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Apuntes
Mujer con paraguas o recordando
a Lyotard
La perplejidad
de Ana Teresa Torres frente a las celebraciones de la llamada "Semana
Revolucionaria" hace que recurra al pensamiento del filósofo
francés Jean François Lyotard:
"El Enunciante transmite una epopeya secreta que late en la
memoria colectiva con la coherencia
del misterio. Su apoyo estriba en el deseo del escucha; en su capacidad
de sostener
el pacto ficcional. Mientras tanto el recurso del Enunciante
es el mismo de Scheherazade: ganar tiempo"

Foto: Archivo
Jean François Lyotard perfila el héroe del éxodo
Una
de las últimas apariciones públicas de Jean François
Lyotard fue precisamente en Caracas, en 1997. Con frecuencia
he repasado los apuntes que tomé en aquella ocasión
pero más que nunca lo he recordado en las pasadas celebraciones
de la Semana Revolucionaria. Frente a la perplejidad, de algo hay
que agarrarse, y el pensamiento lyotardiano es siempre iluminador.
En esa semana
se celebraron a un tiempo los siguientes acontecimientos: el aniversario
de los natalicios del "mártir de la revolución
federal", Ezequiel Zamora, y del prócer de la
Independencia y "mártir de la Gran Colombia", Antonio
José de Sucre; el noveno aniversario de la fracasada
sublevación militar del 4 de febrero en la cual conocimos
al hoy presidente Chávez; y el aniversario de su segundo
año de Gobierno. En suma, la semana contiene aproximadamente
ciento setenta años de historia, contando de 1830 al presente.
Los acontecimientos y personajes, obviamente, son muy disímiles;
sin embargo, si aparecen vinculados dentro del conjunto "Semana
Revolucionaria", debemos suponer que existen elementos que
permiten unirlos. Por supuesto, un historiador diría que
no hay otra relación que la que surge de la confusión
o la ignorancia. Pero no interesa en este momento si Zamora
querelló por el precio de una manumitida o si Sucre
pertenecía al mantuanaje cacaotero; ni siquiera el argumento
que muchos esgrimen en cuanto a la torpeza estratégica de
los sublevados. Todos estos elementos vienen urdidos en el tejido
de una gran narrativa, y de allí Lyotard. Aun cuando,
según él, habíamos entrado en la fábula
posmoderna, nuestro relato de la "Semana Revolucionaria"
se inscribe en el presupuesto de una diacronía con finalidad
histórica, propia de la conciencia moderna. Y al mismo tiempo,
posmoderna, pues todo ocurre en el instante de la parodia.
Los acontecimientos
y personajes celebrados conforman en conjunto un gran relato emancipador
y exaltan la figura del héroe del éxodo que conduce
a su pueblo en el camino de alcanzar la patria perdida o nunca tenida.
De allí la necesidad de que la celebración culminara
en una caravana que se dirigía paródicamente del Campo
Carabobo hasta Caracas, recorriendo el itinerario de los sublevados
de 1992 (lo cual, finalmente, no se llevó a cabo). Pero,
en todo caso, la marcha trazaba un eje de los márgenes al
centro, aun cuando tampoco corresponda así en la geografía.
A lo largo de la misma, el Enunciante del discurso, recorre el camino
nombrando al pueblo. No conociendo a las personas, éstas
son nombradas como "mujer con paraguas", "niño
vestido de soldado", "hombre con su camión",
"muchachas bellas", "muchachos con banderas amarillas".
La enumeración de los sujetos atendiendo a géneros
y generaciones, o a elementos visibles como el camión o el
paraguas, permite una comunicación directa con los sujetos.
La masa se corporeiza, se individualiza, se inscribe como personaje
del relato en una suerte de gran fresco histórico, y sobre
todo, adquiere identidad en la palabra del Enunciante. No es así
pueblo informe, sino "mujer con paraguas"; como el título
de un cuadro, el sujeto queda destacado y rescatado de su impersonalidad
hacia una definición que adquiere la condición de
rótulo significante. En oportunidades, el Enunciante, usando
frases coloquiales, se dirige personalmente a alguien, como si lo
conociera, de modo que el realismo de la vinculación se acentúa.
