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Apuntes
NOTAS
AL LIBRO DE DANTE (I)
Caminando
alrededor de la Commedia
La Commedia
de Dante vive a la par del hombre, su espacio es recorrido
una y otra vez, especialmente por los poetas. Y es que -tal como
apunta César Seco- este libro "atrapa y subyuga a quien
se hace su lector". Lo hizo con Mandelstam, quien "lo
leía cuando caminaba en la celda a la que fuera reducido",
y lo hace con él
-con Seco-, quien pareciera encontrar entre sus líneas la
voz Divina: en cualquier
parte que lo lea, siempre será "ese lugar donde el hombre
escucha a Dios"

Domenico di Michelino. Dante y su poema. Florencia, Duomo
a
Gonzalo Ramírez y Antonio Trujillo
1. La
oscuridad sólo gobierna cuanto la luz le permite. La Commedia
predijo un tanto de lo que la modernidad se ha apropiado y posteriormente
ha negado -en referencia a voluntad y gracia servidas por la fe.
¿Qué hace vivible a este libro como la vida misma
del hombre? Cuéntese a los poetas entre los que más
han caminado a través de sus páginas. Le ocurrió
así, entre tantos, en el siglo que ya queda a nuestra espalda,
al poeta ruso Ossip Mandelstam, un "exiliado en tierra",
al igual que Dante.
2. ¿Exilio
por fuerza ajena o exilio en sí mismo? ¿Acaso uno
como figuración del otro? Cualquier razonamiento puede ser
una limitante en el posible discernimiento del libro que quiso ocuparse
de la verdad. Sentimos que no debemos dejarnos solos, que preguntando
abrimos paso a una nueva lectura. Sabemos que no pocos por este
lado se han acercado a sus páginas y que sus impresiones
son ya un múltiplo que nos excede. Sólo esperamos
que la lectura se haya cumplido cuando los pies estén firmes
y no desmayen en el intento.
3. El
hombre no ha dejado de dialogar con Dios como supone hoy la virtualidad
confusa. La fe sigue siendo "gran asunto" del hombre,
y es aquí donde aún es meridiano el libro del florentino.
Creo que el poeta pudo dejar en sus suelas la suma de los pasos
cuando lo escribía y los que ha venido dando el libro hasta
hoy, hasta sus lectores, igual que aquellos, son puntuales.
4. Los
pasos que Dante va dando al lado de Virgilio, van
en "redondilla" formando un círculo. ¿Cómo
se intrincan vida y sueño a favor de la absolución?
¿Cómo de suma manera el libro atrapa y subyuga al
que se hace su lector? Mandelstam lo leía cuando caminaba
en la celda a la que fuera reducido por disentir de los bolcheviques.
Mi lectura ocurre ahora entre el autobús y la calle. Allá
y aquí será siempre ese lugar donde el hombre escucha
a Dios o bien, viceversa, donde discurre el diálogo,
la resonancia particular del poema, al que cada cierto tiempo volvemos
en un forcejeo con lo que sólo puede mostrarse magnífico.
5. Todo
aquello que los lectores han testimoniado sobre la experiencia de
leer este libro, aún sigue deparando más lecturas
incluso que el libro original. Borges, o bien Bloom siguiendo
a éste, nos sugiere no dudar que la Commedia poseyera
o no atributos divinos, y que debiera ser leído sólo
por iniciados. Cuestión ideal sería intuir algo más
que la posibilidad de que sea verdad o supuesto. El orgulloso poeta
que Bloom nos presenta en su canon no es propiamente el Dante
de Dante, el que éste, el poeta, pone a andar desde
el canto primero. Por otra parte, el Dante de Borges,
más atractivo, más imaginario, es una invención
sobre la magnífica invención de Dante. Pero
acaso quien ya nos habla de cerca es sólo el enamorado; el
hombre de una época y un lugar determinados. Sólo
ése. Dejemos que el libro se haga en nosotros como estas
notas libres en el cuaderno.
6. El
testimonio de Mandelstam, titulado Conversaciones con
Dante, lo conozco por una edición mexicana que un amigo
me recomendó cuando merodeaba aturdido por la novedad y el
ruido en una feria del libro allá en Mérida. Entonces
tenía un grave apremio: todo lo que me confortaba parecía
venirse abajo. Sentí que en efecto había despertado
la peste a mi alrededor por una falta cometida. Cada vez que he
sentido este apremio, como ahora, el libro de los cantos se me ha
cruzado en el camino. El órgano referencial del que el mismo
está plagado no se puede dejar de lado. Debo tener presentes
sus propios avisos que, como un caracol, me devuelven ya algo de
su secreta resonancia. En este momento siento un vacío, algo
como de incompletud. Algo así, un espasmo. ¿Pudo sentirlo
Dante o Mandelstam cuando, de alguna manera, buscaban
el perdón para sus condenas? ¿Cuánto de la
condena misma es reconocer la falta? -se puede preguntar cualquiera
frente a la puerta que se abre entre las páginas de la Commedia.
7. En
medio de esto buscaba la edición en verso por los predios
de la Colonia Tovar y San Antonio de los Altos y me la encontré
en casa de otro amigo adonde fui a descansar. Hubiera querido la
versión de Angel Crespo, pero en cambio fue la del
Conde de Cheste que no es despreciable y que pareciera conservar
un eco del canto. Si iba a la montaña era por meditar. En
todo caso, salir al paso de mis aprehensiones. Si sabemos que no
hemos sido del todo justos, nos urge no tanto un mea culpa,
sino, sin más aplazo, redimirnos, al menos con nosotros mismos
y que, algún lector, ese que también es Dios, sepa
de esto.
8. ¿A
quién hablamos? ¿A aquel tú al que se dirigía
Eliot en el Prufrock? -se preguntará un lector
avisado. Sí -respondemos- para lo que nos atañe, preferiblemente
a ese tú que nos habla y que localizamos en la conciencia.
Qué es lo que Dante fragua como "tránsito
fiel" si no sólo aquello que nos ocurre cuando purgamos
penas. Estamos a punto de entrar en el Infierno cuando ya
nos aguarda la promesa de el Purgatorio y la, aún
mayor, de ver el Paraíso, esplendente como en el sueño.
Esta vez la lectura pide sólo intimidad, -y qué más:
la fe es sabernos en el recorrido. Punto móvil en el que
autor y lector comparten algo de esto mismo en el libro. ¿Qué
tanto damos de lo que perdemos a diario en esta vida? ¿Cuánto
de verdad queda en el poema? Nuestras gracias y suplicios nunca
son más que los del otro, y la vida se hace de vivirla. Hemos
aprendido en la aceptación que el perdón a los otros
es también para uno mismo. Ahora bien, de lo que nos resentimos,
es de que nos falte fe en determinado momento. En Dante la
fe pudo servir para algo más: la purgación explícita
de la humanidad, denunciando la corrupción moral de la Iglesia,
del Estado y sus congéneres. Hoy el hombre sólo puede
apelar a su fe debilitada entre las opciones seglares y seculares,
el bombardeo de los medios con las ofertas virtuales, o bien, de
manera tan desvirtuada, en las esotéricas prácticas
que ha resultado la New age. En esta puerta del tiempo que
se abre en uno mismo no sobra preguntarse si no hay otra razón
mayor para vivir que la de redimirnos permanentemente, desde uno,
por uno y en servicio de la fe, como se propuso Dante. Como
se propone alguien hacerlo también por cualquier otra vía,
si así cree, ésta lo ha elegido.
César
Seco. Poeta y ensayista
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