Tributo

PEDRO FRANCISCO LIZARDO

Más luces que sombras

Pedro Francisco Lizardo se carga de visiones para conducir
a "los más o menos videntes como somos la mayoría", apunta Rafael Pineda,
a más de celebrar esta intuición del poeta venezolano, de larga y reconocida trayectoria
periodística, que convierte cuerpo y alma en uno solo, hasta dejarnos una poesía
que se erige en guía del hombre entre los laberintos del mundo:
"La lírica en función de lazarillo". ¡Fiat lux!, le augura Pineda a Lizardo


Foto: Archivo
Pedro Francisco Lizardo, peregrino de la palabra

"Los ojos cada vez más nuevos y remotos", así peregrinaba Pedro Francisco Lizardo al reclamo de las nociones de la vida y el mundo, índice por consiguiente de los objetivos, los sensibles e inteligibles de la formulación platónica, que se propuso alcanzar el poeta.

El peregrino avanzó a través de varios libros, el primero de los cuales, la Canción del agua clara, de 1939, mezcla oportunamente su curso con el de la tinta de imprenta, por lo demás el novel autor ya consciente de la importancia de "enmendar la plana" cuantas veces sea necesario, como lo versificará en La memoria de los días, de 1975.

En otro libro, El tiempo derramado, de 1954, del cual tomo las siguientes citas, el poeta, perentorio en la acumulación de experiencias o no hay conocimiento que valga, dijo: "…Vamos a ciegas en las luces buscándonos". Porque el ser a tientas ha comprendido que todo su verdadero peculio, la substancia aristotélica, está en proporción directa lo mismo a las luces que a las sombras. Su significación extrema será aquella que depara, por todo "lo eterno y efímero del hombre", lo que se traduce emblemáticamente en "la pura e intangible rosa de la unidad… la hermosa y más antigua fábula de los hombres".

Qué alternancia de pasiones, luchas y misterios en la manera de jalonar la vía de la existencia, como lo expresan las metáforas de Pedro Francisco. Aquí "los ojos terribles y las manos febriles y las frentes de ciertas tempestades oscuras". O "un siniestro y hermoso concurso de miradas". Y también "una fecha sin compromisos ni contornos, / terriblemente ciega".

Más aún: "fantasmas infatigables", "fantasmas prodigiosos", "fantasmas ciudadanos", son lo que son en cuanto reflejan lo humano colectivo e individual; es decir, la relación de valores que se pondrá siempre de manifiesto ante todos y cada uno de los sentidos del poeta.

En este contexto, el ojo, finalmente, como tenía que ocurrir, se orienta a "esa rosa inmortal que abre y cierra el destino". Entonces Pedro Francisco se dedicará a "nombrarla con todas sus palabras". Y poseído por la inspiración que deriva de la flor, el poeta en este punto afirma, la vista a la par interiorizada y exteriorizada: "Todos vamos inmersos y gloriosos / hasta el ser que nos llama fidedignos en el hombre".

¿No será, pregunto yo, este Pedro Francisco, el de las pupilas ahora arrumazonadas, desahuciado por el oftalmólogo, empuñando bastón, a cada paso un interrogante al obstáculo o al abismo que de todos modos la rutina de bordearlos terminará intuyendo y evitando, cuerpo y alma hechos uno solo; no será más bien el poeta quien conduce a los más o menos videntes como somos la mayoría, si es que no concentramos nuestra capacidad visual en mirarnos el ombligo, a falta de otro horizonte; no será, repito, Pedro Francisco, él tan cargado de visiones, quien tiene el papel de guiarnos entre los laberintos del mundo? La lírica en función de lazarillo. Como para borrar cualquier rastro de lágrimas, y primero que todo las suyas, propio del poeta a quien no se le agua el ojo, según declaró a los periodistas que lo interrogaron a propósito del eclipse total producido bajo sus párpados.
Pedro Francisco: ¡Fiat lux!

Rafael Pineda. Ensayista y crítico

N° 20 Aņo IV
Caracas, sábado 17 de febrero de 2001
 
 
 

Anotaciones
La revolución de papel
(Ana Nuño)

 
 
 
 

 

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