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Libros, Lecturas y Lectores
RICARDO
GIL OTAIZA TRAS LA SOMBRA DE JUAN ANTONIO PEREZ BONALDE
Persistencia
de la soledad
"¿Dónde termina
la ficción y dónde comienza la historia?, o a la inversa, ¿dónde
termina la historia y comienza la ficción?". Estas interrogantes
se abren ante Enrique Plata Ramírez al asumir la lectura de la más
reciente novela de Ricardo Gil Otaiza, Una línea indecisa.
Y es que el autor torna ficción en ella la vida de Juan Antonio
Pérez Bonalde y captura los distintos momentos que consideró pertinentes
para "devolvernos la trágica y solitaria figura de un poeta que
marcó rumbos en la literatura latinoamericana"

Foto: Archivo
Ricardo Gil Otaiza teje y escribe la historia
En
torno de la novela se han escrito muchas cosas. Desde sus orígenes
en cuanto a género, hasta el tratamiento del tema o su narratividad
propiamente. Carlos García Gual nos plantea sus orígenes
con la aparición de obras como Queresa y Calírroe,
de Caritón Afrodisias, de fines del siglo I, e igualmente
la Vida de Alejandro de Macedonia, atribuida a Calístenes,
de comienzos del siglo III.
El interés
por novelar la historia, como podemos apreciar, no es nada reciente.
En Latinoamérica el tema tampoco es novedoso, aunque debemos
deslindar el tratamiento de la historia, en cuanto discurso de hechos
pasados, presente rigurosa y cronológicamente en muchos de
nuestros narradores del Romanticismo, del Costumbrismo y del Criollismo,
por sólo citar algunas nociones literarias; del discurso
que fabula la historia, que la ficcionaliza, que presenta los hechos
como pudieron ser y no como tal fueron. Desde esta última
perspectiva encontramos autores como Miguel Angel Asturias, Alejo
Carpentier, Arturo Uslar Pietri, Augusto Roa Bastos, Gabriel García
Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Francisco
Herrera Luque, y tantos otros cuya lista sería innumerable
y tediosa.
Seymour
Menton, en un estudio que realiza en torno a la novela histórica,
nos habla de una reproducción mimética de un determinado
momento de la historia, en donde se hace difícil reconocer
la verdad histórica, debido a la ficcioanalización
de la misma. Otro estudioso, Fernando Ainsa, se detiene en
la caracterización de la nueva novela, destacando sus rasgos
más apropiados: la presencia de un discurso histórico-crítico,
el cuestionamiento de la legitimidad histórica y la textualidad
del discurso histórico en cuanto a referente, desde una intertextualidad,
con el pastiche, la parodia, lo grotesco, etcétera,
logrando el autor que el discurso cobre una intensa vigencia actual.
Lo anterior
sirve de marco de presentación para acercarnos a la novela
Una línea indecisa (Monte Avila Editores Latinoamericana.
Universidad de Los Andes, 1999), del escritor venezolano Ricardo
Gil Otaiza (Mérida, 1961). Una vez concluida su lectura
nos quedan interrogantes: ¿Dónde termina la ficción
y dónde comienza la historia?, o a la inversa, ¿dónde
termina la historia y comienza la ficción? Las fronteras
entre lo histórico y lo ficcional se funden hasta desaparecer,
y desde ese ámbito difuso que surge se cuenta la vida del
más grande de los poetas venezolanos del siglo XIX: Juan
Antonio Pérez Bonalde.
La obra está
muy bien contada desde la visión de una de las hermanas del
poeta, identificada como Elodia Carolina, la hermana favorita presuntamente
fallecida en el mar Caribe durante un naufragio del barco que la
llevaba hasta Nueva York para encontrarse con el poeta. Decimos
presuntamente, y el juego de la historia y de la ficción
comienza, pues el autor nos hace ver que la muchacha se salvó
de aquel naufragio, y lo hizo para contar la vida de los Pérez
Bonalde, en especial la del poeta. El asma que sufría fue
la atenuante para que el capitán del barco la dejara en reposo
en Puerto Rico, y una vez repuesta continuar el viaje hasta Nueva
York y encontrarse con el poeta que recuerda la tragedia: "Creí
que no te vería más, Elodia Carolina. Al conocer la
noticia del naufragio del barco en el que viajabas sentí
que mi alma retornaba a la oscuridad de su origen" (p. 4).
