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Reflexión
La incertidumbre de Narciso
El hombre de
la posmodernidad hace renacer el mito de Narciso, nos dice Teódulo
López Meléndez: éste se encuentra sumido en el sin sentido, en la
indiferencia y en la incertidumbre,
a más de ser víctima de individualismo y economicismo. De allí que
el ensayista se pronuncie
por la reivindicación del concepto de alienación, olvidado desde
hace unos cuantos años,
y recuerde que la verdad ya no es más que un consenso o, como la
definió Derrida,
una verdad provisoria

Nicolas-Bernard
Lépicié. Narciso, 1771
Cuando
Jean François Revel le asegura a Plinio Apuleyo
Mendoza, en una entrevista para un diario local, que quienes
manifiestan contra la globalización "son" la izquierda,
estamos asistiendo a la miopía de las ideas en este reino
de la incertidumbre. No faltará quien asegure que Revel
siempre fue un miope, pero ese no es asunto que me interese ahora.
Simplemente relevo el uso de términos obsoletos para calificar
situaciones, como dividir al mundo entre optimistas y pesimistas
o, recurriendo a los términos de Eco, entre apocalípticos
e integrados. Hay, sin embargo, uno que debemos retomar, el de alienación.
La modernidad
murió en el más profundo desencanto del hombre, sumiéndonos
en el sin sentido. El ser optimista y agitado ha dejado paso a un
escéptico sin norma. Ya no se le pregunta a nadie o, dicho
de otra forma, la pregunta es formulada a nadie. El signo del presente
y del porvenir es la indiferencia. Cada quien está encerrado
en lo poco que tiene, llámese afecto familiar o bienes o
pequeño mundo donde se solaza con la conversación
banal con otros igualmente indiferentes. Alberto Moravia
escribió una primorosa novela con este título, Los
indiferentes, lo que, en alguna ocasión, me hizo llamarlo
"el maestro narrador de la alienación". Bienvenido
el novelista italiano porque creo que un concepto que debemos desempolvar
es precisamente el de alienación, lanzado a la cesta del
olvido desde hace unos cuantos años. Hemos perdido el control
de nuestra creación, no sabemos cómo funciona el mundo
y la muerte de las utopías nos impide imaginarnos el futuro.
Es más, no nos interesa imaginarlo.
Hay indicios
del desorden. Los futurólogos produjeron en la economía
predicciones irrealizadas; hoy asistimos a la fragmentación
de las grandes empresas en pequeñas unidades de producción
paralelamente a las megafusiones. Ambas cosas se están dando,
como la conformación de grandes bloques que terminarán
abortando la Nación-Estado, pero con la compañía
paralela de una fragmentación del poder en beneficio de ciudades
y regiones. Los sistemas políticos están cuajados
de incertidumbres con un alejamiento casi asqueado de las grandes
masas. No sabemos cómo vamos a gobernarnos en el futuro.
Todo parece inclinarse hacia una dualidad, desde la economía
hasta la política, en medio de ruptura de viejas creencias,
como aquella en el trabajo de que lo mejor era tener un puesto fijo,
mientras los yuppies no aceptan cargos gerenciales que los
aten más allá de pocos meses a cualquier empresa.
Si muchas de estas consideraciones podemos pergeñar en el
terreno de lo denominado "interés público",
es en el terreno personal del hombre donde los sin sentido predominan.
El día a día parece ser el esbozo de norma, lo que
podría hacer reflexionar a alguien sobre algunas viejas enseñanzas
orientales, pero con las cuales no hay ninguna relación.
Lo que resta de los códigos de las relaciones interpersonales
son el desencanto y la fragilidad. El amor ha sido independizado
de la procreación y la procreación misma dejará
de ser asunto apasionado hasta para las parejas que hoy recurren
a los procedimientos in vitro o parecidos. Como no se cree
en nada, menos en lo colectivo y en los políticos, sumada
la exigencia consumista, resurge una vieja enfermedad asociada desde
siempre a los mecanismos capitalistas: el individualismo exacerbado.
Todo lo que escribieron pensadores del humanismo cristiano como
Chardin o Mounier sobre el concepto de persona ha
sido devorado por una realidad que ha superado con creces aquella
que los inspiró. La imposibilidad de la revolución
social, sumada a una diferenciación entre dos estratos poblacionales
cada vez más lejanos en cultura y economía, lleva
a la aparición del hampa como la conocemos hoy. El hampa,
creo, es la más patética manifestación de la
imposibilidad revolucionaria y una forma sustitutiva de búsqueda
de la igualdad social. El economicismo, la vieja enfermedad de conceder
a la economía el privilegio absoluto sobre nuestras vidas,
ha reaparecido como pandemia sepultando las interrogantes esenciales
del hombre sobre el Ser y produciendo la "cultura" uniforme
que se nos lanza sobre el cuello como tenaza asfixiándonos
en el rechazo de todo pensamiento trascendente.
