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Libros, Lecturas y Lectores
UNA
RELECTURA DE MARIANO PICON-SALAS
Viaje
al amanecer
Lector desde
siempre de Mariano Picón-Salas, Ednodio Quintero se une al homenaje
que rinde Verbigracia a este intelectual, narrador y ensayista
venezolano en su primer centenario.
¿Cómo se lee en enero de 2001 un relato publicado hace casi sesenta
años? Se pregunta
y penetra nuevamente las páginas autobiográficas de Viaje al
amanecer, para descubrir
que su entusiasmo permanecía intacto. Allí está, una vez más, el
joven pueblerino, sensible…
y el encanto de la evocación

Mariano Picón-Salas,
historiador de la cultura
El ensayista que dedicó
lo mejor de su vida a interrogar la esfinge de la historia buscando
entender la esencia de lo latinoamericano, dispuso de poco tiempo
para ocuparse -en sus escritos- de su mundo personal; vale decir,
de su periplo existencial. Lo hizo en dos oportunidades memorables:
primero en Viaje al amanecer (1943) y luego en Regreso
de tres mundos (1959). En esta breve nota, que quiere servir
de homenaje a don Mariano Picón-Salas en su primer
centenario, nos ocuparemos de Viaje al amanecer, esa pequeña
joya, un tanto oculta o relegada, de la literatura venezolana.
¿Cómo se lee en enero de 2001 un relato publicado
hace casi sesenta años, que da cuenta de los recuerdos de
un niño extraviado en una pequeña ciudadela de los
Andes (Mérida) a comienzos del siglo XX? A decir verdad,
se trata de una relectura. Siempre es riesgoso releer, pues la imagen
que conservamos de nuestra primera visión suele desdibujarse
al confrontar de nuevo el original. Y también, ya se sabe,
es otro el que relee. Al regresar de nuevo a las páginas
de Viaje al amanecer pude constatar que mi entusiasmo de
la primera vez permanecía intacto.
Nadie pone en duda la importancia de Picón-Salas como
ensayista, historiador de la cultura y como uno de los intelectuales
que contribuyó con sus ideas a la formación de lo
que podríamos llamar el pensamiento venezolano. Pero también
es cierto que nuestro primer ensayista fue un prosista excepcional.
Su predilección por lo clásico se despliega de manera
palpable en las páginas autobiográficas de Viaje
al amanecer. Y para muestra basta un botón: "
desde
los frígidos páramos donde apenas crece el lanoso
frailejón hasta las vegas calientes de Estanques donde se
cuajan las más ubérrimas mazorcas de cacao y se enroscan
las culebras en el matorral exuberante".
Viaje al amanecer no es una novela en el sentido tradicional,
pues carece de trama novelesca. Se trata de un relato fragmentado,
muy bien estructurado y mejor pensado, en el cual las anécdotas
(que pueden leerse como un cuadro costumbrista) van entramadas sobre
el fondo de una naturaleza viva que no sólo sirve de marco
a la narración sino que ocupa un espacio protagónico.
El cielo de Mérida, la flora y la fauna están ahí
como vestigios de un paraíso perdido. Sí, porque el
autor, aun cuando hable de sí mismo, apenas revestido su
relato con un tenue velo de ficción, está hablando
desde la ausencia y la distancia. Su lugar en la narración
es la evocación. El hombre maduro y veterano que es Picón-Salas,
curtido en las vicisitudes de un largo exilio, dotado con los atributos
de un consumado erudito, a la hora de abordar su narración
no escribe lo que se ha dado en llamar "novela de aprendizaje".
Escribe un relato de vida, sus experiencias de muchacho. Se acerca,
a través de la memoria y valiéndose de los instrumentos
de un lenguaje que maneja a la perfección, a ese joven pueblerino,
sensible e imaginativo que a muy temprana edad abandonó su
pequeña ciudadela entre la niebla para nunca más regresar.
Sería ocioso detenerse en alguno de los múltiples
episodios que colman las páginas de Viaje al amanecer.
El lector futuro que se asome a este relato agradecerá que
no le adelanten los temas de la narración. Podría
hablar sí de la eficiencia en la escritura de Picón-Salas.
De ese sentimiento de desamparo que compartimos con el protagonista,
de la alegría rayana en la euforia ante el descubrimiento
de los secretos de la naturaleza, de su precoz vocación por
la lectura y de su predilección por las formas clásicas,
de ese ojo atento a los detalles más insignificantes y de
un oído aguzado para el lenguaje popular. Y, por supuesto,
de la revelación de una sensualidad salvaje bajo la sombra
refrescante de los bucares en flor.
Insisto en un punto que insinué más arriba. Picón-Salas
escribió este relato autobiográfico desde la ausencia
y la distancia. Y quizá en esa circunstancia radica la fuerza
y el encanto de la evocación. Más que dar cuenta de
sus experiencias de sorprendido niño de nueve años
que acompaña a su abuelo al variopinto mercado de los sábados
o de imberbe adolescente que galopa entusiasmado a visitar a su
novia campesina, sospecho que nuestro autor se propuso rendir un
homenaje a su lar nativo, del cual nunca se sintió ausente
ni distante. Pues como él mismo lo apunta en la primera página
de Viaje al amanecer: "Por más que anduve por
muchas tierras, no perdí la costumbre de ser merideño
entrañable". Creemos que Picón-Salas logró,
con creces, su objetivo. Y para suerte nuestra como lectores, el
insigne merideño nos legó esa preciosa y lúcida
y fragante joya: Viaje al amanecer.
Ednodio
Quintero. Narrador y ensayista
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