"ESTOY
ENTRENADA PARA RECIBIR LOS MENSAJES DE LOS OBJETOS"
Nela Ochoa, el arte de la provocación
En su diario
discurrir se ve asaltada por todo lo que la rodea: "A mí
el objeto me habla; y algunos lo hacen de manera escandalosa"
porque nada le es indiferente,
ni indiferente resulta su premiado catálogo de video-artista.
Y es que Nela Ochoa asume su vulnerabilidad frente a "todas
aquellas cosas que
se vinculan con el cuerpo", y asienta que el arte "hace
vacilables",
antes que aliviar, nuestros temores

Foto: Lisbeth Salas-Soto
Las armas de Ochoa: ironía, ira y humor
La disciplina de la
danza, que Nela Ochoa practicó por mucho tiempo, no sólo
le imprimió una gracia especial al andar y al moverse,
sino que la dejó por siempre enganchada a la indagación
de las infinitas posibilidades del cuerpo (incluso las más
oscuras). De esa permanente observación se nutre su trabajo
como video-artista. De eso, y de una curiosa mezcla de cinismo
y ternura que marcan su obra y le aportan ese sello personal que
distingue su trabajo.
-Yo me veo
como una artista -dice, con sencillez- como una persona que tiene
la necesidad de expresarse por medios artísticos, los cuales
pueden ser muchos. Para eso voy seleccionando objetos que no son
artísticos pero que yo los convierto en arte al verlos
de otra manera.
-¿Qué
la lleva a escoger, de entre las cosas que distingue, una radiografía,
un trozo de madera: esto, y no aquello?
-A mí el objeto me habla; y algunos lo hacen de manera
escandalosa, como una muñeca que encontramos en Paraguaná,
muy rota y con montones de caracolitos vivos adheridos. Tratada
por el mar, la muñeca se había vuelto una cosa suave,
como difuminada, el plástico se había redondeado.
Esa muñeca me decía cosas y tuve que recogerla.
Me la llevé al apartamento y empecé a lavarla. En
la batea me acompañaban Maruja Herrera, una amiga mía
ceramista y medio bruja, y Carmen Cordobés, quien dijo:
"Me parece que los cortes de la muñeca no fueron obra
del mar...". Tenía, en efecto, unos cortes muy parejos.
Carmen me dice: "Mejor es que botes esa muñeca".
Y yo: "¿Cómo? ¡Pero si ya la terminé
de lavar!". Y entonces ella me dijo: "Ya, le hiciste
un bien, la lavaste, y ahora tienes que botarla". Salimos
corriendo a la basura.
Eso fue, como
te dije, escandaloso. Pero otros objetos son muy sutiles. Hacen
inicialmente unos ruiditos y tú no les quieres parar hasta
que su reclamo es insoslayable. Estoy entrenada para recibir los
mensajes de los objetos. La información como que flota
y te penetra.
-En la
gran quincalla del mundo, ¿le interesan más aquellos
objetos que rondan el cuerpo?
-El famoso físico norteamericano Stephen Hawking
dice que nada de lo que existe pudo no haber existido. De manera
que todos los objetos, incluso el más insignificante, está
en el mundo porque tenía que estar. Por ese camino, una
muñeca rota que arroja el mar tiene la misma contundencia
que una joya o una obra de arte. En principio, todos los objetos
me fascinan pero, efectivamente, sí tengo un interés
más marcado por todas aquellas cosas que se vinculan con
el cuerpo, lo asedian, lo reproducen, lo imitan e incluso lo torturan.
-Su video
instalación Lejana la muestra a usted "disfrazada"
de mendiga y pidiendo limosna en las calles. Una interpretación
muy convincente. ¿Podría argumentar por qué
ha hecho eso?
-Lejana es la mendiga que hay en mí. La rebelde, la que
va contra corriente. Desde pequeña me peleaba en los colegios
por defender a los demás de algún atropello. De
uno me botaron porque la monja le quitó el moño
a Jessica Konarek -que luego se convirtió en modelo- porque
era beige en lugar de blanco. Jessica era una especie de cucarachita
acomplejada, chiquitica. Cuando la monja la humilló me
paré como una mapanare y lancé el pupitre al suelo.
La monja salió huyendo por las escaleras, temerosa de mi
reacción de toro embravecido.
-¿Y
el trabajo con las radiografías de personas abaleadas?
-Yo me veo afectada hasta lo más íntimo por todo
lo que pasa a mi alrededor. Lo de los abaleados fue manera de
exorcizar una situación que te arremete terriblemente:
la devuelves con ironía, con ira, con humor, con tantas
cosas.
-En una
de sus exposiciones, usted trató el tema del pecho femenino
y su vulnerabilidad.
-En mi familia hay una tendencia al cáncer de mama. Dos
tías maternas están operadas de cáncer de
mama. Yo tengo, por lo tanto, altas probabilidades de tener algún
día ese mal. Y el asunto siempre ha sido un tema de conversación
en la familia desde que yo estoy muy chama porque mi tía
fue de las primeras operadas de cáncer de mama. Sobrevivió
cuarenta años a su operación. Por influencia de
la familia he pensado siempre que una mujer que tenga cáncer
de útero o de mama debe quitarse todo, nada de guardar
el pezón para después volvérselo a poner,
porque en el pezón también hay células de
las mamas, con una idéntica cadena de ADN, y esas células
cancerosas ya aprendieron ese lenguaje y se van a reproducir.
Finalmente, las mamas son un pedazo de grasa, un pellejo. Pero
eso lo dice una de la boca para afuera, claro que no debe ser
nada agradable un buen día conseguirte con un par de cicatrices
en el cuerpo.
