TERESA
DE LA PARRA TRAZA CON MARIA EUGENIA ALONSO LA PSIQUE DEL VENEZOLANO
Pobreza y dependencia en
Ifigenia
El verdadero drama de María
Eugenia Alonso, protagonista de Ifigenia de Teresa
de la Parra, no es otro -señala María Fernanda Palacios-
que la pobreza. Esta destruye
"sus fantasías de independencia" y la enfrenta
al sentimiento de orfandad:
"uno de los tópicos más interesantes en nuestra
literatura" y que la autora conecta
"con esa pobre conciencia de nuestras limitaciones", con
las carencias del venezolano.
De la Parra, en esta novela, parece que "tropezó con
la parte más sombría de nuestra
historia psíquica: socarronería, rapacidad, resentimiento"
-apunta Palacios

"Teresa de la Parra
no cae en la trampa culpabilizadora de todo venezolano (
)
ni en la trampa futurista"
Ser más pobre es estar más rodeado por el milagro,
es precisar el animismo de cada forma; es la espera, hasta que
se hace
creadora de la distancia entre las cosas
José Lezama Lima
Hasta
cuándo estaremos esperando
lo que no se nos debe
César Vallejo
Con
mis ojos espantados les miré a los dos
y seguí luego contemplando interiormente
la horrible noticia que se abría de golpe
ante mi porvenir, como una ventana sobre una noche lúgubre:
¡la pobreza!
María Eugenia Alonso
"¡Por
fin te escribo, querida Cristina! No sé qué habrás
pensado de mí. Cuando nos despedimos en el andén de
la estación de Biarritz, recuerdo que te dije mientras te
abrazaba llena de tristeza, de suspiros y de paquetes: -¡Hasta
pronto, pronto, prontísimo!" (p. 29). Así se
despide María Eugenia de su infancia y así entra en
el viaje de regreso: llena de tristeza, de suspiros y de paquetes,
Ifigenia comienza con esta figura que algunos llaman silepsis
y otros zeugma, pero que, en todo caso, es una enumeración
"coja", en donde hay un miembro que desentona: esos paquetes
en medio de suspiros y tristezas dan, de inmediato, un tono de humor
a la frase y la llenan de esa gracia espontánea que será
el rasgo dominante del estilo de la joven narradora1. Pero la imagen
nos dice también que debemos conectar su tristeza con esos
"paquetes"; que en lo más gracioso está
justamente lo cojo del asunto, la llaga por donde podremos leer
el drama de María Eugenia. Esos paquetes que ella trae despreocupada
y orgullosamente como equipaje, son la metáfora de la "carga"
que la esperaba al regreso. Cuando los abre en la sala de la casa
y muestra los regalos que trajo de París junto con sus ideas
de independencia y demás "disparates", Abuelita
le destapa ese otro paquete con el que no contaba: el de la herencia
de su padre; una herencia hecha de despilfarro y despojo; aquella
que, según Pancho, fue "la parte que se comió
el gato" (p. 70). Con esa imagen entramos de lleno en lo oscuro
de la vida de María Eugenia, en lo empaquetado que los hechos
no pueden precisar pero la imagen sí. Y es siguiéndole
el rastro a esta imagen que podremos, como pedía Lezama,
llegar al mito; es decir, a Ifigenia. En efecto, el hilado de la
imagen nos lleva una vez más a enlazar subterráneamente
la historia y a buscar aquella primera sensación de orfandad
que tuvo María Eugenia al despedirse de su infancia. Ese
paquete que cargaba sin saberlo era el de su propia orfandad. Tiene
razón Teresa de la Parra, ella siempre dice más
de lo que sabe porque sus palabras están cargadas de ese
destino que ella ignora2.
