Apuntes

El patético tiempo del nuevo milenio

Frente a la inminente llegada del año 2001, Teódulo López Meléndez retoma el curso de sus reflexiones en torno al tiempo, previo señalamiento a "las celebraciones massmediáticas del nuevo milenio", y alerta que en este tiempo medido en bites "desaparecen el día y la noche y el presente se eterniza, mientras somos convertidos en astronautas que, sin abandonar este planeta, carecemos de las viejas referencias que determinaron al hombre como lo conocemos"


Fotos: Anabell Guerrero


El proceso abierto con la guerra del Golfo, donde por vez primera asistimos a un conflicto bélico en directo, tuvo una expresión caótica con la transmisión del "arribo del milenio", invención absolutamente massmediática. Allí murió el tiempo, lo que no es poco decir. Aparte de la "humanidad feliz" que nos fue ofrecida, se incurrió en un patético adelanto, de uno donde el tiempo es universal. La muerte de lo geográfico, la desaparición de la extensión y el exterminio de los husos horarios fue en sí la noticia, no que algunos tocaban tambores ante la aparición del primer sol del año 2000 en alguna perdida isla del Pacífico. Pocas semanas después una compañía suiza fabricante de relojes nos dio la primicia: sus aparatos no medirían más con el viejo método del día y de la noche, desde ahora en adelante no habría diferencias de horas entre Caracas y París, por ejemplo. Se establecía un reloj donde el tiempo se mediría en bites y la hora sería la misma en cualquier lugar de este pobre planeta reducido. Esta unificación equivale a la aparición del tiempo universal y, por consiguiente, a la pérdida de la distancia como un adelanto de la condena que posa sobre el hombre: la prisión en la inmovilidad. La salida o puesta del Sol deja de tener importancia, el viejo sistema de medir el tiempo es hundirse en el tiempo mismo. En otras palabras, ambos hechos, la transmisión en vivo y en directo de la "apoteósica entrada del nuevo milenio" y la aparición de los relojes en bites, exterminan las viejas referencias humanas y nos convierten, en cierta medida y paradójicamente, en astronautas o, al menos, nos hace posesionarnos de la misma sensación de aquel que orbita la Tierra o llega a la Luna. El astronauta no tiene espacio, distancia ni medida. El astronauta está perdido en la oscuridad.

El nuevo horizonte es la pantalla, con nuevas distorsiones y nuevas apariencias. Ya el tiempo ha dejado de ser la sucesión del día y de la noche. El tiempo es ahora este de la exposición, el instantáneo. Esto implica que ya "no estamos", que somos "una telepresencia discreta". Así, podemos hablar de una nueva cultura, una que se distancia de lo que el hombre ha sido, uno implícito en la dimensión temporal. Estamos presentes pero lejos, lo que elimina la duración a favor de lo directo. Al ser así, lo presente debe ser reinterpretado, pues pasa a ser una disolución de acceso a lo real. En otras palabras, el tiempo cronológico deja de existir para dejar paso a uno cronoscópico. Lo que vemos es una fijación del presente; para los preocupados por el paso de los días baste decirles que ese paso desaparece. Esto equivale a un cambio dramático de la percepción. Ya no hay lugar de encuentro. Frente a la pantalla nos "comunicamos" por Internet con alguien "desaparecido". Frente a la pantalla nos entregamos "en directo" a un horizonte que no tiene nada que ver con la noción clásica de espacio. Frente a la pantalla sustituimos la luz del sol por la velocidad misma de la luz. El estrecho espacio de lo humano pasa a segundo plano desde el mismo instante en que el tiempo se emancipa. Cuando carguemos en nuestras muñecas el nuevo reloj que ya no mide en segundos, minutos y horas, sino en bites, habrá caído sobre nosotros el nuevo tiempo mundial liberado de huso horario; cuando dejemos de contar siglos y no exista pretexto para la fiesta absurda de las ondas electromagnéticas de adelantar milenios o lanzar cohetones de celebración, viviremos como astronautas que jamás han abandonado el planeta Tierra, es decir, como seres que han perdido las referencias y se encuentran inmersos en la aceleración, una que nos dirá implacable de "los fenómenos de envejecimiento del tiempo-materia". Podríamos hablar de un día sin fin en relación a la nueva "realidad" que las ondas electromagnéticas imponen sobre nosotros, una donde la sucesión de los hechos a la que estábamos acostumbrados desaparece a favor de una "intensidad" de iluminación y de un nuevo hipercentro del tiempo donde hasta los relojes en bites serán absorbidos. Si no tenemos límite, o, dicho de otro modo, si el horizonte convergente al que estamos habituados es sustituido por el que la pantalla nos da, no podremos imaginar. La pantalla, toda ella que una sola es, habrá hecho del acto de comunicarse un diluirse, una muerte.