-Tratar
estos temas artísticamente, ¿la alivia un poco de
estos temores?
-No, no necesariamente. Tú sabes de antemano que estás
muerto, que naciste y te vas a morir. Ese es un tema común
a la humanidad. Cuando, en el Museo de Antropología de
México, vi a los guerreros, esos gigantes, sentí
que el desafío que ellos se plantearon era el mismo que
tenemos todos los humanos ante la muerte y con lo que queda de
nosotros, una desesperación por dialogar en otros niveles
de tiempo: esos tipos están dialogando con sus descendientes
de dos mil, seis mil, diez mil años más tarde. Sobrevivieron
ahí, en el discurso artístico. Yo me paré
delante de semejantes monumentos y me quedé fría.
No puedes no sentir eso cuando te paras frente a aquello y te
dices: "Esto lo hicieron unos tipos que vivían así
como yo, comiéndose un sánduche hace diez mil millones
de años, y tenían las mismas preocupaciones que
yo tengo hoy. Se trata de la misma esencia, la misma preocupación...
finalmente, la misma impotencia.
-Es falso
entonces que el arte alivia estas angustias.
-Bueno sí, las alivia, las hace vacilables, como si de
alguna manera te desprendieras de ellas. En conclusión,
cuando estos guerreros construyeron el imperio azteca, establecieron
una relación que me conmueve intensamente al captarla miles
de años después. Ese instante no tiene tiempo. En
todo caso, lo aplana y lo cruza, lo comprime.
-Sus obras
son difíciles en muchos sentidos. Por ejemplo, no se pueden
comprar y ni siquiera adornan.
-Es terrible. Yo las veo a veces y digo: "Guao, qué
feas". La de la Envergadura (un obelisco forrado en látex,
en obvia alusión fálica) es horrenda. Feísima.
Pero qué efectiva. Ahí se pararon unos cuantos hombres
y se indignaron. Según ellos, no eran los hombres de Venezuela,
sino los gringos, quienes hacían esos gestos.
-¿Cuáles
gestos?
-Los que hay en todos los hombres: se halan los testículos,
se los rascan por entre el pantalón.
-¿Encuentra
alguna belleza en las radiografías de baleados?
-Me fascinan la transparencia de las radiografías, los
nuevos universos que se crean, las formas mismas de los huesos
que, como ocurre con las nubes, comienzan a parecer cosas. Ese
trabajo comenzó porque yo, que amo las radiografías,
estaba un día absorta mirando una y, al verme en eso, la
muchacha que trabaja en la casa me comentó que su novio
tenía una radiografía en la que aparecía
claramente la bala que le incrustaron en la nalga. "¿Usted
ha visto una radiografía con la bala adentro?", me
preguntó la muchacha. "No", le dije yo fascinada,
"¿con la bala?". "Sí", me dijo
ella, "nunca se la pudieron sacar y en la imagen se ve clarita".
No me pude contener. "¡Usted me tiene que traer eso
ya!". A partir de esa radiografía empecé a
pensar en realizar un trabajo que abordara tan contundente huella
en el cuerpo humano. Me di a la tarea de recopilarlas, de observarlas
y de dejarme llevar por la formas. Las recorté. Y al ver
que iban tornándose bellas, me daba esa especie de corrientazo
que me tenía como un poco desconcertada. Pero eso me sucedió
también cuando rellené los tubos de ensayos de mocos,
de cerumen, de saliva, de sudor y de lágrimas. Me producía
algo de repugnancia, una especie de náusea mezclada con
ataques de risa. Le mostraba esto a Antonio (López Ortega,
su esposo), quien me decía: "¿Tú estás
loca? ¿Tú estás loca?". Esa cosa escatológica
que hace reír a los niños, ya sabes que no hay nada
que haga reír más a un niño que una cosa
escatológica. Hay algo de eso que todavía disfruto.
-¿Cómo
fue el performance de las mujeres metidas en cajas?
-Cinco mujeres desnudas, apenas cubiertas por unas capas de tul
rosado, pasaban caminando en tacones por la galería. Y
yo iba delante, de institutriz, con lentes y pelo cortado, vestida
de blanco y negro con uñas rojas, postizas. Después
de que pasaban entre la gente, ellas se metían en unas
grandes cajas de cartón, adornadas con lazos de tul (como
cajas de muñecas). Escogí a cinco hombres del público
para que interactuaran con las actrices. Cada hombre iba abriendo
las cajas. Al abrir la primera, aparecía una tapa de cartón
con dos huecos, con unos exhibidores para sostenes de plástico
transparente y duro, y detrás de eso se veían los
senos de la actriz metida en la caja. Decía: "Tócame".
El tipo tocaba, tocaba y se reía. En la segunda caja decía:
"Huéleme", con un triángulo y, adentro
de este, un trapo con agua de rosas. Otra decía: "Oyeme"
y cuando el tipo se acercaba a oír, la actriz decía
"Mamá", como una bebé. Al final, les entregábamos
a los hombres una réplica de las cajas grandes, pero a
pequeña escala, que contenían los fluidos de los
cinco sentidos. Las tipas salían de las cajas y se iban.
-Hay entonces
una parte de divertimento.
-Claro. Yo pensé que los tipos me iban a batir las cajas,
a botar los potes. No: las mandaron al camerino para que nosotros
les firmáramos su moco. Es de no creer la actitud de la
gente, uno nunca sabe cómo va a reaccionar el público
en esas cosas. Pusieron como cuatro guardias, pensando que alguien
podía meterse con las muchachas. La gente, decentísima,
se apartaba para que pasaran las muchachas, nadie osaba siquiera
rozar aquel tul. Es el efecto del arte, creo yo.
Milagros
Socorro.
Periodista