JOSEPH
BRODSKY
La mirada perpleja hacia
lo cotidiano
Joseph Brodsky no sólo
se autotradujo al inglés e hizo de Venecia cita obligada
de cada invierno durante veinte años, además de
última morada. El escritor de origen ruso transitó
por cafeterías, casas de empeño, avenidas de este
mundo, según imagen que refiere Gustavo Valle, "para
después sentarse a escribir sus poemas y vaciar allí
lo que ha recogido en sus bolsillos",
de manera de poder decir "'no mar sino Báltico, Caspio,
Egeo', 'no emperador sino Tiberio'
".
Porque el mundo donde el poema de Brodsky se instala es producto
de "un ejercicio
de la nostalgia", pero jamás de una "nostalgia
victimista"

Joseph
Brodsky renunció a la imagen del exiliado víctima
Venecia es, probablemente,
la ciudad más bella del mundo. Lo dicen las agencias de
viaje y lo confirman las toneladas de turistas que precipitan
su progresivo e inevitable hundimiento. Una tiranía estética
se impone al visitante y al habitante venecianos. Recorrer sus
calles es entrar subrepticiamente en la habitación de la
doncella de Occidente. Pudorosamente semihundida, Venecia nos
mete bajo sus faldas y allí, con los ojos cerrados, todos
deseamos ser Antonio Canaletto. Rodeados, abrumados por
tanta belleza, estamos obligados a tomar el camino contrario:
buscar en la disonancia, en las asimetrías, en las banalidades,
un espacio de expresión, una estrategia de arte.
Quizás
por eso Joseph Brodsky pasó sus inviernos en Venecia
durante más de veinte años. Quizás por eso
escribió poemas donde lo bello fue un interrogante, una
sombra, un fantasma enemigo. A pesar de ser un poeta lírico,
y de haber escrito muchas veces bajo el amparo de la rima, sus
poemas están hechos con algo parecido a materiales de residuo.
Al leerlos da la impresión de que el autor es uno de esos
artistas contemporáneos que recorre la ciudad en busca
de desperdicios que luego utilizará para la composición
de sus obras. Yo imagino a Brodsky haciendo ese recorrido
imaginario por las cafeterías, las casas de empeño,
las cacharrerías, los parques industriales, las grandes
avenidas, para después sentarse a escribir sus poemas y
vaciar allí lo que ha recogido en sus bolsillos. El letrero
de Cinzano, el Rolls Royce del Presidente, los escombros
de la calle, las ollas del cocido, los watts de la bombilla,
el sudor de las axilas
Todo conformando un paisaje verosímil
y sobrio, sin las escandalizaciones ni las chaturas de lo cotidiano,
sin pretensiones enumerativas, acumulativas, sin caer en ningún
tipo de inventario. La mesa de trabajo de Joseph Brodsky
está llena de muchas y diversas cosas, y todas ellas, sideralizadas,
conforman un mapa, no un collage. Brodsky no trabaja
con pegamento sino con aguja e hilo: no junta o yuxtapone: integra,
intercambia. Los objetos acuden al poema como a un baile, o mejor,
como a un ágora. Ellos no están para darles uso,
sino para cobrar vida (y otorgarla) en la composición del
texto. Como en un juego de palitos chinos, las palabras y objetos
están aparentemente enlazados por la fuerza del azar pero
conforman una estructura precisa (y al mismo tiempo frágil)
que no admite la separación ni el reordenamiento de sus
partes. Al llamar a las cosas por su nombre, al tutearse con la
realidad, Brodsky ensancha el universo de sus inquietudes
y enriquece las posibilidades asociativas del poema. El huye de
las generalizaciones, pero no porque éstas constituyen
un empobrecimiento del idioma o algo por el estilo, sino porque,
sencillamente, la generalización es falsificación.
Lo general es vago, indeterminado, abstracto. Y Brodsky
odia todo tipo de abstracción. La poesía, la buena
por lo menos, es un pugilato con lo real, y el poeta es su eterno
sparring. Se trata de una estrategia expresiva que incluiría
en su posible decálogo asuntos como: "no mar sino
Báltico, Caspio, Egeo", "no emperador sino Tiberio",
"no bufón, sino Tomasito Percusato".
Este vínculo
con lo material, con lo tangible del mundo, es algo que Brodsky
aprende, principalmente, de la lectura de Wystan Auden.
Brodsky llega a Londres en 1972 procedente de Leningrado,
su ciudad natal, se aloja en casa de Stephen Spender y
conoce rápidamente a Auden, a quien ya había
leído y traducido en Rusia. Con el trato y la lectura de
autores como Auden, pero también como MacNeice
y Spender, Brodsky adquiere libertad en lo referente a
cuestiones formales y se le hace irresistible la "mirada
perpleja" que aquellos poetas dirigían hacia lo cotidiano.
Estas "afinidades" literarias, esta "familia mental"
(Brodsky gustaba llamarlos así) fue admirada por
el ruso desde que cayó en sus manos la antología
Poetry of the Thirties durante su juventud en Leningrado.
