TERESA DE LA PARRA TEJE EN "IFIGENIA" LOS HILOS DEL ALMA CRIOLLA

El sacrificio como forma de poder

Dos caminos distintos: la irresponsabilidad y la severidad, que sin embargo conducen a un mismo punto: "el sacrificio como forma de poder", trazan el mapa de Ifigenia de Teresa de la Parra. Y es allí,
en la confluencia de estos dos opuestos, donde la mirada de María Fernanda Palacios descubre
el alma criolla: "en esa tensión está escrita, como al sesgo, buena parte
de la historia de Venezuela". La prodigalidad del tío Pancho y la rigidez de la Abuelita
de María Eugenia Alonso no son sino un reflejo de "esa guerra civil interminable y soterrada
que no ha dejado de expresarse en bandos y patologías colectivas"


Foto: Archivo
Teresa de la Parra reconoce la "influencia oculta" de la mujer en la historia

Asuntos de familia

Siempre vio en su familia cercana, (…) el
único camino para llegar a la otra familia
lejana, hechizada, sobrenatural.

José Lezama Lima

¿Puedo decir que nos han traicionado? No.
¿Que todos fueron buenos? Tampoco. Pero
allí está una buena voluntad, sin duda,
y sobre todo, el ser así.

César Vallejo

Los Aguirre y los Alonso: sacrificados y hacendosos unos; irresponsables y despilfarradores los otros; rígidos y mezquinos los primeros, "perdidos" y generosos los segundos: dos Venezuelas y ninguna de las dos nos hiela el corazón. La abuela, Pancho y Gregoria, cada uno a su manera: Abuelita con sus apologéticas genealogías, Pancho con su "maledicencia escéptica" y Gregoria con su "crónica escandalosa", le cuentan a María Eugenia el cuento de la historia familiar; y el cuento, por sí solo, es como un bálsamo para sus heridas. No porque el cuento le dé una solución o explicación, sino por su virtud evocadora, impersonal e intemporal.

Cuando María Eugenia se entera de que está "sin nada en el mundo", en seguida agrega: nada que no sea "la protección severa" de Abuelita y el "cariño jovial" del tío Pancho. El asunto es más serio de lo que parece. En primer lugar, porque una vez más, algo -en este caso la protección y el cariño de la familia- surge para suavizarle y ahuyentarle el sentimiento de abandono. Nuevamente, ella pospone -quizá para siempre- la depresión del huérfano. Es decir, pierde otra oportunidad para aceptar su pobreza. Pero, por otra parte, entre la severidad de Abuelita y la prodigalidad de Pancho se tensa todo el conflicto que María Eugenia va a vivir. Y en esa tensión está escrita, como al sesgo, buena parte de la historia de Venezuela: esa guerra civil interminable y soterrada que no ha dejado de expresarse en bandos y patologías colectivas. Como si nuestro destino estuviera condenado a pasar por esas horcas caudinas: tomarse la vida con el "espíritu pródigo y jovial" de los Alonso hasta "botar la fortuna", o bien encastillarla en el rígido anacronismo de los Aguirre. La novela no sólo expresa el antagonismo entre las familias sino algo más importante, el inevitable parecido que hay entre ambas: la decadencia que implica el derroche de los Alonso y la rigidez de los Aguirre. Pero Ifigenia nos da también un atisbo del tipo de conciencia que surge cuando esa tensión se expresa como "protección severa" y "cariño jovial"; es decir, como irresponsabilidad y severidad. Pero, además, esa "cariñosa protección" es el criollísimo matiz sentimental que arropa ambos extremos, disolviendo la oposición. En el alma de María Eugenia, Abuelita y tío Pancho encarnan la guerra soterrada de ese antagonismo solidario.