La ficción aborda entonces el espacio histórico del
poeta para recuperar un origen, un momento: la vida toda de Juan
Antonio Pérez Bonalde, y se logra en ese gran discurrir
de la vieja dama quintañona, en ese gran monólogo
que es toda la novela, en donde historia y ficción se asumen
como portal de entrada a una realidad, vista desde los ojos fantasmáticos
de la mujer, que hacia los años cincuenta del siglo XX habita
en la más profunda de las soledades, en una casa que no le
pertenece, con la aparente y escasa compañía de una
criada negra que al final la abandona o que en realidad no existe,
al ser sólo un fantasma como ella misma.
La obra se abre
desde una rica panoplia expresiva que nos va llevando con parsimonia
al doloroso discurrir vital del poeta, hacia su eterna soledad y
frustración que lo llevan a escribir las mejores poesías
del Romanticismo venezolano e hispanoamericano y asomar características
del Modernismo que vendrá posteriormente. La soledad de Elodia
Carolina, narradora de la obra, se asume como la propia soledad
del poeta; la voz narrativa se desplaza de una al otro, a través
de recuerdos que engarzan momentos del pasado, algunos felices,
los más trágicos, o a través de las cartas
que el poeta le enviara a su hermana, en una confesión amorosa,
casi incestuosa, en donde se manifiesta dolor y esa perenne presencia
de la soledad que lo va aniquilando.
Por momentos
se vive una superposición de planos, desde la mirada del
poeta para describir Nueva York o Europa o Venezuela o cualquier
otro país latinoamericano, o desde la mirada de la narradora,
que nos sitúa alternamente en la Venezuela del siglo XIX,
con sus avatares políticos y en la Venezuela en que aún
vive, decantada, en medio de la dictadura perezjimenista, a la que
intenta en algún momento acercarse para recobrar lo que alguna
vez perteneciera a su familia. Esto viene a configurar una especie
de mundo dialógico, para aproximarnos a Bajtín,
al proyectar distintas interpretaciones de los sucesos, distintos
modos de ver en torno a la vida de Juan Antonio Pérez
Bonalde.
En este tejer
y escribir, leitmotiv al que recurre la narradora para contarnos
el desarrollo de su escritura, la ficción se apropia de la
vida del poeta y la fabula a su antojo, como ella cree pudo ser,
no como lo fue. El tejer y escribir nos hablará, en una intensa
intertextualidad manifiesta desde las cartas del poeta, fechadas
desde 1871, de personajes que, en alguna forma, para bien o para
mal, indicaron un cambio, un rumbo distinto a la vida venezolana
en todos sus órdenes: así por ejemplo se nos habla
de los Monagas, José Antonio Páez, Antonio Guzmán
Blanco, el llamado "Ilustre Americano", el escritor Rufino
Blanco Fombona, el presidente Andrade, Gómez, Pérez
Jiménez, y por supuesto los Pérez Bonalde, y de otros
autores como Stendhal o Balzac o Dumas...
Quizás
la tensión narrativa se centre en las pulsiones amorosas
del poeta, pero no en cualquier amor, sino ese amor incestuoso,
corporal, que siente por su hermana, y que en la obra se ve correspondido.
Ambos se descubren en cuanto hombre y mujer al revelarse sus secretos
íntimos y sus deseos sexuales. Estas pulsiones llevarán
a Elodia Carolina a sostenerse por encima de su edad, de su pasión
nunca correspondida, de su fantasmagoría cabalgada entre
dos siglos para rescatar, en cuanto memoria familiar, la vida del
poeta, dejando entonces la presencia de la eternidad, y lo hará
desde su tejer y escribir aunque por momentos desfallezca, crea
morir de hambre o de sed, cuando ya Teodolinda, la negra criada,
no aparezca a velar por ella, cuando descubra que la vida no es
más que una gran burla: "No me reconozco. Elodia Carolina
no es más que un fantasma de la noche que ha regresado para
cumplir con una vieja promesa (
). La vida no existe, es una
fanfarria burlesca y atractiva" (p. 31). Aquí se nos
sitúa a la mujer, es el fantasma de un tiempo pasado, de
algo que fue y que anda intentando el rescate de algo.
