País Especular

Bolívar solito

Mi padre cantó a Bolívar en unos versos muy retóricos, pero repletos de auténtica admiración por el héroe. Todavía era la Venezuela de Juan Vicente Gómez donde los musiúes buscaban identificación con su nuevo país, y no hallándola en aquel presente de feroz represión dictatorial, se compensaban adorando a las figuras de la Independencia. Con emoción devota, reafirmada, aquella generación de inmigrantes buscó raíces.

Por más que quiera no puedo sentir a Bolívar con la misma ciega pasión. Repensarlo, al escuchar su nombre hasta el hartazgo, en consignas electorales, permite descubrir cómo aquel campeón invicto de nuestra imaginación infantil, siempre victorioso en su caballo blanco, se proyecta bien distinto en la entrañable angustia de nuestra adultez.

Ahora lo comprendo en forma genérica. Un pequeño gran señor, a escala difícilmente humana, con poco sueldo bajo sus menudos pies, y por eso mismo, mucho más heroico en su radical soledad.

Sobre la fija, ya tradicional manipulación del pensamiento bolivariano, tan variada como los turnos políticos, se agrega en estos días, un burdo enfoque populachero, según el cual, como Bolívar era de carne, hueso y barrio, léase, comía, sudaba, fornicaba y pasaba mucho trabajo, fue por lógica un venezolano del montón marginal, que se volvió dios y sus presuntos voceros van por idéntica senda.

Resulta peor este supuesto remedio de la verdadera enfermedad. Porque si es normal que los pueblos inventen sin cesar sus mitos y líderes, ya que sobre ese proceso de fabulación eterna construyen sus culturas nacionales, igualmente cierto es que las revoluciones politiqueras, dispuestas a liquidar toda espontánea fantasía colectiva, acaban pintando un nuevo, interesado retrato particular del héroe. Y en esta ocasión venden un Bolívar de su demagogia, tan o más desvirtuado que el de sus adversarios.

Para entender al Simón humano y su circunstancia hay una opción talmúdica y clásica, sin duda muy irritante para la dirigencia y actuales candidatos. Y consiste en practicar una lectura de doble dimensión. Así, usted lee con cuidado el ideario social, pedagógico, económico y en conjunto, el diseño programático de Bolívar. A medida que lee, va ilustrando cada concepto de hace 180 años, con su respectiva imagen visual, extraida de la moderna Venezuela, la de sus líderes ignorantes y erráticos. Entonces, la vigencia de Bolívar es directamente proporcional a su inconveniencia.

Y es que fue, ciertamente, un venezolano de excepción, criollo idealista, burgués reformista liberal, europeizante hasta la médula, con un poderoso instinto revolucionario pero fóbico de nacionalismos a ultranza, (de allí La Gran Colombia), apto para tomar decisiones oportunas a nivel inmediato, pero desadaptado en su doctrina y estrategia políticas a mediano y largo alcance, debido a la ausencia de recursos humanos, el equipo gerencial que activara su concepción adelantada y previsiva, de construir una civilización republicana en medio de selvas físicas y desiertos mentales.

Sí, Bolívar es un venezolano, un continental, fuera de serie. Para comenzar, poco improvisaba. Sólo cuando fundó el ejército patriota, se impuso trabajar sobre la marcha, con lo que había, por imperiosa necesidad de la hora. Compensó esa difícil improvisación predicando el concepto de gloria moral, entre compulsivos guerreros (¿militantes?) que desconocían esa dimensión ética. Por eso su triunfo militar fue parejo a su fracaso político, el de cualquier otro profeta en su tierra. Hizo la guerra como medio necesario para construir la paz con libertad política, en mitad de un caos mental que sitúa la guerra en el supremo valor autónomo, expresión de la rutinaria violencia venezolana que sólo sabe fundar ruinas sobre el esfuerzo enemigo.

Simón Bolívar estuvo y está solito. Lo siguió un grupo de amigos, en lo personal, porque todo caudillo genera su clan. Lo animó siempre un limpio fervor popular, acrecentado al paso de los años con expresiones genuinas en la plástica y la música sin firmas. Pero en la hora decisiva de las definiciones y de la acción con sustrato ideológico, prevaleció lo venezolano en su más dramática y primitiva realidad. Venció José Antonio Páez, la horda, el populismo del poder bruto, la fuerza por asalto, fascismo, le damos por nombre ahora.

Bolívar… de existir, hoy, aquí, sería lo que en buen criollo se define como bicho raro, un extraño paria, un musiú. En el mejor de los casos, alguien lo distinguiría, compasivamente, llamándolo Don Simón. Pero, siendo fieles a la tradición, sería expulsado del partido, del país, de nuestra memoria.

Qué envidia, por aquella hermosa, vertical, ingenua manera de amar a Bolívar que practicaron nuestros viejos. Es para sentir ahora mucho miedo…

Alicia Freilich. Narradora

 

 

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