INVENTIVO,
INNOVADOR Y HASTA AYER IGNORADO POR LAS EDITORIALES ESPAÑOLAS
Por fin, Piglia
El argentino
Ricardo Piglia ha practicado con pulso firme la narrativa. Ana
Nuño refiere
la importancia de su firma en el álbum de los autores más
innovadores de la segunda mitad del siglo XX, previa advertencia
del "cerco" que contuvo la circulación de sus
libros en España,
"por razones que la razón ignora y el mercado sólo
dicta". Recién el otoño pasado fue levantado
dicho cerco por los sellos Lengua de Trapo y especialmente por
Anagrama que hará circular en los próximos días
un tercer título de Piglia, Respiración artificial,
"con un ligero retraso de veintiún años",
acota Nuño en la introducción
a la conversación que sostuviese con el autor

Fotos: Angela
Bonaties
Para
Ricardo Piglia la literatura es un pequeño laboratorio
Fue
la buena nueva del cierre del 2000: por fin podremos leer al argentino
Ricardo Piglia en España. La editorial Anagrama,
que puso en el mercado a finales de septiembre la novela Plata
quemada y los textos de Formas breves, y Lengua de
Trapo, que ha editado el volumen de relatos Prisión
perpetua, han roto el cerco que mantenía a este escritor,
uno de los más inventivos e innovadores narradores de la
segunda mitad del siglo, alejado de la península, por razones
que la razón ignora y el mercado sólo dicta. Esperando
su gran novela, Respiración artificial, publicada en Buenos
Aires en 1980 y que tendremos en España el privilegio de
leer en febrero, también bajo el sello Anagrama, con un
ligero retraso de veintiún años, Quimera
charla con el escritor argentino.
Ana Nuño:
Podríamos comenzar por esa palabreja que tanto daño
ha hecho, sobre todo en Argentina, en los últimos veinte
años: la "metaliteratura". Tu obra ha padecido
la imposición de esta etiqueta. Pero, visto desde otro
ángulo, ¿hay literatura, al menos en nuestro siglo,
de la que pueda decirse que no es metaliteratura? Y pregunta accesoria:
de ser esto así, ¿podría ser esa la razón
por la que tu obra ha tardado tanto en penetrar en España,
tierra del realismo militante?
Ricardo Piglia: Es probable. Me parece que la expresión
metaliteratura, al menos como se utiliza hoy, no es nada productiva.
Es como metalenguaje, que tampoco sirve para analizar nada. No
hay metalenguaje, como dicen los lógicos. Tampoco existe
la metaliteratura. Pero es un cliché crítico que
ha servido para enfrentar lo que sería una tradición
un poco más compleja de construcción de historias
con una supuesta tradición "minimal" o directa,
que se remonta a Hemingway. Por un lado, ese cliché
o ese estereotipo no es muy productivo, y me parece que esconde
un conflicto más profundo entre lo que yo llamo el neopopulismo
profundamente anti-intelectual de la cultura de masas, y ciertos
escritores que se adaptan, que se someten a esa tentación
antiintelectual que la cultura de masas produce por su propia
dinámica. Hemingway, que era un gran escritor, un
escritor experimental de primera calidad, fue el primero que se
sometió a esa lógica y construyó la imagen,
el ícono más grande de escritor que tiene la cultura
de masas de este siglo, que es el escritor como antiintelectual,
el escritor como cazador de búfalos, como cazador de leones,
como guerrero. Sabemos que detrás de eso se escondía
alguien que estaba absolutamente escindido, de un modo trágico,
por la falsa imagen que él mismo se había construido.
Una imagen que lo llevó al suicidio, porque Hemingway
era mucho más refinado, mucho más complejo que esa
figura que él trataba de construir. Y esa es la figura
que ha terminado por convertirse en dominante. Un escritor que
quiere funcionar bien en la cultura de masas debe presentarse
como un hombre sencillo, como alguien que de ninguna manera pueda
ser asimilado a un intelectual. Así que no me parece que
eso sea algo que surja de la literatura misma.
En oposición
a esto ha aparecido una tradición que ha ido encontrando
cada vez más lugar, me parece, en el marco de la literatura
actual, que ha resistido a esa tentación. En esta tradición
están John Berger, Calvino, Claudio Magris, Borges.
A nadie se le puede ocurrir pensar que John Berger hace
metaliteratura porque escribe ensayos y ha escrito sobre pintura
y porque es un hombre que en sus novelas reflexiona sobre cuestiones
múltiples. El estructuralismo, el postestructuralismo,
la metaliteratura, la minimal
: no me parece que los escritores
nos hagamos cargo de estas recetas. En cambio, sí me parece
que hay un conflicto de fondo que se expresa con estas recetas,
que es esa tentación antiintelectual y neopopulista de
la cultura de masas a la que se someten los escritores, y la resistencia
de la literatura a esa tensión.
