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SERGIO CHEJFEC HABLA DESDE "BOCA DE LOBO"

De lo que vive en lo oscuro

Embaucador entusiasmado, como lo califica Rafael Castillo Zapata, Sergio Chejfec,
en Boca de lobo, su más reciente novela, arrastra a los lectores -esa "especie preciosa
(…) para quienes las dificultades del acertijo son un aliciente y una bendición"-, a un territorio sembrado de enigmas, donde las cosas y los personajes parecieran "antes conceptos
que presencias". He allí que Castillo Zapata descubre a Delia, la protagonista, envuelta
"por la oscuridad de su mutismo, de su reserva"


Foto: Gisèle Freund
Calle de Newcastle-on-Tyne, Inglaterra, 1936


Si hay una belleza en el mundo […], si algo golpea
la emoción hasta dejarnos sin aliento, si algo confunde
los recuerdos hasta el límite de su propia memoria
impidiéndoles volver a ser tal como eran, ese algo vive
en lo oscuro y muy de cuando en cuando se manifiesta

Sergio Chejfec. Boca de lobo


Si alguna vez se llega a escribir algún tratado sobre los comienzos de relatos como breves, pero fulgurantes, trampas de la mente, Boca de lobo (Buenos Aires, Alfaguara, 2000), de Sergio Chejfec, debería encontrar allí, sin duda, un necesario, propio, merecido lugar. Como ha ocurrido ya en algunos otros de sus libros anteriores (El aire, Los planetas), Chejfec recurre de nuevo aquí a la estratagema del pensamiento paradójico, de la reflexión enigmática, incluso absurda, contradictoria, densamente conjetural, cuando no arbitrariamente especulativa, para enredar a aquella especie preciosa de lectores para quienes las dificultades del acertijo son un aliciente y una bendición.

Todo relato basa su suerte en la elaboración de un enigma, o de sus enigmas, y en el despliegue acompasado, medido, de sus cebos: como un pescador paciente, el narrador lanza el anzuelo, se diría, y espera tranquilo, entonces, a que el lector muerda, o pique. La imagen, no obstante, es apenas aproximada. Más bien, es inexacta. En realidad, el narrador tiene que ser rápido y debe actuar, en cambio, como un francotirador o como un cirujano: el primer gesto debe ser contundente y preciso, debe aturdir al lector para entramparlo, incidir en su imaginación con un certero trazo de bisturí. Entonces, mejor que todo esto aun, el narrador tiene que ser un cazador de cocodrilos que espera la noche propicia para encandilarlos con una linterna. Ese golpe sorpresivo de luz es definitivo, concluyente: el relato se ha jugado ya toda su suerte con ese comienzo fulgurante (una fulguración que puede durar una línea, un párrafo, dos párrafos, a lo sumo una página entera); en su comienzo está su final. Como quería Poe hablando de un poema, el relato se despliega a partir de ese comienzo que es en verdad su destino, la cifra de todo lo que es, lo que ha de ser, apretada en el puñetazo de las primeras parrafadas.

Los textos de Chejfec exigen un lector que se deje provocar por ciertas trampas de la lógica; los más perezosos quizás suelten el libro ante esta primera malla tramada con astucia (la alegría del trampero, la alegría con la que el trampero urde esta tela eficaz, se siente siempre tras los artilugios chejfianos, propios del echador de cuentos nato que goza desplegando sus artes de engaño a quien quiera escucharlo para envolverlo en sus mentiras: en todo echador de cuentos con olfato se esconde un embaucador entusiasmado); pero el que no se amilana y sigue, seguro agarra fondo rápido, y Chejfec sabe arrastrarlo, a partir de ese momento, a donde quiere, aguas adentro, a lo profundo, en el paisaje imaginario que ha tramado.

En Boca de lobo, seguro de su destreza, Chejfec se lanza con la simulación de un discurso filosófico acerca del probable significado antropológico, y hasta ontológico, de la geografía (de los lugares, digamos, y de la experiencia que los hombres pueden tener de ellos, en un instante dado y al través de la memoria): su comparación de la geografía con la temperatura de los cuerpos para explicar la afirmación de que "la geografía no cambia pese al tiempo, pese a nuestros cambios y los cambios que se producen en ella", resulta, de entrada, escandalosamente enigmática, deliberadamente oscura, con mayor razón cuando, de inmediato, se afirma que, no obstante, "aunque no cambie, la geografía es la medida de los cambios". Esta idea, puede decirse, constituye un nervio fundamental del texto, pero en tanto que enigma permanece como la parte más sensible de su edificio; quiero decir, al mismo tiempo como lo más frágil y lo más sustantivo, aquello sin lo cual el relato, a lo mejor, se deshace, se desfleca, pierde su articulada y magnífica tensión. Tan es así que, bajo la sombra de su resolución constantemente pospuesta, el enigma no llega a expandirse, y aunque sólo a medias en verdad, sino hacia las diez últimas páginas del libro, donde el significado de la geografía en la deriva vital de los personajes se revela, al modo sesgado inevitable con que Chejfec ataca sus temas y avaramente los desenvuelve, lujurioso.

Pero si la geografía es un nervio que se impone oscuramente, no es sólo por un rasgo de estilo, por una recurrencia en la factura de los relatos chejfianos; es que el asunto de este relato en especial así lo requería. Más allá del nudo anecdótico donde el tema de la geografía se inscribe (alguien vuelve a un lugar después de cierto tiempo y lo encuentra cambiado), Boca de lobo habla de la belleza de lo oscuro, otra forma de nombrar lo enigmático. Su personaje magnético, Delia, una obrera (que por muchas razones me recordó siempre a la Nadja bretoniana), está envuelto por la oscuridad de su mutismo, de su reserva, de su lúcido empecinamiento amoroso. Si el discurso del relato apela constantemente a las diversas formas de la reticencia (de un decir contenido, de un modo genérico de referencia en que las cualidades particulares desaparecen bajo la imagen de un cierto absoluto, como si las cosas y los personajes fueran antes conceptos que presencias, con lo cual la atmósfera filosófica, teorética casi, o reflexiva, cavilosa hasta el extremo, del relato se acentúa), es porque Delia misma es un misterio. Ella y el narrador se introducen en la oscuridad de una noche emblemática, boca de lobo alegórica omnipresente, donde la vida de los obreros (y la novela podría ser calificada abiertamente de novela fabril) da pie, no sólo para articular una historia de amor que conmueve y asombra, sino para desplegar una suerte de tratado de antropología laboral que sorprende a quien, en medio del laberinto, no espera encontrarse de frente con la realidad del horror económico, filosófica, metafórica, quién sabe si hasta sofísticamente abordado, con incuestionable y convincente brillantez.

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

N° 17 Año IV
Caracas, sábado 27 de enero de 2001
 
 
 
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