FILOSOFIA
Y LITERATURA: LA NUEVA FRONTERA (II)
María Zambrano atraviesa
el infierno
Porque convirtió
sus días en un ejercicio de peregrinación hacia
la luz, incluso desde
su mesa de trabajo, la filósofa española, merecedora
del Premio Cervantes 1988, "fue expulsada
de la República", según refiere Julio Quesada,
para pasar a subrayar con empeño que "Su dialéctica
tiene su centro de gravedad o 'claro del bosque' en la propia
vida de la vida; es decir, Zambrano
no se refugia (
) en los conceptos pero tampoco su razón
sensible, intuitiva, desprecia las ideas,
y como escribe ciertamente Cioran (
), 'no ha vendido su
alma a la idea'". Se trata de una "filosofía
trágica", que le hará la guerra al fascismo
con las armas de la razón poética

Foto de: "María Zambrano"
/ Anthropos
María Zambrano: "Es incompatible
el fascismo con la confianza en la vida"
Introducción histórica
El 25 de enero de 1960 María Zambrano escribía
en La España de Galdós: "Pues que de
vivir se trata. La vida lo exige. No basta la vida, ella, hay
que vivirla. Es lo real de la vida. Pero si sólo fuera
así, novela y tragedia serían dos fatalidades ineludibles;
ineludibles, ciegas fatalidades, si además no existiera
la verdad y no en abstracto, sino la verdad de la vida; la verdad
viviente. Y ella es la que permite, y exige al mismo tiempo, salvarse
de tragedia y novelería; atravesar el infierno, el inmediato".
El pensamiento
de Zambrano es, al menos en parte, un logro fenomenológico.
Aunque se ha escrito que María es como Platón,
a nuestro juicio se trata de una lectura descontextualizada. Sí,
su razón es dialógica, pero de verdad, señalando
ontológica y políticamente (lo pagó bien
caro: no por casualidad fue expulsada de la República)
el fundamento de una filosofía basada en el diálogo,
la pluralidad, la libertad, la tolerancia, la misericordia. El
pensamiento de esta escritora está en las antípodas
de la justicia geométrica de la República. Su dialéctica
tiene el centro de gravedad o "claro del bosque" en
la propia vida de la vida; es decir, Zambrano no se refugia,
a diferencia de Platón, en los conceptos, pero tampoco
su razón sensible, intuitiva, desprecia las ideas, sino
que, y como escribe certeramente Cioran en Ejercicios
de admiración, "no ha vendido su alma a la idea".
Es una filosofía
trágica, a qué ponerle paños calientes, hecha
con la misma aguja que cose el roto personal e histórico.
Ella vivió la crisis del entendimiento como guerra entre
el fascismo y, para decirlo con sus propias palabras, aquellos
"horizontes del liberalismo" que quedaron de golpe truncados
por la victoria del nacionalismo de la Kultur, así,
en alemán, para recordar, una vez más, que a España
vinieron a luchar soldados alemanes contra los republicanos para
defender, entre otras razones que ahora no vienen al caso, la
idea de patria o nación que defendía el III Reich
y sus filósofos. No deja de ser paradójico, o tristemente
doloroso, que algunos hermeneutas zambranistas, basándose
en la desmemoria, hagan de María Zambrano otra ventrílocua
del pensamiento.
Filosofía
del fascismo
De los escritos durante la Guerra Civil (María Zambrano:
Los intelectuales en el drama de España y escritos de la
Guerra Civil. Madrid. Trotta, 1998) quisiera, muy brevemente,
retomar su reflexión acerca de lo que ontológicamente
separa al fascismo del liberalismo, lo que histórico-filosóficamente
nos une a Merleau-Ponty. Es la categoría de la muerte.
A Zambrano no le interesa "el género de la
muerte" sino el "morir" porque es su propia existencia
la que está en juego; de forma que, escribe, ahora que
"La muerte recobra sus fueros y corre hacia la muerte, llevada
por ella, irrefrenablemente", ahora es cuando hay que estar
a la altura de la muerte para ser hombres.