Un sábado,
día "de repasar", después de la fatiga física
y moral que significó para María Eugenia arreglar
su cuarto para exorcizar la huella inmaculada, simétrica
y "pavosa" de tía Clara, se entera, por "casualidad",
que es la manera como el destino nos entera siempre de sus planes,
de que ha perdido su hacienda: "San Nicolás es de Eduardo,
mi hija". Y la abuela se lo dijo compasiva, como quien le habla
a un niño muy pobre que ve un juguete muy caro. Porque eso
era hasta ese momento la hacienda para María Eugenia: un
juguete. La hacienda como ese juguete caro que un buen día
perdimos o nos quitaron, por descuido, por "vivezas" de
un pariente o un administrador, es una imagen en la que podemos
intuir buena parte de lo que a la historia le cuesta tanto explicar.
Y María Eugenia lo acepta como una "fatalidad",
antes de preguntar cómo ni por qué, traduce su pobreza
en "dependencia":
yo
que me creía rica, yo, que había aprendido a gastar
con la misma naturalidad con que se respira o se anda, no tenía
nada en el mundo, nada, fuera de la protección severa de
Abuelita, que se inclinaba ahora sacando la aguja por entre las
hebras del pañuelo de seda, fuera del cariño jovial
de tío Pancho, que también callaba enigmático
(,) recostado en la mecedora apretando entre los dientes el tabaco
encendido y oloroso
Con mis ojos espantados les miré
a los dos y seguí luego contemplando interiormente la horrible
noticia que se abría de golpe ante mi porvenir, como una
ventana sobre una noche lúgubre: ¡la pobreza!
¿Comprendes bien Cristina, todo lo que esto significaba?
Era la dependencia completa con todo su cortejo de humillaciones
y dolores. Era el adiós definitivo a los viajes, al bienestar,
al éxito, al lujo, a la elegancia, a todos los encantos de
aquella vida que había entrevisto apenas durante mi última
permanencia en París, y a la que aspiraba yo con vehemente
locura. Era también el adiós definitivo para ti, para
tantas otras cosas y personas que no había conocido nunca
y que presentía esperándome gloriosas por el mundo
¡el mundo!
¿sabes?
¡todo el caudal
de felicidad y de alegría que se agita más allá
de las cuatro paredes de hierro de esta casa de Abuelita!
¡Ay! la alegría, la libertad, el éxito ¡ya
no serían míos!
Y ante semejante idea sentí
que un nudo me apretaba espantosamente la garganta y que un torrente
de lágrimas me asediaba impetuoso y terrible
(p.
64-65).
Y allí
está toda la crisis del regreso: ella sólo sabía
"gastar con la misma naturalidad con que se respira o se anda"3.
Esa queja resume todo lo que constituye el verdadero drama de María
Eugenia: la pobreza. Los conflictos sentimentales, las confusiones
amorosas, no serán más que la trama superficial del
asunto. La pobreza es el agente que destruye lo que hasta ese momento
conformaba la endeble conciencia de María Eugenia: sus fantasías
de independencia4. Le bastó saberse pobre para sentirse "dependiente"
y experimentar dentro la sensación de "agobio"
que antes había sentido surgir de las calles, los techos
y los cargadores del puerto.
Pero hay algo
más: esta súbita revelación de su pobreza la
regresa por un instante al sentimiento que la sobrecogió
al salir del internado y recuerda cómo al mirarse en la ventanilla
del tren tuvo por primera vez "la conciencia intensa de su
soledad y su abandono". Sin embargo, este sentimiento de orfandad
no pasó de ser un pensamiento pasajero que París dispersó.
La súbita riqueza que le proporcionó el equívoco
cheque de veinte mil francos, junto a la inesperada libertad que
le concedieron sus liberales guardianes, los Ramírez, interrumpieron
aquella conciencia de abandono que había aflorado en el tren.
En París María Eugenia empaquetó su orfandad
y se llenó de trapos, de souvenirs, de expectativas,
iniciando lo que ella misma llamó su vida "alegre y
feliz de pájaro a quien por fin le han crecido las alas".
