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Tributo
ISAAC
CHOCRON
Una
vida puesta al desnudo
A
finales del año que recién culmina algunas instituciones del país
se unieron para rendir tributo al dramaturgo y novelista que llevado
por su curiosidad logra destacarse en distintos roles. El nombre
de Isaac Chocrón se escucha entre los de los primeros profesores
de la Escuela de Artes de la UCV, así como ligado a diversos cargos
públicos. De su trayectoria da fe Victoria de Stefano con las emotivas
palabras que abrieron este homenaje, y que hoy entrega al lector
***
Isaac Chocrón
seduce al espectador con un humor y una sensibilidad
que le han deparado, tal como señala Victoria de Stefano,
la fidelidad del público: "a su teatro nunca le han
faltado fieles, viejos y nuevos,
que acudan a las salas". Y es que Chocrón dramatiza
la vida familiar, con él mismo en escena, convencido como
está de que es la autenticidad de la propia experiencia lo
que garantiza "el valor comunicacional del arte y más
específicamente
del teatro"

Foto Alejandro van Schermbeek
Isaac Chocrón: dueño de una saludable
postura ética
En
1978 la Escuela de Artes comenzó sus actividades. La apuesta
porque culminara con bien la creación de una escuela dedicada
al estudio sistemático del arte en la Facultad de Humanidades
era justa y deseable y, como ha quedado confirmado con el tiempo,
del todo necesaria, pero el temor de que esa iniciativa no pudiera
sostenerse no estaba del todo descaminado.
La Escuela comenzó
sus cursos en este mismo auditorio de la Facultad de Humanidades;
las secciones, diurnas y nocturnas, pasaban de los ciento veinte
alumnos, los micrófonos enmudecieron días después.
En esas condiciones, la tarea de poner en funcionamiento cinco menciones
se perfilaba de lo más abrumadora. A estos inconvenientes
se sumaban las dificultades de encontrar y cohesionar un equipo
de profesores de las más diversas especialidades. Los profesores
fueron buscados y hallados, los currículos afinados, los
pensa reformados, y como el resultado está a la vista, debemos
concluir que éstos fueron buenos y esforzados maestros. Es
fuerza admitir que no podemos referirnos a esta Escuela sin mencionar
a su primer director, Inocente Palacios. Y si de tributos
se trata, el que más le complacería sería éste
de que sea hoy su nieta María Antonia, egresada de la Escuela,
quien la dirija y persevere en hacerla participar de la vida cultural
más allá de las aulas y del recinto universitario.
Isaac Chocrón
formó parte del primer grupo de profesores, el de los pioneros.
Unía a su prestigio como dramaturgo y novelista, sus títulos
de grado y de postgrado en Ciencias Económicas de las universidades
de Syracuse, Columbia y Manchester, en Inglaterra, además
de su brillante desempeño en importantes cargos públicos
en Relaciones Exteriores, en la Corporación de Fomento y
en el Ministerio de Hacienda. De sus veintiún obras realizadas
hasta el presente, ya tenía en su haber trece, entre ellas
el éxito sin precedentes de Okey, con producciones
en dieciocho países; Asia y el Lejano Oriente, aplaudida
en cinco países; La Revolución, montada en
San Juan de Puerto Rico, Nueva York, Río, Sao Paulo, San
José de Costa Rica, Islas Canarias, Madrid, Ginebra, Londres,
Buenos Aires, Montevideo, México y Trinidad, además
de, sólo para nombrar las más destacadas, El acompañante,
Animales feroces y La máxima felicidad, obras
lo bastante vivas y actuales como para que sigan montándose
dentro y fuera del país, lo que no deja de tener una especial
significación si consideramos que el teatro, por encima de
cualquier otro género artístico y literario, es el
más inmediato exponente de las preocupaciones de una sociedad
y una época, por lo cual muchas piezas, gloriosas en su fecha,
pasado el primer impacto de lo que ponía el dedo sobre las
vicisitudes del momento, han ido perdiendo el filo y con él
el favor del público. No puede ser de otro modo, puesto que
el teatro no es sólo texto y puesta en escena, es también
e inevitablemente público que se renueva constantemente.