Después que María Eugenia se entera de que ha perdido su hacienda, tanto Pancho como Abuelita la consuelan, cada uno a su manera, señalándole un camino para aceptar su suerte y encaminar su vida. Pero, como en las viejas alegorías, cada quien le muestra un camino distinto. Es allí donde podemos reconocer claramente la tensión de opuestos que desgarra interiormente a María Eugenia: el complejo familiar que la atrapa, alejándola de su orfandad, para impedirle una salida individual, fuera del círculo familiar. Allí donde Pancho le dice "hazte deseable", Abuelita le replica, "hazte intachable"; allí donde Pancho la enreda en las mallas de la "gentil maledicencia" caraqueña (Eduardo te robó), Abuelita se encarama en el árbol genealógico para transformar el despojo en virtud (Eduardo se sacrificó); allí donde Pancho ironiza, la abuela idealiza, pero en ese contrapunto de escepticismo y devoción no hay disonancias. Ellos no son más que las dos caras de un mismo consejo: hazte irreal o, no llegues a ser tú misma. ¿Será que en Venezuela, donde decimos consejo empieza el complejo? Si Abuelita le recomienda borrarse hasta ser una más en el friso colectivo; Pancho, sin contradecirle sus fantasías independientes, le aconseja algo más turbio: usar su belleza como fuente invisible de poder. En el fondo los dos están hablando de poder y feminidad, del poder inconsciente de lo femenino; porque hazte intachable equivale a decir: seduce con tu nulidad y adquiere valor, prestigio y poder vicariamente, a través del hombre que coloques a tu lado.

Paradójicamente, es Pancho quien, poniendo "cara mística", le recita el credo de Abuelita advirtiéndole que esas "pobres mujeres desconocen su poder". De modo que fue el escéptico y cosmopolita de Pancho quien desplegó ante esa "hija de María" que era todavía María Eugenia, la atractiva y poderosa figura de las mártires: las que "se ofrecen espontáneamente en sacrificio, embriagadas en la voluptuosidad de la sumisión", las que "exaltan su amor con la flagelación, y (…) viven la honda vida interior de los ascetas e idealistas" (p. 98). Y fue así que en el alma virginal de la muchacha se abrió camino el refinamiento de la abnegación, descubriéndole otra forma de superioridad1. Porque a pesar de su intención irónica, las palabras de Pancho sobre el sacrificio de las mujeres suenan magníficas, como si salieran de boca de la abuela, y penetran en María Eugenia allí donde ni la ironía de Pancho ni su propia inteligencia podían llegar2.

¿Será que en este pasaje se le perdió a Teresa el tono escéptico de Pancho? Puede ser que para Pancho esas abnegadas "que ignoran la fuerza de sus atractivos" sean tan sólo unas "pobres víctimas"; pero Teresa de la Parra sí tenía conciencia de cómo su sacrificio era una forma de poder: ese que ella llamó en sus conferencias "influencia oculta" de la mujer en la historia. Pancho es "insensible al fuego magnético de la elocuencia" de Abuelita, y a los discursos "ciceronianos" de María Antonia y a los demagógicos de Leal, y hasta parece vacunado contra la verborrea delirante de Gabriel. No predica ni discute "en serio"; pero, al igual que Abuelita, sí da consejos de prudencia. Y a pesar de "filosofar" puros disparates, desde la otra banda, él también arrima suavemente a María Eugenia al redil. Su escepticismo le ayuda a sobrellevar jovialmente su ruina, sin amargura y con dignidad, "con filosofía", como decimos aquí; pero también es cierto, que tanta jovialidad le impide tocar fondo y caminar con los pies en la tierra. Porque además de escéptico y botarate, es un nostálgico, y todo su afrancesamiento mundano no lo vacunó contra ese anacronismo un poco sentimental, tan propio del venezolano, o en todo caso, del viejo caraqueño de los años veinte:

-¿Ves las ventanas?, ¿las ves todas cerradas? Pues hace apenas diez años, a estas horas, empezaban a abrirse y de cinco a siete, la calle se volvía un jardín lleno de vida interior. Aquello era tradicional, era clásico, era muy pintoresco …sí; la señora aburrida que antes pasaba la tarde entera sentada en la reja para distraerse, y la muchacha enamorada que se ponía a hablar con el novio, y la que se asomaba para que la viera desde lejos el pretendiente que rondaba su casa, ahora ya, se van todas a la función vespertina de los teatros ¡y mientras los cinematógrafos se llenan, la calle se queda desierta!… Mira, mira que pocas van siendo ya las ventanas abiertas… (p. 85).