Pero si la orfandad no se hizo conciencia, tampoco sus alas terminaron
de crecer5; así que al llegar a la casa de Abuelita dirá:
"me dormí prisionera y triste como si en el espíritu
me hubiesen cortado una cosecha de alas". María Eugenia,
la niña pájaro, apenas llega, resiente la jaula. Por
lo visto, como en una telemaquia invertida, es en la casa donde
podemos lidiar con el sentimiento adolescente de soledad y abandono.
Allí el náufrago que todos somos a esa edad se hace
presente. En efecto, a veces parece que la familia es lo más
remoto a la conciencia; y a los dieciocho años, cuando todos
somos en cierta forma niños abandonados, la familia es el
centro mismo de toda lejanía. La figura de María Eugenia
nos deja ver cómo en la cultura criolla, la casa y la familia
lidian con esa conciencia de abandono, con la orfandad y el abandono
del adolescente que hay en todos nosotros.
Ese sentimiento
de orfandad es uno de los tópicos más interesantes
en nuestra literatura, pero Teresa de la Parra ha sido quizá
la única en conectarlo con nuestra íntima pobreza
y con esa pobre conciencia de nuestras limitaciones. Como el huérfano
se sabe sin nada, no puede abarcar más allá de sus
propias fronteras. Algo que, como sabemos, es todavía nuestra
gran carencia. Y en Ifigenia parece que Teresa de la Parra
fue a fondo, hasta dar con toda esa herencia ignorada o rechazada
de ausencias, pérdidas y despojos familiares. En Ifigenia
parece que ella tropezó con la parte más sombría
de nuestra historia psíquica: socarronería, rapacidad,
resentimiento. Pocaterra y Gallegos también
hablaron de esto, sólo que en ellos el tema los dispara hacia
actitudes morales o didácticas, perdiendo el claroscuro de
la imagen. Sin ambigüedad, la imagen, no se hace psíquica.
Creo que sólo Teresa de la Parra, desde la "ingenuidad"
de su narradora, nos hace ver cómo la virginalidad colonial
de la familia ha servido para ocultarnos esa pobreza esencial; para
hacerla más inconsciente, hasta enterrarla, junto con el
oro, en los cimientos de la casa.
Cuando María
Eugenia regresa, siente su herencia como un peso. Y pesa, justamente,
porque no existe; pesa porque, literalmente, es pérdida.
Pero sobre todo, pesa porque esa pérdida es "intangible",
lo cual es otra manera de decir inconsciente. Resulta, pues, que
su herencia es pobreza inconsciente. Es más, esa pobreza,
como en las buenas alegorías, tiene sus filiaciones muy claras:
se nos dice que es hija de Descuido, Despilfarro y Despojo. El feliz
de su padre "descuidó" su patrimonio: lo despilfarró
en París mientras se lo cuidaba aquí, metódicamente,
su cuñado: el "vivo" del "infeliz de Eduardo".
Porque Teresa de la Parra no cae en la trampa culpabilizadora
de todo venezolano (corruptos versus honestos) ni en la trampa futurista
(atraso versus progreso). Desde la familia, los hilos de la historia
se anudan y el complejo muestra la tensión de los opuestos:
donde hay negligencia hay rapacidad; donde hacemos el papel de señores
estamos haciendo, a la vez, el papel de imbéciles; donde
hay un rentista se consteliza, de inmediato, un tramposo; y donde
veamos un administrador abnegado, podremos hallar también
un estafador y un derrochador. Así que "el ladrón
de Eduardo" es inseparable del "bala perdida" de
Antonio Alonso, y en la novela ambos forman la figura de la herencia
de María Eugenia: "la estofa de la que están
hechos sus sueños" y sus pesadillas, la maraña
que le oculta su pobreza esencial.
La noticia
golpea de sorpresa a la muchacha aquel "infausto día"
en que "tuvo noticias de su absoluta ruina" (p. 102).