Su humor, sus exigencias, los cambios de su sensibilidad son los
que se dan cita para la fidelidad o la posterior indiferencia y
el rechazo. En cuanto a la indiferencia o el rechazo, éste
no ha sido el caso de Chocrón, a su teatro nunca le
han faltado fieles, viejos y nuevos, que acudan a la sala. Asistieron
en su día a la convocatoria de Simón y Clipper,
asistieron puntualmente a la limpia construcción y a los
diálogos modélicos de Escrito y sellado y más
recientemente al juego, con su toque de music-hall, que es
algo que siempre le conviene al desarrollo del drama, como decía
Meyerhold, de los muertos vivos proclamando sus frustraciones
y su rebeldía en Tap dance, y no dejaron de asistir
a la reposición de Animales feroces en 1994, para
descubrir que pasadas tres décadas la empresa de dramatizar
la vida familiar, con él mismo en escena, había pasado
indemne el umbral de los años. En fin de cuentas se trataba
de una pieza que iba más allá de la disidencia en
el seno de un drama familiar. Los desgarramientos entre la Venezuela
rural y autoritaria y los cambios que se estaban gestando cumplían
una función mayor que la de telón de fondo.
Y si el público
le ha sido fiel, lo ha sido en la misma medida en que él
ha sabido con abrasiva y terca lucidez ser fiel a sí mismo,
a sus temas, a su voluntad de imponer una determinada manera de
ver las relaciones humanas y revertirlas en acciones y personajes.
Por otra parte, si muchas de su obras reflejan la problemática
interna de los "alacranes" familiares, como los designa
Octavio Paz, esto se debe a su convicción de que tanto
el teatro como la literatura están esencialmente ligados
a la vida vivida en el tumulto de los propios pulsos, que sólo
la autenticidad de la propia experiencia puede garantizar el valor
comunicacional del arte y más específicamente del
teatro, siendo como éste es vida puesta al desnudo. De tal
modo que la exhortación teresiana expresada por boca de Pepa
en la más poética de sus obras, Alfabeto para analfabetos:
"Hermanas, hermanas, no busquéis por fuera, buscad por
dentro", podríamos reconocerla como el imperativo de
una divisa que ha hecho propia.
Sin embargo,
en beneficio de la complejidad y variedad del teatro chocroniano
no está de más recordar que, aun si la gran mayoría
de sus piezas responden al drama de familia, los temas de su inspiración
no terminan ni empiezan ahí. Okey, Asia y el Lejano Oriente,
La Revolución, esa hermosa meditación sobre el
deslizamiento del tiempo biológico y el tiempo histórico
que es Solimán, incluso Mesopotamia, son obras
cuyo ángulo de incidencia existencial y social es más
amplio que el de los lazos de sangre.
Por otra parte,
Tric-Trac y Alfabeto para analfabetos, concentrando
todo su fulgor imaginativo en la compaginación coral de las
voces y del tema que varía y recomienza con cada nuevo movimiento,
representan verdaderos experimentos formales sustentados en el valor
combinatorio de la palabra y la lengua como elemento magnetizador
de la escena.
Pero volvamos
a nuestro recuento: para esa fecha clave de 1978, además
del conjunto de sus trece obras, que en la actualidad se elevan
a veintiuno y pronto, con Tantas Teresas, serán veintidós,
había escrito, tres de sus cinco novelas, perfectamente autónomas
e independientes con respecto a su obra dramática: Se
ruega no tocar la carne por razones de higiene, Pájaro de
mar por tierra y Rómpase en caso de incendio,
que culminarían en 1981 con el éxito, nada frecuente
en nuestro medio, de las tres ediciones de la premonitoria Cincuenta
vacas gordas, donde a partir del crimen de que es testigo, Mercedes
Alcántara revisa sus cincuenta años de vida y con
ellos la vida del país que se dirige a la crisis. Por otra
parte, ya en una fecha tan temprana como 1979 había recibido
el Premio Nacional de Dramaturgia, dos premios Conac, dos premios
municipales, y algunos tan importantes como el Premio de la Crítica
en un país tan bien situado dentro de la tradición
teatral del continente como Uruguay, por su obra Asia y el Lejano
Oriente.
En el año
67, otra fecha capital en su trayectoria, se había dado a
la tarea de fundar con sus pares José Ignacio Cabrujas,
Román Chalbaud, John Lange y Miriam Dembo, El Nuevo Grupo.
Como su presidente demostró, además de las virtudes
de disciplina y trabajo que le son consustanciales, y que requieren
una gran serenidad de espíritu, una peculiar habilidad para
las cosas prácticas. Algo que no estamos acostumbrados a
ver armonizado con el temperamento del artista. Jean-Louis Barrault
decía que para hacer el teatro que se quería era esencial
llevar bien las cuentas, que sólo una buena administración
podía permitirse actos de vanguardia.
