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Ensayo
FILOSOFIA
Y LITERATURA: LA NUEVA FRONTERA (I)
Cómo narrar nuestro
nihilismo
Julio Quesada,
luego de haber estado en el país en tres ocasiones por iniciativa
de Espacios Unión y de la Embajada de España, se ha
animado a compartir
un conjunto de breves reflexiones "sobre libros que piensan
nuestro presente
-no nos referimos a la actualidad transformada en actualidaje
sino a nuestro destino cultural-"; destino que el catedrático
identifica
como prendado del nihilismo y alcanza
a traslucir en la obra de Peter Handke

Tim Gabor (Novedades / Tusquets Editores)
Comenzaremos estas breves
reflexiones sobre libros que piensan nuestro presente -no nos referimos
a la actualidad transformada en actualidaje sino a nuestro destino
cultural- con el escritor austríaco Peter Handke y
su obra El año que pasé en la bahía de nadie
(Un cuento de la época actual). Madrid. Alianza Editorial,
1999, 587 páginas.
Epoca actual:
en los claros del bosque (Lichtung para la teoría
de la verdad como alé theia que defendía el
segundo Heidegger y María Zambrano) ahora la
gente hace footing. Aquella plenitud (Peter Handke:
Poema a la duración, Ensayo sobre el día logrado)
ya no es materia de narración. ¿Qué contar
si el cielo, como el libro, han desaparecido girando sobre sí
mismos? Como narradores ya no se nos usa; la actualidad convertida
ella misma en noticia manda y, en nuestro ocio televisivo, ¡¿quién
le iba a decir a Platón que la caverna era el televisor?!,
se mata mucho mejor el tiempo con Gran hermano (telebasura
de máxima conciencia nacional española). Y como cronistas
nos expulsan de la República cuya legalidad fundamenta el
olvido histórico atocinándonos de mentiras piadosas.
El interés del escritor por los hombres ya sólo apunta
al mirar del botánico (Ernst Jünger como coleccionista)
que ve cómo cada vez quedan menos especies de animales
pero más especies humanas. Y ante esta globalización
del estilo del Derecho Romano, ¿qué estilo nos queda?
¿Acaso podemos mirar-narrar el nihilismo sin quedar atrapados
(posibilidad real de esta novela) por la seducción del esteticismo
del que, a veces, hace gala Handke?
De la misma
forma que nuestras vidas están aherrojadas en un círculo
de hierro propio de la gran ciudad, tan como que nuestras almas
(o lo que antes solíamos querer decir con ese nombre) viven
sin poder vivir porque carecen de narración: ya no hay ilación;
también el escritor sabe que no sabe qué contar. Ni
siquiera una guerra. Bueno, lo de Centroeuropa y la OTAN aún
lo hemos podido ver y contar; pero ¿qué pasó
en la guerra del Golfo? Acaso tenga en esto sobrada razón
la posmodernidad de Baudrillard: no existió o sólo
apareció en una determinada red de narración cuyo
poder se deja confundir con lo virtual.
Nihilismo como esencia del cuento actual puede significar, filosófica
y literariamente, que nos da la sensación en el estómago
y en las rodillas de que la actividad de narrar se ha agotado, que
no hay quien se crea lo de la trama de fondo. Con esta "autodivinización
desesperada" algunos pueden dar mucho juego en las tertulias
del fin del milenio; pero Peter Handke tiene, como suele
decirse por Andalucía, muy buena leche. No le faltan dotes
para llevar a cabo una concienzuda labor de crítico, colmillo
retorcido incluido; sin embargo, llegada la "mierda" opta
por Hölderlin y Epicuro o Goethe, entre
otros, y se nota. No sólo porque tenga de lector hasta a
un guardia civil de un pueblo perdido de España, que me parece
una maravilla, sino porque lo que él quiere, en línea
con su obra, es salvar al mundo. Y salvar (¡Retten!,
¡Retten!) era su imperativo de la duración o
ley poética que exigía como estilo frente a este nauseabundo
desencantamiento de la escritura o del mundo, volver a mirar, volver
a contar, actitud humana, que no humanista (el buen Dios), a la
que no llega el crítico porque es para la creatividad tan
sólo un muñón.
Handke
no nos engaña: el cielo protector ha desaparecido y lo sabemos
porque puede que Dios haya muerto, ¡vaya usted, amable lector,
a saberlo!, pero el Banco Mundial sigue vivo.
Pues bien,
ahora que tenemos conciencia de que el cielo ha desaparecido nuestro
escritor, sin aspavientos, aunque, eso sí, con excesivas
páginas dedicadas a la onfaloscopia de los lápices,
las setas y los grillos (no es suficiente la filigrana del verbo),
nuestro Peter se queda en su región francesa para contar
lo que hay a la altura de los ojos.