Pero ella se impone una conducta heroica: "decidí aceptarla
desde el principio con valentía y con altivez" y en
lugar de averiguar qué pasó, resuelve aguantarla encolumnada,
"inmóvil y heroica como el Estilita" ante "las
cuentas del gran Capitán". Es decir, "hace como
si nada", o "se hace la loca"6. Y esa actitud es
típica del venezolano y por típica quiero decir que
expresa algo muy viejo o arcaico, algo fijado y repetitivo que,
por lo mismo, expresa algo muy serio. "Como quería triunfar
de mi emoción me dije que se burlaban de mí"
-dice María Eugenia- y lanza triunfalmente su queja: "¡Ay!
¡qué calor!". Como siempre, allí está
ese calor para resolverlo todo y sacarnos de las situaciones embarazosas.
Parece que el
venezolano siempre traslada su queja a alguna cosa inatrapable y
vaga como el clima. O quizá es el calor, ese demonio lugareño,
quien está allí atrapándonos, ahogando siempre
nuestra queja, oprimiéndonos de una manera más invisible,
como el cansancio de los cargadores del puerto. Y decimos entonces
que es el calor, que son los tiempos, que es esta ciudad o este
pueblo; en fin, siempre algo indefinido, casi informe, volátil
como el fastidio, lo que se lleva el peso de las cosas y lo dispersa
en el ambiente, bien lejos de la conciencia. Así, cuando
María Eugenia, aplastada por la noticia exclama: "¡Ay!
¡qué calor!" (p. 65) no sólo está
ahuyentando, como dijimos antes, su reacción emocional directa,
sino que de paso, con puntada invisible, la novela vuelve sobre
el motivo atmosférico de la "carga invisible"7
y el agobio haciéndonos ver cómo la violencia del
hecho pierde su filo personal ("lo que Eduardo me hizo")
para dispersarlo en el ambiente como parte de este irremediable
"calor" nuestro. Hacerse el loco, recostar la carga o
soltarla, tres formas muy venezolanas de dejar pasar las cosas (¿laisser
faire, laisser passer?), de que las cosas no "nos"
pasen, sino que ocurran siempre afuera, cargando la atmósfera,
para que sea la situación o el país quien cargue con
todo. María Eugenia, por temor al ridículo, no reacciona;
o no tiene cómo reaccionar directamente y la emoción
se desplaza y se pospone para reventar un poco más allá,
cuando la abuela le toca el complejo al preguntarle si trajo los
dos mil pesos. Es allí cuando explota y suelta una chorrera
de disparates. Así, la emoción reprimida salta en
forma de disparate, destemplada y a destiempo. Prestando atención
a esos disparates, la psicología profunda nos ha enseñado
a leer los complejos. En la letra del disparate nos distanciamos
de la yoica noria de reclamos y malentendidos, dejando que surja
la imagen (no el trauma) que subyace al complejo: el mito en que
estamos atrapados, la historia impersonal que nos tiene sujetos.
Toda
la rabia que María Eugenia quiso disimular reaparece al sesgo,
en una frase que la delata: "¡Ah!, ¡es que yo no
regalo pa-cotilla!". Y calificando de "miserables"
aquellos pobres veinte mil francos que le quedaron de su fortuna,
empobrece aún más su situación. Ya sea por
orgullo, amor propio, altivez, inmadurez o estupidez, lo cierto
es que su conciencia no se ha dado por enterada de lo que pasó.
Como tampoco le hizo mucho caso a aquel sentimiento de abandono
que sintió al dejar el colegio. La raíz de esa reacción
diferida parece estar en un sentimiento de "humillación"
que podría haber secado toda la emoción del golpe.
La pobreza transformada en "dependencia" la hiere, dice
ella, "con todo su cortejo de humillaciones y dolores".