Supongo que
el lector pensará, puro populismo. Sí, pero no "cualquier"
populismo. En principio, el relato emancipador aquí expuesto
por el Enunciante, es lo que podría llamarse una fábula
historicista en tanto se propone un eje diacrónico que arranca
en el dominio español y se dirige hacia un futuro imprevisible:
500 años. Los cinco siglos futurizados responden simétricamente
a los cinco siglos de historia escrita. Se establece así
un balance temporal desde el cual el receptor puede vislumbrar una
"totalidad" de la historia, hacia atrás y hacia
adelante. Dentro de esos 500 años retrospectivos, surgirá
otro héroe del pasado que no puede escribir su historia pero
está adscrito a la memoria colectiva: Guaicaipuro.
De allí el trazado de la fábula se enriquece por cuanto
la diacronía de la heroicidad incluye la historia letrada
y la iletrada, uniendo en la propuesta emancipadora todos aquellos
elementos que puedan tener en común la lucha contra el dominador.
Así Guaicaipuro lucha contra el dominador español,
pero éste, una vez criollizado, lucha a su vez contra su
origen, el español peninsular, y allí se resemantiza
como héroe popular (Bolívar, Sucre) y queda
unido a la causa de los desposeídos y pertenecientes a otros
grupos étnicos. Mas, una vez expulsado el enemigo, el descendiente
del criollo se erige de nuevo en dominador, cambiando de signo en
tanto oligarca blanco, quien, a su vez, debe ser combatido por el
héroe liberal popular, que si bien es también blanco,
se apropia de la causa popular, y en ese sentido, cambia su origen
étnico desde el punto de vista semántico. Todo esto
cuidadosamente explicado al demostrarse que lo oligárquico
no "va en la sangre" sino en la conciencia. De otro modo,
Bolívar y Sucre y, en cierta forma Zamora,
por su origen hubiesen quedado descalificados como héroes
populares.
Cumplida la
fase histórica decimonónica, se produce un hiato con
respecto a los primeros cuarenta años del siglo XX, hasta
llegar a Isaías Medina Angarita, que queda de una
vez reivindicado como "único presidente democrático".
En verdad, la reivindicación no logra sustentarse en algún
hecho demasiado concreto, salvo por la vía de los opuestos:
¿quién es su enemigo? Rómulo Betancourt
(omitiéndose la participación del militar Pérez
Jiménez, tangencialmente aludido en el título
de "semana"). Aquí el enemigo resignifica al héroe
traicionado. Ahora bien, Betancourt y Acción Democrática
plantean un problema dentro del enunciado en tanto su origen no
puede fácilmente ser adscrito a la oligarquía. Sin
embargo, así como la oligarquía "no va en la
sangre", tampoco va en los postulados políticos.
Oligarquía"
viene siendo un conjunto semántico inestable en el cual puede
inscribirse todo aquello que cause "horror"; todo aquello
que represente un poder -incluyendo la ilustración que pasa
a ser "estúpida"- en tanto el poder debe ser derrotado.
Podríamos preguntarnos, qué poder, entonces, es reivindicado:
el poder del héroe.
El héroe
del éxodo -dice Lyotard- deberá ser capaz de
sobrevivir a la destrucción puesto que es el encargado de
llevar a su pueblo hacia la relación plena con su destino,
pero, lógicamente, encuentra enemigos a su paso que van obstaculizando
la emancipación (el español-el oligarca-el adeco)
y se requiere de la reedición de nuevos héroes en
capacidad de continuar la lucha. Un aspecto fundamental del héroe
es su capacidad de asimilar la derrota; de aceptarla, incluso, como
parte de su épica. Bolívar muere en la pobreza
y el exilio; Sucre y Zamora son asesinados en la emboscada;
Medina es traicionado por su ejército. De modo que
las argumentaciones según las cuales la sublevación
del 4 de febrero muestra un fracaso, se apoyan en una lógica
de la eficacia que nada tiene que ver con el complejo de significaciones
que están en juego. El héroe del 4 de febrero, al
igual que Medina el 18 de octubre, se niegan al derramamiento
de sangre y prefieren retirarse antes que imponerse mediante un
acto que castigue al pueblo. El héroe del 4 de febrero comprende
que el momento no ha llegado y que debe esperar a que la historia
lo llame; pero ha dado un "gesto". Le ha dicho a su pueblo
que está presente. Por ello, la fecha de su develación
adquiere el carácter de inaugural. Es el día del nacimiento
del héroe; del mismo modo en que el 19 de abril es el día
en que nace la independencia. El fracaso de la rebelión es,
precisamente, una prueba de lo arduo de la tarea.