Estamos asistiendo
a la segunda gran explosión de individualismo. El triunfo
lo reclama Narciso. Algunos pretenden ver en la multiplicidad de
la oferta el reino de la libertad y hasta llegan a pensar que esta
supuesta capacidad de escoger es la mejor muestra de la humanización
de los controles. Llegan, así, a calificar de autoritaria
la modernidad y a identificar posmodernidad con libertad. Aparte
de la inmensa masa humana empobrecida hay que repetir lo de la separación
brutal entre partes de la misma sociedad-nación. Para proclamar
la muerte de la angustia, como lo hace Gilles Lipovetsky,
realmente hay que recurrir a la afirmación de que estamos
caracterizando, tomando como guía, un total abandono del
saber. Mientras menos sabemos, menos nos angustiamos, ecuación
simple y patética. Lo que estamos viendo es la imposición
de un sistema de "vida" donde es posible estar sin objetivo
y sin sentido. Que la posmodernidad no lo inventó, que es
una continuidad del proceso de la modernidad, lo podemos compartir.
Mientras más grande es la indiferencia más fuerte
es el rechazo del conocimiento. La revolución individualista
que estamos viviendo (con excusas por el uso de la palabra muerta)
conduce, paradójicamente, a la muerte del Yo. Ya lo he dicho:
no pueden existir revoluciones cuando la única revolución
es la de un individualismo de signo diferente, pero mayor y más
acendrado de aquel que sentimos en pleno apogeo capitalista del
siglo XX. Cierto que no es el viejo concepto marxista de alienación
lo que hay que "regresar", pues ahora se agrega el elemento
apatía y la exacerbación de la oferta a Narciso, pero
hay que retomarlo. Mal podemos hablar de libertad suministrada por
la oferta manipuladora cuando tenemos a un hombre a punto de no
sentir nada, a no ser la necesidad inducida de mirarse al agua para
confirmar que tiene lo que se le ha ofrecido y que el éxito
resuena sobre su pellejo en las miradas de envidia de los otros.
Si vida y felicidad
son ahora no arriesgarse, una nada que va desde la vida sentimental
hasta la concepción del trabajo, debemos precisar que si
libertad y felicidad equivalen a vacío, lo que puede asomarse
en el horizonte es otra época totalitaria. Eso de mirar en
la historia para no repetir los errores siempre me ha parecido un
exabrupto. El hombre comete las mismas barbaridades no por falta
de memoria sino por una acumulación de procesos y circunstancias.
Asegurar que debemos tener una perspectiva histórica de nuestro
tiempo me suena a madera podrida.
Nadie glorifica
esta entelequia llamada posmodernidad ni nadie en su sano juicio
añora la modernidad. Se trata de un reconocimiento del presente
y de un imprescindible otear en el futuro. Regodearse con los síntomas
y proclamar que este mundo es cuasiperfecto porque nos permite elegir
es aceptar la incertidumbre y el vacío como normas de la
vida del futuro. No hay códigos, aunque, admitámoslo,
no es la primera vez. Paralelamente se nos dice que Nietzsche
está muerto y que la libertad y la felicidad consisten en
consumir. El mensaje no es nuevo, por supuesto, sólo que
ahora el hombre hedonista y narcisista ya no lo resiste. La verdad,
fue dicho en su momento, es un consenso, un simple consenso generalmente
aceptado o, como la definió Derrida, una "certeza
provisoria". A veces uno piensa que el único que está
reviviendo es Nietzsche. Aunque quizás sea la Alicia
de Lewis Carrol: "En nuestro país no hay más
que un día al mismo tiempo", lo que Narciso incierto
encontraría digno de una primera afirmación.
En cualquier
caso es bueno recordar que quien retomó el mito de Narciso
fue Freud, cuando apreció que el narcisismo era un
componente común de la psique humana. Si recuerdan el mito,
Narciso cuando entró a la ultratumba se asomó a las
aguas del río, pero no vio nada porque el Stige era el río
de los muertos, pero dijo palabras de las que debería cuidarse
el Narciso posmoderno de la incertidumbre: "Quiere decir que
sólo yo he muerto y que tú no has muerto todavía".
Basta mirar un poco a Ovidio, a Teócrito o
a Pausanias.
Teódulo
López Meléndez. Narrador y ensayista
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