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Ensayo
MIRADAS
CRUZADAS, FRANCIA-VENEZUELA (Y II)
Francia vista por los venezolanos
El investigador
francés François Delprat se asume como habitante de
"una comunidad
de modos de pensar (
) que constituye un apoyo mutuo, enriquecedor
para
los que vivimos en estas dos orillas del mundo occidental",
según concluye en el ensayo
que concibiese para reconocer, en particular, qué signó
el cruce de miradas entre Francia
y Venezuela. Llama la atención el que, existiendo un estrecho
vínculo, no se ha producido el caso de obras literarias venezolanas
que versen sobre el polo francés

Fotos: François-Y.
Dumont
Le Pont Neuf, París
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Si
parto
es
otro quien parte
Sigo de pie sobre estas rocas. El mismo hastío
me sacude
Son mis manos aquellas que agitan el agua en que escapas
Es mía la tregua que los vientos de diciembre
dejan
sobre
nuestro tejado
Las huellas que la pleamar poseyó y borró
fueron
las de mis viejas sandalias
Y el pájaro que solitario subió hasta
perderse
fue mi corazón que te buscaba
Gustavo Pereira, Somari / Tiempos
oscuros, tiempo de sol (1978, 1979)
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Viajar
se origina en muchas fuentes, la necesidad material a veces, muchas
veces un anhelo que no logra delinear su objeto, que es la causa
y el fin de la acción. Como el viaje tiene un fin didáctico,
el del aprovechamiento moral, colateral con el enriquecimiento material,
se ha vuelto un rito de iniciación para la clase dirigente.
Para la percepción poética del espacio, recorrer el
mundo es conocerlo, es adueñarse de sus dimensiones, de su
materialidad. Para la formación del joven, le infiere aptitudes
para actuar en condiciones variadas, también le infunde la
conciencia de ser para la acción y el deseo de dominar este
mundo. De esta fuente nace la costumbre bien establecida del viaje
en la conclusión de la formación del joven, viaje
de graduación que es fiesta y conocimiento, viaje hacia un
postgrado en el exterior o como iniciación en el ejercicio
de la nueva capacitación. El hombre encuentra así
confirmado su derecho a dominar el mundo.
Los aristócratas
y los hijos de la burguesía europea tenían esta confirmación
como una costumbre que había venido a sustituir la iniciación
en la orden de Caballería del Medioevo. El viaje para el
español o el francés, como para el inglés o
el alemán, empezaba por Roma, como centro de las artes, y
simbólicamente, como el antiguo centro del poder, clara indicación
del valor ideológico del conocimiento. Seguía por
la visita a Grecia y en algunos casos a Estambul, era ya un viaje
a Oriente.
Vemos que el
viaje ideológico, el de formación, iba de oeste a
este, mientras que el de descubridor, épico, a partir del
descubrimiento de América era más bien hacia el oeste.
Por ello no ha de sorprendernos la fuerte institución en
las familias de América, la del Norte como la Latina, de
mandar a sus hijos a completar su formación en Europa, viaje
que incluía muchas veces un itinerario a Italia, a Grecia
y aun a Egipto. La América Latina de la era colonial, por
la estrechez de su relación con España y con Portugal,
hacía del viaje a Europa un paso indispensable de la educación
del joven adulto en las familias pudientes (criollas o peninsulares).
Para Venezuela son numerosos los ejemplos, baste citar los dos más
famosos: la escuela militar para Francisco de Miranda, la
bella acogida de Simón Bolívar por la aristocracia
española y su matrimonio en España. Que de este viaje
se derivara un recorrido por Europa de signo tan radicalmente diferente
en estos dos próceres de la Independencia, se debe a los
accidentes decisivos de su destino, en ambos casos ilustran la naturalidad
del paso del medio social y cultural hispanoamericano al europeo:
Miranda, conocedor de los medios revolucionarios franceses,
recibió un mando en el ejército y tuvo un puesto de
alto oficial en la batalla de Valmy. Tan inmerso se encontraba en
las peripecias militares y políticas francesas que se vio
envuelto en las acusaciones contra Dumouriez, y también fue
acusado de simpatías girondinas en el momento en que triunfaban
los jacobinos. Bolívar en su gira por Europa, después
de la desoladora muerte de su joven esposa, es conducido por su
mentor Simón Rodríguez. También conoció
entonces el debate político francés. Cartas y recuerdos
o memorias de aquellos últimos años del siglo XVIII
y primeros del siglo XIX lo cuentan y muestran su profunda comprensión
del medio y su sensibilidad acorde con la estética y con
la moda de aquel tiempo y aquellos lugares.
Más
adelante en el XIX, cuando va constituyéndose la literatura
nacional, la relación con España, Inglaterra y Francia
se sienta en influencias políticas, pero sigue predominando
el fenómeno de modelo: Francia, como Italia forman un centro
de la cultura, y los venezolanos hacen el viaje desde su periferia
hacia este centro, con variados motivos. No debemos olvidar que
las peripecias de la formación de los nuevos grupos dirigentes
llevan a numerosos prohombres de las nuevas naciones al exilio en
uno de los países de Europa (más tarde, ya en el siglo
XX, el exilio se producirá hacia otro país de América,
pero seguirá siendo Francia uno de los países acogedores).
