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Creación
IGOR
BARRETO SE AFIANZA EN EL PAISAJE Y SUJETA ENTRE SUS MANOS UN ARBOL
LLAMADO "CARAMA"
Libro
trenzado de gritos de ahogados y graves rituales
En los últimos
años, por no decir, si fuese válida la expresión,
"hace tres libros ya" que Igor Barreto lo apuesta todo
por el paisaje:
así el llano y las aguas de Apure impregnan el cuaderno de
viaje que titulara
Crónicas llanas y el eco de la meditación mística
se escucha en Tierranegra.
Con Carama salen a flote no sólo los ahogados, los
suicidas, los caimanes
que pueblan el fondo de los ríos, emerge también la
historia
de San Fernando con una escritura que linda entre el poema narrativo
con tono elegíaco y la crónica, ora real, ora imaginaria

Foto: José Miguel Sanoja
Personajes en calle de San Fernando, 1952
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Mientras
dure el poema
Para Seamus Heaney,
lo que él llama "el sentido de pertenencia a un
lugar", es uno de los rasgos de la buena poesía.
Y este es un rasgo notable, sin duda, en los dos últimos
libros de Igor Barreto: la presencia nítida
del llano apureño, esas tierras bajas donde el mismo
sitio puede ser, según la estación, sabana o
laguna, tierra o agua. Ese paisaje irrumpe con fuerza en Crónicas
llanas, de 1989, en forma de diario de viajes, o en las
ascéticas meditaciones de Tierranegra, del 94.
Este nuevo libro, Carama, a diferencia de aquellos,
que eran colecciones de poemas individuales, de cuyo conjunto
se desprendía la atmósfera de ese mundo, es
un extenso poema narrativo sobre la historia de San Fernando
de Apure, una crónica real e imaginaria, y también
la elegía de una ciudad. Desde un presente árido
y fragmentado, atizado por el sentimiento de desarraigo, se
emprende un viaje hacia el pasado, hacia un paisaje perdido,
hacia un mundo que ya no existe; pero que la memoria y la
imaginación intentan recrear, hacer presente. ¿Y
qué encuentra el viajero? Una trifulca en un bar y
un crimen, un arpa pisoteada. Un suicidio y la carta del suicida.
Un asesinato y la veganza más cruel que el mismo asesinato.
No uno, sino varios naufragios de vapores entre los remolinos,
las aguas encrespadas del río Apure: el Socorro, el
Masparro (¿qué debemos hacer con sus restos?).
Y los náufragos devorados por los caimanes que surgen
de lo profundo. Y los gritos ahogados bajo el agua, que el
río arrastra en su curso. Luego, el viajero, en su
viaje de vuelta, del pasado remoto a uno más reciente,
es testigo del misterioso, grave ritual de las peleas de gallos,
entre los gritos de los apostadores. Súbitamente, un
eclipse lunar confunde todo, y ya no se sabe bien qué
es pasado y qué es presente, quién está
vivo y quién muerto. "Carama" llaman a los
árboles derribados por los ríos, que se entrelazan
y sobresalen en los bajíos del cauce. Así también,
en la narración de estas "historias esenciales",
se trenzan los muertos, los caídos, y forman los nudos
de la trama del libro. Articular en una unidad esas historias,
decantarlas en un poema, supone desentrañar el sentido
de esas muertes. Quizás el paisaje perdido esté
perdido, quizás ese mundo ya no exista, pero aquí,
por obra de una escritura, es real, mientras dura el poema.
"Todo era afinar la voluntad y el oído".
Carmelo
Chillida
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Carama
(fragmento)
Vi a los
otros, y esa luz
en sus ojos cerrados era una costra de serenidad.
¡Virgen de las siete piedras, se quedaron dormidos!
¿Qué se hizo el aguaviento y la palmera doncella
mientras la vida era bañada por un gélido escozor?
Las hojas cayeron
al pie del árbol del "he llegado".
Tan fríos estaban
que casi sentí su color azul en la yema de mis dedos.
Allí quedó el vendedor de biblias
con los ojos nublados como escama de pez;
traía una botella de ron blanco en el bolsillo de su
pantalón,
donde guardaba también unas monedas.
Allí
quedó Antonio José Orasmas
vestido de caqui, de pie
bajo el madroño,
con fusil y charreteras de cincuenta balas
y un cuchillo cacha de venado
y su sombrero
de pluma colombiana de gavilán
colocada en la cinta de la copa.
Y en la barranca más cercana
los pasajeros de un vapor
que extendían sus manos a la orilla
para tomar algunos frutos
se quedaron inmóviles,
suspendidos en una calina entumecida.
Dime luna,
¿qué haces en el cielo?,
tus zarcillos de plata negra
colocan sus rosas
contra mi sudor.
Pasaron
cien, doscientos instantes secándome la boca,
y por última vez
miré la fachada
de la antigua casa de gallos Los Marañones,
en el friso habían pintado un ave
que sostenía en sus patas una copa licorera
y debajo la inscripción
que apenas podía leer:
Brindo por todas las aves.
Yo tenía
un mapa de esta ciudad,
mi corazón de recién llegado
lo fue trazando en el enlucido de las ventanas.
San Fernando,
aquella ciudad pequeña como Martinica.
Hoy, mis
palabras se han excluido.
El paisaje ha desarmado sus piezas
y el árbol y un trozo de río
han vuelto a ser sólo partes.
Hay un punto de llanto,
una mancha blanca
que ha tomado el lugar del todo armónico.
Aquí
estoy entre la utilería de antiguas representaciones.
En las noches, cuando recuerdo a ciegas un lavamanos
suelo beber un tazón de leche
para matar el tedio.
Sólo
el oído trae noticias de tiempos que desconozco,
el oído es mi salvación:
Laguna
de Mateo, campos de La Baisera,
Mata de Santa María, Mata de Sánchez,
Mata de Gutiérrez, cementerio de Cunaguaro,
cerros de Aragualluna, lagunazo del Congrio Solo,
caminos de Las Camazas, caño Las Hormigozas,
ora pro nobis, ora pro nobis
De: Carama, Sociedad
de Amigos del Santo
Sepulcro, San Fernando de Apure, 2000
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