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Libros, Lecturas y Lectores
ELISA
LERNER DE LA "A" A LA "Z"
Un
alfabeto de venezolana memoria
Cuando se aboca
a la crónica como cuando se consagra a la ficción, Elisa Lerner
hace gala
de la lucidez de sus instintos y con toda la honestidad y seducción
de la que es capaz
-que es mucha- alcanza a descorrer los pesados cortinajes de su
historia y de la de todos.
Tan cierto es, que Rafael Castillo Zapata saboreó cada uno de sus
libros y reconstituyó
"Un alfabeto de venezolana memoria", es decir, esbozó a "Elisa Lerner
de la A a la Z"

Foto Lisbeth
Salas-Soto
Elisa Lerner: Huella indeleble de un corpus narrativo
de excepción
A
Autorretrato. En mi espejo, aún con mucho resplandor
para saludar la vida, queda una mujer pequeña con el cuerpo
aquejado un tanto de robustez. No otra cosa que una última
insistencia testaruda hacia esas tartas, con suficiente nuez, que
se comieron durante los días de la infancia para celebrar
viejas fiestas. El duro pedrusco milenario convertido en las nueces
de los pasteles con miel y pasas. (En el entretanto, 49-50)
B
Batea. Repetidas veces, en la Caracas de mi infancia, me
subí a la batea que había en el fondo de la casa,
en el corral. Porque como todos los niños quería verme
alta, poderosa y no frágil, menuda. Me subía a la
batea y en ociosos mediodías observé el techo guzmancista
del Teatro Municipal, el angelote dorado del Hotel Majestic coronando
los balcones. Entonces se operaba el milagro. Desde la modestísima
altura de una muy doméstica batea creía estar viendo
el mundo. Y, posiblemente, el mundo estuvo a mi alcance. La Caracas
de los años cuarenta, tan pequeña y tan humana quedándole
todo cerca -con todo a la mano- acaso no estuvo muy lejos de la
belleza y del temblor del mundo. (Carriel para la fiesta,
110-111)
C
Caracas. Caracas es [una] ciudad que nunca termina de madurar,
nunca termina de crecer. Una ciudad hecha a fragmentos. Vasta colcha
que nunca termina de arroparnos (de protegernos), cosida con retazos
febriles, sorprendentes. Ciudad de múltiples arenas. Al unísono
acumulamos las arenas, las borramos. Las acumulamos. Las borramos.
Y así sucesivamente. (Carriel para la fiesta, 107-108)
D
Democracia. Las fotografías venezolanas del siglo
XIX son una ilusoria premonición de nuestra democracia. Pero
creo que si prologan el poder civil es porque, presionados por los
fotógrafos, los venezolanos se vieron obligados a tomar posiciones
calmas y reflexivas en los retratos. Al menos, rudimentos del poder
civil, posibilidades de una conducta mesurada, no violenta -quizá,
en forma inconsciente- se refugiaron en esos estudios de fotógrafos,
hasta que en el país no se instauró, definitivamente,
la democracia. De todos modos a la civilidad pública de la
democracia le antecedió la civilidad privada, la cortesía
de los retratos fotográficos. (Yo amo a Columbo, 95)
E
Escritores. Por años, en Venezuela, nos hemos dado
a comentar libros que nadie ha escrito y escritores huérfanos
de páginas. (En el entretanto, 79)
F
Fumadora. Fumamos -abiertamente nos enfrentamos al cáncer
pulmonar- porque locamente, apasionadamente añoramos a un
Armando Duval. Somos impenitentes fumadoras porque, en el fondo,
queremos parecernos un poquito a la desmayada Margarita Gautier.
Si tosemos algo, si estamos algo flacas -gracias al consumo de cigarrillos-,
acaso venga el Armando que nos cuide, que nos mime. (Carriel
para la fiesta, 49)
G
Gomecismo. Más que un gobierno, el gomecismo fue algo
así como un animal enorme, colosal, que se alimentó,
largamente, del demudado silencio de los otros. (En el entretanto,
73)
H
Historia. Si hemos de ser sinceros de cómo, en parte,
ha sido contada la historia del siglo pasado, nos ha quedado a los
venezolanos una hinchazón, una fatiga. Como si aún
estuviésemos cargando las espadas de nuestros héroes
y eso nos hiciera algo torpe, lisiados. Las espadas pesan terriblemente
cuando el cuerpo brilla menos que ellas. Pero es como si, mucho
después de las batallas, nos hubiéramos quedado, en
galerías llenas de sol, revisando las armas, las espadas
sin penetrar en la oscura intimidad de los cuartos, en la oscura
intimidad de nosotros mismos. (Yo amo a Columbo, 91-92)
I
Inteligencia. Un país que mira con reserva a su inteligencia,
lo que anhela es la confusión, el más desolado limbo.