La imagen de
Europa recibe amplia aceptación en la Venezuela de los dos
siglos pasados, como lo muestra la bella realización que
fue la revista El Cojo Ilustrado. Evidentemente inspirada
en L'Illustration, demuestra la vitalidad y el logro de los
talentos en la Venezuela de los decenios 1890 a 1930, por el estilo,
por la calidad redaccional y belleza de la composición. No
pocas imágenes de esta revista aportan un directo conocimiento
de la vivencia elegante y artística en Italia, Francia, en
todas las capitales de la Europa Occidental. No dejemos de mencionar
que el fenómeno de la inmigración europea a Venezuela
en diferentes momentos de la historia (finales del XIX y principios
del XX, con una nueva ola después de la Segunda Guerra Mundial)
trae nuevos motivos de relación mutua entre Venezuela y países
de la Europa Occidental principalmente (como España, Italia,
Alemania), con sus consiguientes efectos en la diversificación
del gusto estético y de los usos cotidianos y costumbres.
El intercambio visual se multiplica con los progresos de la fotografía,
ya no hace falta pasar por el dibujo y el grabado, y la rapidez
de la transmisión por el belinograma, después de 1935,
agiliza la actualidad, es del mismo día la difusión
de la imagen de un acontecimiento en el otro extremo del mundo,
la revista Elite realiza este papel en la segunda mitad de
la era de Gómez. Ya, después de la Segunda Guerra
Mundial, todos los diarios se dotan con medios de reproducción
fotográfica y la actualidad cinematográfica viene
a completar una rica información en la que Europa tiene destacado
lugar. En este sentido cabe destacar una gran desigualdad, que se
prolonga en el presente: las cintas de actualidades para América
Latina incluyen abundantes secuencias de Estados Unidos y de Europa,
mientras que las cintas europeas incluyen muchas secuencias de Estados
Unidos, pero poca de los países latinoamericanos, con excepción
de grandes catástrofes, de violencias políticas o
guerras, insurrecciones y desembarcos. Los eventos de carácter
artístico latinoamericanos se conocen a través de
filmes documentales de menor difusión. Podemos decir que
la generalización de la imagen no sigue pautas muy distintas
a la difusión del texto.
Es de suponer
que numerosos textos literarios muestran las huellas de este ir
y venir, y en efecto los recuerdos personales, las crónicas,
una vez iniciados las revistas y los periódicos en Venezuela,
muestran este lazo entre los dos continentes, pero son contados
los ejemplos de su transposición en poesía y en relato,
en los temas, la nostalgia, el estilo, se pueden dar algunas calas.
El primer gran novelista de Venezuela, Fermín Toro,
sitúa en Europa varios de sus relatos: Gran Bretaña
para Los mártires; Italia, la Ferrara del Renacimiento,
para otros textos; con una gran cercanía a la literatura
del romanticismo social en la primera, los libretos trágicos
de las óperas italianas en la segunda.
Cuando miramos
la frecuencia de las visitas de potentados venezolanos a Francia,
los estrechos lazos que se establecieron entre los dos países
en los dos últimos decenios del XIX y los cuatro primeros
del XX, con una red de intereses económicos y con un verdadero
gusto francés en cuanto a organización de la arquitectura
en Venezuela, podríamos extender nuestra apreciación
sobre el conocimiento de Francia a muchos campos. La presencia de
escritores venezolanos en Francia podía acrecentar este conocimiento.
Manuel Díaz
Rodríguez publicó su primera novela Idolos
rotos, en París (Garnier Hermanos, 1901). Parece significativo
este hecho porque da mayor crédito al tema mismo de la novela:
el artista formado en los talleres de escultura de París
desea realizar su obra maestra en Venezuela y con temas venezolanos.
Con este afán, Tulio Arcos regresa a Caracas y emprende la
preparación de una gran exposición, pero no es reconocido
como gran artista, sus contemporáneos y coterráneos
no saben apreciar el mérito de su arte, el creador destruye
su obra, como un suicidio por interposición, y se exilia.
Si bien esta obra se inscribe en una relación muy a lo modernista
entre América y Europa, llama la atención la exaltación
del modelo estético. No es una representación de lo
francés sino la manera de denunciar la poquedad de la recepción
del arte en la patria venezolana, un tema que en la primera mitad
del siglo XX estuvo muy en boga. Podríamos decir que el tema
mismo parece un eco de la conciencia prepotente que se tiene en
la Europa de aquel tiempo de ser el faro del mundo (en especial
en la Ville Lumière que es París).
De Teresa
de la Parra que tantos años vivió en París
y en algunos lugares que se iban poniendo de moda en Francia, antes
de ir a cuidar su salud en Suiza (Vevey), se tienen numerosos testimonios
de su compenetración con el espíritu de Europa, y
sin embargo su obra narrativa se ciñe a temas venezolanos.
