Libros, Lecturas y Lectores

ESDRAS PARRA

El cuerpo, la memoria, la escritura

En El caminante sobre el mar de nubes (1815), de Carl Friedrich (1774-1840), el hombre frente al paisaje nos muestra la representación de una subjetividad extendida en la exterioridad de la naturaleza; y a la naturaleza penetrada por el enigma de la melancolía de lo subjetivo. Esta pintura, emblemática del Romanticismo, podría ilustrar los poemas de Antigüedad del frío, de Esdras Parra, poesía lejana, sin embargo, de todo romanticismo, y cercana a una búsqueda de la esencialidad del ser y el lenguaje.

Antigüedad del frío es una larga interrogante sobre el ser y el lenguaje, ciertamente -pregunta que es también preocupación central de la filosofía moderna-, pero es también la indagación sobre el enigma de la vida arrebatada por la temporalidad y el destino, por el peso de lo corporal, y una levedad donde la vida se afirma en el esbozo de una utopía.

La vida de Esdras Parra es vida literaria: vida dedicada al misterio de la sensibilidad expresada estéticamente, a la búsqueda de la perfección del lenguaje, al hallazgo del lugar donde, de manera simple y milagrosa, el lenguaje se expresa estéticamente.

Nacida en Santa Cruz de Mora, del estado Mérida, Esdras Parra se dio a conocer en la década del sesenta como narradora, con tres libros que son hoy referencia de la mejor narrativa del país: El insurgente (1967), Por el norte el mar de las Antillas (1968) y Juego limpio (1968). Después de esta irrupción -tres libros en dos años- la narradora hace silencio y Esdras Parra despliega una intensa actividad de traductora, de crítica cinematográfica y, fundamentalmente, de editora, como miembro fundador y coordinadora por varios años de la revista Imagen. En 1993 obtiene el Primer Premio de Poesía de la II Bienal Mariano Picón Salas, con Este suelo secreto, que se publicara en 1995, bajo el sello de Monte Avila, dando a conocer una poeta que, como Palas Atenea, nacía con todas sus armaduras desde el primer verso. Este suelo secreto ha significado un momento estelar en la poesía venezolana del siglo XX: la confluencia de la creación y perfección, en un implacable despojamiento retórico, la conjunción de la vida como transparencia y enigma, la intuición profunda y sorprendente del hallazgo poético. En Antigüedad del frío, como en muchos textos del anterior libro, el verso, lo decíamos, se convierte en la construcción misma del ser, en el doble viaje poético legado por los románticos: viaje a la interioridad, donde la naturaleza se espiritualiza; y canto a la naturaleza, como proyección de la interioridad. De este modo la melancolía y el dolor, el desamparo y las ansias de trascendencia, que constituyen la criba misma de la existencia, se materializan en la naturaleza. De este modo observa el poeta la prolongación del ser en la naturaleza: "…Pero aquí está nuestro destino / en esta arcilla que baja hasta el vertedero / y toda el agua son sus lágrimas". Y dirá en la precisión de un verso: "Oh angustia sumergida en el liquen".

El poemario avanza por dualidades que van alcanzando nudos de fusión como estallidos poéticos. Así la dualidad entre el ser y la naturaleza; así la dualidad entre la gravidez de lo corporal y la levedad propiciada por el poema; así la dualidad del mundo y la escritura. Tres fusiones que son una en los momentos más altos de la poética de Esdras Parra.

Ser y naturaleza se deslindan y se fusionan en un imaginario donde el frío y la nieve, la roca y el desamparo se identifican con el silencio y la oscuridad; y la lluvia y la claridad con la memoria, en una lucha entre fuerzas contrarias donde el poeta asciende en busca de la luz. De este modo dirá: "Yo sólo escucho la luz de los árboles". En la tensión de esta dualidad, el viento y el aire, como la palabra poética, transponen la gravidez en levedad. El poeta percibe la belleza del aire y su transparencia: "Como rueda el aire sin sonido alguno / como se desprende de sus altos perfumes"; y se entra al aire como al verso: "Cómo entrar en el aire ligero impaciente palpitante del mundo". Este paso por el aire es también el paso a la ingravidez de la roca: "¿En qué espesor de roca se hunden mis pies?". Leyendo estos versos la imaginación convoca el cuadro El castillo de los Pirineos, de Magritte, donde la pesadez de la roca contrasta poéticamente con su levedad.