No hay apenas
que decir que fue ésta una de las profesiones de fe culturales
más apasionadas de la gran década de los sesenta-
setenta. El Nuevo Grupo se convirtió no sólo en centro
de gravedad de la modernización y florecimiento del teatro
profesional en Venezuela, sino que, además, desde la fecha
de su fundación hasta bien entrados los ochenta, se constituyó
en laboratorio y escuela de formación para todos los implicados
en el hecho escénico: directores, autores, actores, decoradores,
técnicos, artesanos, productores, críticos, tanto
como para dividir la historia del teatro venezolano en antes y después
de El Nuevo Grupo, tanto como para que los amantes del teatro en
Venezuela hayan contraído una profunda y duradera deuda de
gratitud con todos ellos.
Así,
pues, en el 78, con una vida pública y una reputación
ya forjada como dramaturgo, novelista, ensayista, crítico,
agente de la cultura, conferencista, columnista de diarios, Isaac
Chocrón empezó con la energía y el optimismo
que siempre lo han caracterizado, y que han terminado por convertirse
en una saludable e incorregible postura ética, una nueva
vida, esta vez como profesor universitario. Una nueva y segunda
vida, inspirada en su inquebrantable vocación de ayudar a
la promoción del saber, porque necesidad, a menos que hablemos
de alguna necesidad más interior, como la de liberar la fuerza
expansiva de un don que guardaba, y que ya había comenzado
a ejercitar en la Escuela Nacional de Teatro, no la tenía,
estando como estaba en la cima de su carrera.
A él
le correspondió la responsabilidad de crear y vertebrar,
que es a mi modo de ver un término más adecuado que
coordinarlo, el departamento de Artes Escénicas, a él
le tocó reclutar a los profesores: José Ignacio
Cabrujas, Ugo Ulive y Enrique Porte, traídos de
El Nuevo Grupo, Leonardo Azparren de Cancillería,
Orlando Rodríguez, Nicolás Curiel, incluso
a mí, que venía de la Escuela de Filosofía.
Fue gracias a su arte de la persuasión como tuve que hacer
a un lado el miedo y dar el salto hacia una vía distinta
e insospechada, una vía correctora de mis experiencias anteriores
en materias tan teóricas y abstractas como la Estética,
una vía que, por lo demás, dándole comienzo
a una amistad de años, me enriquecería como escritora
tanto como persona.
Me parece que
el haber tomado la decisión de dedicarse a la enseñanza
debió responder a la tentación y desafío de
estar a la altura de sus capacidades, tanto como a la posibilidad
de establecer ese diálogo ideal que entraña toda relación
pedagógica. Pero aparte de eso, significó un acto
de profunda generosidad en interés de aquellos que irían,
y de hecho han ido, a constituirse en las generaciones de relevo.
Bastaría a confirmar esta aseveración el que muchos
de los jóvenes que se preocupó en formar y acompañar
a lo largo de la carrera y en la maestría son ahora profesores
del departamento de Artes Escénicas. Y no son sólo
profesores, son también autores, directores, críticos,
actores. Gente de teatro completa, según la lección
aprendida del maestro. ¿Cuántos estudiantes no se
iniciaron en El Nuevo Grupo o, más tarde, en la Compañía
Nacional de Teatro y en el Teresa Carreño, como regidores,
asistentes del director, di-rectores, productores, actores? ¿Cuántos
de ellos no tuvieron la oportunidad de trabajar hombro con hombro
con lo mejor del teatro venezolano? La mención Artes Escénicas
no hubiera sido lo que llegó a ser si los estudiantes no
hubieran gozado del privilegio de esa preparación y entrenamiento.
Y si digo generosidad
es porque enseñar es ni más ni menos que eso, un acto
de generosidad, desde el momento que representa el deseo de extender
una mano en la adquisición de experiencia y conocimientos.
Pero, lo sabemos, el deseo sin la posesión de las dotes pedagógicas
no es suficiente. Esas dotes estaban ahí: mucho ángel,
dinamismo, pasión, disfrute de la felicidad de agotar por
sí misma una tarea, rapidez en los reflejos de comunicación,
la conciencia despierta de quien sabe que enseñar es sobre
todo aprender.
Los veinte
años de su vida transcurridos dando clases, podemos estar
seguros de que Isaac Chocrón los ha disfrutado plenamente,
no pudo haber sido sino así desde el momento que jamás
fueron un estorbo para encerrarse en la intimidad ceremonial de
su habitación a continuar su obra. Sus alumnos los disfrutaron
a la par que los aprovecharon. Aprovecharon su vasta formación
en Shakespeare, teatro clásico, teatro moderno, teatro
contemporáneo, teatro norteamericano. Aprovecharon sus conocimientos
tanto como el ejemplo de una vida intensamente vivida de autor y
hombre de escena.
Sólo
me resta, en mi nombre y en el de los aquí presentes, darles
las gracias a él por su integridad y altruismo y a la Universidad
por haber sabido rendirle este tributo de admiración.
Victoria
de Stefano. Narradora y ensayista
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