Al filo de
la tragedia española nuestra filósofa recapacita,
sin nombrarlo de forma temática, sobre el problema del
mal o, mejor, sobre la irracionalidad que los "ángeles
del intelecto" habían logrado desde varios siglos
atrás evaporar de las conciencias europeas. Se deja notar
la mano del maestro, la crítica de Ortega al progresismo;
es decir, al confiado y dócil progresismo liberal del siglo
XVIII que llegaría a creer en el XIX que la meta es el
propio progreso. La inteligencia, sin más, era de por sí
progresista.
Inteligencia
reaccionaria? Ah, no, se trata simplemente de falta de inteligencia.
Pero en medio de la guerra fratricida todo esto se revela como
un tremendo error.
Pues bien,
frente al error del idealismo y racionalismo tan bien-pensante
como dogmático y confiado que sigue declarando que el mal
es ausencia de inteligencia, he aquí que el mal, la sinrazón,
sí que tiene inteligencia. ¿Qué quiere decir
esto?: que hay un funcionamiento fascista de la inteligencia cuya
filosofía se resume así: es una filosofía
contra la vida.
"Del
alma estrangulada de Europa, de su incapacidad de vivir a fondo
íntegramente una experiencia, de su angustia, de su fluctuar
sobre la vida sin lograr arraigarse en ella, sale el fascismo
como un estallido ciego de vitalidad que brota de la desesperación
profunda, irremediable, de la total y absoluta desconfianza con
que el hombre mira el universo. Es incompatible el fascismo con
la confianza en la vida; por ello es profundamente ateo: niega
la vida por incapacidad de ayuntamiento amoroso con ella, y en
su desesperación no reconoce más que a sí
mismo" (oc, p. 95).
El fascismo
es, no ya moral y políticamente, sino, más profundo
todavía, ontológicamente incompatible con la vida.
Ya lo habían anunciado Nietzsche y su maestro Ortega
en Prólogo para alemanes. Por otra parte, tanto
los novelistas Malcolm Lowry y Kundera como el filósofo
Richard Rorty han relacionado directamente esta incompatibilidad
ontológica con el "espíritu de la novela",
muy especialmente con la novela de "crítica moral".
Pero Zambrano lo estaba diciendo como parte de su propia
razón histórico-narrativa.
Así
es porque la inteligencia fascista, escribía Zambrano
en 1937, es la que sirve de modelo a los intelectuales fascistas
españoles. De ahí que, con muy buen criterio, tratara
de salvar a la República no sólo en el campo de
batalla sino en el campo de las ideas. Este fascismo nacionalista
español acoge aquel nihilismo, aquella inteligencia
de la nada rompiendo de inmediato, lo que era ya un hecho,
con la Generación del 98 (Unamuno, Baroja, Valle-Inclán,
Ortega) y con un radio de acción mucho más largo
al traicionar la precaria liberación que la República
estaba haciendo, tanto política como social, económica
y culturalmente. Hablaremos más adelante de estos horizontes
y del por qué la mirada hacia Cervantes. Pero lo
que entonces Zambrano señalaba con nitidez filosófica,
y algún que otro encantamiento comunista (camino que, luego,
desandará), era que lo que la filosofía "española"
importaba de Alemania era "la nihilidad" (p.
103), la negación más completa (totalitaria, dirá
más tarde Hannah Arendt) de la creatividad
en el sentido de creación de la vida rica en su
milagrosa pluralidad.
Cervantes
y Kant
Puesto que el fascismo español ha roto con nuestra tradición,
Zambrano enlaza el problema del mal / irracionalismo en
su visión positiva (es una realidad) con dos cuestiones:
a) la reforma que el entendimiento europeo está pidiendo
a voces y que ya Ortega ha señalado como crisis
de la metafísica; y b) la vuelta atrás, frente a
la inteligencia fascista española basada en la "fuerza"
y la "violencia" alemanas (que me perdonen, pero son
palabras de Zambrano), el nazismo como "camino
de España", camino que sólo tiene dos categorías
creativas: la fuerza y la violencia; frente a esto la recuperación
de lo que nosotros venimos denominando como la otra modernidad.
