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Ultimo Sábado
ALFREDO
SILVA ESTRADA
Palabra, límite, instante
Alfredo Silva
Estrada ha extendido una vez más sus manos para obsequiar un nuevo
libro:
Al través (Angria, 2000), obra que viene a ratificar que, según
estima -y aprecia-
Rafael Castillo Zapata, su poesía es "una poesía empeñada en fabricar
un orden fundado
en la potencia del desasimiento, un orden cuya eficacia sutil radica
precisamente
en esa desarmada posibilidad con la que el sujeto se entrega
a las demandas inciertas del azar"

Foto: Archivo
Alfredo Silva Estrada
La
poesía vive para hacer lugar. Para hacer lugar hay que despejar
espacios (del alma, de la mente, de la página); para que
algún acontecimiento se produzca (un ente sea) es necesario,
se diría, la existencia de una previa situación de
desierto, de sombra, de vacío, de desamparo; una nada sin
la cual nada vendría a aparecer, a revelarse, en el horizonte
de un despojamiento en el que la presencia, que ha de hacerse sin
duda presente, de hecho se presenta, con la evidencia contundente
que sólo puede conquistar en la medida en que se impone desplazando,
sustituyendo lo otro ausente. La poesía, quiere decirnos
Alfredo Silva Estrada a lo largo de toda su obra, es esta
tarea interminable de hacer lugar en el mundo (en el lenguaje
que es nuestro propio, aunque incierto, mundo cierto) al milagro
del instante de todo acontecimiento; epifanía siempre
esperada, siempre renovada; fruto enérgico de una avidez
enorme, de una gana inmensa, de una avaricia viva por avivar la
vida en todas sus instancias; por perseguir toda vicisitud con empecinado
hocear memorioso en los escampados, los declives, las noches oscuras
del alma de quien vive. Celebración de la vida, como nos
ha enseñado, que pone a la poesía en el centro de
la experiencia más comprometida y comprometedora del hombre
(la experiencia del lenguaje) y, con severo talante lúdico,
la conmina a acometer la invocación vigilante de todo hallazgo,
de toda realidad realizable; y, por tanto, entonces, premeditación
alevosa de toda utopía, de todo encender la posibilidad de
un afuera liberador, de un mañana siempre renovado.
De este modo,
no hay nadie que pueda deprimirse al atravesar las redes aireadas
(airosas), luminosas, que teje Silva Estrada con sus palabras
sobre la página: redes atravesadas en nuestro camino y que,
lejos de enredarnos, nos incitan al riesgo de la travesía
(incluso de la travesura, que es también apuesta), al riesgo
de disponerse uno mismo como red, dispuesto a dejarse ventilar por
esos vientos altísimos, helados y secos que su poesía
convoca, haciéndonos compartir con él, gozosamente,
la nostalgia embriagada de entregarse a lo que pasa, de dejarse
atrapar y traspasar por el instante en lo alto, en lo suelto, en
lo incierto.
El
abandono concertante
Y es que la poesía de Silva Estrada, como lo demuestra
una vez más en su recientísimo Al través
(Caracas, Angria, 2000), es una poesía empeñada en
fabricar un orden fundado en la potencia del desasimiento, un orden
cuya eficacia sutil radica precisamente en esa desarmada disponibilidad
con la que el sujeto se entrega a las demandas inciertas del azar.
Disponibilidad, disposición para el acontecer, para la experiencia,
hablan de una confianza sorprendente en las potencias anímicas
del lenguaje, en su capacidad por entrever en medio de la pesadumbre
todos los vislumbres de reversión: el dolor trepadora
sedienta / me permite entrever a través de sus garras / las
promesas del sol.
¡Ah, promesas
solares que inundan esta poesía silvaestradiana!, no agotaremos
nunca ni palabras ni gestos tratando de agradecer el inmenso don
que esta voluntad solar injerta en el desamparo cotidiano. Baño
de frescura de una palabra rigurosa y exigente que sabe del abandono,
sí, pero vigilándose, conteniéndose, consciente
todo el tiempo de sí misma, de cómo se anudan sus
nudos al azar con sabio acecho del hilo suelto en lo disperso, atacando
cabos en el aire, echándole cálculo a la suerte. Porque
se trata de una constante invocación del azar en lo que tiene
de prometedor y de promesa: la potencia de redención, de
reversión, de cambio que anida en todo acontecimiento, en
todo sentimiento, alimenta en esta poesía esa empecinada
convicción que la caracteriza, la convicción de que
la vida (y la poesía que la tienta todo el tiempo y la provoca
y la convoca) es un continuo saciarse de todas las riberas
y una apuesta constante por ignorados océanos, a sabiendas
(pero ¡¿cómo?! -y este es uno de los profundos
misterios de esta ley en la poesía silvaestradiana), de
que todo camino desemboca / de tajo / donde menos lo esperas / O
se prolonga en luz, de que siempre echaremos a andar dejando atrás
las ruinas / hacia un riesgo de eclipses / o hacia vislumbres que
renacen. Abandonarse, pues, a la potencia de lo incierto pero
con el poder de acierto que proporciona lo que se hace con concierto:
dispuesto a la inmensidad de lo posible, pero urdiendo con tácticas
atentas la apabullante madeja que lo engreña; travesía
y travesura del poema, ese tejer; arte aparte.
Escribir
en el límite
Por eso, para Silva Estrada, escribir es siempre tentar los
límites; tentarlos y tantearlos, posponerlos infinitamente
para no (en)cerrarse, para no perder la disponibilidad que alienta
en él las ganas de escribir, de seguir escribiendo: La
poesía vive de dar lugar./ Dar lugar, situar el instante,
desear situarlo, ese tormento, esa tormenta, este temporal suscitador
del poema. / Acercar más y más el instante (no
poder situarlo), acercarnos a los otros por inmersión en
el límite de los instantes de palabra en palabra. Palabra
límite, palabra en el límite; palabra del instante,
instante ella misma en la medida que insta a seguir esa persecución
inagotable del límite en lo ilimitado.
Rafael
Castillo Zapata. Poeta y ensayista
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N°
13 Año IV
Caracas, sábado 30 de diciembre de 2000
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