Anotaciones

La revolución de papel

La "Revolución Cultural" puesta en marcha el pasado 21 de enero con la destitución, por parte del Presidente de la República, de algunos directivos del "sector cultura" lleva a Ana Nuño a interrogar: "Qué nos dicen las formas y el lenguaje?". Y a responder con Karl Kraus: "Nunca antes habíase visto tal militancia en la banalidad como ahora (…), lo que les mueve únicamente es la heroica convicción de buscar refugio en ese preciso lugar donde hoy se está más expuesto: en la fraseología"


Iconología I. Cesare Ripa / "Confrontación"

Mientras más de cerca vemos las palabras,
desde más lejos nos hablan.

Karl Kraus

Comencemos por lo obvio: por la letra, por las formas y el lenguaje. Lo obvio es aquello que, precisamente por serlo, por su presencia sostenida, muy a menudo dejamos de ver. Lo obvio es lo que obviamos. Como la carta robada del cuento de Poe, primorosamente ofrecida a la sagaz mirada de los ciegos que somos. Ciegos a lo que está al alcance de la vista. No nos vendría nada mal a los venezolanos, ahora que la política ha quedado reducida a la puesta en escena de un programa de radio, que aprendiésemos a mirar muy de cerca, en lugar de despreciarlas con mohín de asco de señoritos viajados, comidos y trajeados por Europa, no sólo las palabras que componen la didascalia de ese show dominical, sino cuanto discurso se manden los Espinozas y Navarros de turno.

¿Qué nos dicen las formas y el lenguaje? Dejo de lado la manía presidencial de hablarnos en términos beisboleros. La "lomita", el "center" y el "left", los "ponchaos" y "entubados" que prodiga nuestro pintoresco mandatario ofenderán sólo a quienes no ofendían las beaterías vaticanas de Rafael Caldera o el refranero llanero de Luis Herrera Campíns o "la botijuela llena" de Jaime Lusinchi. Que en esto de ser pintorescos y folklóricos, nuestros presidentes de la IV y V Repúblicas compiten entre sí al más alto nivel. Otras formas y fórmulas hay, recurrentes hasta el empalago, que son mucho más reveladoras del actual clima político del país. Además de "revolución", de "chavismo", de "emeverrismo", de "proceso", se habla en Venezuela de "sector cultura", de "entes subvencionados", de "proyectos culturales", de "cambios estructurales en la cultura venezolana". Y antes también se hablaba. Antes de la llegada al poder del militar chusco -si al menos hablara inglés, ostentara un doctorado en Harvard o Cambridge y llevara otros rasgos estampados en su fisonomía, rasgos, digamos, un poco menos evocadores del "color local"…-, nada en Venezuela se hacía sin contar con la venia del gobernante de turno, y ciertamente ningún cambio de personal a la cabeza de los "entes tutelados". (Aristóteles o Santo Tomás, de paso, se hubieran sentido como en casa, departiendo con funcionarios del Conac). Después, tampoco.

Llama poderosamente la atención que este gobierno y sus acólitos de turno, que se enjuagan la boca cada mañana con las palabras "revolución" y "proceso", abunden en el mismo gastado discurso "institucional". Que los verdaderos problemas sigan siendo (también) los de antes, que esos problemas aun se hayan agravado en estos dos últimos años, no es algo que pueda quitarle el sueño a quienes se han acostumbrado a tapar la compleja y difícil realidad del país con la hojarasca de la jerga burocrática. Tampoco es que haya que fingir sorpresa: en eso estamos metidos los venezolanos desde hace décadas. ¿Y por qué excluir a los militares, que han vuelto al poder más o menos de tapadillo, de tan noble divertimento? Son tan venezolanos como los otros, y ellos hasta se sienten más que los otros. "Eso" en lo que todos, militares y civiles, andamos metidos es el disfrute de la panacea universal, que consiste en redactar un decreto o aprobar una ley en términos hueros y altisonantes y marcharnos luego a casa convencidos de que por arte de magia simpática la provincia de lo real así legislada habrá adquirido súbitamente el sentido de esas hojas marchitas. Nuestros legisladores y, por descontado, nuestros gerentes culturales no han dejado nunca de jugar metras o yaquis, sólo que ahora las piezas que se disputan en el patio de la escuela tienen aún menos valor que el giratorio haz metálico de cruces potenzadas o que aquellas mágicas canicas de vidrio.

¿Qué a qué viene esto? A que se habla mucho, desde que el pasado 21 de enero el Presidente destituyera en vivo y en directo a docena y media de cargos directivos del "sector cultura", de "las formas". El mandatario habría sido descortés y aun grosero. Qué duda cabe, Chávez se ha mostrado zafio, una vez más. Pero a estas alturas no vale fingir sorpresa y es hasta ridículo que en plena calle nos rasguemos las vestiduras por tamaña ofensa. Chávez es un populista tradicional, hermano de Perón y Menem y Fujimori, y sabe lo que hace: tratar a sus electores con sumo desprecio por su inteligencia y capacidad de comprensión. ¿Acaso no son iletrados y brutales y viven sumidos en la más abyecta pobreza? El populismo es algo más que deleznable por su evidente mal gusto: es nocivo porque deriva sus fuerzas de la debilidad y precariedad y maleabilidad de los excluidos (los olvidados, habría acotado Luis Buñuel), y porque tiende naturalmente a mantenerlos en ese estado.

