Los
Aguirre y los Alonso: sacrificados y hacendosos unos; irresponsables
y despilfarradores los otros; rígidos y mezquinos los primeros,
"perdidos" y generosos los segundos: dos Venezuelas
y ninguna de las dos nos hiela el corazón. La abuela, Pancho
y Gregoria, cada uno a su manera: Abuelita con sus apologéticas
genealogías, Pancho con su "maledicencia escéptica"
y Gregoria con su "crónica escandalosa", le cuentan
a María Eugenia el cuento de la historia familiar; y el
cuento, por sí solo, es como un bálsamo para sus
heridas. No porque el cuento le dé una solución
o explicación, sino por su virtud evocadora, impersonal
e intemporal.
Cuando María
Eugenia se entera de que está "sin nada en el mundo",
en seguida agrega: nada que no sea "la protección
severa" de Abuelita y el "cariño jovial"
del tío Pancho. El asunto es más serio de lo que
parece. En primer lugar, porque una vez más, algo -en este
caso la protección y el cariño de la familia- surge
para suavizarle y ahuyentarle el sentimiento de abandono. Nuevamente,
ella pospone -quizá para siempre- la depresión del
huérfano. Es decir, pierde otra oportunidad para aceptar
su pobreza. Pero, por otra parte, entre la severidad de Abuelita
y la prodigalidad de Pancho se tensa todo el conflicto que María
Eugenia va a vivir. Y en esa tensión está escrita,
como al sesgo, buena parte de la historia de Venezuela: esa guerra
civil interminable y soterrada que no ha dejado de expresarse
en bandos y patologías colectivas. Como si nuestro destino
estuviera condenado a pasar por esas horcas caudinas: tomarse
la vida con el "espíritu pródigo y jovial"
de los Alonso hasta "botar la fortuna", o bien encastillarla
en el rígido anacronismo de los Aguirre. La novela no sólo
expresa el antagonismo entre las familias sino algo más
importante, el inevitable parecido que hay entre ambas: la decadencia
que implica el derroche de los Alonso y la rigidez de los Aguirre.
Pero Ifigenia nos da también un atisbo del tipo
de conciencia que surge cuando esa tensión se expresa como
"protección severa" y "cariño
jovial"; es decir, como irresponsabilidad y severidad.
Pero, además, esa "cariñosa protección"
es el criollísimo matiz sentimental que arropa ambos extremos,
disolviendo la oposición. En el alma de María Eugenia,
Abuelita y tío Pancho encarnan la guerra soterrada de ese
antagonismo solidario.
Después
que María Eugenia se entera de que ha perdido su hacienda,
tanto Pancho como Abuelita la consuelan, cada uno a su manera,
señalándole un camino para aceptar su suerte y encaminar
su vida. Pero, como en las viejas alegorías, cada quien
le muestra un camino distinto. Es allí donde podemos reconocer
claramente la tensión de opuestos que desgarra interiormente
a María Eugenia: el complejo familiar que la atrapa, alejándola
de su orfandad, para impedirle una salida individual, fuera del
círculo familiar. Allí donde Pancho le dice "hazte
deseable", Abuelita le replica, "hazte intachable";
allí donde Pancho la enreda en las mallas de la "gentil
maledicencia" caraqueña (Eduardo te robó),
Abuelita se encarama en el árbol genealógico para
transformar el despojo en virtud (Eduardo se sacrificó);
allí donde Pancho ironiza, la abuela idealiza, pero en
ese contrapunto de escepticismo y devoción no hay disonancias.
Ellos no son más que las dos caras de un mismo consejo:
hazte irreal o, no llegues a ser tú misma. ¿Será
que en Venezuela, donde decimos consejo empieza el complejo? Si
Abuelita le recomienda borrarse hasta ser una más en el
friso colectivo; Pancho, sin contradecirle sus fantasías
independientes, le aconseja algo más turbio: usar su belleza
como fuente invisible de poder. En el fondo los dos están
hablando de poder y feminidad, del poder inconsciente de lo femenino;
porque hazte intachable equivale a decir: seduce con tu nulidad
y adquiere valor, prestigio y poder vicariamente, a través
del hombre que coloques a tu lado.
Paradójicamente,
es Pancho quien, poniendo "cara mística", le
recita el credo de Abuelita advirtiéndole que esas "pobres
mujeres desconocen su poder". De modo que fue el escéptico
y cosmopolita de Pancho quien desplegó ante esa "hija
de María" que era todavía María Eugenia,
la atractiva y poderosa figura de las mártires: las que
"se ofrecen espontáneamente en sacrificio, embriagadas
en la voluptuosidad de la sumisión", las que "exaltan
su amor con la flagelación, y (
) viven la honda vida
interior de los ascetas e idealistas" (p. 98). Y fue así
que en el alma virginal de la muchacha se abrió camino
el refinamiento de la abnegación, descubriéndole
otra forma de superioridad1. Porque a pesar de su intención
irónica, las palabras de Pancho sobre el sacrificio de
las mujeres suenan magníficas, como si salieran de boca
de la abuela, y penetran en María Eugenia allí donde
ni la ironía de Pancho ni su propia inteligencia podían
llegar2.