Como si la distancia fuera un estímulo a contar de su tierra,
una mirada atrás en el espacio tanto como en el tiempo. De
la prolongada estadía de Rufino Blanco Fombona en
Europa: Holanda y sobre todo España, con numerosas etapas
más breves en París, quedan textos de prensa, ensayos
y largas páginas de sus diarios personales, varios poemas
que dicen de su vivencia, su pensar y sentir, una verdadera experiencia
de Europa con preeminencia de las corrientes intelectuales de España.
Pero no encontramos en sus novelas ni en sus cuentos evocaciones
de aquellos países, no son materia literaria de una obra
de creación para él tampoco. La obra de Arturo
Uslar Pietri parece destacar otro fenómeno, su estadía
en Francia en 1929-1934, le ha llevado a un conocimiento de Europa
que había de reforzar su papel de escritor propiamente latinoamericano
(así pasó con Asturias y Carpentier,
que fueron sus compañeros en París entonces). Más
tarde, ya en los años setenta, desde París había
de proyectar la visión del pasado histórico, intelectual,
político de Venezuela, con su extraordinaria novela La
isla de Robinson, podríamos decir novela-ensayo, que
muestra a Simón Bolívar y a Simón
Rodríguez en la Europa ilustrada, y revolucionaria, cuento
y meditación sobre la naturaleza y el origen del pensamiento
americano.
La segunda
mitad del siglo XX ha ido agilizando los viajes transoceánicos
y la cooperación internacional ha multiplicado oportunidades
de residencia de europeos en América y de americanos en Europa,
con o sin facilidades materiales, ya que las condiciones de la migración
han tenido a veces sesgos económicos o políticos.
Lo notable es que en Venezuela puede hablarse de un lazo constante
de artistas, escritores, pintores, músicos, en especial,
con Francia, con un perfecto dominio del idioma y una excepcional
familiaridad con la Universidad y las esferas artísticas,
a veces con una red personal de amistades y parentescos, pero no
se ha producido el caso de obras literarias que versaran sobre el
eje Venezuela-Francia o sobre el polo francés, como hemos
visto que existen visiones de Venezuela bajo la pluma de franceses.
Conozco sin embargo en los pasados años dos ejemplos que
indican una fuente de inspiración, un cuento de Gustavo
Luis Carrera, "1879-1979", de próxima edición,
de materia y ambiente parisinos, semifantástico, entre la
nostalgia y la alucinación, en el que les Beaux quartiers
encuentran su función estetizante. Otros textos encontramos
en Andanzas, de Antonio López Ortega, en su
libro Lunar (Caracas, Fundarte, Alcaldía de Caracas,
1997). Otros textos debe haber semejantes al Diario de Montpellier
(en proyecto de edición), de Denzil Romero, y menciones
o ensoñaciones en la poesía, como la visión
de los ríos en Juan Liscano y las meditaciones en
París en José Barroeta.
Este esbozo
de las dos visiones puede llevar a una conclusión provisional:
inacabada había sido la emancipación en el plano económico
y político, los fenómenos poscoloniales mantuvieron
los canales de las influencias de Europa sobre América Latina,
todavía vigentes en apariencia en lo intelectual y artístico.
Los modelos de la escritura, del Romanticismo al Modernismo y a
las vanguardias indican que ha seguido siendo Latinoamérica,
culturalmente, como un "extremo occidente". Mientras que
el europeo se aficionaba cada vez más a la búsqueda
de la especificidad americana, con sus defectos de tipificación,
de exotismo, a veces con insufrible condescendencia (ver ciertas
páginas de Le soulier de Satin, según Claudel,
o ciertas páginas de Paul Morand), el latinoamericano
ve claramente que su identidad es compleja y lo manifiesta en su
escritura. El francés busca la otredad en ruptura con su
medio, el latinoamericano busca una nueva visión de su propio
mundo por la distancia que le da el cambio de perspectiva desde
Europa. Era verdad el dicho que uno viaja para encontrarse a sí
mismo, en el sentido de que el contacto con otros seres, la diferenciación
entre dos medios y modos de ser, son condiciones favorables para
despertar el sentido de la propia identidad. Pero también
es verdad que se viaja por un anhelo más trascendente: lograr
un espacio físico y mental donde expandir aspiraciones a
veces informuladas pero que sentimos en el fondo de nosotros, en
la mente, en los sentidos. La necesidad de un suplemento de alma
o, por decirlo de otro modo, de una expansión de nuestro
ser a la escala del mundo. Por el libro, encontramos puertas hacia
estos otros modos de ser, un ser que es también un estar
en otra parte, pero que es mucho más que un estar.
En este punto
creo ver una evolución de la relación entre Europa
y América Latina, como si la antigua jerarquización
de la relación, la polarización periferia-centro,
se fuera mudando en una comprensión y comunicación
naturales, una comunidad de los modos de pensar que no contradice
la conciencia de tener identidad propia, que constituye un apoyo
mutuo, enriquecedor para los que vivimos en estas dos orillas del
mundo occidental.
François
Delprat. Escritor francés
Univerversité de Paris III
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N°
10 Aņo IV
Caracas, sábado 09 de diciembre
de 2000
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