EL MUNDO Y LO INVISIBLE EN LA POESIA DE ANA ENRIQUETA TERAN
Círculos de protección y delicia
Foto: Rafael SalvatoreSi el lenguaje de la comunicación nombra lo ausente para hacer del mundo un horizonte de comprensión e inteligibilidad, el lenguaje de la poesía parece abrirse hacia la posibilidad misma de lo espiritual, para, primero, hacer del mundo una especial intensidad de lo visible (para vivir el mundo "poéticamente"), y, segundo, para hacer de lo invisible la más íntima y profunda experiencia de lo humano. Hay poéticas que nos revelan aquella "especial intensidad", conjurando lo que el poeta José Angel Valente llamara "la usura que ciega nuestros ojos con óxidos oscuros"; hay poéticas que nos sumergen en esta "íntima y profunda experiencia", para hacer del poema, como intuyera Lezama, "una perenne coordenada de irradiaciones", la experiencia de un irreal, el latido de una ausencia; para producir, por arte del poema, y tal como lo señalara Alejandra Pizarnik, desde otro lugar poético, "un agujero en la noche/ súbitamente invadido por un ángel". Revelación del mundo y "sustantivación de lo invisible", según la expresión de Lezama, los dones de la poesía parecen moverse entre estos dos extremos para fundar un ámbito posible de la espiritualidad.
El prodigio de la poesía de Ana Enriqueta Terán se encuentra no en ofrecernos una u otra poética sino en la concurrencia de ambas para hacer del poema, a la vez, una específica experiencia del mundo y una revelación de lo invisible. De allí el recorrido de esta poesía desde una celebración de la materia a las posibilidades poéticas del vuelo. Este recorrido puede pensarse como una biografía del ser en insólitas metamorfosis. Si el verso de José Gorostiza, en la certeza de una metáfora, sintetiza esa metamorfosis, al decir por ejemplo, "peces del aire altísimo/los hombres", haciendo concurrir, en lo instantáneo del verso, agua, tierra y aire, y si aun hace del fuego el principio de esa metamorfosis ("¡Oh inteligencia, soledad en llamas!"), la poesía de Ana Enriqueta Terán nos llama a una incesante resignificación del mundo y el ser, donde la metamorfosis no sólo sea tema de la representación sino también hendidura y herida del lenguaje, imprecisión semántica, dislocación sintáctica, que nos hace atravesar zonas oscuras pero también la palpitante promesa de la floración de la luz.
Resignificación del mundo y el ser
En esta resignificación del mundo y el ser, sólo posible en los calveros del idioma, el poema se levanta en el trazo mismo de la paradoja para nombrar la muerte y lo efímero de la existencia, en el mismo instante en que se produce la celebración de la vida. Y así como "Nadie", al contar su historia ante Nausicaa y el rey de los feacios, se convierte en alguien, en Ulises, así , el yo poético, en la resignificación del mundo por el canto adquiere su afirmación, la de una existencia espiritual extendida como una luz entre las cosas del mundo. De allí el canto a la casa como el lugar del origen, de la infancia, del regreso; de allí la celebración de los oficios como el silencio ritual de "habitar", (pues, según Heidegger, "el habitar es el rasgo fundamental del ser según el cual son los mortales"), de allí el canto de la naturaleza en la magia de las analogías con la interioridad; y de allí, entre todas las metáforas, la de la sangre, como pacto secreto entre la vida y la muerte, como la posibilidad de cantar la vida en la presencia misma de la muerte. De este modo, en versos de incomparable belleza, dirá: "Existo. Me detengo para escuchar mi muerte/ que viene por mi sangre como un hondo latido". La sangre es la fuerza de la genealogía, y el límite cortante de lo efímero; de allí que la existencia pueda colocarse, tal y como lo ha entendido también, por ejemplo, la filosofía de Levinas, no en un "para la muerte", sino en un "más acá de la muerte", donde la afirmación es posible. Así la poetisa: "La soledad me envía mensajeros de llanto,/ los recibo en los mares nocturnos de mi pecho,/ en los hombros del agua que crece hasta mis sienes/ y en el oscuro limo de la entraña y el beso". Esa afirmación por el canto es, lo decíamos, una resignificación del mundo, una privilegiada visión y una privilegiada escucha. En un momento, la poetisa dice: "Todo gime y se calza sus sandalias de llanto,/ mas yo apoyo mis sienes sobre el pecho del mundo/ para sentirme aún doblemente en el canto/ y escuchar el orgánico rumor de lo profundo". En muchos momentos de esta poesía el yo se afirma en los dones del canto. Quisiera ejemplificar una vez más esta posibilidad en la perfección de un soneto: en "A un caballo blanco", soneto que tiene la magia de un mundo de correspondencias que luego se desplegará Señores de la distancia (1988), de Luis Alberto Crespo, la afirmación del caballo es la afirmación del ser que establece sus correspondencias con la interiorización de la naturaleza ("copian mis ojos el paisaje lento/ y un árbol en el fondo gime anclado"), y en esa correspondencia, en esa interiorización, la representación se diluye en "forma" ("los tientos del azul y del morado ") y en canto.
Mensajes de vuelo
Esa conciencia de la resignificación es una conciencia de la escritura ("Se escribe y la escritura desanuda/ madejas de lujosa semejanza"), en la búsqueda de la "sustantivación de lo invisible", para que el canto se asemeje, a la vez, a la oración, esa interpelación a los dioses y al vuelo. Ya en Música con pie de salmo la poetisa había escrito: "La forma/ asida al águila". La poesía de la materia, transfigurándose, se convierte en vuelo para ser "el relato mural que arrastra el viento". En Albatros esta poética del vuelo alcanzará su máxima posibilidad: el albatros no será sólo, como en Baudelaire, el poeta, torpe en el barco y prodigio en el aire del canto, sino la misma poesía, trabada en un íntimo lenguaje, en una íntima e irreductible sintaxis que no suspende la designación sino que designa realidades sorprendentes. Todas las recurrencias e inflexiones de la poética de Ana Enriqueta Terán concurren en este poemario para nuevos estallidos de la belleza. Así por ejemplo, los "muros del viento" que encontramos en otros textos concurren en la perfección del verso: "Aún muros a llenar con mensajes de vuelo al desprevenido corazón". Vuelo, sacralidad y voz convocan la perfección:
Tienen voz. Rayan tormentas con ásperos trazos de sonido.
Envuelven tinieblas y eluden exhalaciones de fuego azul.
Gozan de tempestades como criaturas de linaje sagrado.
Sin embargo fragor de la noche no logra desunirlos.
Vuelan inmersos en círculos de protección y delicia.El linaje sagrado de la poesía de Ana Enriqueta Terán nos regala la visibilidad del mundo, y la manifestación de lo invisible en el cincelaje y vuelo del verso. Verso a verso, el lector avanza por esta poesía, no por círculos infernales sino inmerso en círculos de protección y delicia.
Víctor Bravo. Ensayista
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