-Conflicto
y tensión que también existen en América
Latina, donde hasta una fecha muy reciente tenía vigencia
otra figura del escritor -el ejemplo más reciente es Octavio
Paz- que en realidad es un avatar, en el terreno de la literatura,
de la figura del caudillo.
-Es
interesante el caso de Paz, y podríamos poner otros
ejemplos de autores que trabajan de esa manera. Me parece que
Paz era un gran periodista, un hombre que tenía
una gran capacidad de transmitir y divulgar ideas complejas, que
no sé si entendía bien, pero que era capaz de divulgar
muy bien. Hizo su libro sobre el estructuralismo, hizo su libro
sobre las filosofías orientales, hizo su libro sobre las
filosofías esencialistas de raíz alemana, etcétera.
Y era un hombre que tenía una gran capacidad de hacer circular
ideas complejas y ponerlas al alcance de cualquiera. Esa me parece
la virtud máxima de Paz en su relación con
la cultura contemporánea, y eso es lo que la cultura contemporánea
le reconocía a Paz. Me parece que el tiempo va a
permitir que se aquieten las aguas, después veremos qué
lugar tiene Paz como poeta. Es un poeta respetable, pero
me parece que hay muchos poetas en América Latina que podrían
leerse con más interés que él. De todas maneras,
su figura de poeta, sumada a su capacidad de hacer un periodismo
cultural de primera clase, le dio esa posición relevante.
Borges me parece que tenía un perfil parecido
-¿Qué
lugar y qué función es la del escritor, en este
entramado en el que cada vez tienen más peso las estrategias
de mercado, la cultura de masas y su lógica, para utilizar
el lenguaje de los sesenta?
-Debo decirte, por otro lado, que yo no tengo una posición
apocalíptica, para decirlo con la terminología de
uno que fue capaz de encontrar ahí un espacio personal
de intervención muy firme, como es Eco, que vendría
a ser otro ejemplo de alguien que consiguió integrarse
de una manera muy productiva para su propia figura. Yo no soy
apocalíptico en este sentido. Todos mis amigos son apocalípticos,
digamos [risas], y los apocalípticos son mucho más
divertidos que los integrados, están siempre como indignados,
son por lo tanto bastante apasionados. Pero bueno, no tengo esa
posición. Admiro mucho a ciertos escritores que utilizan
el retiro y la oposición como marca propia, pero tengo
claro que lo que podríamos llamar la función del
escritor debe ser comprendida en dos sentidos. Por un lado, no
es el escritor individual el que puede responder a la pregunta
para qué sirve la literatura, qué función
tiene; es la literatura como práctica la que esperamos
que pueda producir algún efecto en la conciencia, en las
prácticas sociales. Por lo tanto, habría que preguntarse
qué es la literatura y qué tipo de efecto produce
en una sociedad, y no qué puede hacer un escritor individualmente,
porque puede hacer muy poco. Algunos se plantean la pregunta en
términos individuales y tienen una respuesta inmediatamente
escéptica y cínica. De todas maneras, me parece
que el campo de batalla, para hablar en esos términos que
recuerdan los años sesenta, me parece que el punto donde
se produce el enfrentamiento es el lenguaje. El lenguaje es el
campo donde se plantea una posible intervención de la literatura
y los escritores. Los escritores como analistas del lenguaje social,
los escritores que tenemos la experiencia de un trabajo continuo
con los usos de la lengua y con los efectos de la lengua somos,
quizás, quienes podemos, entre otros, tener una percepción
de lo que está sucediendo y de cómo funcionan las
estrategias de convencimiento, las que buscan hacer creíbles
los estereotipos sociales. Y en esto hay una tradición,
desde los primeros trabajos de Orwell sobre el inglés,
no recuerdo el título pero algo así como "La
política y la lengua inglesa", de los años
cuarenta ("Politics and the English Language",
publicado originalmente en Horizon, abril 1946), hasta ciertas
reflexiones de Chomsky, que no casualmente un lingüista
es el gran crítico social actualmente. Me parece que ahí
tenemos un campo de análisis del funcionamiento del lenguaje.
La literatura es un pequeño laboratorio donde esos lenguajes
sociales están puestos en funcionamiento.
-Lo que
me parece realmente notable de Plata quemada es que se
presenta como una novela que aparentemente establece el siguiente
contrato ficcional con el lector: esto es un relato de no-ficción,
a lo Truman Capote, cuando en realidad lo que hace es funcionar
como una maquinaria que subvierte, que muestra el revés
de esta forma, de este género.