Pero, por debajo del sentimiento de humillación se va creando
otra herida que le impide sentir el dolor de la primera. El humillado
se resiente pero no siente: evita el sufrimiento enconando la herida
dentro y buscando soluciones afuera: todo, con tal de no cargar
con esa afrenta, con ese "plomo en las alas"; todo, con
tal de no cargar el fardo de esa pobreza que es la vida cuando se
la mira desde sus limitaciones (abandono, despojo, soledad). Y tenemos
la impresión de que ese sentimiento de humillación
se refugia mecánicamente en la inteligencia, tal como le
ocurre a María Eugenia, que embiste contra la "humillante
realidad" con brillantes justificaciones. En efecto, la formidable
intuición de Teresa de la Parra hizo que María
Eugenia, acorralada por la "fatal evidencia", reaccionara
con su "Diccionario Filosófico", hallando en su
"ilustración" de colegiala interminables argumentos
y posturas para espantar esa realidad que amenazaba llevarse sus
sueños de éxito, fortuna y felicidad.
Pero si la
reacción diferida de María Eugenia resulta aleccionadora,
no menos interesantes serán las actuaciones de Abuelita y
tío Pancho. Juntos, los tres, entonan el canon de la familia
criolla: esa mezcla de disparates y vaporones, portazos y silencios
donde queda enjaulada, como un canario, la desgracia. Pero María
Eugenia, obviamente, no se da cuenta de que su rebeldía,
lejos de provocar desconcierto, es parte integrante del concierto.
En efecto, ella interpreta el silencio y la indiferencia de Abuelita
después de la tormenta, como una muestra de "poca penetración
y sutileza psicológicas". Ella, la recién llegada,
ajena a los rituales y misterios del habla casera, se empeña
en sacar conclusiones y batallar con argumentos; mientras la abuela
sigue calando y Pancho se marcha sonriente. Ambos comprenden y callan,
compasivamente, dejando que la muchacha "resuelle por la herida".
Abuelita recurre
a una elocuencia simbólica o emblemática, no argumentativa,
que apunta a la emoción a través del gesto, y esto
la convierte en custodia de esos valores colectivos, conservadores
e inconscientes que educan a María Eugenia por canales muy
poco intelectuales. Ella es la piedra de tranca que resiste al aguacero
verbal de María Eugenia e impide que toda la "rebeldía
de palabra" que la ilustrada muchacha aprendió, justamente,
en París, se desparrame por la casa. En efecto, después
de que Pancho insinúa que Eduardo se aprovechaba de la ausencia
de su hermano para robarla, Abuelita le responde, indignada, con
una vehemente apología de su hijo y remata con una típica
puya: "No ha avergonzado jamás a su familia entregándose
a la bebida y al juego" (p. 71). Entonces, Pancho no sigue
discutiendo y se bate en retirada, recurriendo también a
una fórmula ritual:
-¡Diablo!,
¡si ya van a dar las doce!
Y muy tranquilamente, como si nada hubiese ocurrido, tomó
del colgador su bastón, su sombrero; se puso el sombrero:
se asomó un segundo al espejo angosto del colgador; se despidió
sonriente:
-¡Hasta mañana! (p. 71).
Esta escena
es un ejemplo clarísimo de cómo funciona la peculiar
economía psíquica de la familia criolla: Pancho se
marcha después del puntazo, ni herido, ni molesto, dejando
que la hora disuelva una discusión que era imposible resolver
con argumentos. Una discusión que de seguir se remontaría
a los primeros pobladores de estas tierras, y quién sabe
si al pecado original. Es decir, parece que en casa sabemos que
no hay manera de resolver esas discusiones, que nadie tiene la razón
y todos la tienen. Entonces, la "culpa" rebota como una
pelota, pasando de mano en mano, sin que nadie cargue exclusivamente
con ella. Sospechamos que Pancho puede tener razón, en parte;
pero también suponemos que Abuelita, en parte, dice la verdad,
porque los Alonso muy bien podrían estar acusando sin mucho
fundamento a Eduardo. Pancho, sin aspaviento alguno, dio un metonímico
"portazo" a la discusión. El portazo: un gesto
ritual y ancestral con que el alma se defiende para rechazar y "no
dejar pasar" ciertas cosas sin bloquearlas del todo, sin "reprimirlas".
