra palabra se canaliza, cada vez debe el crítico renovar los votos con este oficio, difícil y a veces oscuro, de "hacer ver". Y eso significa tanto un lenguaje que se decanta y particulariza como un compromiso que, cada vez, se renueva y se profundiza.

Cuando el ahora requiere críticos de la cultura

"…abrir bien los ojos sobre el contorno
y aceptar la faena que nos propone
el destino: el tema de nuestro tiempo
"
José Ortega y Gasset

En muchos casos, el trabajo más teórico sobre el arte va a implicar el crecimiento desde una inicial crítica de los lenguajes hasta una más ampliamente comprometida con la vida de un país y de su cultura. El intelectual se hace consciente de que su función es oportuna en una sociedad que pasa por tiempos que son críticos, que son de crisis.

Para hacer crítica cultural se requiere una disposición algo distinta a la del crítico artístico: nos abrimos a otro espectro, sintonizamos con factores extra artísticos, extra lingüísticos. Si el crítico de arte debe ser conocedor de lenguajes, el crítico de la cultura debe ser, además, conocedor de idiosincrasia. Debe aportar lucidez sobre modos que son ya estructuras mentales, grupales, regionales, tan acendrados que sólo un llamado explícito nos hace darnos cuenta. La crítica debe ser como un espejo que magnifique a la vista la repetición del error colectivo. Que, actuando puntualmente en el ahora, nos haga sin embargo ver cómo ese modo se repite y nos atrapa en la reiteración del comportamiento pasado-presente-futuro.

¿Qué es, para cada uno de nosotros, nuestra responsabilidad crítica central en este ahora? Uno de los modos de preguntarse por el asunto de la oportunidad de la crítica cultural es: en un momento de comportamientos radicales, en la calle, en la política, en las directivas de muchas estructuras, ¿debe producirse una crítica cultural que sea también un texto radical? ¿Si? ¿No? Si es sí, ¿"radical" en qué sentido? ¿En qué punto del continuum entre ponderación y radicalidad se debe ubicar, hoy, una crítica cultural que no sólo sea intelectualmente honesta sino, además, incisiva y eficaz: capaz de incitar procesos de transformación en las zonas en que esto sea necesario?

Creo que una crítica cultural eficaz debe, siempre, detectar el peligro del miedo; el riesgo de insensible pero progresiva pérdida de autonomía intelectual; el peligro de la resignación, la aceptación de lo no aceptable, la autocensura. El crítico no puede admitir, ni mucho menos infligirse él mismo por previsión de lo que pueda sucederle, la minimización o reducción de su autonomía espiritual e intelectual, tratándose, tan especialmente, de un humanista que tiene, siempre, una función y unos deberes necesariamente esclarecedores. El crítico debe colaborar, así, con su saber y con su veracidad, a una sociedad más participativa, democrática y lúcida. Pero ha de estar claro para sí mismo, pues sólo así podrá cumplir con la función que en él delega la sociedad: la del que enfrenta lo que otros aceptan; la del que debe decir, con coraje, lo que otros prefieren callar o simplemente no saben cómo decir; la del que tiene la obligación de argumentar.

Si detectamos, por ejemplo, procesos de clonización o de sumisión, debemos señalar que aquel hacer ver al que apunta toda crítica cuando es genuina, es radicalmente antagónico a tales alienaciones. El intelectual autónomo no es clonizable. Puede tener adhesiones, respetos e influencias, pero en lo esencial se mantiene él mismo (y esa autonomía interior, sumada a la autonomía de los demás humanistas del medio, es lo único que garantiza la global autonomía de la cultura).

Clonización y sumisión, en cambio, invaden al otro, lo fanatizan, lo utilizan y luego lo anulan. Golpean de modo radical algo esencial de su naturaleza humana: libre albedrío, libre capacidad de discernimiento. El clonizado, el sumiso, se pierde a sí mismo, al perder su libertad.

Frente a éste y otros peligros se requiere discernimiento: saber darse cuenta. Y, más aún, estar en capacidad de difundir la alerta. Así, no sólo darnos cuenta sino dar cuenta. Y es que la autonomía interior es asunto de vital importancia porque no sólo afecta a la persona del crítico, y así a lo que sería una vida de profesional y de humanista menos o más lograda, sino que afecta, directa e irremisiblemente, a los distintos espacios de la comunidad de los cuales se ha sido responsable o co-responsable, afectando así, en distintos momentos, al país en el que se ha actuado. Así, de la salud y autonomía del crítico dependen significativamente la calidad y veracidad de lo que aparece en los suplementos culturales; la verticalidad administrativa cuando haya ejercido cargos en instituciones culturales; la honestidad intelectual y la trascendencia de la huella que haya podido dejar en sus alumnos, etcétera.

La autonomía intelectual implica el compromiso con una verdad que no es sólo la de la coherencia entre pensar, decir y actuar o, por otra parte, la del conocimiento (terreno en el que puede haber diversas verdades) sino la del convencimiento de hacer y decir lo que es necesario y oportuno en cada ahora. Esa autonomía, el coraje para defenderla y la conciencia de que esto implica salud democrática, están entre las claves de vida de un intelectual crítico que ejerza con rectitud sus roles.

Hay aquí un vínculo entre acción estética (pues se parte de la cultura artística, de la percepción y de la belleza sensible), acción ética (pues se actúa en el deber ser de una crítica responsable), y acción societal y hasta política en sentido amplio (pues se actúa en función del bien común y de cómo los valores esenciales del humanismo han de tener incidencia en una comunidad).