-Exactamente. Este fue el proyecto, después tú tomas
un juicio de valor sobre el libro, pero éste fue el proyecto.
Tomar ese modo que ha proliferado mucho después de Capote
y subvertirlo, trabajar con las convenciones de la novela de no-ficción
y hacer una ficción que llegue al límite. Que también
es una manera de hacer ver cómo la literatura puede narrar
una historia haciéndose cargo de ciertas convenciones sociales
establecidas y avanzando en una dirección diferente. Para
volver a la pregunta tuya sobre cuál es el estado actual
de la situación, yo creo que por ese lado la literatura
tiene un camino y los escritores tenemos necesidad de una participación
en el debate público que no esté contaminada por
la figura del opinador político. Uno como ciudadano puede
opinar, en fin, pero no que el escritor, por el hecho de ser una
figura conocida, sea convocado para que opine sobre fenómenos
sociales. Más bien el escritor tendría que opinar
sobre, por ejemplo, cómo queda registrada hoy la cuestión
de los inmigrantes que llegan a España, y te digo esto
porque es lo que he estado leyendo desde que llegué aquí.
Sobre eso
se podría decir algo, sobre cómo se narra, qué
tipos de clichés racistas se utilizan.
-Es
decir, desmontar esas estrategias de lenguaje porque son ellas
las que vehiculan primero y luego cosifican, solidifican comportamientos
de rechazo, en este caso racistas. Fíjate, de alguna manera
me da la impresión de que en este final de siglo, para
hablar con esa jerga, nos enfrentamos con los problemas que diagnosticó
con muchísima lucidez a comienzos de siglo Karl Kraus en
Viena. Su odio a los periodistas tenía esa raíz.
Kraus sostenía que por la perversión del lenguaje
empieza todo.
-Yo tiendo a pensar que el motor último de la trama es
el poder político, lo que llamo el poder político
del Estado, y que me parece, lo digo siempre que puedo, que es
un gran constructor de ficciones, de historias, que el poder no
se puede sostener sólo con la dominación económica,
necesita construir grandes relatos, grandes historias, ficciones
que hacen creíbles determinados tipos de estados de la
sociedad. Me parece que al periodismo no debemos convertirlo en
el chivo expiatorio de esta historia, a veces los periodistas
tratan de establecer alternativas, no son un bloque, hay mejores
periodistas que otros y mejores diarios que otros. También
el periodismo por momentos funciona como un elemento de conflicto,
y si fuera por el poder político, seguramente habría
sólo un periódico. El modelo soviético era
el que todo poder anhela, alguien que dice lo que mandan, lo que
quieren que diga. Ante eso el periodismo puede funcionar como
un espacio de resonancia. Es en el plano cultural donde yo veo
el conflicto, donde me parece que la tendencia dominante es estar
encarnada en esta dirección, y donde hay, digamos, una
demanda que tiende a establecer la noción del hombre común
como modelo de reflexión sobre la cultura.
-Ultima
acotación a propósito del Estado como generador
de ficciones. Roland Barthes decía que, contrariamente
a lo que se piensa, el fascismo no consiste en impedir que la
gente hable, que la gente diga, sino todo lo contrario, que el
fascismo obliga a decir. Claro, obliga a decir una sola cosa,
pero obliga a decir, eso es lo que lo caracteriza.
-Está muy bien eso. Y uno reproduce ese relato como si
fuera propio.
-Has dicho
y repetido hasta la saciedad que la crítica es la forma
moderna de la autobiografía, lo que me lleva a pensar que
el primer moderno, en este sentido, fue Montaigne.
-Sí, es un fundador. Yo quiero sacar la lectura del carácter
absolutamente académico o impersonal de la falsa objetividad.
No que el crítico no funde una verdad mediante una investigación
y un trabajo de legitimidad y de pruebas y de fuentes de lo que
está diciendo, sino que acepte que está implicado.
-Yo te
veo como un escritor nostálgico de una época en
que la literatura funcionaba como hoy funciona el cine. Es decir,
había formas, había géneros más o
menos nítidamente definidos. Pero al mismo tiempo, como
alguien que es consciente de todo lo que ha ganado la literatura
a partir del momento en que la novela, por ejemplo, dejó
de ser un género popular y se independizó, por decirlo
de una manera muy somera, del diktat de la popularidad.
De ahí tu estrategia, que consiste en adoptar una forma
y no tanto subvertirla sino dar a ver cómo funciona y por
qué es una forma. La escritura, básicamente, ¿se
podría decir que es eso, dar a ver la forma misma de la
escritura, la forma misma que hace posible la creación
de mundos?