En el caso de las remociones de cargos, que es el ratoncito que ha parido la montaña del Conac tras dos años de luengos y sesudos parlamentos, consultas, reuniones e informes (informe: lo que carece de forma), toda la capacidad de indignación de mis bienpensantes y pudientes compatriotas se ha centrado en el despido de Sofía Imber. El Museo de Arte Contemporáneo de Caracas es único en toda América Latina, y no sólo por sus colecciones, también o sobremanera por su concepción museística, por su apertura a otras instituciones y su engarce en la comunidad a la que sirve. Esto es innegable. Pero de aquí se pasa a argumentar que todas estas cualidades son atributos de una divinidad única e indivisible, como si Sofía no hubiese logrado precisamente lo contrario: demostrar que en Venezuela se puede formar un equipo y poner con él a funcionar una institución que no dependa exclusivamente de los cambios de humor de quien la dirija. El mejor legado de la gestión de Imber a la cabeza de "su" museo tiene valor pedagógico: convencernos a los venezolanos, eternos menores de edad, que no necesitamos ni a papá ni a mamá para ir a la esquina a comprar caramelos. Así que no es la mejor manera de aplaudir su prolongada gestión repetirle que después de ella, el diluvio. Con amigos así, ¿quién necesita enemigos?

Volvamos por un segundo al ratoncito. En estos dos años ha habido de todo en el llamado "sector cultura": dos presidentes del Conac, la subordinación del "ente" rector de la cultura oficial al ineficiente y corrupto Ministerio de Educación, el ya habitual espectáculo del rastacuerismo militante de los artistas venezolanos acostumbrados a vivir de la dádiva institucional, que han pasado de arrimarse a la matica del puntofijismo a denostarlo públicamente y salpicar cualquier conversación con las palabras "revolución" y "proceso". Lo juro, he sido testigo de diálogos como éste: "-Epa, fulano, ¿qué hubo? -Chico, bien, aquí, dándole duro a la revolución". Diálogos que aguardan, en vano, su Ionesco tropical. Una pregunta, de paso: ¿cuándo dejará la cultura en Venezuela de ser tan oficial como en Cuba? Y que conste que no esperamos los venezolanos que Chávez le jurara en público amor eterno a Fidel para dotarnos de la política cultural más estatal y oficialista de América Latina, después, claro está, de la del paraíso isleño del socialismo real. Pregunta subsidiaria: ¿por qué en Venezuela, con honrosas cuan escasas y minoritarias excepciones, nadie se atreve a dar un paso en actividades que para funcionar no requieren sumas astronómicas de dinero -fundar una editorial, crear una revista, por ejemplo- sin contar con el respaldo del gobierno de turno y del Estado que éste, invariablemente, secuestra en provecho de los amigos de turno? El sector privado, que ha saqueado alegremente el país y que antes prefiere dejarse cortar un brazo sin anestesia que invertir en él, debería o callarse la boca antes de criticar a éste o cualquier otro gobierno, puesto que éste o cualquier otro gobierno siempre ha favorecido sus intereses, o repatriar una ínfima parte de sus depósitos bancarios en Suiza y EEUU y hacer, por fin, algo más útil y menos aburrido que comprarse un condo en Park Avenue o esquiar en diciembre en Gstaad. Por ejemplo, bastaría con que invirtiese en el "sector cultura" un 0,1 % de los casi 100.000 millones de dólares que constituye su "asset" consolidado en el extranjero. Esa suma superaría diez veces el actual presupuesto del Conac. Ultima pregunta. ¿Qué sentido tiene remover y nombrar funcionarios y plantear la fusión de este y aquel "entes" en un nuevo diseño de papel burocrático si la asignación presupuestaria del Conac no sólo no aumenta, sino que disminuye? ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, proponer por enésima vez una redefinición de Monte Avila, si esta editorial ya ha perdido hasta los derechos de la obra de Rómulo Gallegos?

En noviembre de 1914, cuando empezaba el fin del mundo en el que había nacido, Karl Kraus escribía lo que a continuación, y por último, cito, sin sospechar (y menos mal que no pudo sospecharlo) que sus palabras tendrían hoy plena vigencia para el "sector cultura" venezolano: "Nunca antes habíase visto tal militancia en la banalidad como ahora, y el sacrificio de las mentes más preclaras es tan veloz, que surge la sospecha de que nada que les sea propio tienen que sacrificar y que lo que les mueve únicamente es la heroica convicción de buscar refugio en ese preciso lugar donde hoy se está más expuesto: en la fraseología".

Ana Nuño. Poeta y ensayista

N° 20 Año IV
Caracas, sábado 17 de febrero de 2001
 
 
 

Anotaciones
La revolución de papel
(Ana Nuño)

 
 
 
 

 

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