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Ensayo
TERESA
DE LA PARRA EXPLORA EL "ROMANTICISMO VIRGINAL" DE VENEZUELA
Mercedes
Galindo, una celestina criolla
La celestina
sui generis que dibujara Teresa de la Parra en su novela
Ifigenia es para María Fernanda Palacios un ejemplo de la
falta de conexión de nuestra cultura con este arquetipo.
Mercedes Galindo, ya calificada de "exótica" y "desarraigada" por
la narradora, carece
"de la astucia, la experiencia y desvergüenza propias de una medianera".
Con ella -apunta Palacios- la autora "consigue explorar otras caras
de la llamada
'indolencia' del alma criolla y su romanticismo virginal"

Gastón. Dibujo
a tinta de Teresa de la Parra, París
Así como Clara
es el fiel escudero y brazo derecho de Abuelita, Pancho, en su empresa
consoladora, tendrá la ayuda de Mercedes Galindo, esa "niña"
mal casada, de más de treinta años, que "le encanta
arreglar matrimonios" y hará las veces de Celestina
entre María Eugenia y su "príncipe fantasma",
Gabriel Olmedo.
Mercedes duplica
en femenino la figura de Pancho: también ella es una romántica
mujer de mundo que botó la fortuna. Pero Mercedes, mujer
al fin y mucho más convencional de lo que se piensa, carece
de ese humor desencantado y disparatero para sobrellevar su suerte.
Y a medida que la novela se adentra en el personaje, éste
se va convirtiendo en un doble de tía Clara, y es otro de
esos espejos temibles en los que la muchacha lee su destino. Si
el de Clara se llama soltería, el de Mercedes se llama "matrimonio",
y los dos son igualmente espantables y terminan en "sacrificio".
Entre uno y otro la única escapatoria posible es la evasión
del cuento de hadas, la irrealidad del amor. En efecto, Mercedes
es una celestina sui generis que dice mucho de la falta de
conexión de la cultura criolla con este arquetipo. Porque
ella se engaña con Gabriel, se identifica con María
Eugenia, confía en el amor y fracasa estrepitosamente en
su papel de casamentera; en fin, tiene los pies tan en el aire como
Pancho. De entrada, se nos dice que es "exótica"
y "desarraigada", dos cosas totalmente ajenas a Celestina.
Pronto veremos también que carece por completo de la astucia,
la experiencia y desvergüenza propias de una medianera.
El personaje
de Mercedes es tan rico y conmovedor como el de Clara. Con ella
Teresa consigue explorar otras caras de la llamada "indolencia"
del alma criolla y su romanticismo virginal. Del encorvado sufrimiento
del cocotero pasamos al altivo y sereno desmayado tropical de la
palmera, ya que Mercedes "ha querido orientalizar su indolencia
criolla" y sustituye el patio y la hamaca por un diván
turco; los helechos y el jazminero por "jardines suspendidos";
y el rosario y la aguja de calar por cigarrillos egipcios. "Semíramis",
como la llamará María Eugenia, vive en un "decorado".
Al igual que Clara, los muebles de Mercedes son "los restos
del naufragio" que simbolizan el París perdido que está
en el fondo de todo hundimiento criollo, ese sueño convertido
en decorado y ese decorado convertido en tumba ante la cual nos
pasamos la vida llorando.
No podemos pasar
por alto que el afrancesamiento de Mercedes es tan criollo como
el escepticismo de Pancho. Basta fijarnos en su habla para reconocer
todo un repertorio de expresiones criollísimas y familiares
que asientan su francés como se asientan nuestras exóticas
orquídeas en el árbol: "Pero ahí estás
muy incómoda, corazón, súbete en el
sofá, recuéstate, ponte a ton aise",
le dice a María Eugenia mientras elogia su "vestidito
negro, tan sencillo, tan seyant
"; la riqueza
le parece algo "muy rasta" y considera que los hombres
todos "
por decentes que parezcan, son muy alabanciosos";
hace un venezolanísimo calembour cuando regaña
a Pancho por empezar "a negrear a todo el mundo"
y para contradecirlo exclama que "¡Nada, nada, nadita
de eso es verdad!"; y hasta sabe ponerse furiosa
una cosa que "descompone tanto", tan "fúrica"
como cualquier venezolana1.