¿Será
que en este pasaje se le perdió a Teresa el tono escéptico
de Pancho? Puede ser que para Pancho esas abnegadas "que
ignoran la fuerza de sus atractivos" sean tan sólo
unas "pobres víctimas"; pero Teresa de la
Parra sí tenía conciencia de cómo su
sacrificio era una forma de poder: ese que ella llamó en
sus conferencias "influencia oculta" de la mujer en
la historia. Pancho es "insensible al fuego magnético
de la elocuencia" de Abuelita, y a los discursos "ciceronianos"
de María Antonia y a los demagógicos de Leal, y
hasta parece vacunado contra la verborrea delirante de Gabriel.
No predica ni discute "en serio"; pero, al igual que
Abuelita, sí da consejos de prudencia. Y a pesar de "filosofar"
puros disparates, desde la otra banda, él también
arrima suavemente a María Eugenia al redil. Su escepticismo
le ayuda a sobrellevar jovialmente su ruina, sin amargura y con
dignidad, "con filosofía", como decimos aquí;
pero también es cierto, que tanta jovialidad le impide
tocar fondo y caminar con los pies en la tierra. Porque además
de escéptico y botarate, es un nostálgico, y todo
su afrancesamiento mundano no lo vacunó contra ese anacronismo
un poco sentimental, tan propio del venezolano, o en todo caso,
del viejo caraqueño de los años veinte:
-¿Ves
las ventanas?, ¿las ves todas cerradas? Pues hace apenas
diez años, a estas horas, empezaban a abrirse y de cinco
a siete, la calle se volvía un jardín lleno de vida
interior. Aquello era tradicional, era clásico, era muy
pintoresco
sí; la señora aburrida que antes
pasaba la tarde entera sentada en la reja para distraerse, y la
muchacha enamorada que se ponía a hablar con el novio,
y la que se asomaba para que la viera desde lejos el pretendiente
que rondaba su casa, ahora ya, se van todas a la función
vespertina de los teatros ¡y mientras los cinematógrafos
se llenan, la calle se queda desierta!
Mira, mira que pocas
van siendo ya las ventanas abiertas
(p. 85).
Este gusto
por lo pintoresco y provinciano no parece congruente con este
Cioran criollo que afirma, unas líneas más abajo,
que la vida no sirve de nada: "-¿De qué sirve?
¡De nada!
Es la misma tontería siempre repetida;
es un rosario sin ton ni son, que rezan maquinalmente los siglos;
es un pobre monstruo ciego y torpe, que desconociendo el instinto
de conservación se alimenta, devorándose a sí
mismo en medio de los más crueles dolores
" (p.
95-96). Sin embargo, no hay contradicción; el escepticismo
criollo es así: descreído de todo y nostálgico
como una abuela. Es un escepticismo que no toca fondo, un desengaño
suave que sortea la depresión con humor, "fastidiando"
a los demás, revoloteando como un cigarrón y picando
de vez en cuando, sin mayores consecuencias. Su sabiduría
podría resumirse en aquel comodísimo "no mires
nada al trasluz". Lo cual, viéndolo bien, no es muy
distinto de aquel consejo que tanto indignó a María
Eugenia: "hazte lo más cero del mundo". A pesar
de su filosofía aristocrática y desengañada,
uno se pregunta quién vive más de espaldas a la
realidad, si él o Abuelita. Cuando Pancho dice "si
yo tuviera que volver a nacer te aseguro que después de
haber nacido hombre rico, como fui en mi juventud, eligiría
ahora nacer mujer bonita" (p. 96), lanza, sin darse cuenta,
una aguda observación psicológica: riqueza y belleza,
esos dos atributos intercambiables, conforman una independencia
de fachada con la cual nuestros hombres con "cancha"
y nuestras mujeres de mundo creen liberarse del peso de la existencia.
En fin, digo que todo el escepticismo de Pancho no podía
desengañar a María Eugenia; al contrario, él
la lleva a Los Mecedores para mecer y acunar los sueños
románticos de la muchacha proponiéndole un "plan
de fuga para un cautivo": conseguirle un novio que "lo
tiene todo". Aquí sentimos toda la ironía de
Teresa de la Parra: este hombre de mundo, el escéptico,
liberal y desprejuiciado de Pancho Alonso se convierte en un "hada
madrina" de cuento de hadas. Como la abuela, para él
también la única salida es un hombre; sólo
que Pancho se lo abrillanta con los visos de un príncipe
azul, que rescatará a la pobre cenicienta y vivirán
felices para siempre.