(Yo amo a Columbo, 77)
J
Judíos. A principio de la década del 50, cuando estaba
por iniciarme dentro de las temporales pasiones de la adolescencia,
comencé una larga vida domiciliaria en San Bernardino. Me
tocó vivir en una calle colindante con la plasticidad majestuosa
de la montaña. Para ese período me encantaba colgarme
de los autobuses verdes que, pacientemente, viniendo desde el centro
de la ciudad recorrían toda la urbanización. Las del
50 fueron silenciosas noches de dictadura. A veces lograba escuchar
(como si estuviese sintonizando una radio de larga distancia) desde
mi asiento en el autobús, al igual que si se tratase de un
rezo talmúdico. Algunas voces en iddisch. Pero la
generalidad de las veces (así lo quiero recordar ahora: porque
ciertos recuerdos son tan deliberados y caprichosos como ciertos
amores), los rostros de los judíos viajaban en silencio,
los cansados de un día vivaz y gesticulante entre actos de
comercio. Esos trayectos nocturnos tuvieron una particular fascinación
para mí. Después de ellos, al día siguiente,
en mi imaginación yo era una joven cosmopolita y viajada,
como en una novela de Stefan Zweig. Una joven experimentada
(o atormentada: da lo mismo) que en las noches anteriores habría
estado viajando por calles laboriosamente judías como las
de la Viena de la pre-guerra. (Carriel para la fiesta, 92-93)
K
Kafka. Compartir durante mis años de estudiante universitaria,
casi cotidianamente, los buses de San Bernardino con un joven lejano
de muy arcaica presencia semita fue un amorosísimo incentivo
para leer a Kafka. Muchos años después lo supe.
El joven de mis autobuses verdes había estado en un campo
de concentración (¿y Kafka no había
estado en el campo de concentración de una oficina de seguros?),
era adicto a la vida en las sinagogas de la misma manera que los
ingleses lo son a sus clubes privados, y hoy es un peatón
solitario y desesperado en las calles de San Bernardino. Ultimo
fantasma de Kafka en un barrio judío del trópico.
(Carriel para la fiesta, 93-94)
L
Laurel y Hardy. Todavía me gusta verlos, al cabo de
tantos años, en el cine de la década del treinta,
sin una profesión definida y enredándose en cómicos
laberintos. La falta de un oficio conocido o la renuncia a él,
puede ser una señal de heroicidad en la Norteamérica
donde ellos van a actuar. Y es que toda comicidad -que aun dentro
de lo humano, es eminentemente intelectual- tiene una fuerza antagónica
pero no, necesariamente, subversiva. Mas si Laurel y Hardy habrán
de estar disponibles, si no se han establecido en una profesión
o en un oficio es porque ellos son seres del azar y no del rigor.
Y aunque su heroicidad sea, siempre, casual eso no quiere decir
que toda comicidad es, inexorablemente, irresponsable. [
]
Y no es irresponsable la comicidad de Laurel y Hardy. Pese a que
son seres que parecen estar constantemente trasladando su estado
de ánimo de uno al otro, como en la más irreal, metafísica
y cómica prestidigitación (cuando, en verdad, están
golpeándose con sartenes o aplastando huevos en las asombradas
gargantas de los demás), ellos son sensibles, en alguna forma,
a la lucha social y humana. [/] Lo que sucede es que esa lucha social
en Laurel y Hardy se da más como una errancia, como la fervorosa
gratuidad por ellos padecida y no con la seguridad de los que asumen
una postura ideológica. Tanto en Laurel como en Hardy, hay
la amplia y aguda crítica social que toda verdadera comicidad
hace a un sistema. (Yo amo a Columbo, 166-167)
M
Memoria. En nuestro país, casi no hemos tenido experiencia
de memoria. Porque los países jóvenes no sólo
carecen de un fuerte pasado industrial. Al mismo tiempo (he aquí
un dramático aspecto de los países en "vías
de desarrollo" aunque, aparentemente, semeje ser una situación
de alegría, de espontaneidad y casi de inocencia) tampoco
han tenido memoria. Esta es densa, no ligera, y no se construye
en un país sin pena o tribulación, sin reflexivas
demoras. Como somos jóvenes nunca hemos querido tener memoria
y, en suma, hemos preferido ser
mágicos. Por mucho
tiempo hemos sido brutales y violentos, poco cavilosos. La magia
ha sido una visión hipotética de esas violencias.
Mario Abreu captó plástica y genialmente, en sus
"objetos mágicos", esa violencia venezolana, esa
circunstancia mágica que es un límite a la memoria
y a la cavilación y, a la vez, en el fondo, condición
caótica para seguir en lo oscuro y en la postergación.
Esas cucharillas mágicas de Mario Abreu, somos nosotros
los venezolanos, aún violentos y sin establecidos recuerdos.
(Yo amo a Columbo, 35-36)
N
Noche. Lo nocturno es para nosotros -latinoamericanos- un
comienzo de vida interior. Pero también de vitalidad. Púdicos,
llenos de inhibiciones, no nos atrevemos a vivir los diálogos,
el amor, la política, la vida al desgaire, en luminosa confrontación.
La elusividad sólo nos deja la noche. La noche es una condición
latinoamericana. (Yo amo a Columbo, 146)
O
Olvido. En el país todos continúan lanzados
a un ceremonial exasperante y feroz que recuerda el juego del escondite
de los años infantiles. Cada uno trata de hacerlo a su manera.