El portazo es quizá la única manera de indignarnos
y mantener abierta otra puerta para regresar, sin necesidad de ceder
o explicar nada. Así, en las batallas caseras no hay vencidos;
quizá porque, entre otras cosas, el triunfador termina siempre
derrotado por la terquedad o indiferencia del vencido, por ese portazo
que nos deja hablando solos. Para el lenguaje de la casa las explicaciones
como que sobran; y cuando, a pesar de todo, consiguen entrar, la
atmósfera familiar desaparece para dejarle el campo al aburrido
pugilato de lo personal. Se pierde esa sanción invisible
del ambiente que hace que las verdaderas "soluciones"
se cocinen solas, sin que tengan que intervenir las racionalizaciones,
la culpa o los terapeutas.
Notas
1 Esta figura ilustra bien la ironía "natural"
de Teresa y es fácil hallarla también en su correspondencia,
como en esta carta a Lecuna: "Le escribo muerta de calor,
homenajes y visitas". (O.E., II, p. 264).
2 En una carta a Rafael Carías, desde París,
el 24 de noviembre de 1926, Teresa le dice: "Como bien sabe
usted, en su relato, María Eugenia Alonso, que todo lo detalla
y lo comenta, no se analiza nunca a sí misma, porque de haber
sido así, no sería ingenua. María Eugenia Alonso
no se conoce". La frase donde alude a la ingenuidad de María
Eugenia ha sido inexplicablemente omitida en todas las ediciones,
con excepción de la Obra Escogida (II, p. 218).
3 Este "gastar" no es sólo un rasgo anecdótico.
María Eugenia sólo sabe "gastarse"; todos
sus movimientos van de adentro hacia afuera: ella se despilfarra
y no halla cómo retener lo que "adquiere"; quizá
porque no tiene cómo procesar interiormente lo que le resta,
cuando gasta. Quizá porque no sabe lo que estaba "comprando".
4 No es necesario saber mucho de economía para darnos cuenta
de cómo en la economía de la psique esos opuestos
de independencia y dependencia forman parte de un mismo complejo;
que la independencia, lejos de "superar" la dependencia,
la potencia. Ifigenia muestra cómo funcionan estos opuestos
en el seno de los complejos familiares del venezolano: ese creer
que podemos dejar atrás la pobreza, ignorándola inconscientemente;
o, peor aún, viviéndola como humillación. Este
hecho se vuelve alarmante cuando nos damos cuenta de que la vida
psíquica es vida en estado de necesidad o precariedad. Una
indigencia que no debería confundirse con la "dependencia"
que atrofia, agobia, mutila o petrifica el alma.
5 Cuando hablo de "hacer conciencia" me refiero a la posibilidad
de observarnos en lo que hacemos.
6 En Memorias de mamá Blanca se aprecia una variación
de este mismo motivo cuando "papá", al saber que
Daniel, el administrador de la finca, lo roba, resuelve "hacerse
el loco" ya que sólo él sabía cómo
cantarles a las vacas para que dieran leche. Hacernos los locos
cuando el que administra nos roba para que la vaca siga dándonos
una leche que no sabemos ordeñar es un patrón psicológico
enquistado en nuestra historia desde tiempos coloniales.
7 Me refiero al pasaje del Cap. I, cuando María Eugenia en
el puerto de la Guayra observa las figuras de los cargadores.
* Todas las citas de Ifigenia
remiten a la Obra Escogida de Teresa de la Parra. (Prólogo,
notas y edición al cuidado de María Fernanda Palacios.
2 tomos. México: Fondo de Cultura Económica / Caracas:
Monte Avila Latinoamericana, 1992. (Se abrevia como O.E.).
De: "La herencia de María
Eugenia Alonso", 3er capítulo de Mitología
de la casa: primera parte del libro Ifigenia: mitología
de la doncella criolla (a ser publicado por Angria Ediciones
en fecha próxima).
María
Fernanda Palacios. Ensayista y poeta
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N°
11 Aņo IV
Caracas, sábado 16 de diciembre de 2000
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