En esa panoplia
discursiva que mencionáramos con anterioridad, notamos la
presencia de la heteroglosia en cuanto multiplicidad de discursos,
el del poeta, el de Elodia, y el de alguna voz que se cuela para
justificar un hecho o un momento, una voz narrativa más oculta,
que en algún instante la tildará de loca, o que le
anuncia que el dictador no la recibirá. La textualidad igualmente
se abre en un inmenso abanico, desde el cual se cuela la ficción,
las cartas fechadas entre 1871 y 1888 dejan ver esa ficcionalidad;
la novela es un cúmulo de detalles, una circularidad histórica
familiar: Elodia Carolina, quien ha muerto antes, ha quedado para
enterrar a los suyos, a los parientes que viajaron a Alemania, a
los padres y a las hermanas que van muriendo lentamente, a la sobrina
Flor, hija del poeta, al poeta mismo, desterrado y olvidado, al
novio que murió en el altar picado por un alacrán,
al hermano casi cura, a todos los Pérez Bonalde. La figura
del hombre se engrandece desde la hermosa visión de la mujer
que ha soñado para él, no la persistencia abrumadora
de la soledad, sino el camino de la gloria y del éxito aún
más allá de la muerte; es decir, que le ha labrado
desde la recuperación de la memoria familiar un lugar en
la eternidad, en la memoria de los hombres, de los venezolanos.
Por ello escribe:
"Yo sigo
hurgando entre mis pertenencias, sigo contando las cosas por miedo
a perderlas, y el riesgo de desaparecer por siempre sin huella alguna.
No me perdonaría haber sido la última de los Pérez
Bonalde, a quien corresponde develar las sombras, dejar la labor
inconclusa, abandonada en el hastío de las horas siempre
iguales y tediosas. ¡Eso nunca! Hasta que mis manos temblorosas
y plagadas de flores de la muerte tengan fuerzas, escribiré
y escribiré, daré lógico orden a los papeles
de la familia y los llevaré hasta alguna casa editorial para
que los distribuya bajo la hermosa forma de libro" (p. 83).
Luego vendrá
el enfrentamiento con los duendes, contra los seres silentes que
vienen en su búsqueda, desde la muerte. El tiempo se ha cumplido
y ella deberá retornar con los suyos. Es ese espacio y ese
momento final en que se halla fuera de sí, en que no encuentra
su imagen, está la casa, mas no ella. Atrás quedó
todo, incluso el manuscrito en que ha contado la vida de su familia,
la vida del más grande de los poetas venezolanos del siglo
XIX.
Volvemos entonces
a las grandes interrogantes: ¿qué se nos ha contado?,
¿la inmensa soledad y el trágico destino del poeta
Juan Antonio Pérez Bonalde? ¿O de la hermana,
Elodia Carolina, y su intento imposible por contarnos las vivencias
del poeta, en la medida en que nos va mostrando su fantasmagoría,
su abrumadora soledad, sus pulsiones, su llanto, su dolor? ¿Acaso
nos ha contado un momento de la larga historia venezolana, esbozado
entre 1859 y 1953; es decir, todo un siglo difuminado en las páginas
que remiten siempre al poeta? El ámbito de la historia surge
aquí desde la ficción, y esto es lo importante, el
autor ha sabido ficcioanalizar los distintos momentos que consideró
pertinentes, para, por medio de cartas y recuerdos, devolvernos
la trágica y solitaria figura de un poeta que marcó
rumbos en la literatura latinoamericana. Quizás la obra no
cuente la verdad de la vida del poeta; eso no es lo interesante,
mas sí es significativo que el autor cuente una verdad, su
verdad de los hechos, y su verdad está plasmada dentro de
los límites de la ficción.
Enrique
Plata Ramírez. Ensayista
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