Fue este el comienzo de una fuerte relación con el universo
angloparlante, pero también fue el comienzo -a pesar de
la edad que los separaba- de una fuerte y duradera amistad con
Spender y Auden. A los pocos años, Brodsky
tomaría rumbo a EEUU y desde allí desarrollaría
el grueso de su obra, autotraduciéndose o componiendo sus
versos directamente en inglés. Allí publica entre
otros libros: End of the Beautiful Era (Ann Arbor, 1976),
A part of Speech (Ann Arbor, 1977), New Stanzas to Augusta
(Ann Arbor, 1983), To Urania (Ann Arbor, 1987), y Wiew
with a Flood (Dana Point, 1996). Asimismo emprendería
una carrera docente y una obra ensayística escrita con
una prosa casi hablada e inquietantemente lúcida. Antes
de morir, en 1996, pidió que sus cenizas descansaran en
Venecia.
Permítaseme
el silogismo: Venecia es un poema. Venecia se inunda. Luego, el
poema es anfibio. O lo que es lo mismo: la poesía viaja
en góndola. Pero la poesía de Joseph Brodsky
no viaja en góndola. Su medio de transporte se acerca más
al transiberiano, al metro de Moscú, o a los aviones de
PanAm. Incluso habría que preguntarse si viaja o más
bien se aquieta, se afonda. Para seguir con las metáforas
acuáticas: sus poemas no son el cardumen ágil y
sorpresivo sino que se expanden y suspenden como el plancton.
Con esto quiero decir que Brodsky privilegia los espacios
al movimiento, y confía más en la capacidad de articulación
de los objetos y en el mapa matérico que conforman, que
en la capacidad de comunicación humana: "Los asientos
de vuestro comedor y la vía láctea / están
relacionados de modo más estrecho / que los efectos y las
causas / más que vosotros mismos / con vuestros familiares".
Los objetos responden sólo a una lógica imaginaria
de tipo espacial, mientras que los seres humanos respondemos a
un intercambio de máscaras y afectos temporales. Su sola
existencia determina nuestros límites y son ellos los más
inmediatos referentes de lo que llamamos Mundo. Brodsky
está muy consciente de esto y llega a conformar su Mundo
con todo tipo de objetos, incluidas las latas de carne de conserva
marca Swift que repartieron durante la Segunda Guerra Mundial
a los habitantes de Leningrado.
Quizás
Brodsky vea en Venecia un correlato de San Petersburgo
y el río Nevá resucite en el Gran Canal veneciano
gracias a su imaginario nostálgico. Pero la nostalgia de
Brodsky no es -contrario a lo que pueda esperarse- oportunista
ni patética. Siendo una víctima de la intolerancia
doctrinaria soviética, acusado de "parasitismo social"
("No trabaja, sólo escribe poemas", argumentó
el tribunal), condenado a 5 años de trabajos forzados y
obligado a exiliarse para no regresar jamás, Brodsky,
sin embargo, no utiliza esto como alimento a su trabajo y se niega
a construir su vida y su obra desde esa herida. Al renunciar a
la victimización, Brodsky revela una identidad ética
poco común. Por un lado renuncia a los réditos inmediatos
que garantizaría dicha victimización en plena guerra
fría, y por otro lado se entrega al ejercicio de la poesía
con plena libertad, sin las sujeciones de la víctima y
con una desconcertante escala moral donde no existen los vencedores
ni los vencidos, los tiranos ni las víctimas. En su poema
"El busto de Tiberio", Brodsky llega a preguntarle
al César tirano: "¿Quiénes somos nosotros
para ser tus jueces?", y antes había dicho: "Lo
mejor es / no tener nada que ver con la verdad". Desde esta
posición aparentemente indolente, Brodsky practica
no un vaporoso nihilismo ultramoderno sino una impasibilidad que
apunta básicamente hacia sí mismo, hacia una "vergüenza"
del ser, hacia la conciencia de nuestro verdadero tamaño
y, por consiguiente, a la construcción de la humildad y
el agradecimiento como virtudes irremplazables: "No importa
/ que hayas cometido un crimen o seas inocente; / la ley, a fin
de cuentas, es como un tributo". En una carta abierta a Václav
Havel, publicada en 1993, Brodsky le dice al entonces
flamante presidente de la República Checa: "Quizás
ya sea hora de que borremos el término 'comunismo' de la
realidad humana de la Europa del Este, para que de este modo esa
realidad pueda verse como lo que realmente es: un espejo".
Al renunciar a la imagen de la víctima, Brodsky
renuncia también a la imagen del verdugo. Y no porque el
verdugo y la víctima no existan, claro que existen y existieron,
sino porque ambos, inevitablemente enlazados, conforman y practican
una misma pesadilla. Y la idea es despertar de la pesadilla.
Pero la humildad
de Brodsky no sólo es un estrategia ética
que llega a confundirse con una postura política, sino
también el lugar de algo característico de su discurso:
el humor. Un humor, pese a lo que pueda esperarse, benevolente.
