Creación

LA "CRONICA DE LA MEMORIA", A MAS DE "EL ESPLENDOR Y LA ESPERA", EN ARMANDO ROJAS GUARDIA

El íngrimo espíritu de la palabra

Jamás la certidumbre, siempre oficiando la vigilia, expectante ante lo intangible
que lo corona como príncipe (principio y parte), príncipe expectante del esplendor
que arde sobre el horizonte de la existencia y que sólo puede balbucear hasta alcanzar
una escritura poética de incontestable peso: ha sido ese el signo de la vida y de la obra
de Armando Rojas Guardia (Caracas, 1949). Este año, aun habiéndose entregado junto
a Dios al ocio de contemplar la "ensimismada arquitectura" de los árboles "donde pernoctan
los pájaros, callando", enriqueció el paisaje de la poesía venezolana con dos nuevos títulos:
Crónica de la memoria y El esplendor y la espera, del cual siguen dos poemas


Foto: Archivo
Rojas Guardia el poeta dialoga con el ensayista y el filósofo que lleva dentro

 

Espera

La elevación brota de la espera.
No me refiero a la esperanza,
que puede ser un grado inferior de la conciencia,
un vulgar optimismo, una miseria
de la frivolidad del alma y de su miedo.
Pero la espera es exactamente lo contrario.
Su expectación se afina en el rigor,
la intensidad velante, la madurez
de un silencio resistente a toda fórmula,
al que no engaña nada, con los ojos abiertos
hacia el futuro imprevisible. Lo que sabe,
lo que aprende, esperando de sí misma,
le impide adjetivar ese futuro
y aun sustantivarlo: lo prefiere ajeno
al nombrar objetivamente, impronunciable centro
cuyo intangible fuego deja informes
los marcos, los moldes, las figuras.
Expansivo, lo que aguarda es pura gracia
viniendo a su encuentro desde la viviente
infinitud sin rostro. No hay lugares
ni relojes que la ciñan.
Sólo basta la espera para amarla
con amor inaudito, en la renuncia
a la posesión y al apresuramiento fútil.

A veces esperarla constituye
danzar interiormente: la alegría
sobrevuela entonces la paciencia
anunciando la abismal proximidad,
un virtual presentimiento, el roce
que es inaferrable certidumbre.

Pero esas horas duran poco, y regresamos
a la oquedad silente, matriz virgen
anterior a todo alumbramiento,
quieta atención de escucha minuciosa
siempre erecta ante la puerta que ha de abrirse
cuando la disponibilidad sea tan completa
como la muerte misma, ya desnuda.

 

 

Mística del árbol

Los árboles son sacramentos de la paz.
Ellos me enseñan el arte difícil del sosiego,
firme en su aplomo vertical
frente al viento y al látigo incontable de la lluvia.
Su tranquilidad está transida de silencio
pues las hojas, como labios, sólo invitan
a contemplar otra flora escondida e interior
que no se puede describir con las palabras.
Ellas hablan al alma, no al oído.
El tallo, paciente, se revela siempre ascensional
por efecto de la atracción religiosa de la luz
que lo ha elevado, a través de los años,
hacia el cielo; éste parece pesar sobre sus ramas
para darnos la exacta sensación
de estar ante un frondoso
receptáculo sagrado. La calma del árbol ilumina.
No es casual que, bajo su sombra, Buda
haya recibido el rayo austero
de la verdad situada tras el tráfago
de las cosas goteando idéntico dolor:
la última quietud, incontaminable,
cuyo signo en la tierra son los árboles,
serenísimos rastros a seguir
del santo ocio de Dios al contemplarlos
como perfecto reposo de sus ojos.


El árbol es siempre vespertino
aun si lo alumbra una matutina esplendidez:
su esbelta, ensimismada arquitectura
sólo encuentra marco preciso
en el crepúsculo, cuando la paz,
ya madurada, expande copas
donde pernoctan los pájaros, callando.

N° 10 Aņo IV
Caracas, sábado 09 de diciembre
de 2000
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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