Cuando Mercedes
peina, maquilla y seduce a María Eugenia, preparándola
para el encuentro amoroso, sus palabras no encienden en ella sentimientos
de pasión ni perturban su naturaleza virginal con el fuego
del deseo; al contrario, "las palabras de Mercedes me habían
ido tejiendo en la garganta una especie de nudo embriagador,
y era una embriaguez divina que me hacía desdeñar
el cigarro, las pastas, el té y todas las maravillas del
mundo que hubieran venido a ofrecerme". Extraña servidora
de Afrodita ésta, que embriaga haciendo nudos en la garganta,
muy parecidos a los que luego, en la hacienda de San Nicolás,
la muchacha sentirá cuando se identifica con una rama de
acacia presa por los bejucos de una bellísima2. Basta fijarse
un poco en las palabras para ver cómo Mercedes está
unida a esa telaraña o enredadera del ensueño, a las
fantasías románticas y a una palabra peligrosísima,
felicidad: "
lo peor es que no soy una escéptica,
no, yo creo que la felicidad existe y que sería fácil
encontrarla, si tuviéramos siempre quien generosamente nos
ayudara a buscarla
".
Esta
"Semíramis" es hasta más romántica
que Clara, quien -soltera y todo-, según Gregoria, había
sido muy fogosa y apasionada en su juventud. La diferencia está
en que a Mercedes el novio no la dejó y en lugar de botar
la fortuna consintiendo a un hermano, será Alberto, un marido
al que desprecia y compadece a la vez, quien casi la arruina. Su
vocación de casamentera no cuadra con algunos remilgos, como
cuando anuncia que "
ese flirt es cosa ya hecha,
y no es prudente quizás dejarlos solos"; y mucho menos
con sus ideales, ya que Mercedes, en el fondo, desdeña la
riqueza y hasta cree en el amor: "-¡No ambiciones tanto
la riqueza, María Eugenia, mira que la riqueza alardea mucho,
y en el fondo nos da muy poquito! Está casi vacía
por dentro ¡la muy rasta! Y suspirando por segunda
vez añadió: ¡yo que fui rica la miré
bien de cerca y nunca me pudo dar lo único que yo quería".
Es difícil concebir un celestinaje con auspicios tan decentes
y tan poco herméticos: "¡El succés!
¡Las diversiones!
¡Tampoco tienen nada por dentro!
Mira, María Eugenia, la alegría y la felicidad no
están en ninguna de esas cosas que tanto nos deslumbran (
).
Yo creo que como los ojos o como los brazos, las personas hemos
nacido también para ser dos". A pesar de las oportunidades
que aparentemente la vida le ha dado para desengañarse, ella
todavía cree en la existencia de una felicidad de cuento
de hadas y habla de comprensión y generosidad, pero nunca
de deseo. Habla de "vicios" y humillaciones; predica resignación
y caridad; en fin, es una hija de María, tan decente, que
sufre porque se encadena al marido por miedo y por costumbre: "con
esa cadena de la compasión, que no se puede romper con nada,
con nada, porque se parece mucho a la esclavitud con que se amarran
las madres detrás de los hijos".