Cabe recuperar
nuestra propia memoria para salvar a Europa del fascismo: España
se convierte en campo de batalla de las ideas en liza. Para Zambrano
lo que nos estábamos jugando como europeos y españoles
era algo claro: la vida o la muerte. Por eso al "novio de
la muerte" opone Don Quijote como clave para entender
la reforma del entendimiento español, la reforma que Cervantes
había propuesto para salvar la realidad histórica
española con el fin de salvarse en Europa. ¿De qué
España estamos hablando?, ¿de qué Europa?
Ni de la España de la Iglesia y los generales, ni de la
Europa transformada cartesianamente en un feliz eje de coordenadas.
Don Quijote
para paliar el fracaso del Estado español que a la vista
estaba, pero, también, para echar una luz sobre el fracaso
europeo de una filosofía felizmente mecánica que
comenzaba a saltar por los aires. La "voluntad pura de Kant",
escribe, junto a "la convivencia pura" que nos enseña
la novela de Cervantes, toda una profecía sin petulancia.
Este parágrafo vale citarlo entero:
"Supone
la novela una riqueza humana mucho mayor que la Filosofía,
porque supone que algo está ahí, que algo persiste
en el fracaso; el novelista no construye ni añade nada
a sus personajes; no reforma la vida, mientras el filósofo
la reforma, creando sobre la vida espontánea una vida según
pensamientos, una vida creada, sistematizada. La novela acepta
al hombre tal y como es en su fracaso, mientras la Filosofía
avanza sola, sin supuestos" (p. 159).
Esta otra
modernidad tiene a la luz cervantina al menos cinco "claros
del bosque".
1) Su punto
de partida (filosófico-literario) no es la duda metódica,
sino el fracaso.
2) Propone como categoría fundamental, clave para lo que
en un futuro podría ser una "ontología de la
convivencia humana", el sentido del prójimo,
categoría totalmente olvidada por la filosofía racionalista.
3) Este sentido
nace en la novela de la propia razón histórica española:
una pluralidad de religiones, razas, clases sociales, que
son la verdad de El Quijote: la polifonía
nada accidental, meramente aparente, de esta narrativa. Otro ejemplo
lo tendríamos, al lado mismo de la categoría de
El Quijote, en Misericordia de Galdós.
Y, creemos, sin ápice de patriotismo trasnochado que aun
(por el poco reconocimiento que ella misma sufre en el mundo de
la filosofía seria) tiene razón. Personajes como
Nina o Benigna tienen la misma altura que Antígona.
4) Ni el
"yo pienso", ni la "mónada", ni la
"radical soledad" ante la muerte, sirven para explicar
y narrar esta esencial convivencia con los otros.
5) Contra
el resentimiento, la nobleza de Don Quijote. No
la metafísica u ontología del "único"
sino ese diálogo, ese estar continuamente entre Don Quijote
y Sancho.
Se trata,
decíamos, de un claro del bosque en donde la llamada
razón poética quiere liberar a Europa y al mundo
de la cárcel de las ideas, de ese darle continuamente la
espalda a lo visible, a lo que se nos aparece y que, como decía
Antonio Machado, no puede caber en los conceptos. ¿No
hay como un aire de familia entre Nietzsche-Machado-Zambrano?
¿Acaso Nietzsche no supo ver la trampa del lenguaje
y su metafísica agazapada, como el enano que tenía
que llevar a Zaratustra sobre sus hombros mientras remontaba la
montaña de la vida, oculta en la gramática?:
"los conceptos, necrópolis de las intuiciones".
Frente a lo único, la heterogeneidad del ser, esa bendita
devoción que le tenía Juan de Mairena, alter
ego de Antonio Machado, a las intuiciones sensibles.