La crisis de
la escritura no es ajena a la Krisis husserliana, así
que, en mi opinión, Handke hace bien en seguir ahondando
su línea fenomenológica: "La tierra hace tiempo
que está descubierta. Pero sigo dándome cuenta de
aquello a lo que yo llamo El nuevo mundo. (
) Es lo
cotidiano lo que estoy viendo yo como el nuevo mundo. Todo sigue
siendo lo que era, sólo que, en medio del antiguo mundo,
allí donde todo empieza de un modo nuevo, resplandece de
calma una vereda o una rampa de despegue". Pero, cuidado, porque
el claro del bosque, ¡alétheia, alétheia!,
ya no es materia de narración. La escritura es una peregrinación
laica. Amén. Las historias que, como en El Quijote,
forman la trama de fondo de un cuento de nuestra época no
tienen como personajes claves a héroes hechos y derechos.
Todo lo contrario: son incompletos, menesterosos, cercanos a la
desesperación. Es decir, que Handke se nos está
transformando en un "espectador". Pero para quien aún
crea que el espectador es alguien que no actúa, le recomendamos
las fuentes filosóficas: Ortega y Gasset, que en esta
novela también se explica, sólo que de otra forma.
En el acto
de contar se renueva la faz de la tierra. Cuando se mira a las criaturas,
escribe, "es como un cuento, y cuento significa: ocurre lo
que tiene que ocurrir. Y cuento significa haber penetrado en lo
más profundo del mundo. El que va a buscar el azul del cielo
refuerza el que hay arriba, en el cielo".
Contar es,
como decía Aristóteles en la Metafísica,
980a, conocer y amar el mundo a través de los sentidos, pero
muy especialmente a través de lo que vemos. El contador de
cuentos ve y refuerza el azul del cielo, aquí en la tierra,
porque lo que revela el cuento es, precisamente, nuestra capacidad
de ver y diferenciar el mundo en su magnífica e irreductible
pluralidad. Este milagro fenomenológico -sacar a flote lo
que nuestra natural inercia tiende a hundir- es la idea que a Handke
le ha llevado a dejar los centros urbanos, como París, en
favor del cuento de la región en donde él vive desde
hace bastantes años. No se trata de una solución meramente
literaria al problema de la globalización como rostro uniforme
y políticamente correcto del nihilismo hacia el que puede
ir Occidente, sino, y sin pedanterías, "existencial".
El escudo de
armas que aparece como frontispicio al comienzo del relato es obvio:
"yo quisiera vivir allí, olvidando a los míos
y dejando también que ellos me olvidaran, contemplando de
lejos, desde la tierra, la furia del mar" (Horacio).
El propio narrador
se encuentra en la novela en una bahía rodeada de colinas
que dan al oeste de París: allí un horizonte resplandeciente
de luminarias, aquí una bahía de nadie. Pero está
mirando por encima del hombro, no de frente como suele aparecer
en la historia oficial, mientras apura, con todo lo alto que es,
la copa de whisky. Ya comienzan a marcharse los clientes. Se ha
apagado el ventilador. Pero siempre quedan los últimos en
la barra. El relee ahora la postal que su amiga le ha mandado desde
El Cairo. ¿Una visión o una previsión? ¿Una
previsión, lo que está en marcha, lo que ha de llegarnos,
y un enigma? Ay, Zaratustra. Dice así: "Una vez, en
una extensión de harapos humeantes, creyendo que estaba sola,
al agacharse para hacer sus necesidades, por poco no las hace sobre
uno que estaba durmiendo allí, o inconsciente, o moribundo".
Da igual. La Fontaine Sainte-Marie o el Alto Nilo, o este bar en
mi Sabana Grande. Lo que cuenta es lo que el escritor ve y quiere
salvar: lo que el mar ha dejado en la playa después de un
larguísimo camino, restos de un naufragio. Material de aluvión,
sí, pero sorprendentemente claros y definidos.
Basta de profetas:
no hay más cera que la que arde en el cuento. Ese es todo
el milagro, nada menos y nada más. El desierto crece
Ulises no podía faltar a esta cita para decirnos "cuéntame
el regreso". Porque para Occidente la transformación,
el milagro de la transubstanciación del pan y el vino en
la carne y la sangre que harán florecer a nuestro cansancio
del ser no depende de la repetición de las palabras mágicas
sino de la magia del relato. No se trata de pronunciar reverentemente
cinco o seis palabras-llaves; no, lo que esta odisea del cuento
pretende es recomenzar lo que un día ya ocurrió.
Querido lector:
se trata de un libro largo y difícil, a ratos recargado de
cierta mística estética que recuerda a María
Zambrano y sus levitaciones perceptivo-lingüísticas
heideggerianas. Pero es más que eso. Un libro con bahías
cuyas siluetas cotidianas, sus soledades y la santificación
de la amistad no escapan al fragmento y a la caducidad a la que
peligrosamente nos acercamos. Sin dioses inmortales. Sin inmortalidad.
Ah, ¿pero podremos vivir en un mundo sin vida eterna ni cuento
eterno? Tal vez, diría un bromista, estemos condenados no
a "leerlo" sino a "verlo": lo avisó Platón.
Julio
Quesada. Escritor español
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N°
11 Aņo IV
Caracas, sábado 16 de diciembre de 2000
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