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Apuntes
DEL
MAGMA DE LA VISION POETICA DE ROJAS GUARDIA
Los mil ojos de la memoria
Permanecer indiferente
ante la obra de Armando Rojas Guardia no es posible
para la poeta argentina Claudia Schvartz. Entre las páginas
de Crónica de la memoria distingue
"cierto anacronismo" que agradece y "otra sensibilidad",
en la que identifica "una épica
de la intimidad", práctica -¿de orden místico?-
que, obliga añadir, es extremada en su recién publicado
libro El esplendor y la espera, editado por Pequeña
Venecia
y motivo de reflexión y homenaje celebrado, el pasado jueves,
en Mérida

Foto: Karim Denneri
Armando Rojas Guardia
Dos
cosas llamaron mi atención en este intenso libro (Crónica
de la memoria / Angria Ediciones) de Rojas Guardia: por un lado,
cierto anacronismo, como si correspondiera al gusto de otra época,
otra sensibilidad; un anacronismo que se agradece porque implica
una verdadera pausa, un silencio que vuelve perfectamente nítida
la materia reflexiva del libro. "Paladeas cada detalle de su
barroquismo visual como el sacramento de un tipo de gracia que la
cotidianidad del siglo veinte, propensa a una vulgaridad supuestamente
democrática, ya es incapaz de rozar".
La segunda
sorpresa es ese tú que atraviesa todo el libro, que, íntimo,
dialoga e invoca y vuelve presentes los recuerdos; ese tú
suena protector, bondadoso y, sobre todo, otro del atormentado muchacho
que se debate en la búsqueda de su identidad, solitario y
demasiado frágil para tantas exigencias que impone a su espíritu.
"Sientes a cada instante tu inenarrable torpeza. Has vivido
completamente alejado de la carne concreta del mundo: entre ella
y tú se instala el gas enrarecido de las abstracciones más
delicuescentes. Para ti un árbol es ante todo un concepto
genérico y no el malinche, el poroporo, el guayibo. Los objetos
emergen delante de tus ojos como una bruma difusa, porque el cuerpo
cósmico te ha sido en realidad arrebatado por jergas, por
chácharas técnicas".
Memoria y alma
son una sola y misma cosa en esta Crónica que es a la vez
un viaje entre la materia y la abstracción, entre la sensualidad
y el ascetismo, en que la compasión, "tomado este vocablo
en su sentido más arcaicamente religioso: el sentimiento,
brotado del corazón y las entrañas, que acomete al
ser humano ante el sufrimiento de los otros, especialmente el de
los humillados y abandonados, el de los segregados y excluidos"
toma la forma de la cortesía.
Del magma de
la visión poética, Armando Rojas Guardia va
ordenando, articulandolas épocas y las sucesivas secuencias
de su maduración espiritual, es decir literaria, porque ambas
integran una unidad indisoluble. Por momentos parece que el tiempo,
su devenir, no hubiera aportado sino argumento al don de la palabra,
que parece pertenecerle, pero que sin embargo no ha podido sustraer
al poeta de una honda experiencia del dolor. En efecto, hijo de
un poeta, muy joven descubre los libros, el recogimiento de la biblioteca,
y elige el dominio donde será reconocido y justamente premiado.
"Como has dejado ya traslucir, no era el contenido de la palabra,
ni el hecho de ser pronunciada rumbo a alguien, los aspectos que
más te atraían en ella, sino, por así decirlo,
su timbre, su coloratura, el poder -del cual parecía estar
hecha- de formalizar y configurar, los arpegios de la sensibilidad
que sólo mediante ella vibraban". De allí, íngrimo
o larvario, palabras surgidas de la necesidad expresiva de un poeta
ejercitado en el decir bien.
Pero
el éxito no ofrece certezas. Por eso, el tema de esta vida,
que es crónica y es libro, es el amor. Rojas Guardia
es el sujeto orante, que encuentra su identidad en la íntima
comunicación con Dios, o en los altares de la naturaleza
o en Mérida: pero escribiendo siempre y en comunidad ética
con los hombres. En ese sentido, el relato de su estadía
en la selva nicaragüense, con Ernesto Cardenal y un
grupo de campesinos antisomocistas, es enormemente elocuente.
Y a propósito
de su homosexualidad dice ""Dios tiene que amar este amor"
pronunció una voz dentro de ti, en mitad de tu éxtasis
contemplativo, y esa voz resonó con precisión
invadiéndote de convicción y felicidad, de gratitud
al Dador por excelencia de los afectos, los enamoramientos y las
atracciones corporales de amor incondicional hacia el Amor mismo,
cuya huella es también aquel arrobamiento, en el recreo,
frente al amado. Esta experiencia espiritual es el envés
nutritivo de tu homosexualidad, el suelo que la ha sólidamente
sostenido en el transcurso del tiempo
".
La homosexualidad,
la búsqueda religiosa, el seminario, las ganas políticas,
las reiteradas internaciones en psiquiátricos son, pues,
estaciones donde se anuda una pasión que el escritor puede
finalmente liberar gracias a la escritura, a algunos pocos y admirables
amigos, a algunos médicos que eligieron ser maestros al ejercer
el diálogo y sobre todo gracias al amor de un hombre que
supo leer en la modestia una ética y coopera desde entonces
en la escritura de la página más difícil: la
de la estabilidad del artista.
Un libro lleno
de gratitud. De algún modo, a la ética y la estética,
se podría agregar una idea que se me ocurre al final: una
épica de la intimidad.
Hay, además,
entrañables páginas de amor a la patria venezolana
y a la dolida tierra americana.
Claudia
Schvartz. Poeta y crítico argentina
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N°
10 Aņo IV
Caracas, sábado 09 de diciembre
de 2000
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