Porque en Venezuela nadie quiere recordar. A los testimonios se
les teme como a una peste. La memoria es una pasión turbadora
y molesta. A ninguno le conviene esa pasión. Al menos, en
eso hay solidaridad. Acuerdo tácito. El que menos recuerde
será el más hábil. Tendrá el poder.
Después de descubierto el petróleo, a nuestros conciudadanos
sólo les interesa que alguien invente la máquina del
olvido. (Yo amo a Columbo, 71)
P
Periódico. Leyendo el periódico, a veces, lloro
la muerte de un país. (Carriel para la fiesta, 134)
Q
Quaker. Si yo hubiera sido flaca hubiese sido modelo, actriz
de telenovela, artista en alguna película de Román
Chalbaud. A mi producción intelectual no le conviene
que yo permanezca flaca, esbelta. Si me mantengo en la línea,
puedo levantar al mismísimo Miguel Angel Landa. De modo que
la ambición intelectual me lleva a la gordura. La creación,
amiga mía, es nerviosa paradoja: el fracaso de la gordura
me trae el éxito intelectual. En mi pesadilla, el sufrimiento
de la gordura y el sufrimiento del arte se convierten en la misma
cosa. No ha sido la influencia de un Kafka o de un Cortázar
lo que me ha conducido a un envidiado triunfo literario, sino henchidos
platos de avena Quaker, rebosantes tazas de chocolate. Una mujer
gorda no tiene a nadie a su lado. Una mujer gorda, sueña
siempre. Escribe siempre. ¡Triunfa! (Carriel para la fiesta,
65-66)
R
Recuerdo. En [las] sociedades donde no se estructura el recuerdo,
no hay ética. (Yo amo a Columbo, 89)
S
Siesta. Me di cuenta [de] que la siesta no era una calma.
Es la primera frustración de un país tropical. Cuando
se despierta de ella, ya es demasiado tarde. (Yo amo a Columbo,
61)
T
Telenovela. En medio de los días dispersos de nuestra
historia, la telenovela, quizá, asimismo, es nuestra exclusiva
escritura no facsimilar. Originalísimo género narrativo,
hijastro del folletón europeo de fines de siglo. Palabrejas,
rápida, violenta basura del desamparo narrativo. Intemperie
de las sangres parentales apoyadas en los huidizos documentos líquidos
de borbotones de lágrimas. Enigmas, aparentemente, descabellados
forman un cuerpo abundante, descomunal. (En el entretanto,
53-54)
U
Utopía. Como país joven a la búsqueda
de verdades más maduras, estamos necesitados de memoria,
pero quizá, de "otra memoria" [
]. Una memoria
semejante es la que nos toca desentrañar y que una nueva
generación de escritores, entre nosotros, quizás,
está procurando en sus ficciones. [
] [Nos] interesan
más allá de sus técnicas y certezas literarias,
su anhelo y hambre por establecer una certidumbre de memoria, de
testimonio que nos concentre y unifique en un tiempo en que el crecimiento
urbano hace a nuestras ciudades más vastas pero, a nosotros,
más distantes. Y el que uno de los más notables poetas,
dentro de las nuevas generaciones, como Luis García Morales,
hace ya algún tiempo, haya titulado su libro inicial, Lo
real y la memoria, probablemente, sea una señal de los
recuerdos esenciales que deben acompañar al desenvolvimiento
del país y del imperativo, de lúcida disposición
memoriosa, que debe habitar en nuestros intelectuales, para ganarle
al futuro la memoria que nos faltó durante un pasado de ignominia
dictatorial. (Yo amo a Columbo, 37,38,39)
V
Venezolanos. Nosotros los venezolanos nos agazapamos en el
lenguaje poético, nos soslayamos en la política, creamos
laberintos para un simple saludo en medio del sol del trópico.
Nada concretamos. En el fondo sabemos que sin haber luchado mucho
tenemos una vasta tierra, la riqueza petrolera. Y no nos preocupa
carecer de suficiente introspección porque creemos que las
claridades del paisaje nos siguen nutriendo. (Yo amo a Columbo,
58)
Z
Zapata. Un genio como Zapata es un enigma, aparentemente,
inmediato que hace reír fraternalmente, con alivio, sin sombras
de sorna sobre asuntos, en verdad, nada livianos. Al unísono,
con singular insistencia, incita a pensar con suave, pero punzante
ironía en torno a un mundo agobiado por el infortunio de
las desigualdades sociales. Al punto que nuestro corazón
después de una lectura de sus caricaturas, en ocasiones,
es como un desguarnecido guante de seda en la mano estrujada por
el invierno en una gran ciudad. (En el entretanto, 64)
(En el entretanto. Monte
Avila Editores, 2000 / Carriel para la fiesta. Ediciones
Blanca Pantin, 2000 / Yo amo a Columbo. Monte Avila Editores,
1979).
Rafael
Castillo Zapata. Poeta y ensayista
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N°
12 Año IV
Caracas, sábado 23 de diciembre de 2000
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