Pero de lo
que se trata es de Cervantes y Kant. Muchos años
después de la tragedia, en La España de Galdós,
nuestra poeta dejaba escrito lo siguiente:
"No
hay camino, conocimiento válido, sin esta orientación.
Y así, la metáfora más valedera del conocimiento
humano en libertad sigue siendo la de la paloma de Kant
que vuela, sí, por la resistencia que encuentra, pero que
vuela hacia, que se orienta en virtud del centro invisible, aunque
se detenga, aunque vaya y venga y aun se vuelva sobre sí
misma".
El profesor
Mariano Peñalver ha señalado en "Paul
Ricoeur: las metáforas del tiempo" (Paul Ricoeur:
los caminos de la interpretación) un problema sobre
la hermenéutica del texto que afecta al estilo de María
Zambrano: la metáfora. La metaforicidad aristotélica
como "visualización" (recuérdese lo que
Aristóteles defiende a propósito de la primacía
de la vista tal y como aparece en la Metafísica,
980a: que conocer y amar el mundo a través de los sentidos,
pero especialmente de la vista, es aprender a diferenciar
y contar con su pluralidad) señala ontológicamente,
"la eclosión del aparecer". A nuestro
juicio, la defensa que el citado profesor hace de la "metaforicidad"
tiene profundas connotaciones con las tesis de la razón
poética e histórico-narrativa que defiende Zambrano
en estos y otros textos. Por ejemplo: la matización o,
mejor, la clara apuesta por la eclosión de la physis devuelve
el centro de gravedad de la vida a la vida que se muestra o aparece.
"En suma, escribe Peñalver, metaforizar es
significar la eclosión del aparecer. Pero entonces,
las viejas metáforas de "el sol" y "la luz",
así como las más recientes como "la morada"
o "el sendero", pueden quizá servir a un platonismo
de lo invisible, pero -¿por qué no?- también
a glorificar "la visibilidad del aparecer"".
Como el propio
Peñalver señala salvando lo que de rotunda
verdad hay en la metáfora realmente viva: que el movimiento
de la metáfora no consiste en escapar de la "sequedad
y violencia de la univocidad" para caer "en la
impotencia de un discurso librado a la diseminación
de la significación, lo que, por otra parte, evita también
la seducción del discurso inefable o inarticulado";
si esto es así, y es lo que aquí defendemos, su
razón no hay que buscarla exclusivamente en el lenguaje
sino en el hecho de que el lenguaje es acción en
el sentido de praxis. Pero no en el sentido de fuerza o
producción (Macht) sino en el de desvelamiento.
Ahora bien, lo que se desvela no es el lenguaje ni el Habla que
habla desde el Ser, lo que se desvela es el quién de
la acción. De otra forma, ¿qué sentido tendría
la "red" como mediación imperfecta entre
el pasado y el futuro si el presente ha perdido la memoria?
El problema
histórico-narrativo queda planteado. Estamos en el filo
cortante de una navaja. Porque si bien es cierto que "tiempo-relato"
es una nueva categoría, hija de la reforma de la metafísica
(¿no tenemos que renunciar a Hegel?) que nos ayuda
en esta época de crisis, también es cierto que los
vientos posmodernos -"todo es relativo"- soplan insistentemente.
Insistentemente sus temas predilectos aparecen de la mano de lo
"políticamente correcto": de sustanciación
de la realidad, muerte del sujeto aunque nunca había habido
más ego que ahora, el éxito como religión,
evanescencia de los límites, el nuevo dogma de la felicidad
(¡tan diferente de la alegría!) la labilidad del
ser; en fin, todas estas categorías existenciales, propias
de la llamada "ontología débil", del brazo
de la glorificación de la indiferencia y el cinismo procedimental.