Dentro de la
fábula historicista, como si se tratara de un guión
previsto, interviene entonces el enemigo en la escena. El antihéroe,
aquel a quien el héroe quería eliminar en la fecha
declarada hito en la lucha por la emancipación, es quien
anuncia que el héroe será derrotado por la misma fuerza
que lo impulsó. No podría haber sido más conveniente
para el relato emancipador que la dramática reaparición
del enemigo histórico, como una voz en off. Es la
prueba fehaciente de que está vivo, de que aún no
ha sido limpiado el terreno para que el pueblo avance hacia su libertad.
El enemigo es el perfecto interlocutor del héroe. Si no existiera,
habría que inventarlo.
La libertad
es la temática fundamental del relato puesto que se trata
de una gesta en la cual se devolverá al pueblo el destino
que le ha sido arrebatado mediante la usurpación. Allí
Guaicaipuro, Bolívar, Sucre y Zamora
coinciden plenamente en el campo de las significaciones ya que los
contextos quedan equiparados en la noción de usurpación
y restauración. En el plano de la actualidad, los partidos
políticos quedan igualmente incorporados puesto que se han
apoderado de lo que pertenecía al pueblo, y no sólo
lo han tomado sino destruido. Se podrá argumentar que históricamente
todo esto es un disparate. Pero es una lectura de la historia, ofrece
un nudo simbólico que une acontecimientos dispares y potencia
un objetivo. El héroe llevará a cabo la operación
restauradora no sólo de lo perdido en la propiedad sino en
lo simbólico de la dignidad.
A través
de este tejido común, el Enunciante consagra lo que los novelistas
llaman un pacto de ficción con el lector. Se escribe así
un enunciado compartido que reúne a sujetos dispersos que
progresivamente fueron perdiendo sus sedes de inscripción
social y que, por lo tanto, quedaban sin redención posible.
El enunciado emancipador los convoca significativamente en un relato
diacrónico que enlaza un milenio. Dentro de 500 años
la fecha del 4 de febrero será celebrada, así como
hoy recordamos la derrota de Guaicaipuro. Un mismo pueblo,
atravesando por los más disímiles caminos de la historia,
alcanzará su reunificación en la libertad y la apropiación
de lo usurpado. Por otra parte, el Enunciante adquiere una función
de alto valor simbólico: la de quien tiene el poder y la
misión de narrar al pueblo su origen olvidado. El héroe
es así el intérprete de la historia y su significado,
y esa es la primera condición para serlo ya que requiere
conocerlo para saber conducirlo a su destino. Y no sólo lo
conoce sino que lo explica desde códigos que se le escapan
al historiador ilustrado.
El problema
que plantea todo este asunto es que no puede dirimirse en términos
de una lógica de la veracidad o de la interpretación
histórica. Estamos en presencia de un pacto ficcional que,
por supuesto, puede chocar -y ya hay indicios de que está
chocando- con las esquinas de la cotidianidad, pero su fuerza no
es otra que la del populismo de promesas vacías de contenido.
El Enunciante transmite una epopeya secreta que late en la memoria
colectiva con la coherencia del misterio. Su apoyo estriba en el
deseo del escucha; en su capacidad de sostener el pacto ficcional.
Mientras tanto el recurso del Enunciante es el mismo de Scheherazade:
ganar tiempo.
Ana
Teresa Torres. Escritora
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