Apuntes

NOTAS AL LIBRO DE DANTE (II)

El holocausto general y el propio

En las páginas de la Commedia de Dante se halla escrito el infierno al que todos, de alguna manera, asistimos: el infierno propio, ese que traza nuestra psique. Así lo deja ver César Seco en esta
-su segunda entrega- penetración al espacio del texto que ha cautivado a tantos lectores:
"porque el infierno, en verdad, sólo es un compartimiento de la conciencia", un lugar más
de nuestra confusión, "que va en razón del hombre y no del culto o religión que profesa"



Giotto. Retrato de Dante Alighieri, Museo Nacional (Alinari)


1. Quién duda, en el holocausto general y el propio, que se asiste de alguna manera a esa figuración que se ha tenido como infierno, pero que también ésta puede ser, desde siempre, sólo una idea ilustrada por nuestra psique y que sufraga todos los intentos de la fantasía -cuando no de la necedad, de la cultura cibernética de hoy. En la selva oscura de la vida que suponía Dante, entramos con un pie, buscamos un claro o nos perdemos. Pero siempre, entendemos, el paso hacia afuera debe ser dado primero hacia adentro. En esto nos sumerge el poeta cuando vamos y ya hemos adelantado un trecho por las páginas de la Commedia. Dante pareciera decirnos: o "morimos de propio infierno" o "vivimos la gracia comprensiva de esto". Se refiere él a un distinto viaje, que va en razón del propio hombre y no del culto o religión que profesa éste, porque el infierno, en verdad, sólo es un compartimiento de la conciencia, un lugar más de nuestra confusión y puede estar en cualquier inclinación por libre o sectaria que parezca. Sólo que Dante era devocionario, claro, a su manera.

2. Así, pasamos rápidamente del exordio al desarrollo del poema. "-Mira y pasa…", dice Virgilio en la travesía. Es cuando comenzamos a escuchar nuestros pasos y el recorrido permite el reconocimiento, en el estertor, en el grito o en el silencio de los condenados. La voz es lo primero en que Dante tensa sus cuerdas. Las voces se siguen unas a otras como ahora por las calles. A través de lo escarpado, de las rugosidades de la culpa, por sobre fosos, allanando círculos concéntricos, visitando sacos de dolor y pena: el agua del pecado entre los amantes, el fuego calcinante alrededor. Hacia abajo caminan los cabizbajos en el libro, y aquí, ya, cerca está el olor de la panadería a la que voy. Vislumbramos nuestro propio infierno cuando se nos muestra a los ojos (no lejos de aquí sino aquí mismo) y no sabemos, pero es esto mismo lo que nos hace avanzar.

3. El infierno es una contorsión del alma. Una contorsión de cuando el espíritu se ha tornado preferiblemente a la materia. Dante habla de un aquí y un allá distinguibles, sin separación, sino, más bien, en conjunción. Acaso es cuando erramos en nosotros y contra el otro, y nos negamos la posibilidad de resarcirnos, porque "razonablemente" creemos que es claudicar -me pregunto: ante qué, ante quién. No es necesario averiguarlo para saber que se trata de nosotros mismos-del hombre. Acaso es cuando sentimos que nuestro daimon nos mira de perfil y bajamos la mirada. El rostro nos delata.

4. Esto lo despacha el poeta en esa figuración que es su rechazo: el dibujo de lo insano, la sucia escarcha del mal, el hollín de la ignorancia, la baba cruel de la ira, la virulenta caries de la traición, y el agravio propio del que no atina dónde el hecho y dónde el daño: la crítica-condena del poeta. Punto focal, delicado sí, pero también contradictorio. Dante se erige en juez y su condena a la sociedad, incluso a sí mismo, es el constructo de todo el engranaje que van sumando las incidencias en cada canto. Comenzamos por reconocer que los cantos son una figuración de la realidad; la que le tocó vivir a Dante y, por qué no, también, la que aún seguimos viviendo.

5. El que anda despierta cosas a su paso y ya no podrá verse libre de éstas si no las acepta y las confronta. La vida exige a la realidad una porción mínima de su misterio, acaso la más definitiva. El vivir "como es debido", la imposición, la vive cada quien a su manera. No crea nadie que la elección de su vida es circunstancial. Dios sólo puede seguir siendo Dios cuando tenemos los ojos abiertos.

6. Recuerda la visión de los niños. Niño es siempre el hombre en el camino y debe aprehender en sí lo que afuera se mueve y cobra vida -emoción o distingo, gracia u horror. Los pasos con los que entramos al mundo son siempre titubeantes y se van afirmando en las pisadas diarias. En la cantiga primera Dante dice: "Ese lanzarse contra mí parece, / tiesa la crin, humeando la garganta / tal que hasta el mismo aire se estremece…". Azorado por el horror, por el espanto que sobreviene a su visión inicial -como cuando repugna uno el acto que comete- o bien, se hunde uno en el miedo: "Y una loba después feroz me espanta, / de hambriento aspecto en su exterior magrura…". Sí, una loba es su presentir del infierno. Y también, el nuestro.

7. John Berryman dejó dicho que "lo que uno tenía que saber es quién es el que habla en la Divina Comedia". Aquí es donde Dante nos toma de la mano, como a él mismo lo toma Virgilio. Berryman agregaba que "se trata de un alma perdida en el infierno, condenada específicamente porque trató de comprar la absolución antes de cometer un crimen". ¿Buscaba en todo caso Dante resarcirse sólo de su pena? Sí, pero algo más había: hablarse de cerca escuchando al otro. Un yo donde el no se desvanezca sin comparecer ante sí mismo. Esto es lo que posibilita la lectura que voy haciendo.

8. Una noche regresé intempestivamente a casa y me duché con prontitud. Todo el horror de ver venir abajo lo que me confortaba, una esposa, unos hijos. Ineludible fue entonces reconocer que todo lo había provocado, de que había sido yo quien había despertado la peste y no ese a quien también culpaba. Debía saber a qué atenerme y, de hecho, nada sabía sino dolerme. ¡Una loba sí, una loba enclenque en que me dolía, y que ahora siento espeluznarse nuevamente en esta otra con la que Dante nos hace entrar en el Infierno! Fue estremecedor, sentí que había dado los pasos que nunca debí. Era la pasión y en su hermosura no pude percatarme del daño. Amor transfigurado, amor. Aquí, en la lectura, doy con esto: "Mientras irme sentía al fondo amargo, / miro a uno que al pronto mundo advierto, / tal vez por uso del silencio largo". ¿Sentí esto en aquella incidencia en que hube cometido una acción grave? Conste que nunca como en aquel entonces me sentí arrasado por mis actos y con miedo, temblando por ellos, no quería jamás atribuírmelos.

César Seco. Ensayista y poeta

N° 17 Año IV
Caracas, sábado 27 de enero de 2001
 
 
 
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