Ya María Zambrano había advertido nietzscheanamente
que el "olvido" puede ser creativo, pero la "desmemoria"
lo borra todo (p. 126 y ss). El peligro de la metaforización
de lo real afecta al problema de fondo de la razón histórico-narrativa:
la elección de una metáfora, ¿es otra
metáfora? Este, creemos, es el problema.
 |
Foto
de: "María Zambrano" / Anthropos
María Zambrano se exilió
de la oscuridad y de la violencia |
Michoacán:
la metáfora del agua
Por nada del mundo quisiera que el lector se formara una imagen
deformada de la grandeza de María Zambrano. Nuestra
primera referencia histórico-contextual era, sin lugar
a dudas, un paso necesario para no quedarnos prisioneros del credo
textualista y de una visión hermenéuticamente feliz
de lo que fue una vida y una obra trágicas. Pero no podemos
quedarnos, como la mujer de Lot, mirando hacia atrás. Más
que nada porque la filosofía de Zambrano nos lo
prohíbe desde que ella misma pisa tierras mexicanas. Apunto
nada más lo que la aletheia también es para
esta pensadora. Cuando recibió el Premio Cervantes en 1988
pronunció un bello y necesario discurso. Dijo:
"Y hay
lugares del mundo hispánico donde esta visibilidad se hace
resplandeciente; y así, en Michoacán, donde se me
dio a conocer la experiencia de la unidad perfecta de la forma
que hasta alcanza los ínferos reales del habla. Aquella
lluvia angelical tan fina que me indicaba a mí y a mis
pacientes alumnos que eran las cuatro de la tarde (
). Allí,
en Morelia, cuyo camino yo no había buscado sino que el
camino mismo me llevó a ella (
). Fui sustraída
a la violencia y me encontré en esa paz que se destaca
con especial fuerza y delicadeza en aquella ciudad (
) la
revelación de un logos indeleble y secreto, misterioso
e invencible de las letras hispánicas, aún por lograrse,
recorriendo todas ellas como una música simpar que se da
en múltiples lados y se hace notar que todavía no
se ha acabado (
) de lograr enteramente".
El agua,
la visibilidad, la transparencia, el perdón, como parte
de la acción y el renacer de la propia razón histórico-narrativa.
Lo estético recobra, escribe Eduardo Subirats en
"Intermedio entre filosofía y poesía",
un significado vinculado a un pensamiento comprometido con el
mundo y sus condenas y esperanzas. Lo que nos hace recobrar, afortunadamente,
"un nuevo sentido fuerte para la reflexión filosófica".
No se trata de una vuelta a lo sagrado fuera del mundo.
Tan sólo el hombre puede salvarnos: de ahí la vuelta
a lo sagrado que hay en lo hondo del alma humana.
Esa visión
que tuvo en Morelia junto a sus alumnos, esperando en algún
zaguán a que escampara, sí está fuera del
principio de contradicción. Pero no en el sentido aristotélico
y, sin embargo, aristotélico; esta vuelta a lo sagrado
(y a la poesía) es la vía / claro del bosque
en donde cabe ser y no ser. Pero no en el sentido parmenídeo
sino en el de los ínferos, esa bajada / subida a
nuestro fondo más alto como la piedad.
¿Es
posible aún un logos poético?
En este libro, dramático por los cuatro costados, se dibujan
a lápiz algunas lindes de este pensamiento que ahora sólo
podemos señalar como avanzadilla de una futura investigación.
Teniendo como hipotético interlocutor algunas de las categorías
ontológicas de Heidegger, proponemos, para seguir trabajando,
el esquema del siguiente diálogo entre estos dos pensadores
del "final" de la filosofía y el "claro
del bosque":
El Ser
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. los otros.
Angustia, estado de yecto, olvido del Ser . . fracaso
de
la convivencia
y
exilio.
Nostalgia del Ser . . . . . . . . . . . . . . nostalgia de
un
orden
humano.
El ser para la muerte . . . . . . . . . . la vida, la lluvia,
el
perdón. |
Julio
Quesada. Escritor español