-No, no es el origen, no se trataría sencillamente de un
hacer ver. Yo creo que la percepción, los instrumentos
de percepción son un elemento importante. Uno ve, uno tiene
una experiencia, pero esa experiencia está filtrada: ese
sería para mí el contenido. La literatura es uno
de los modos, lo que la literatura hace con esa experiencia es
uno de los modos, pero no es el único; por lo tanto, esto
se aplica no solamente a la literatura en el sentido tradicional.
Por ejemplo, yo he dicho algunas cosas en torno a una experiencia,
la del psicoanálisis, que es un ejemplo de un modo de construir
la experiencia. Volviendo a lo que decías, fijate que yo
no he trabajado nunca un género, salvo en casos muy aislados,
en pequeños relatos policiales, pero habitualmente lo que
hago no es escribir novelas policiales o novelas de ciencia ficción,
no hago los géneros, sino que más bien parto
de un género y empiezo a ver qué tipo de tensión
se puede establecer. Ni siquiera con la crítica; escribo
crítica a veces, pero en el centro de mi producción,
la crítica ha sido algo con lo que también he tratado
de establecer conexiones. Ese sería el espacio en el que
yo siento que estoy trabajando desde un principio. Y con respecto
a lo que me preguntabas al principio -por qué ahora, en
España-, yo creo que también porque ha habido otra
generación de escritores, que ahora miro con interés,
como Bolaño o como Vila-Matas, que han creado
un cierto espacio. También en el interior de la literatura
contemporánea, de los que están produciendo ahora
y de los jóvenes que están empezando a escribir,
se manifiestan esas tensiones, aparecen escritores que hacen posibles
relecturas, hacen posibles intervenciones de textos, nuevas genealogías.
También es el caso en América Latina, no olvidemos
que en América Latina escriben Pitol y Monterroso,
aparte de Borges y Bioy Casares. A veces los textos
encuentran un lugar un poco en la lógica de Kafka
y sus precursores. Lo que formulan los contemporáneos está
siempre en reformulación, uno se convierte en contemporáneo
después de una serie de textos, porque hay un espacio que
ha hecho posible que eso suceda. Aquí no importa mi opinión
en relación con mi obra, que, en fin, es una experiencia
absolutamente privada. Pero es cierto que la literatura que más
me interesa y el camino que me interesa más va por ahí.
Yo creo que tiene que ver más con la literatura del futuro
John Berger que ciertos escritores que reproducen la estructura
de la narración clásica, aunque sean quizás
más populares en este momento.
-A propósito
de la tradición que uno se construye y de las lecturas
que uno hace y que uno prefiere, un poco a la manera del Eliot
de Tradition and the Individual Talent, ¿cómo valoras
la tradición -aunque no te sientas afín a ella-
que es la del barroco o neobarroco, la de Lezama, la de
Sarduy?
-No me siento cerca de lo que podemos llamar esa poética,
yo estoy más próximo a poéticas clásicas,
más intelectuales tal vez, como la de Borges, que
viene del barroco y después establece una distancia. Ahora,
admiro muchísimo a esos escritores, admiro muchísimo
a Lezama, admiro a Sarduy. Hay una derivación
de esa tradición en la literatura argentina, en Arturo
Carrera o en Perlongher, pero no me siento cerca desde
el punto de vista de mi propia manera de trabajar. En este caso
me siento más próximo de Eliot, quizás,
de ese tipo de exposición más conceptual.
-Una última
cosa, referida exclusivamente a la tradición argentina.
Tú has conseguido romper la dicotomía, bastante
falsa, que oponía a Borges y a Roberto Arlt.
De alguna manera, has contribuido a que se pueda leer a ambos
simultáneamente.
-Yo creo que podríamos decir que ese ha sido el efecto
más visible o más productivo de mi intervención
crítica. Cuando yo empecé, a mitad de los sesenta,
esa oposición era completamente irreductible. Borges
y Arlt representaban dos tradiciones, dos banderías
políticas, relaciones múltiples, uno con la derecha,
otro con la izquierda; uno era popular y el otro el aristocrático,
uno era cosmopolita y el otro era nacional. Eran como los estandartes,
las banderas de lucha de escuelas. Empezamos a buscar las relaciones
entre ambos y a releerlos desde posiciones diversas. De hecho,
la primera conferencia pública que yo di fue sobre esto,
o sea que eso ha sido para mí siempre la continuidad. Me
parece que el crítico y el escritor se enfrentan a cuestiones
que están ahí, y ese era el asunto sobre el que
había que definirse, para decirlo de algún modo,
en el momento en que yo empecé a publicar. Al mismo tiempo,
el cruce de los dos ha sido siempre una utopía en el Río
de la Plata. Es la utopía de Onetti, la utopía
de Cortázar, manejar esas dos tradiciones simultáneamente.
Ana
Nuño. Poeta y ensayista