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Apuntes
Hemingway: la exaltación
de lo implacable
Propenso a los
accidentes desde su infancia, el novelista estadounidense Ernest
Hemingway
pasa la mayor parte de su vida en cama. Así lo destacan algunos
escritos que sobre
él dejasen los norteamericanos John Dos Passos y Gertrude Stein;
testimonios
que Fernando Báez recoge como una suerte de apología que pretende
mostrar ese otro rostro del hombre que incorporase a sus relatos
su "alma en guerra como un símbolo literario"

Foto: Robert
Capa, 1940
Ernest Hemingway
Los
libros de guerra de Ernest Hemingway (1899-1961) son de tal
intensidad y vigor que uno sólo puede imaginar al autor con
una escopeta en la mano, lo que propicia ignorar que la mayor parte
de su vida estuvo en una cama de casa o de hospital convaleciendo
de alguna herida. John Dos Passos (The best times)
dijo, no sin cinismo, que Hemingway podía ser un hombre
muy atlético, pero que nunca había conocido a alguien
tan musculoso que pasara tanto tiempo en la cama. Gertrude Stein,
menos amable, en The autobiography of Alice B. Toklas, escribió
que para ser un amante del boxeo, un deportista consumado, Hemingway
era el ser más frágil del que tenía memoria.
La imagen que tenemos de Ernest Hemingway es la de un norteamericano
de un metro ochenta, de pelo en pecho (a Max Eastman, que
lo puso en duda, le rompió la boca), capaz de boxear casi
contra cualquier contrincante (a lo largo de su vida retó
a todo el que pudo, excepto a James Joyce, por ser ciego,
y a Gertrude Stein, por ser, lamentablemente, mujer), rudo,
aficionado a la tauromaquia, cazador de leones en Africa, tiburones
y atunes en Cuba y Key West, tirador experto, veterano de dos guerras
mundiales y de la Guerra Civil Española, eterno enamorado,
en fin; todo esto, sin embargo, oculta una debilidad indescriptible.
Las leyendas cursis, por lo mismo, en el afán de explicar
sus destrezas, no pueden ofrecer, sin deslices y distracciones imperdonables,
una versión inteligible de ese 2 de julio de 1961, cuando
Hemingway, en Ketchum, Idaho, se apuntó a la cara
y mató a su última presa.
Esa propensión
a los accidentes comenzó en su infancia. Un buen día
fue herido en la nuca por un palo. Una noche de 1918, Hemingway
recogió a un hombre que había sido alcanzado por un
proyectil y al arrastrar el cuerpo fue divisado y ametrallado en
la pierna izquierda. Durante la convalecencia de esta herida conoció
y amó con ingenuidad a una de sus enfermeras, Agnes Hannah
von Kurowsky, a quien años después inmortalizó
en Adiós a las armas. Durante una pelea de boxeo en
París, con Francis Scott Fitzgerald como descuidado
árbitro, recibió un golpe en la macndíbula
que lo dejó mal varias semanas. En 1927 estuvo a punto de
quedar ciego cuando su hijo, Mr. Bumby, le metió un dedo
en un ojo. Sufrió una gran depresión tras enterarse
del suicidio de su padre en 1928 y cayó enfermo. En París,
el tragaluz de un baño le cayó encima, abriéndole
la cabeza. Nueve puntos de sutura pusieron fin a su terror. Anthony
Burguess (Hemingway and his world) cuenta que en Palencia
se desgarró el músculo en la ingle y que un caballo
desbocado lo arrastró en Wyoming por bosques y malezas, causándole
severas heridas en casi toda la piel. De regreso a Billings en 1930,
según Dos Passos, el carro que conducía Hemingway
se volcó y sufrió fracturas múltiples en el
brazo derecho. En una expedición, al intentar disparar a
un tiburón que pretendía comerle un pez espada que
había pescado, erró el tiro y dio en su propia pierna.
En los cuarenta volvió a chocar y quedó con una grave
conmoción cerebral que lo llevó a London Clinic. Un
cartucho de escopeta se le introdujo en el ojo cazando patos cerca
de Venecia en 1949. El 21 de enero de 1954 cayó el aeroplano
donde viajaba y se dislocó el hombro, lo que lo llevó
a pasar un día perdido hasta que lo rescataron junto con
su esposa Mary. Inexplicablemente, tras la vuelta a Butiaba, cogió
otro avión para ir a Entebbe y el aparato cayó y se
incendió, causándole quemaduras y golpes de cierta
gravedad. En el período de reposo, quiso ayudar a apagar
un fuego en unos matorrales y quedó atrapado. Por suerte
salió vivo, pero con quemaduras de segundo grado. A partir
de entonces las enfermedades y dolencias se repitieron en forma
interminable hasta que puso fin a sus depresiones y dolores en 1961.
