Plástica

"ANIMAMIA", UNA MUESTRA DE RETRATOS QUE HABLA ALTO

Los rostros de Pujol con voz propia (y II)

En la Sala Mendoza, hoy clausura la muestra con la cual Adrián Pujol dejó suspendido su extenso —e intenso—trabajo de paisajista para dedicarse a retratar la figura humana, modelo mediante. Todo tipo de personaje pareció interesarle, así, ancianos, niños, abogados, carpinteros, escritores y artistas plásticos tuvieron la paciencia de posar para su ojo atento. Dos de ellos, un poeta y una crítica de arte, aceptan el reto de relatar la experiencia de este encuentro


Reproducción: Rafael Salvatore
Eugenio Montejo reactualizado por Pujol

Uno de los más sugestivos aforismos de G. Ch. Lichtenberg reza literalmente: "La superficie más entretenida de la tierra es, para nosotros, la del rostro humano". Entretenido resulta por lo general aquello que es capaz de distraernos hasta suprimirnos el agobio de las preocupaciones. Ante la presencia de un rostro que nos detenemos a observar, algo bastante significativo nos embarga, ya sea éste conocido o desconocido. El entretenimiento a que se refiere el maestro alemán acaso se deba a que en ese pequeño espacio se condensa, más que en cualquier otro, el registro más sensible del paso del tiempo. Una vez que lo hemos observado, cuando tratamos de volverlo a ver algún instante después, nos damos cuenta de que ya es otro, nunca idéntico al que antes miramos, y así nos ocurre con todos los rostros que encontramos. En cambio, con el propio rostro nuestro llegamos a acostumbrarnos de tal modo que a diario nos vemos sin vernos. Un día, sin embargo, llega el momento en que súbitamente nos percibimos distintos. Algo de pronto nos despierta y hace que nos miremos tal cual nos hemos vuelto. Así lo expresa un breve poema intitulado "Retrato de la poetisa brasileña Cecilia Meireles", al cual pertenecen estos versos:

Yo no tenía este rostro de hoy
tranquilo, triste, flaco
ni estos ojos tan vacíos
ni el labio amargo.

Como poetisa, al fin y al cabo, Meireles se vale de palabras para autorretratarse. No es muy distinto, sin embargo, el propósito de los pintores y escultores al retratarse o retratarnos, por más que sean diferentes los materiales que ellos emplean. En el caso de nuestro amigo el pintor Adrián Pujol, ya se enfrente a un rostro ajeno o al suyo propio, sin duda lo que procura pintar mediante líneas y colores no es tanto una cara en particular, sino el reflejo del tiempo en esa cara, el sentimiento de las horas tal como lo observa en cada persona que se sienta frente a su caballete. Se trata, como antes anotamos, de un mapa que varía de un minuto a otro, que nunca es idéntico a sí mismo, en fin, que por más que lo veamos nos parece siempre más lleno de enigmas. Hemos de dar razón una vez más al agudo Lichtenberg. En muy pocas superficies de la tierra, en verdad, el tiempo, los colores y los ecos del tiempo, se manifiestan con tanta intensidad como en un rostro humano.

Eugenio Montejo. Poeta

 

 


Reproducción: Rafael Salvatore
María Luz Cárdenas de cara al caballete

El ritual ha sido repetido cien veces: inusual dentro de los modelos legitimados en la creación contemporánea —el óleo, el tiempo de pose del modelo, la relación con el pintor, la construcción clásica del rostro, hecho él por pinceladas y color. El ritual del retrato no sigue precisamente alguna "tendencia dominante" dentro del arte actual, pero Pujol tampoco ha obedecido mucho a lo que dicte la tendencia y ello, quizás, le ha permitido centrarse como uno de nuestros más sólidos, convincentes y consistentes pintores, "porque las reglas de la pintura —señala— son las mismas para cualquier género. Cada uno supone tal vez procesos diferentes, pero la base es la misma: pintar". El, que nunca abandonó el ejercicio ni el oficio, recorrió casi todos los palmos del territorio nacional para "reiterar el paisaje al natural", con sus telas bajo el brazo, los colores con la dedicación de reconstruir un territorio a través de la pintura. Ahora ese territorio está prefigurado por la geografía del rostro, por el paisaje de las fisonomías. El esbozo de una posible cartografía convoca a cien habitantes.