Mientras que
en la novela el friso de lo femenino se impone con la solemne
majestuosidad de un rito funerario, los cuentos del abuelo Alonso,
evocados por la abuela, cobran en la imaginación de María
Eugenia, visos de opereta:
me
imaginé ahora a mi abuelo y sus dos hijos, puestos de frac,
corbata blanca, flor en el ojal y chistera un poco ladeada; es
decir, algo así como tres joviales personajes de opereta
vienesa, de esos que entran alegremente en algún Tabarin
acompañados de Frou-Frous y de Mimíes, que se colocan
en fila uno tras otro, con una copa de champagne en la mano, que
levantan a compás el mismo pie, mientras cantan en coro,
primero hacia la derecha y después hacia la izquierda aquello
de: "¡Viva, viva la alegría!" o alguna
otra sugestiva canción por el estilo
(p. 74).
Frente a esta
simpática e inofensiva cuadrilla que forman Pancho y su
padre, a la que podría sumarse el tío Enrique, la
oveja negra de los Aguirre, y el "canalla de Galindo",
marido de Mercedes; en el ánimo de la muchacha se imponen
con una fuerza mucho mayor el imponente coro de vestales, plañideras
y heroicas víctimas que van formando las mujeres sumisas.
Ellas no necesitan usar la persuasión de los discursos,
ni siquiera la del consejo sabio; les basta esa muda elocuencia
de los gestos, la coreografía simbólica que van
creando sus destinos, en fin, esas conexiones invisibles con que
se mueven autónomamente los complejos, burlando las resistencias
de la inteligencia y los principios. Así, mientras esta
moderna Ifigenia discutía acaloradamente con su abuela
y fantaseaba planes de liberación, ya llevaba andado, sin
saberlo, buena parte del camino a Aulide.
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Foto:
Archivo
Teresa de la Parra
en París / 1927
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Si nos atenemos
al hilado de las imágenes, sin dejarnos llevar demasiado
por las aficiones y rechazos que expresan superficialmente los
personajes, vemos cómo París no se oponía
al mundo provinciano de la Caracas de entonces y que en Ifigenia
la lucha no se plantea entre lo atrasado de este fin de mundo
y la Europa moderna y cosmopolita. Teresa de la Parra intuyó
cómo París representa uno de los polos de este mundo
criollo y que es algo tan nuestro como la raíz vasca de
los Aguirre o la España de internado y Sagrado Corazón.
Caracas o París, vida pueblerina o vida mundana no son
más que extremos polares de un mismo complejo, la guerra
civil que atraviesa a todas nuestras familias y a nuestra historia
toda: los Aguirre o los Alonso. Un vivir que oscila entre la rigidez
y la disipación; entre formas petrificadas o formas vaporosas.
Pero lo que es aún más singular es la manera cómo
en Ifigenia esos dos polos no aparecen separados en figuras
planas de una sola cara, sino que en cada personaje el lado inconsciente
habla en ellos, sin que se den cuenta, subterráneamente;
y habla más fuerte, como portador de destino. Basta con
que observemos el fondo nostálgico del escepticismo de
Pancho, el romanticismo pueril de Mercedes, el temperamento apasionado
de Clara y hasta la abuela deja caer algo de sus fantasías
reprimidas cuando evoca entusiasmada la figura de Martín
Alonso, el otro abuelo, "brillante y seductor" y "culpable
de todo", "
que era por cierto muy simpático,
muy galante, muy caballero, muy insinuante
¡Ah!, piensa
tú si lo conocería yo, cuando como sabes, Martín
era primo hermano mío!
" (p. 73). Y si esto no
es suficiente, allí queda la conmovedora ingenuidad con
que Abuelita habla de las "coristas" que alborotaron
al abuelo Aguirre; o el amoroso orgullo con que combate el temperamento
rebelde de su nieta. Porque también dentro de ella París
es un lugar mítico poderoso y peligrosísimo, capaz
de perturbar y acabar con una vida: "¡ese París!
¡ah! ¡ese París!
es el sepulcro de todas
nuestras grandes fortunas, y muchas veces, es también el
sepulcro de la felicidad honrada y tranquila" ( p. 77).
Notas
1 La sublimidad del martirio queda así sembrada en la psique
de la muchacha, como una vía bastante torcida por cierto,
para escapar a la precariedad de una vida "común y
corriente".
2 Quiero decir que en este pasaje, por debajo de María
Eugenia como personaje, los complejos de Teresa de la Parra
se entrometen en su estilo, y que a pesar del registro irónico
en que ha situado la voz de Pancho, la materia "tocó"
un punto neurálgico, esa zona donde la vida va en serio
y nadie puede "tomársela" o no en serio. ¿Será
que cuando la escritura toca el infrarrojo del arquetipo no hay
lugar para la ironía y todo se vuelve tremendamente serio?
* Todas las citas de Ifigenia
remiten a la Obra Escogida de Teresa de la Parra. (Prólogo,
notas y edición al cuidado de María Fernanda
Palacios. 2 tomos. México: Fondo de Cultura Económica
/ Caracas: Monte Avila Latinoamericana, 1992. (Se abrevia como
O.E.).
De: "La herencia de María
Eugenia Alonso", 3er capítulo adelantado por Verbigracia
de Mitología de la casa: primera parte del libro
Ifigenia: mitología de la doncella criolla (a ser
publicado por Angria Ediciones en fecha próxima).
María
Fernanda Palacios. Ensayista y poeta