Crónica

Llueve sobre Macondo

Como parte del jurado internacional de la VII Edición de los Premios Nacionales de Colombia, el autor de este texto estuvo en Bogotá. Oficiando como cronista, da fe de lo que vio —y escuchó—


La toma militar del Teatro Nacional La Castellana, en Bogotá, presagiaba en efecto, algo más que un rutinario estreno: Lisistrata, se leía en la marquesina, bajo la cual había sido apostada una columna de cazadores en traje de campaña. Afuera a varias manzanas a la redonda, insignias y uniformes de toda talla y pelaje escoltaban y requisaban a transeúntes y moradores, peinando la zona de los intrusos y mirones que esa noche merodeaban la gala montada por el General Bonet.

"Este montaje es nuestro granito de arena para la paz en Colombia", diría Fanny Mickey al finalizar la lectura dramatizada de la obra de Aristófanes. Ramiro Osorio, Ministro de Cultura y autor de la puesta en escena (que la hubo), reforzó lo dicho por la actriz al recibirnos en la entrada de la sala: "el general piensa que esta obra puede ayudarnos a los colombianos a encontrar la paz".

Para la misma fecha, por cierto, guerrilla y voceros de la sociedad civil (así la llaman) también ponían "su granito de arena por la paz", allá en Alemania, mientras que aquí en Colombia, la gente no hablaba de otra cosa que del fracaso de su equipo en Francia, orando porque su técnico también "descanse en paz".

Y allí estaba yo, en la oscuridad de una sala olorosa a perfume de ocasión y a traje de estreno, flanqueado por los otros miembros del jurado de los Premios Nacionales, evento que me había traído a Bogotá en pleno despecho del Mundial.

A mi derecha, Luis Matilla, escritor español recordado en Venezuela por su espectáculo La fiesta de los dragones, montada por Rajatabla en el Parque del Este. A la izquierda, Beatriz Risk, colombiana residente en los Estados Unidos, autora de múltiples estudios sobre el Teatro Latinoamericano y directora del área educativa del Festival Hispánico de Miami; más allá el mexicano David Olguín, un joven autor cuyo grueso currículum teatral contrasta con sus escasos treinta y cinco años. Cerrando la fila, procedente de Honduras, Rafael Murillo, uno de esos creadores sin nacionalidad definida, trashumante colombiano que fungió como subdirector para América Latina y el Caribe en la oficina regional de cultura de la Unesco y quien actualmente trabaja con las comunidades negras e indígenas en Centroamérica.

Sobre el escenario, una docena de atriles anticipan la velada. Bajan las luces y la escena comienza a poblarse de las más monumentales actrices del teatro colombiano, quienes, a buena lid, someterán a sus angustiados maridos a una dieta de desamor hasta tanto no dejen de pelear contra los espartanos.

Previamente, ya el General Bonet ha hecho lo suyo con palabras de bienvenida y agradecimiento "a los distinguidos artistas que con esta obra ponen su granito de arena por la paz en Colombia".

Tres días de deliberaciones serían suficientes para dar con los ganadores en las áreas de antropología, fotografía, historia, literatura (cuento, dramaturgia para adultos y para niños, ensayo, novela, poesía), música (arreglo y composición) y testimonio.

Un total de mil treinta y tres trabajos presentados daban fe de una convocatoria iniciada meses atrás y a la cual estaban respondiendo escritores, investigadores y músicos de todo el país, la mayoría sensibilizados hacia un tema común: la violencia.

Los Premios Nacionales otorgados por el Ministerio de la Cultura de Colombia, son rara avis en el escabroso mapa de la promoción de la actividad creativa y literaria en América Latina. A excepción de Cuba, cuyo esfuerzo integrador con su Casa de las Américas es un hito dentro de la actividad intelectual en nuestros países, el trabajo que adelanta Colombia en materia de estímulos y reconocimientos a sus creadores es sencillamente admirable.

Los niveles organizativos de sus premios nacionales, la jerarquía que oficialmente se le concede como acontecimiento relevante para el país, los montos destinados para cada categoría y, en general, la intención estratégica dentro de un plan de desarrollo cultural para el país, determinan claramente una visión más que optimista de las letras colombianas.

El número, nada despreciable de 52 jurados procedentes de Perú, Canadá, Estados Unidos, Argentina, México, Chile, Honduras, España, Ecuador, Cuba, Venezuela y el propio país anfitrión, permite determinar que el vecino país está produciendo cultura con el soporte de un apoyo institucional envidiable.

Vayan estas líneas para testimoniar nuestro paso por un evento que habla mucho y bien de la gestión que se adelanta desde el recién creado Ministerio de la Cultura, una referencia que bien podría servir de Norte para el tantas veces solicitado despacho de la cultura venezolana.

Mucho se comenta, por cierto, del ánimo de Pastrana por desbancar este logro de los artistas colombianos. Su asesor, García Márquez, al parecer no comulga con la idea de ministeriar la cultura y ya es rumor sabido su conseja al nuevo Presidente.

Lo cierto es que, con o sin Ministerio, las letras colombianas se están moviendo y la cultura levanta las armas de su ingenio para enfrentar los demonios de Macondo.

Si no, pregúntele al General Bonet.

Armando Carías. Dramaturgo, director y actor teatral

 

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