En el bordado
superficial de la anécdota, Mercedes cumple un papel equivocado,
pero en la trama profunda de la mitología familiar -ese vasto
tapiz donde se está escribiendo el destino de María
Eugenia- ella es una víctima más, no muy distinta
de aquellas "mujeres de Abuelita" para quienes el sacrificio
amarra más que el amor, con un "dévouement
que nadie agradece y nadie comprende". La imaginería
que emplea Mercedes es congruente con la crueldad sostenida en toda
la novela para referirse a la devoción sacrificial de las
mujeres. Son imágenes que van del ahogo y las cadenas a otras
más cruentas de martirio y amputación: "Pregúntale
al que se gangrena un brazo, por qué no se lo corta",
dice Mercedes, justificando así el porqué sigue al
lado de un marido que la "estorba" y una relación
que la "humilla" y la "dégoûte".
Al chantaje afectivo de Alberto ("si me dejas me destruyo")
ella responde con la ambigua resignación de sentirse indispensable
y salvadora: "¡La conciencia de sabernos indispensables
nos lleva hasta el heroísmo de dar poco a poco nuestra existencia
toda, sin dejar nada de ella para nosotras mismas!
".
En esta frase podemos adivinar una vez más la presencia soterrada
del poder de lo femenino; mejor dicho, de lo femenino como poder.
Y uno se pregunta, ¿quién encadena o mutila a quién?
Esta víctima abnegada que protesta: "nunca he sabido
negar nada a quien me pide algo", ¿no es acaso el reflejo
torcido de aquella absurda generosidad de Clara?3 En ese espejo
del "matrimonio" que Mercedes le tiende a María
Eugenia, éste se refleja como "cruz" y "amputación"4,
y la casamentera resultó ser una de esas mujeres "muy
débiles, muy abnegadas o muy indignas
" que continúan
"sin amor en esta vida del amor". La propia María
Eugenia asemeja a un via crucis la vida de Mercedes: "
me
parece que te miro desde que naciste, siempre tan generosa y tan
buena, deshojando tu vida para que otros anden sobre ella, como
se deshojan flores en el suelo cuando va a pasar alguna procesión
".
A María
Eugenia, en casa de "Semíramis" las noches "se
le iban sin sentir", y Mercedes actúa como una anestesia
para sus alas cortadas. La propia María Eugenia la compara
con el sándalo, que según un proverbio indio "se
venga del leñador perfumando el hacha que lo siega".
Ella es otra de esas piadosas consolaciones con que lo virginal
de nuestra cultura impide la entrada de emociones hondas. Para decirlo
de otro modo, es una barrera con que la psique se resiste al rapto.
Soñar en vez de sentirse, esperar e idealizar en lugar de
sufrir el embate de la realidad. Más que despertar el deseo
de María Eugenia, Mercedes parece adormecerla predicando
una imagen casi fraternal del amor:
Mira, María
Eugenia, la alegría, la felicidad (
). ¿Tú
sabes dónde se encuentran?, ¿sabes en qué consisten?,
pues nada más que en entenderse con alguien, con esa âme
sur que es como el agua que vas a beber cuando tienes mucha
sed; o la cama donde vas a acostarte cuando vienes de la calle y
llegas rendida del sueño; ese "alguien" ¿sabes?
que nos espera siempre en alguna parte y que generalmente no encontramos
nunca, porque como en el juego del colin-maillard le pasamos por
delante muchas veces y no llegamos a verle (p. 146).
Mercedes delata
todo el sentimentalismo infantil que yace bajo su decorado oriental
cuando remata así su "égloga de abanico":
"Mira, ¡Me gustaría disfrazarlos un día
de bergers y retratarlos juntos, imitando uno de esos idilios
pastoriles dans le genre de Watteau!
". Evidentemente,
un celestinaje bajo el auspicio de Pablo y Virginia no podía
funcionar; y al final resulta que las palabras de María Eugenia,
como siempre, se han colado verdades que son invisibles para su
conciencia.
En el mosaico
de figuras femeninas, Mercedes no encarna para María Eugenia
una posibilidad distinta, ella es apenas una "variante de Gloria
y Padrenuestro" en "el rosario monótono de sus
días". Sus visitas a casa de Mercedes, lejos de iniciarla
en otro mundo, sólo sirven para frustrar de nuevo aquella
conciencia de orfandad que la ronda desde que salió del internado.
