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Apuntes
EN RUTA
HACIA EL POEMA, HACIA EL PARAISO
Gregory Zambrano, un Ulises
desvelado

Gregory Zambrano,
poeta y ensayista merideño residenciado actualmente en México,
acaba de publicar en este país su libro Desvelo de Ulises
y otros poemas (México: Ediciones Fin de siglo. 2000)
un poemario que reúne una serie de impresiones de viaje recogidas
a lo largo de una errática travesía por distintas
latitudes. Se trata de una bitácora de viaje reconstruida
desde el desvelo, una suerte de cartografía que tiene que
ver más con un paisaje interior que se evoca desde el insomnio,
que con la descripción turística de los paisajes recorridos.
Acaso
sólo la duermevela y el desvelo sean esos instantes en que
sin querer, incluso a veces en contra de nuestra voluntad, soltamos
las sólidas amarras y abandonamos los puertos más
seguros de nuestro día a día. En esas horas en que
el sueño no acude a nosotros y nos quedamos frente a frente
con la desnudez de la oscuridad y el silencio, algo de la ruta se
nos extravía y nos acercamos más al caminar oscilante
de los desvaríos. Jugamos a mantener el equilibrio, a sostener
el timón entre las manos, pero la marea siempre es más
fuerte que nuestros deseos voluntariosos y sus corrientes suelen
llevarnos a los más recónditos parajes.
Cuando leo los Desvelos de Ulises me siento cómplice
del insomnio de otro, me transformo en una más de las figuras
que transitan su desvelo. Temo romper con mi presencia el delicado
equilibrio que estos poemas establecen entre el sueño y la
vigilia, camino con sigilo. La duermevela tiene siempre su propia
lógica, su propio orden, así que suele ser mejor dejarse
llevar por ella sin oponer resistencia. Cuando uno lee estos poemas
desvelados, hay que emprender sin ambages un largo viaje que nos
lleva de Ítaca a Hiroshima, de la ceguera de Homero
a los cuervos de Van Gogh, de Góngora a Truffaut
y del laberinto de Ariadna al jardín azul de Frida Kahlo.
Son lugares que ha construido la memoria, recuerdos evocados desde
la imposibilidad del sueño.
Pero,
¿cómo se construye esta memoria? Se trata de un amplio
registro que va desde los recuerdos más cercanos e íntimos:
los ojos de una mujer, el jardín de la infancia, el país
que dejamos atrás; hasta una suerte de memoria colectiva
que llevamos estampada en el cuerpo. La memoria no sólo de
lo vivido, sino también la de esos gestos fantasmales que
repetimos sin darnos cuenta desde el principio de los tiempos. El
deseo de Helena, la lucha con el minotauro, los inevitables naufragios,
las preguntas sin respuestas, son recuerdos que llevamos en los
gestos y que repetimos con mínimas variantes. De allí
que este poemario nos hable a veces con voces de troyanos y a veces
con cantos de sirenas que se esconden detrás de los ruidos
de nuestra cotidianidad. No es un arsenal exótico al que
se acude para enriquecer la paleta, sino una manera de encontrar
lo invariablemente humano escondido detrás de la taza de
café.
Lo
mismo ocurre con la poesía, en el poema "El círculo
y la palabra", Gregory Zambrano vuelve a la imagen del
río para hablarnos de aquello que fluye sin tropiezos, esa
materia que constantemente se renueva en un andar que no tiene principio,
ni fin. El poeta se apropia de su tradición, se sumerge en
ella para darle nueva vida:
Siempre se leerá
el mismo libro,
En nuevos surcos y otras tradiciones.
Los viejos personajes hablarán desde la nada,
Es decir, desde el tiempo entero
Y los versos de hoy serán idénticos espejos
Para otras miradas.
En
este juego de reflejos y de imágenes que se repiten al infinito
es posible dialogar con Cervantes, Homero, Góngora
o Kavafis, tutearlos con amoroso irrespeto, apropiarse de
sus palabras, digerirlas, masticarlas y transformarlas en otra materia
tan distinta y tan similar a sí misma. Todo está por
decirse y a su vez ya todo ha sido dicho.
El otro lado del desvelo y de la poesía es el silencio, ese
vacío amenazante ante el cual es difícil defenderse.
El silencio es la única respuesta posible para Ulises, silenciosa
es la voz de Dios y del mundo. La palabra se eleva como una plegaria
en un mundo cuya única certeza parece ser la finitud. Ante
un Dios que olvidó su creación, el poeta se revela,
a ratos lo increpa, a ratos lo busca y a ratos sólo le da
la espalda cargado de desesperanza y hastío. El poema se
transforma en un diálogo infructuoso con un Dios que hace
mucho nos ha expulsado del paraíso. De alguna manera todos
somos forasteros, todos hemos abandonado la tierra prometida y emprendido
este viaje del cual sólo conocemos el lugar de llegada.
Ahora bien, para continuar el viaje a veces es necesario el olvido;
en el poema "Soy el naufragio" el navegante "canjea
la bitácora por un poco de vino, los ojos de una doncella
y una incierta historia de amor". Sólo el olvido del
paraíso puede llevarnos a recobrarlo; en el momento en que
dejamos de leer los mapas y las brújulas, la dicha se nos
ofrece detrás de una copa de licor y una risa de mujer. Lo
erótico, el encuentro amoroso, la celebración del
cuerpo sudoroso de los amantes funcionan dentro de este poemario
como el elixir que nos devuelve todo lo perdido, la respuesta a
todas las preguntas. Es ese instante breve y escurridizo en que
todo parece tener sentido y en que el destierro del paraíso
se nos hace un precio justo a pagar. O será tal vez que en
la piel de los amantes se encuentra la única tierra prometida,
el único lugar donde dejamos de ser forasteros. Me gusta
creer, junto con Ulises, que sí.
Cecilia
Rodríguez. Ensayista
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N°
12 Aņo IV
Caracas, sábado 23 de diciembre de 2000
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