Este gusto por lo pintoresco y provinciano no parece congruente con este Cioran criollo que afirma, unas líneas más abajo, que la vida no sirve de nada: "-¿De qué sirve?… ¡De nada! … Es la misma tontería siempre repetida; es un rosario sin ton ni son, que rezan maquinalmente los siglos; es un pobre monstruo ciego y torpe, que desconociendo el instinto de conservación se alimenta, devorándose a sí mismo en medio de los más crueles dolores…" (p. 95-96). Sin embargo, no hay contradicción; el escepticismo criollo es así: descreído de todo y nostálgico como una abuela. Es un escepticismo que no toca fondo, un desengaño suave que sortea la depresión con humor, "fastidiando" a los demás, revoloteando como un cigarrón y picando de vez en cuando, sin mayores consecuencias. Su sabiduría podría resumirse en aquel comodísimo "no mires nada al trasluz". Lo cual, viéndolo bien, no es muy distinto de aquel consejo que tanto indignó a María Eugenia: "hazte lo más cero del mundo". A pesar de su filosofía aristocrática y desengañada, uno se pregunta quién vive más de espaldas a la realidad, si él o Abuelita. Cuando Pancho dice "si yo tuviera que volver a nacer te aseguro que después de haber nacido hombre rico, como fui en mi juventud, eligiría ahora nacer mujer bonita" (p. 96), lanza, sin darse cuenta, una aguda observación psicológica: riqueza y belleza, esos dos atributos intercambiables, conforman una independencia de fachada con la cual nuestros hombres con "cancha" y nuestras mujeres de mundo creen liberarse del peso de la existencia. En fin, digo que todo el escepticismo de Pancho no podía desengañar a María Eugenia; al contrario, él la lleva a Los Mecedores para mecer y acunar los sueños románticos de la muchacha proponiéndole un "plan de fuga para un cautivo": conseguirle un novio que "lo tiene todo". Aquí sentimos toda la ironía de Teresa de la Parra: este hombre de mundo, el escéptico, liberal y desprejuiciado de Pancho Alonso se convierte en un "hada madrina" de cuento de hadas. Como la abuela, para él también la única salida es un hombre; sólo que Pancho se lo abrillanta con los visos de un príncipe azul, que rescatará a la pobre cenicienta y vivirán felices para siempre.

Mientras que en la novela el friso de lo femenino se impone con la solemne majestuosidad de un rito funerario, los cuentos del abuelo Alonso, evocados por la abuela, cobran en la imaginación de María Eugenia, visos de opereta:

…me imaginé ahora a mi abuelo y sus dos hijos, puestos de frac, corbata blanca, flor en el ojal y chistera un poco ladeada; es decir, algo así como tres joviales personajes de opereta vienesa, de esos que entran alegremente en algún Tabarin acompañados de Frou-Frous y de Mimíes, que se colocan en fila uno tras otro, con una copa de champagne en la mano, que levantan a compás el mismo pie, mientras cantan en coro, primero hacia la derecha y después hacia la izquierda aquello de: "¡Viva, viva la alegría!" o alguna otra sugestiva canción por el estilo… (p. 74).

Frente a esta simpática e inofensiva cuadrilla que forman Pancho y su padre, a la que podría sumarse el tío Enrique, la oveja negra de los Aguirre, y el "canalla de Galindo", marido de Mercedes; en el ánimo de la muchacha se imponen con una fuerza mucho mayor el imponente coro de vestales, plañideras y heroicas víctimas que van formando las mujeres sumisas. Ellas no necesitan usar la persuasión de los discursos, ni siquiera la del consejo sabio; les basta esa muda elocuencia de los gestos, la coreografía simbólica que van creando sus destinos, en fin, esas conexiones invisibles con que se mueven autónomamente los complejos, burlando las resistencias de la inteligencia y los principios. Así, mientras esta moderna Ifigenia discutía acaloradamente con su abuela y fantaseaba planes de liberación, ya llevaba andado, sin saberlo, buena parte del camino a Aulide.