Pancho, Mercedes y todo cuanto rodea a los Alonso, se asimila a
la imagen "naufragada" de París; es decir, a algo
perdido y derrotado. La propia María Eugenia se encarga de
subrayarlo cuando dice que las visitas a Mercedes no la dejan "aclimatarse"
porque alimentan esa inconformidad que surge de las comparaciones
e impiden que la costumbre crezca y se arraigue. Pero quizá
era en esa incómoda situación, a dos aguas, entre
la costumbre y la inconformidad, que su alma podría haber
hallado su propia salida. Una vida propia: ni achatada bajo el peso
de los techos, ni hundida en el "pesimismo" de los cojines
de Mercedes. La prueba está en que durante el ratico que
pudo sostener esa ambivalencia, su interioridad le envía
una imagen notable: "
pienso que las calles de París
son las más tristes, porque para hacerlas tan altas han tenido
que ir amontonando las casas unas sobre otras como se amontonan
en los desvanes esos cajones vacíos que están cerrados
y están oscuros por dentro". París se ha convertido
en un desván de cajones vacíos, oscuros y amontonados.
La imagen no puede ser más depresiva. Luego, a renglón
seguido, agrega que sus pensamientos revoloteaban "como dos
mariposas que están aleteando juntas alrededor de una luz".
La imagen de ese aleteo de mariposita no podía ser más
justa para sugerir el despertar y la vivacidad del alma. Esta conmovedora
vida del alma parece estar inevitablemente ligada a esos momentos
que llamamos depresivos: "Yo sentí que bajo su influjo
se me iba poco a poco oprimiendo el alma, y tuve ganas de llorar".
Otra vez el llanto del huérfano está a punto de humedecer
su sentimiento de inconformidad, "pero Mercedes -anota María
Eugenia- volvió también ahora a romper todos esos
hilos o medias tintas de lo abstracto y de lo intangible".
Nótese, porque el hecho tiene implicaciones psicológicas,
que María Eugenia llama "abstracto e intangible"
a ese raro sentimiento de irrealidad con que se anuncia la profundidad
de lo psíquico. Y así, una vez más en la vida
de esta muchacha, algo: Mercedes, el "plan de fuga", el
"flirt"
, interviene para interrumpir esa
"media tinta" donde lo anímico sufre sus transformaciones.
Notas
1 Todas las frases que se citan aquí sobre Mercedes Galindo
corresponden al capítulo III de la segunda parte.
2 El pasaje reza: "En mi espíritu tengo también
yo mi enredadera como la acacia tiene la suya. Sólo que esta
enredadera mía me oprime, me ahoga, no me deja vivir
"
(p. 169).
3 Creo que aquí se insinúa el lado destructivo de
lo virginal cuando aparece disimulado en una feminidad como la de
Mercedes, a quien equívocamente se le atribuyen filiaciones
afrodíticas. En todo caso, lo "afrodítico"
no pasa de ser un toque muy leve y no el rasgo dominante de su personalidad.
4 La novela seguirá insistiendo en este paradigma de imágenes
que aúnan espiritualidad y crueldad.
* Todas
las citas de Ifigenia remiten a la Obra Escogida de
Teresa de la Parra. (Prólogo, notas y edición
al cuidado de María Fernanda Palacios. 2 tomos. México:
Fondo de Cultura Económica / Caracas: Monte Avila Latinoamericana,
1992. (Se abrevia como O.E.).
De: "La herencia
de María Eugenia Alonso", 3er capítulo de Mitología
de la casa adelantado por Verbigracia: primera parte
del libro Ifigenia: mitología de la doncella criolla
(a ser publicado por Angria Ediciones en fecha próxima).
María
Fernanda Palacios. Ensayista y poeta
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