He ahí una primera clave para introducirnos en esta nueva serie. Por eso le pregunté por qué pintaba retratos. No tanto por la posible anécdota de los cien rostros allí expuestos —cien vidas que se delatan por entre las miradas—, sino por aquello de lo inusual del rito en una época iconoclasta por vocación, por aquello de la reafirmación de la unidad de la persona a través del retrato en un mundo de fragmentaciones, por su intención deliberada de hacernos sensible la apariencia de otra individualidad diferente a la suya pero construida, proyectada, desde la suya. "Es la misma espontaneidad que busqué en la naturaleza; para eso dejé el estudio y decidí trabajar directamente, y esa misma relación directa la traslado al retrato. Pero cargada de todo lo que está cargada, me voy directo al rostro y, de la misma manera que hacía con el paisaje, lo construyo, lo pienso, lo pinto".

Lo construyo, lo pienso, lo pinto: ¿no es acaso ese el origen de la pintura —vinculado, claro, a la materia, al óleo, a las fuentes sensoriales, pero, también y definitivamente, a la idea, al pensamiento? Cuando planteamos el tema de la pintura, el fanatismo vanguardista inmediatamente acude a su supuesta desaparición y extemporaneidad.

Pero, ¿no está instalado el concepto dentro de la pintura? "No por no haber palabra, responde, no hay concepto en la pintura. El arte conceptual permitió traer palabras donde siempre había habido imágenes, pero siempre había concepto. Lo único que permitió el arte conceptual fue que otro tipo de naturalezas creadoras accedieran a ese mundo que consagraba exclusivamente a los pintores como élite. Lo que pasa es que la pintura es la única posibilidad de no mentir. No interviene más nada, ningún aparato ni proceso que no sea el que tú impongas. Un pincel, pintura y superficie (el lienzo) es la posibilidad de crear en directo, espontáneo, natural. ¿Por qué paisaje o retrato?, porque la idea está implícita. Con esto (el cuadro) yo estoy diciendo algo, manejando un concepto, sólo que no hay palabras. Es otro tipo de texto que el que proviene de la escritura, pero es un texto, una manera de nombrar y de decir". Una manera de nombrar y de decir que, obviamente, crea un vocabulario diferente que se sostiene en gran parte sobre el manejo del color.

He ahí la segunda clave: le pregunté por el color, por esa especie de ritmo alquímico que se iba desatando sobre la paleta. La composición de la paleta es compleja. A diferencia de muchos pintores contemporáneos que parten de la base de dos o tres colores, Adrián concentra todas las posibles combinaciones. "En la paleta y no en la tela", responde, "se resuelve todo". Suprime los contornos precisos, el color sostiene una inapelable prioridad frente al dibujo. El dibujo, entonces, se define por el color, los contornos, las modulaciones, la envoltura espacial del rostro se construye a través de las vibraciones cromáticas. El rostro se aviene a la forma iluminado desde el interior, la luz fluye en él, y, como resultado, tenemos un cuadro sólido, material. Inevitablemente se produce una resonancia con Cézanne: "A medida que se va pintando", señalaba el precursor del arte moderno, "se dibuja, cuanto más se armoniza el color, tanto más se va precisando el dibujo… Cuando el color alcanza su punto de máxima riqueza, la forma encuentra su plenitud". Pero no sólo en esa vocación por el color encontramos resonancias, sino en la autoconciencia de la pintura que este artista expresaba en su relación con el paisaje: "el paisaje", decía, "se piensa dentro de mí. Yo soy su conciencia". Si es así, la pintura se convierte en una de las más hermosas maneras de ejercer la filosofía.

Paisaje, rostro, naturaleza muerta, cualquier género: la pintura sólo es posible cuando se piensa dentro del artista y el artista la devuelve hecha luz: otra manera de construir. Si algo caracteriza a estos retratos es su atmósfera y su luminosidad. Recoger la luz: "Yo no tomo en cuenta la luz del momento, la manera de ver tradicional, sino que, cuando pinto, armo otra cosa, algo personal que he logrado, una acumulación de momentos de luces. No tomo en cuenta la luz del momento, la instantánea, la que puede recoger el fotógrafo, es otra luz. No detengo el momento, construyo la acumulación de instantes que crea otro paisaje con una dosis de verdad, pero con mi manera de verlo". Así lentamente, pose a pose, mientras cada quien presta su cuerpo y su rostro se va creando un/otro rostro, cien rostros, cada uno compuesto por un número infinito de colores. Es un placer extraordinario ver aparecer esos colores, esos rostros construidos, pensados, pintados que cien veces reafirman la imbatible fuerza de la acción pictórica de Adrián Pujol.

María Luz Cárdenas. Crítica de artes plásticas

 

 

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