Este censo heterodoxo
de accidentes, sin embargo, no fue, como puede sospecharse, obra
del azar sino de una elección deliberada. Hemingway,
como Ambrose Bierce, como Antoine Saint-Exupéry,
escogió una vida peligrosa y supo desde el principio los
riesgos que afrontaría. Dos Passos ha insistido en
que sin importar lo que hiciera, Hemingway siempre quiso
ser el más diestro. A la caza de su verdadero objetivo, la
muerte, dedicó horas enteras probando distintos filones del
miedo, lo que, por supuesto, determinó su visión como
escritor. En Una habitación limpia y bien iluminada,
formuló su oración favorita: "Nada nuestro que
estás en la nada, nada es tu nombre, tu reino nada, tú
serás nada en nada como es en nada". Denigraba de todo
escritorzuelo que no hubiera presenciado y admirado la rabia, el
odio, la indignación y la desilusión humana. En una
confesión descarnada, expresó que le encantaría
que a cada escritor lo colgaran por el cuello y lo bajaran únicamente
para que pudiera respirar un poco y escribir un relato; de ser malo,
lo volverían a subir hasta que todo el peso y tensión
transformasen su concepción suministrándole un continuo
detector de porquerías. Quería atrapar esencias vitales,
fijar a la muerte en una imagen fulminante. En uno de sus libros,
el que suelo releer, Fiesta en París, es posible leer
su definición de la escritura:
"De pie,
miraba los tejados de París y pensaba: "No te preocupes.
Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único
que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe
una frase tan verídica como sepas". De modo que al cabo
escribía una frase verídica y a partir de allí
seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque
siempre había una frase verídica que yo sabía
o había observado o había oído decir. En cuanto
me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta
o exhibe, resultaba que aquella labor de filacterio y de voluta
sobraba, y era mejor cortar y poner de cabeza la primera sencilla
frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto
tomé la decisión de escribir un cuento sobre cada
cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente
siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa
".
Lector de Twain,
Tolstoi, Joyce, Dostoievsky, tuvo relaciones difíciles
con la mayor parte de sus colegas y artistas de su tiempo. Tras
años de amistad con Gertrude Stein la calificó
de "homosexual" porque ella criticaba abiertamente sus
relatos. Parodió a Sherwood Anderson para librarse
de un compromiso editorial y para negar las acusaciones veladas
de plagio que éste le lanzaba desde Norteamérica.
En esto, como en otras cosas, fue desagradecido, porque Anderson
tuvo el mérito de ser el primero en publicar sus escritos
y darle apoyo para que durante su viaje a París encontrase
a un grupo de intelectuales selectos. Decía que William
Faulkner era un pobre borracho devorado por Hollywood. Acusó
a Ford Madox Ford, viejo protector y amigo, de ser impotente.
Llamaba "masterpisses" (neologismo ingenioso que
cambia masterpieces, obras maestras, por algo así como pipís
maestros) a los libros de André Malraux. De Wyndham
Lewis, amigo de Ezra Pound, dijo que era repelente y
que en sus ojos "veía los ojos de un violador fracasado".
Llamaba, no sin indiferencia, "comandante" a T.S. Eliot.
Detestaba y amaba a Francis Scott Fitzgerald y no perdió
ocasión para ridiculizarlo en Las nieves del Kilimanjaro
como un pobre escritor acabado que no logró componer la gran
obra que pensaba y que se enamoró de una especie perversa,
los ricos.
Debo reconocer
que Hemingway fue un escritor con altibajos contundentes.
Escribió pésimos cuentos y novelas; asimismo, nos
dejó clásicos inolvidables como Fiesta, Adiós
a las armas, El viejo y el mar, por citar tres magníficas
novelas, y Las nieves del Kilimanjaro, La vida feliz de Francis
Macomber, El río de los dos corazones, por citar tres
relatos poderosos, íntegros, plenos. Lo que sorprende aún
de estos escritos, lo que fascina, es el modo directo en que identifican
el horror interno con el horror del mundo. Hemingway incorporó
su alma en guerra como un símbolo literario y universalizó
de tal modo sus temas que aún podemos leerlo con fascinación.
En 1926, hizo una parodia del estilo de Sherwood Anderson
con The Torrents of Spring, pero es sorprendente que sólo
logró hacer una sátira de su propio estilo posterior.
Cuando recibió
el Nobel de literatura de 1954, no pudo asistir a la entrega. John
C. Cabot, embajador de Estados Unidos en Suecia, leyó un
breve mensaje que resumió todo el ars narrativa del autor:
"Para
el escritor auténtico cada libro debe ser un comienzo donde
intentará de nuevo algo que está más allá
de sus posibilidades. Debe apuntar siempre hacia algo que nunca
se ha alcanzado; algo que otros apuntaron sin acertar. Sólo
entonces, con un poco de suerte, triunfará".
Es curioso que
Hemingway, el hombre que replanteó la idea del escritor
como un ser comprometido con la vida, el mismo que hizo que ser
escritor fuera considerado un oficio duro y peligroso, rechazó
la posibilidad de ser tomado por un escritor. Por lo general, decía,
con tosquedad, que era un cazador nato y su aspecto parecía
confirmarlo. En Tener y no tener, por ejemplo, la esposa
insatisfecha, al no encontrar una injuria lo suficientemente destructiva,
llama "escritor" a su marido. Hemingway, hay que
sospecharlo, tal vez pensaba que una palabra como "escritor"
no era lo suficientemente precisa como para definir lo que él,
en el fondo, fue toda su vida: el más débil, intenso
y austero exaltador de lo implacable.
Fernando
Báez. Ensayista y poeta
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N°
14 Año IV
Caracas, sábado 06 de enero de 2001
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