Foto: Archivo
Teresa de la Parra
en París / 1927

Si nos atenemos al hilado de las imágenes, sin dejarnos llevar demasiado por las aficiones y rechazos que expresan superficialmente los personajes, vemos cómo París no se oponía al mundo provinciano de la Caracas de entonces y que en Ifigenia la lucha no se plantea entre lo atrasado de este fin de mundo y la Europa moderna y cosmopolita. Teresa de la Parra intuyó cómo París representa uno de los polos de este mundo criollo y que es algo tan nuestro como la raíz vasca de los Aguirre o la España de internado y Sagrado Corazón. Caracas o París, vida pueblerina o vida mundana no son más que extremos polares de un mismo complejo, la guerra civil que atraviesa a todas nuestras familias y a nuestra historia toda: los Aguirre o los Alonso. Un vivir que oscila entre la rigidez y la disipación; entre formas petrificadas o formas vaporosas. Pero lo que es aún más singular es la manera cómo en Ifigenia esos dos polos no aparecen separados en figuras planas de una sola cara, sino que en cada personaje el lado inconsciente habla en ellos, sin que se den cuenta, subterráneamente; y habla más fuerte, como portador de destino. Basta con que observemos el fondo nostálgico del escepticismo de Pancho, el romanticismo pueril de Mercedes, el temperamento apasionado de Clara y hasta la abuela deja caer algo de sus fantasías reprimidas cuando evoca entusiasmada la figura de Martín Alonso, el otro abuelo, "brillante y seductor" y "culpable de todo", "…que era por cierto muy simpático, muy galante, muy caballero, muy insinuante… ¡Ah!, piensa tú si lo conocería yo, cuando como sabes, Martín era primo hermano mío!…" (p. 73). Y si esto no es suficiente, allí queda la conmovedora ingenuidad con que Abuelita habla de las "coristas" que alborotaron al abuelo Aguirre; o el amoroso orgullo con que combate el temperamento rebelde de su nieta. Porque también dentro de ella París es un lugar mítico poderoso y peligrosísimo, capaz de perturbar y acabar con una vida: "¡ese París!… ¡ah! ¡ese París!… es el sepulcro de todas nuestras grandes fortunas, y muchas veces, es también el sepulcro de la felicidad honrada y tranquila" ( p. 77).

Notas
1 La sublimidad del martirio queda así sembrada en la psique de la muchacha, como una vía bastante torcida por cierto, para escapar a la precariedad de una vida "común y corriente".
2 Quiero decir que en este pasaje, por debajo de María Eugenia como personaje, los complejos de Teresa de la Parra se entrometen en su estilo, y que a pesar del registro irónico en que ha situado la voz de Pancho, la materia "tocó" un punto neurálgico, esa zona donde la vida va en serio y nadie puede "tomársela" o no en serio. ¿Será que cuando la escritura toca el infrarrojo del arquetipo no hay lugar para la ironía y todo se vuelve tremendamente serio?

* Todas las citas de Ifigenia remiten a la Obra Escogida de Teresa de la Parra. (Prólogo, notas y edición al cuidado de María Fernanda Palacios. 2 tomos. México: Fondo de Cultura Económica / Caracas: Monte Avila Latinoamericana, 1992. (Se abrevia como O.E.).

De: "La herencia de María Eugenia Alonso", 3er capítulo adelantado por Verbigracia de Mitología de la casa: primera parte del libro Ifigenia: mitología de la doncella criolla (a ser publicado por Angria Ediciones en fecha próxima).

María Fernanda Palacios. Ensayista y poeta

N° 14 Aņo IV
Caracas, sábado 06 de enero de 2001
 
 
 
 
 
Libros, Lecturas y Lectores
Esdras Parra
El cuerpo, la memoria, la escritura
(Víctor Bravo)
 
 
 
 

 

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