No la ironía ácida o el sarcasmo inteligentísimo.
Brodsky se decanta más por una desestabilización
"amable", sin envenenamientos ni zancadillas. Quizás
su blanco más apetecible sea la solemnidad. La solemnidad
entendida no sólo como el arte de los poderosos (o de los
que pretenden serlo), sino también, y sobre todo, como
caricatura estética. El arte es para Brodsky (y
lo repite siempre que puede en sus ensayos) la alternativa ante
el cliché y la repetición. ¿Y qué
es la solemnidad sino la hipertrofia del cliché? La poesía,
lo sabemos, no nos hace mejores o peores, pero sí más
libres, y la libertad es el mejor antídoto frente a cantos
de sirena o discursos, siempre sospechosos, venidos desde el poder.
El humor es, entonces, un ejercicio más del hombre en libertad.
En libertad política, pero sobre todo, en libertad estética.
El humor es para Brodsky como la acción de soltarnos
el cinturón mientras estamos sentados a la mesa. Es decir,
la liberación de obstáculos para la mejor comunicación
de las partes y el incremento de nuestra respiración corporal.
Visto así
el humor sería como una máquina de la libertad productora
de chistes: "Si aquí no fabricaran niños, el
pastor / en su lugar bautizaría coches" (haciendo
alusión al culto al automóvil en EEUU); productora
de analogías brillantes: "Como bolas de un ábaco
empolvado, / los gorriones reposan en los cables"; o productora
de carambolas racionales del tipo: "El verdadero amor / a
la sabiduría no pide ser correspondido". Sin detenerse
en el chiste, el humor pasa a ser el desencadenante de procesos
y articulaciones diversos. Su función, más que provocar
la risa o la sonrisa, es deslastrar el lenguaje, aligerarlo de
encadenamientos previsibles y en consecuencia practicar una escritura
lúdica (o de estrategia lúdica) que intentará,
a fin de cuentas, un acercamiento más fiel a lo real y
a la mirada que lo percibe y lo cuestiona.
Esta mirada
y su estrategia lúdica tendrán en la historia y
la cultura un espacio de contemplación privilegiado. Una
historia y una cultura no sólo recreadas en su oficialidad
sino devueltas a su reverso más inquietante: el de la ficción
que desbaratará su propia constitución marmórea.
Quizás sea Mandelstam su maestro es estos asuntos.
También de origen judío, nacido igualmente en San
Petersburgo y víctima (verdadera víctima) de la
intolerancia soviética, Osip Mandelstam construye
la primera parte de su obra desde un gran amor a Grecia, Roma
y la cristiandad. "Nostálgico de una cultura mundial",
Mandelstam practica un espacio temporal muy parecido al del rito,
donde la rememoración es la plasmación de un paisaje,
y no su memoria. No la reconstrucción de hechos sino los
hechos vistos en su arquitectura múltiple, atemporal. Es
decir, para Mandelstam el mito de Proserpina es la muerte
en Petrópolis y el febril foro de Moscú es una nueva
Pompeya. La poesía de Brodsky se alimenta de todo
esto. Es fama que cada mes de diciembre Brodsky escribía
un poema "navideño": "Todos en Navidad somos
un poco magos /
Cada uno es para sí Rey y camello".
La leyenda despierta de su adormecido papel amarillo; la leyenda
es nuestra porque nosotros somos la leyenda. La fuga a Egipto
es el destierro de Brodsky; el busto de Tiberio es el de
Stalin y San Petersburgo, una vez más, vuelve a ser Venecia.
El astronauta, dice Brodsky, mientras vuela a Orión, deseará
estar más cerca de casa. Se trata, en el fondo, de un ejercicio
de la nostalgia, de una puesta en marcha de los mecanismos afectivos
del destierro, donde los puentes al pasado son necesarios para
conformar el paisaje de lo real y su vivencia poética.
Hablo de un pasado cultural pero también personal, ajeno
y al mismo tiempo íntimo. La poesía de Brodsky intenta
eliminar estas barreras y fundir todo en una sola experiencia.
De ahí que su nostalgia no sea una nostalgia victimista
y su experiencia del destierro se inscriba, por ejemplo, con un
poema epistolar títulado "Ulises a Telémaco":
"el camino que me lleva al hogar / resulta que se alarga
demasiado".
La poesía
de Brodsky goza de una mirada esférica. El mundo
donde el poema se instala es un mundo múltiple pero engranado:
desvinculado y único. Como el cangrejo, los poemas de Brodsky
son sutilmente panópticos, y digo sutilmente porque la
realidad que atrapan no se revela o explicita sino que se sumerge
en su propio universo de significaciones, en sus propios objetos
recopilados y entramados en el texto. Como el cangrejo, los poemas
de Brodsky avanzan dando siempre un paso hacia atrás.
Avanzan hacia Ann Arbor (Michigan) y retroceden hacia el alfabeto
cirílico ruso, ponen un pie en la Academia sueca y el otro
se hace cenizas en una tumba veneciana.
Gustavo
Valle. Poeta y ensayista