Traducción

OSCAR WILDE TIENE DE NUEVO VEINTIUN AÑOS

La balada del preso sin nombre

No demora el poeta mexicano José Emilio Pacheco en aseverar, parafraseando a Cernuda, que si los muertos pueden escuchar lo que se dice de ellos, Oscar Wilde diría que la versión del joven poeta Hernán Bravo Varela de La balada de la cárcel de Reading "es la mejor manera de conmemorar, en el umbral de un nuevo mundo, su centenario". Traducción excepcional incluida en el catálogo del equipo editorial "Acrono" que dirige Ignacio Madrazo



Wilde, aplaudido y deshecho por la misma sociedad

El 18 de febrero de 1895 Oscar Wilde es el triunfador absoluto. Sólo él entre todos los autores tiene al mismo tiempo en el West End de Londres dos obras, The Importance of Being Earnest y An Ideal Husband, que se representan con gran éxito y lo llenan de dinero. Tres meses después, el 25 de mayo, Wilde sufre condena a dos años de trabajos forzados, ve deshacerse a su familia, pierde su casa, se convierte en un paria, lo privan de libros y papel de escribir, lo obligan a pasar el tiempo en labores que se vuelven tormentos: acarrear piedras, dar vueltas interminables a una manivela y sobre todo hacer estopas deshilachando sogas mojadas en alquitrán.

La sociedad entera que hasta ayer lo aplaudió ahora se obstina en deshacerlo como hombre y como escritor. Nadie, ni siquiera en este su centenario, sabe por qué el gran comediógrafo se obstinó en vivir, en vez de escribir, su propia tragedia y someterse a tres procesos. Bien pudo haberlos evitado si no demanda al marqués de Queensberry ni se mete en la lucha a muerte entre el siniestro marqués y su hijo lord Alfred Douglas. El hecho es que Wilde fue destruido por Inglaterra y por la prisión. Las consecuencias últimas del castigo lo alcanzaron en París el 30 de noviembre de 1900.

Sin embargo, Wilde alcanzó a hacer sus dos últimas grandes obras: De profundis (Epistola in Carcele et Vinculis) y The Ballad of Reading Gaol que no le permitieron firmar con su nombre sino con su número de prisión: C.3.3. La Balada es el mejor poema de Wilde, escrito en una forma narrativa y popular, equivalente anglosajón del romance español y del corrido mexicano. Como todos sus libros, resulta fácil de leer aunque no se tengan muchos conocimientos del inglés, pero al mismo presenta inmensas dificultades para su traslado al español.

Los dos traductores fundamentales de Wilde, Ricardo Baeza y Julio Gómez de la Serna, pusieron ambos la Balada en excelente prosa castellana. León Mirlas intentó algo semejante al versículo o al hexámetro. (Se dice que el verso octosilábico del romance equivale a la mitad de un hexámetro latino que, así, requeriría de dieciséis sílabas en nuestro idioma). Cito la estrofa más famosa de la Balada en la versión de Mirlas:

Pero todos los hombres matan lo que aman,
                                                       [oíd, oídlo
   todos:
Algunos lo hacen con una mirada amarga;
                                                 [otros con una
   palabra lisonjera.
¡El cobarde lo hace con un beso, el valiente
                                                    [lo hace con
   una espada!

Guillermo Valencia, el poeta modernista de Ritos, logró, hasta donde sé, la única versión que conserva el metro y la rima:

   Todos matamos lo que amamos
que cada uno sepa eso:
unos hieren con la mirada
o una doblez almibarada;
mata el cobarde con un beso;
el valiente, con una espada.

Sin embargo, cada época y cada generación lee de manera diferente los mismos libros. Las traducciones deben renovarse sin tregua. Al hacerlo prolongan la vida de sus originales. Los autores vuelven a nacer gracias a las nuevas versiones.

En el centenario de la muerte de Oscar Wilde, Hernán Bravo le da su existencia a sus palabras y nuevas palabras a su existencia. Nacido en la ciudad de México en 1979, a los diecinueve años publicó su primer libro, Oficios de ciega pertenencia, y obtuvo el Premio Nacional de Poesía "Elías Nandino" y el Premio de Poesía Punto de Partida en la UNAM. A los veintiuno, da a conocer la primera de sus varias traducciones y actualiza la buena costumbre mexicana de los poetas traductores.

Con Hernán Bravo se hace presente la generación del 2000, la primera generación del nuevo siglo y el nuevo milenio. Luis Cernuda se preguntaba si los muertos pueden escuchar lo que los vivos dicen de ellos. En caso afirmativo, Oscar Wilde diría que esta versión del autor de Oficios de ciega pertenencia es la mejor manera de conmemorar, en el umbral de un nuevo mundo, su centenario. Ahora también Oscar Wilde tiene de nuevo veintiún años.

José Emilio Pacheco. Escritor mexicano

La balada de la cárcel de Reading*
(fragmento)

I
El ya no usaba su abrigo escarlata
    porque la sangre y el vino son rojos,
y sangre y vino estaban en sus manos
    cuando lo descubrieron con la muerta,
la pobre mujer muerta que había amado,
    y a la que asesinó sobre su cama.

Caminó entre los reos
    con un raído traje color gris,
una pequeña gorra en la cabeza.
    Y parecía su paso alegre y leve,
pero jamás vi a un hombre que observara
    tan pensativo el día.

Jamás he visto a un hombre que observara
    con una mirada tan pensativa
hacia aquella pequeña tienda azul
    que los presos conocen como cielo,
y hacia todas las nubes que cruzaban
    con sus velas de plata.

Caminé con otras almas en pena
    hacia otro corro,
y yo me preguntaba si el hombre había logrado
    una cosa pequeña o una grande,
cuando una voz detrás me susurró:
    "A ese tipo lo deben colgar".

¡Jesucristo! Los muros de la cárcel
    de pronto parecían tambalearse,
y el cielo sobre mí se convirtió
    en un casco de acero chamuscado;
y, a pesar de que era un alma en pena,
    mi pena yo ya no podía sentir.

Sólo supe qué idea persistente
    apresuró su paso, y por qué
observaba hacia el día cegador
    con una mirada tan pensativa.
El hombre había matado lo que amaba,
    y, así debía morir.

u

Aunque el hombre mata lo que ama,
    que cada uno de ellos escuche lo siguiente:
algunos lo hacen con mirada amarga,
    otros con palabra aduladora.
El cobarde mata con un beso,
    ¡el valiente lo hace con la espada!
Unos matan su amor cuando están jóvenes,
    y otros cuando están viejos;
algunos lo estrangulan con manos de lujuria,
    otros con manos de oro.
Los más gentiles usan un cuchillo,
    pues los muertos, así se enfrían más rápido.

Algunos aman poco, otros mucho,
    unos son los que venden y otros los que compran;
algunos asesinan con demasiadas lágrimas
    y otros sin un suspiro.
Si bien el hombre mata lo que ama,
    el hombre no se muere.

No muere de una muerte vergonzante
    en un día de ignominia tenebrosa,
ni una soga tiene en torno al cuello,
    ni mortaja que su rostro cubra,
ni cae de bruces sobre el suelo
    hacia el espacio vacío.

(…)

* Versión de Hernán Bravo Varela
Prólogo de José Emilio Pacheco


N° 11 Año IV
Caracas, sábado 16 de diciembre de 2000
 
 
 
 
 
Libros, Lecturas y Lectores
Luis Alberto Angulo
La brevedad
de lo eterno
(César Seco)
 
 
 
 

 

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