II
Debemos declararnos en reflexión sobre el tiempo por la algarabía repetida de un nuevo milenio. A mí me basta releer un viejo libro de Indro Montanelli, Historia de Roma para confirmar, en la evolución de aquella ciudad-Estado, la insignificancia que atribuyo a los acontecimientos actuales del país donde nací y vivo. Roma, en realidad muerta como poder cuando cae el imperio romano de Oriente, es decir, cuando Constantinopla cae en manos de los turcos, para mí, y creo que no sólo para mí, ha sido la última noticia importante. Lo que estoy diciendo es de una sensación de inutilidad de las acciones humanas llamadas históricas y de una visión que se desarrolla y que permite mirar los acontecimientos con placidez. Cuando Catón el gran tribuno del Senado, vio llegar todos los objetos y conocimientos griegos a su amada ciudad, supo que la urbe estaba perdida. En buena manera vislumbró lo que los filósofos del posmodernismo llaman el "hombre estético". En otras palabras, vio que Roma caería vencida por la cultura griega, Polibio, trasladado a Roma como esclavo de guerra, se preguntó sobre el sistema político romano en procura de una explicación de cómo aquellos toscos habían empleado la modesta suma de 56 años para acabar con una de las más esplendorosas civilizaciones que hayan existido sobre la faz de la Tierra. Concluyó que no habían sido los romanos sino los propios griegos.

Puede que estemos manejando un concepto equivocado de Historia. Por ella damos batallas, hechos políticos, gobiernos y gobernantes. La verdadera Historia es aquella de la civilización, y la política, apenas, una planta parásita que ha usurpado nombre y lugar. Lo que los hombres hemos estado denominando Historia es sólo lo superficial, lo aparente, lo visible.

Disquisición aparte, cierto es que el fin del primer milenio fue tan lamentable como lo es éste. La humanidad se cansa, al parecer, con esa contabilidad, comprensible sí, dado que mil años suenan como mucho. He repetido hasta el cansancio que los verdaderos fines no son los que las mediciones agonizantes del tiempo han determinado. Nadie puede negar que el siglo XX terminó hace un rato largo, tal vez con la llegada del hombre a la Luna o con la caída del muro de Berlín. El nuevo será establecido por el descubrimiento de agua en Marte o por el mapa genético; dejémoslo a cargo de los inútiles historiadores.

Que el próximo año sea el 2001 o el 2500 es, pues, una banalidad. Cada religión cuenta a su manera. Los pueblos prehispánicos al menos contaban por curiosidad y por las cosechas, para mover el ganado conforme a las estaciones y desarrollar alguna predicción sobre el futuro. Los ilusos parecen pensar que celebrar esta medición anticuada garantiza supervivencia por el período que entra. Afortunadamente estamos condenados a la muerte. La algarabía massmediática esconde el peligro detrás de los oropeles. Las fiestas de Navidad y Año Nuevo son saqueos culturales hechos por el cristianismo a viejas fiestas paganas. Ya no hay siquiera profetas, a la manera de Nostradamus o de aquel portugués llamado Bandarra, desconocido por no haber sido inglés. Los hombres tenemos ahora a Internet, a Barthes, a Blanchot, a Hjemslev o a Wittgenstein que, admitámolo, son diferentes. Tenemos ahora la chatura de la pantalla y relojes que han escondido el día y la noche y que pretenden convertirnos a todos en astronautas sin las viejas referencias que construyeron al hombre como hasta ahora lo hemos conocido. Deberemos sumergirnos en la poesía, mientras los ilusos siguen contando un tiempo que no pasa.

Teódulo López Meléndez. Narrador y ensayista

N° 13 Año IV
Caracas, sábado 30 de diciembre de 2000
 
 
 
Apuntes
El patético tiempo del nuevo milenio
(Teódulo López Meléndez)
 
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