Así, el crítico se hace, en dos modos: se hace estética y lingüísticamente, porque su trabajo -si bien basado en obras de otros- adquiere forma y presencia como obra propia y nueva (su lectura crítica) de ese universo cultural; y se hace éticamente, por la directa relación de este ejercicio con la alteridad (el otro: "artista"; el otro: "público"; el otro: "colega"; el otro: "institución"; el otro: "sociedad", etcétera). La alteridad establece compromisos que no deben ser vulnerados. Y así como decía que sin autonomía no hay plenitud de una trayectoria, así digo que sin honestidad, en este tipo de medio, no llega a consolidarse siquiera trayectoria. La honestidad intelectual tiene prelación (aunque algunos crean poder saltarse el orden, la medida y los rigores). En este terreno se puede afirmar que, sin honestidad, no hay futuro.

¿Por qué entonces dedico tal atención a la honestidad intelectual, si no teniendo trayectoria ni futuro sería entonces un "no-problema" o, al menos, un "falso problema"? Se la dedico porque hay quienes intentan hacer daño desde su falta de honestidad intelectual y pueden engañar -ahora y varias veces- a los ingenuos, que, idiosincrásicamente, en nuestro país son muchos. O pueden pasar ilesos entre los muchos que, siendo honorables y perspicaces, prefieren no hacerse mala sangre por ahora, tipología que idiosincrásicamente también abunda y que pone usualmente, y en muchos terrenos, a nuestro país en arriesgada zona de indiferencia. Estas realidades hay que señalarlas, hay que hacer luz sobre ellas.

La honestidad intelectual de un crítico obliga, por ejemplo, a transparencia y a firma. Quien firma se expone, se compromete, se responsabiliza. ¿Cómo, si no, maneja la coherencia entre "ser-decir-denunciar-hacer" la persona que no firma? Pero, si la firma es ciertamente necesaria, no es suficiente, pues también hay descaros extremos con firma legible. Hay modos de aparente acción crítica que son sólo intentos de destrucción de personas o grupos por la vía de la palabra. Todo lo contrario de la palabra que esclarece. ¿No es materia de salud crítica que los críticos asuman posición crítica ante ciertos envilecimientos de la función crítica? Hay que saber reconocer la mentira que, repetida a veces con inmenso cinismo, quiere mantener las cosas, para su beneficio, a la sombra. Más llanamente, hay que saber reconocer -a tiempo- talantes poco veraces.

En estos tiempos, en estos ahora tan frecuentemente electorales que estamos viviendo, hemos aprendido más que nunca a discernir la salud y la enfermedad de nuestro oficio. Pues en definitiva el poder, ni malo ni bueno per se, es, sí, un catalizador de excepcionalidad. Los momentos de cercanía o de aspiración al poder son los mejores momentos de las pruebas de un modo de ser. Y de las manifestaciones que un espíritu muestra a los demás para su juicio crítico. El poder no necesariamente daña, pero sí permite, mejor que cualquier espejo, ver magnificada la verdadera índole de las personas: así, tanto el daño como la virtud que ya estaban dentro y no se detectaban en condiciones más normales.

Decía Confucio: "Detesto a quienes se muestran rebeldes e insubordinados, para pasar como valientes y bravos". En este oficio es clave diferenciar una general actitud crítica, o incluso un general pensamiento crítico, de una conciencia y una responsabilidad críticas. No son suficientes las dos primeras (actitud y pensamiento). Son imprescindibles conciencia y responsabilidad críticas, además, naturalmente, de agudeza perceptiva, de una dosis de la pascaliana fineza de espíritu, y del trabajo lento, que va tallando una escritura y un temple. La crítica genuina compromete, entre otras cosas, a Ver. Y luego a decir y escribir sobre lo Visto. A darnos cuenta. Y, luego, a dar cuenta. A no dejar pasar la pereza intelectual que, más temprano que tarde y por su natural inercia, va desembocando en pereza moral.

De lo que se trata es, en buena medida, del antiquísimo asunto de la verdad, en tanto que rectitud del humanista. Y esto es más exigente aún en momentos de incertidumbre, de relativismos morales, de escepticismos demoledores, de irrespeto cotidiano por la veracidad, de burla o minimización de su importancia -en la calle, en la vida corriente, en la acción profesional, en la actividad política-. Pero, más aún: esta forma de la verdad -la honestidad intelectual- no es circunstancial ni contingente en el caso de este oficio que nos ocupa en nuestra vida diaria y que aquí es tema de reflexión. Para el hacer crítico esa honestidad intelectual es, antes bien, vinculante y necesaria. Y debe ser clara y recta, no ambigua. La ambigüedad, lo sabemos como amantes de la obra de arte, es una bendición sólo en el campo interior a la obra misma, en el lenguaje del arte, en la imagen, en lo que, como espectadores, recibimos de la riqueza de esa obra, más intensa precisamente mientras más polisémica y ambigua. Pero la ambigüedad en el terreno ético (terreno que la crítica debe habitar necesariamente y no ya en sus relaciones con las imágenes sino con los humanos del circuito cultural y de la comunidad más amplia), es más bien imperfección, inferioridad. La ambigüedad en el terreno ético pone en riesgo tanto la claridad de discernimiento, como la toma de posición y compromiso, como la responsabilidad de la argumentación esclarecedora para los otros, elementos todos connaturales a la acción del humanista crítico.

María Elena Ramos. Crítico de arte

 


Filosofía según Boecio. Iconología I
/ Cesare Ripa

N° 10 Aņo IV
Caracas, sábado 09 de diciembre
de 2000
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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