La referencialidad de esta poesía, su tensión entre ser y naturaleza, se desplaza a menudo en un juego estético que deja pistas al lector, hacia una referencialidad pictórica. Así, por ejemplo, en los siguientes versos: "…Entreabro el suelo debajo del mar / tendido como una sábana, y oculto allí mi libro / de frases amargas…", nos remite a un famoso cuadro de Dalí; o ciertas imágenes de la ciudad, nos remiten a las atmósferas oníricas de la ciudad de un Chirico, en un juego de desplazamiento que no cesa de producir hallazgos poéticos.

Una segunda dualidad se articula en esta poesía: la de lo corporal y lo leve. El cuerpo nombrado y representado en esta poesía es el cuerpo de órganos y de huesos que expresa su gravidez en el crujido: "Debes escuchar el crujido de tus huesos". Ese cuerpo de órganos albergue de la violación, el dolor, la degradación, es la materialización del desamparo: "Viajo con los pájaros de mi agonía", lugar de lo oscuro, de la herida, de la desesperación incluso. Despojo del esplendor de la niñez. "Soy la sobreviviente, mis costillas lo saben… / Por orden de mi ensueño de niño"). Sin embargo, frente a esta gravidez, quizás en su seno mismo, se abre la levedad, y la fuerza de la afirmación de la vida ("Me instalo en una estrella para iluminar mi camino frío"), en un desplazamiento de la negación y la derrota hacia la afirmación y la figuración poética de la utopía. Si es posible concebir una línea de paso de un extremo a otro, esta se produce en la metáfora del corazón: a diferencia de los otros órganos (que se diferencian, según María Zambrano, porque producen ruidos) el corazón (que produce sonidos) se convierte en el lugar de la subjetividad y la expresión. Así, "Oh, mar siempre a la defensiva de tu laborioso corazón ardiente y apagado". En la simbólica de esta poesía, es la metáfora del corazón la que determina la levedad de las rocas, es su levedad la que transforma la desesperación en ansias de vida.
El corazón es como la escritura: el horno transmutativo, diría Lezama, donde el ser y la naturaleza, lo corporal y la levedad como afirmación de la vida alcanzan la dimensión precisa del verso, pues "los días y las noches corren sobre esta página".

Todo confluye en un poema que considero el centro del libro y que me permito citar en su totalidad:

"Escribir sobre el silencio o sobre
sus trozos de vacío, pero volver a
la palabra o hacia su desaparición
Volver a la claridad, a la duda,
a una vida sencilla
o a la ardua madurez del hierro
fuera de aquí, anclar en el asombro
esa inocencia del mutismo"

La palabra, más que un lugar, es un borde hacia la desaparición, el vacío o el silencio, hacia uno de los estremecimientos del ser, y la palabra de la vida sencilla, la palabra del decir sobre el mundo. Nueva dualidad: el poeta como el que vive las horas sencillas y el que es capaz de "anclar en el asombro". El ser, atenazado por la pesadez de lo corporal, levantando sin embargo vuelo hacia un ansia de claridad: vuelo que sigue el arco de las formas de trascendencia y de utopía por medio de las cuales la vida se afirma.

Antigüedad del frío nos muestra esa dualidad irreconciliable del ser: la de su corporeidad de órganos, de dolor, de angustia, donde las formas de lo oscuro incuban, y el ansia de levedad es esa apetencia de lo invisible que tiene su primera inflexión en el ritmo del corazón. El ser en el borde de la expresión y la desaparición, del desamparo y la trascendencia, a medio camino entre la profundidad y la altura, entre el pasado, que ya no es, y el futuro, que todavía no es, es como el presente descrito por San Agustín, un ser que tiende permanentemente a no ser. Un ser del extravío, en el ansia "y la necesidad de abordar el alba".

Víctor Bravo. Ensayista

N° 14 Aņo IV
Caracas, sábado 06 de enero de 2001
 
 
 
 
 
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Esdras Parra
El cuerpo, la memoria, la escritura
(Víctor Bravo)
 
 
 
 

 

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